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06-09-2017 : Artículo

Vigilancia antinatural: Cómo los datos en línea ponen a las especies en peligro

El rápido crecimiento de los datos digitales ha beneficiado a investigadores y ecologistas. Pero los expertos advierten de un lado oscuro: Los cazadores furtivos pueden utilizar los ordenadores y smartphones para localizar las ubicaciones de especies raras y en peligro de extinción para luego capturarlas

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ILUSTRACIÓN DE ERIC NYQUIST

En la árida región del lejano oeste de Sudáfrica hay una vasta llanura cubierta de grava de cuarcita blanca conocida como Knersvlakte (que en africáans significa “llanura crujiente”) porque suena como el rechinar de los dientes cuando se camina a través de ella. Es un buen lugar para observar cómo los horizontes sin límites se desvanecen en neblinas de calor, pero para apreciar su valor real hay que arrodillarse. La Knersvlakte alberga alrededor de 1.500 especies de plantas, incluyendo 190 especies que no se encuentran en ningún otro lugar de la tierra y 155 que aparecen en la Lista Roja elaborada por los biólogos ecologistas como en peligro de extinción. Para protegerlas, se han establecido 211.000 acres como Reserva Natural de Knersvlakte .

Una tarde de julio de 2015, Melita Weideman, entonces guarda forestal de Knersvlakte, acababa de terminar de trabajar cuando la llamaron para comprobar una misteriosa camioneta estacionada justo en las afueras de la reserva. Weideman vio a un hombre y una mujer caminando en el atardecer invernal hacia el vehículo, y luego observó cajas de cartón vacías en el asiento trasero de la cabina doble. “Esto es muy raro”, recuerda que pensó. “Parece que estén recogiendo algo”.

La pareja no tenía ningún permiso para entrar en la reserva. Cuando Weideman les pidió ver el interior de las mochilas, inicialmente se negaron. “Fue una situación bastante estresante porque nosotros [los guardas forestales] no vamos armados, y yo no sabía si ellos iban armados”. Pero Weideman insistió y mostraron las bolsas revelando 49 de las enigmáticas y suculentas plantecillas que crecen entre las piedras del Knersvlakte. José (aka Josep) Maria Aurell Cardona y su esposa María José González Puigcarbó, ambos ciudadanos españoles, fueron arrestados. En el registro de la habitación de la pensión en la que se alojaban, en un pueblo cercano, se descubrieron 14 grandes cajas que contenían más de 2.000 plantas suculentas, entre las cuales había cientos de ejemplares de especies amenazadas y protegidas, y recibos de correo que demostraban que muchas más ya se habían enviado a España, y notas que documentaban sus extensos viajes de recolección a través de Sudáfrica y la vecina Namibia.

La suculenta especie Argyroderma theartii, que se encuentra en la reserva de Knersvlakte, en Sudáfrica. MARTIN HEIGAN/FLICKR

Las autoridades pronto descubrieron que la pareja había estado vendiendo plantas recogidas ilegalmente a través de su sitio web operado de forma anónima, www.africansucculents.eu, y calcularon el valor de las plantas en su posesión en unos 80.000 dólares. Después de 16 noches en cárceles cercanas, Cardona y Puigcarbó aceptaron declararse culpables, pagaron una multa de 160.000 dólares —la multa más alta jamás pagada por robar plantas en Sudáfrica— y fueron expulsados del país para siempre.

El desafortunado viaje de Cardona y Puigcarbó había sido meticulosamente planificado mediante la información obtenida en línea. Llevaban los extractos de listas de datos y libros sobre plantas amenazadas, revistas científicas electrónicas en las que se describían nuevas especies, los mensajes de listas de distribución sobre botánica y de redes sociales, páginas del archivo digital de un museo de especímenes denominado JSTOR Global Plants, fotos e información del sitio web de ciencia ciudadana iSpot, mapas detallados sacados de páginas web para vehículos todoterreno y cientos de coordenadas GPS para localizar las plantas raras, los cuales aparentemente descargaron de Internet.

Hace veinte años o más habría sido necesario realizar decenas de largos viajes de campo y recorrer miles de kilómetros para adquirir este volumen de información detallada sobre las raras plantas suculentas del sur de África; tal vez toda una carrera botánica. En el 2015, un par de recolectores furtivos podían adquirirlas en poco tiempo desde un escritorio en otro continente.

El caso Cardona-Puigcarbó nos plantea, como nunca antes, un problema emergente: las crecientes cantidades de datos digitales de etiquetas electrónicas, publicaciones científicas en línea, bases de datos de “ciencia ciudadana” y similares —que han supuesto una extraordinaria ayuda para los investigadores y ecologistas— pueden ser fácilmente utilizadas indebidamente por cazadores furtivos y recolectores ilegales. Aunque un puñado de científicos han expresado recientemente su preocupación al respecto, hasta ahora no se era totalmente consciente del problema.

Hoy en día, los investigadores lo están observando todo, desde ballenas azules hasta abejas melíferas con cámaras remotas y etiquetas electrónicas

Hoy en día, los investigadores lo están observando todo, desde ballenas azules hasta abejas melíferas con cámaras remotas y etiquetas electrónicas. Aunque esto ha tenido beneficios reales para la protección del medio ambiente, se han descubierto algunos intentos de utilizar los datos de localización en tiempo real para dañar a los animales: los cazadores han intercambiado información sobre cómo utilizar las señales de radio VHF de los collares de los lobos del Parque Nacional de Yellowstone para localizar a los animales. (Aunque muchos de los lobos con collar que rondaban por los alrededores del parque han sido asesinados, ningún cazador ha sido capturado siguiendo las señales de rastreo). En el 2013, los hackers en la India aparentemente accedieron con éxito a los datos de rastreo por satélite de los tigres, pero las guardas forestales aumentaron rápidamente la seguridad y no parece que ningún tigre haya resultado perjudicado. En el 2015, los agentes del gobierno de Australia Occidental utilizaron un detector de señales acústicas montado en un barco para cazar tiburones blancos monitorizados. (Al menos un tiburón fue asesinado, pero no se ha confirmado si estaba etiquetado). El año pasado, el Parque Nacional de Banff, en Canadá, prohibió el uso de receptores de radio VHF después de que se sospechara que los fotógrafos acosaban a los animales rastreados.

Aunque todavía no hay indicios de que exista un problema generalizado, los expertos afirman que a menudo a los investigadores y fabricantes de equipos no les interesa denunciar el abuso. El biólogo Steven Cooke, de la Universidad canadiense de Carleton (Carleton University), dirigió un informe este año advirtiendo de que “la incapacidad por adoptar un pensamiento más proactivo sobre las consecuencias involuntarias del rastreo electrónico podrían llevar a una explotación maliciosa y a la perturbación de los organismos que los investigadores esperan entender y conservar”. El artículo advertía de que los no científicos podrían fácilmente comprar rastreadores y receptores para cazar furtivamente animales y alterar los estudios científicos, y señalaba que “aunque el terrorismo telemétrico puede parecer descabellado, algunos grupos marginales y actores de la industria pueden tener incentivos para llevarlo a cabo”.

Es difícil acceder a la mayoría de los flujos de datos de rastreo, indican los expertos. Para acceder a una señal de VHF sin cifrar desde una radio de rastreo relativamente barata es necesario conocer su frecuencia exacta, aunque a veces esta se puede encontrar con un escáner. Los datos de rastreadores GPS más caros suelen estar codificados y protegidos por contraseña. “No estoy diciendo que sea imposible hackear una señal de rastreo”, explica un experto técnico africano que se negó a ser nombrado porque vende rastreadores GPS de rinocerontes y elefantes, “pero se necesitan un conocimiento y un equipo de alto nivel. Y no conozco ningún caso en África.”

Un riesgo más grave, afirman los expertos, es el que plantea la gran cantidad de información geoespacial de las bases de datos accesibles por Internet, como las que están siendo creadas por el personal de museos, que están archivando millones de fotos digitales de especímenes de plantas y animales, cada una con la indicación de su lugar. Además, los enormes proyectos de “ciencia ciudadana” están aprovechando millones de horas de trabajo voluntario para construir bases de datos de especies, incluyendo puntos de datos geoespaciales y fotografías, audios y vídeos georreferenciados.

Estos almacenes de datos sobre la ubicación de las especies son un activo irremplazable y creciente para la ciencia y la conservación, que permite a los investigadores señalar las amenazas para las especies en peligro, observar la reacción de los ecosistemas al cambio climático e incluso descubrir nuevas especies. Muchos de estos almacenes están diseñados para ser abiertos y de fácil acceso, lo que ha multiplicado su valor y reducido drásticamente los costes de investigación.

Avistamientos de aves geoetiquetados en el norte de la India, mapeados en el sitio web de ciencia ciudadana eBird.

eBird, con sede en la Universidad de Cornell (Cornell University), es uno de los proyectos de “ciencia ciudadana” sobre cartografía de la vida silvestre más exitosos del mundo. Tiene un cuarto de millón de usuarios registrados en todo el mundo, quienes han subido cientos de millones de observaciones de casi todos los países. Al “gamificar” la observación de aves para aprovechar los instintos competitivos de los aficionados a la ornitología, eBird ha creado una comunidad altamente productiva de recopiladores de datos voluntarios que han permitido a los científicos identificar las amenazas para las aves y conocer mejor que nunca su migración.

Al igual que muchos otros proyectos de ciencia ciudadana, eBird se desarrolló deliberadamente para fomentar el intercambio de datos. Los colaboradores pueden compartir y descargar las listas de localizaciones de aves y encontrar millones de avistamientos en los mapas digitales. “Es tan abierto”, dice el director del proyecto Marshall Iliff, “que cualquiera puede descargarse básicamente todo el conjunto de datos de eBird”.

Cuando se lanzó eBird, dice Iliff, la idea de que sus datos podrían ser utilizados para dañar a las aves estaba lejos de la mente de sus desarrolladores, porque pocas especies norteamericanas están seriamente amenazadas por la caza o la captura ilegal. Sin embargo, a medida que el proyecto se ha expandido a países donde más aves están amenazadas por estas actividades, se han dado cuenta de que los datos de algunas especies deberían ocultarse. Pero no es una tarea sencilla: puesto que la estructura de eBird se construyó desde cero para ser accesible al máximo, Iliff afirma que ocultar datos es “un reto difícil de resolver, tanto desde el punto de vista técnico como político”. Después de muchas deliberaciones, el código de la plataforma está siendo ahora extensamente reescrito para que las ubicaciones de unas especies determinadas puedan mantenerse fuera de la vista pública.

Aunque pocas aves de América del Norte pueden estar en peligro por la publicación de sus datos geoespaciales, esto no es así para muchas especies pequeñas y menos conocidas en el mundo en desarrollo. Una sombría comunidad internacional de coleccionistas paga bien por las plantas suculentas, las orquídeas, los reptiles, las arañas y los insectos raros, que a menudo se encuentran donde la aplicación de la ley de protección de la vida silvestre es irregular. Cuanto más oscura y rara sea una especie, más valiosa será. La rareza hace que las especies sean vulnerables a ser completamente eliminadas por los cazadores furtivos; algunas plantas e insectos sudafricanos solo se encuentran en unas pocas hectáreas.

Paul Gildenhuys, que dirige la unidad de delitos contra la biodiversidad en la provincia del Cabo Occidental de Sudáfrica, me indica que en el pasado muchos cazadores furtivos eran académicos que buscaban unos pocos especímenes para sí mismos. Ahora ha entrado en escena un número creciente de traficantes internacionales con fines de lucro, dice, “y realmente no les importa. Si encuentran una colonia de lagartijas, no solo se llevarán uno o dos animales, sino que traerán palancas para romper las rocas y así se llevarán todo el lote”.

Los coleccionistas buscan en las revistas científicas descripciones de nuevas especies, muchas de las cuales han sido cazadas furtivamente en los meses posteriores a su identificación

Los coleccionistas buscan en las revistas científicas descripciones de nuevas especies, que tradicionalmente incluyen su ubicación. Muchas nuevas especies han sido cazadas furtivamente a los pocos meses de haber sido descritas, lo que recientemente inspiró a David Lindenmayer y Ben Scheele, de la Universidad Nacional Australiana (Australian National University), a escribir un artículo enfáticamente redactado en Science titulado “Do not publish” (No publicar). Señalando que las revistas académicas están adoptando rápidamente la publicación en línea de libre acceso, pidieron a sus colegas que “desaprendan con urgencia parte de su cultura editorial secular y reconsideren los beneficios de publicar datos de ubicación y descripciones de hábitat de las especies raras y en peligro de extinción, a fin de evitar contribuir involuntariamente a su extinción”. En una respuesta titulada “Publish openly but responsibly” (Publicar de forma abierta pero responsable), otro grupo de biólogos acusó implícitamente a Lindenmayer y Scheele de reaccionar exageradamente, afirmando que las políticas de datos institucionales existentes eran suficientes para proteger a las especies. “Los biólogos ecologistas pueden… asegurar que los datos estén disponibles a través de fuentes seguras para propósitos aprobados”, escribieron.

Pero, ¿cómo se definen los “propósitos aprobados” y quién los define? ¿Y qué especies realmente requieren la ocultación de datos? Los biólogos no se ponen de acuerdo. Algunos creen que todos los datos de las especies incluidas en la Lista Roja deberían ser automáticamente retenidos; otros señalan que muchas especies incluidas en la Lista Roja no están amenazadas por los cazadores furtivos, sino por la destrucción del hábitat o el cambio climático. Algunas instituciones y gobiernos adoptan actualmente normas para datos sobre la biodiversidad, pero muchos no aplican ninguna norma en absoluto. No existe ningún protocolo acordado a nivel internacional para decidir qué datos retener ni cuándo liberarlos.

Mientras que los biólogos pueden controlar los datos de ubicación en sus propias publicaciones y archivos, no pueden controlar el mundo dinámico y en expansión de los medios sociales, donde los entusiastas comparten notas y fotos de vida silvestre en una galaxia en constante crecimiento de grupos en línea. Esto es típico de Snakes of South Africa, un creciente grupo de Facebook enfocado en la conservación, donde cualquiera puede compartir fotos de serpientes para que expertos voluntarios las identifiquen. El grupo ayuda a encontrar recogedores para reubicar las serpientes sin causarles daño e incluso ayuda con consejos médicos ante las mordeduras de serpiente. El administrador del grupo Tyrone Ping me explica que los cazadores furtivos a menudo pretenden ser expertos útiles para conocer la ubicación de serpientes valiosas. “Los echamos, pero vuelven con un perfil falso.” (Recientemente observé a un miembro de un grupo europeo de Facebook explicar abiertamente dónde encontrar una especie de serpiente muy preciada en Egipto y cómo pasarla de contrabando a través del Aeropuerto Internacional de El Cairo).

Y los agentes de protección del medio ambiente dicen que las publicaciones de los turistas en los medios sociales también pueden representar un riesgo. Desde el 2013, cada año más de 1.000 rinocerontes son cazados furtivamente en Sudáfrica, y un investigador de crímenes contra la vida silvestre que vive cerca del Parque Nacional Kruger me explica que los cazadores furtivos analizan los medios sociales en busca de fotos de rinocerontes de los turistas, que a menudo son etiquetados con ubicaciones o contienen rasgos identificables del paisaje. Las redadas de cazadores furtivos se planifican con Google Maps y se coordinaban a través de WhatsApp. Muchos parques africanos piden a los visitantes que no publiquen fotos de rinocerontes, pero no hay manera práctica de detenerlos.

La aplicación Latest Sightings mapea los avistamientos de vida silvestre en tiempo real con la ayuda de los turistas del Parque Nacional Kruger de Sudáfrica. LATEST SIGHTINGS

Un número creciente de aplicaciones móviles están diseñadas específicamente para permitir a los turistas compartir ubicaciones y fotos de avistamientos de animales con una red de visitantes del parque. Nadav Ossendryver construyó Latest Sightings —la aplicación más popular— a los 15 años, en el 2011, después de un frustrante viaje al Parque Nacional Kruger, en el que no pudo ver animales “buenos”. “Sigo pensando que alguien debe estar observando a un leopardo o a un león, y debe estar cerca”, explica. Hoy en día, la aplicación tiene más de 42.000 miembros activos. Ossendryver me indica que está promoviendo la conservación a un público más joven, y su aplicación no registra avistamientos de rinocerontes. Pero la gerencia de Kruger se opone firmemente a Latest Sightings: Los usuarios de la aplicación, dicen, están acelerando los avistamientos reportados, a veces matando animales en la carretera y causando congestiones de tráfico que interfieren con el comportamiento natural de los animales.

En el mundo de la ciencia, sin embargo, algunos investigadores siguen recelosos ante la ocultación de datos. “La ciencia depende de la transparencia de la información”, dice Vincent Smith, investigador líder en informática del Museo de Historia Natural de Londres. Y añade: “La información geoespacial es uno de los datos más valiosos que tenemos. Eliminarla eliminaría la oportunidad de hacer enormes cantidades de investigación. Esto dañaría seriamente a toda la ciencia”.

Algunos investigadores siguen recelosos ante la ocultación de datos. Como dijo uno de ellos, “la ciencia depende de la transparencia de la información”

Tony Rebelo, biólogo sudafricano y partidario de iSpot, un archivo en línea, que cuenta con la colaboración de mucha gente, dice que hasta cierto punto las políticas sobre la retención de información son irrelevantes porque “una vez que das tus datos a alguien, no importa cuán confiable sea, ya está ahí afuera”. También es difícil seguir la pista y predecir el mercado caprichoso de coleccionistas. Una especie puede convertirse repentinamente en un anhelo años después de que su ubicación se haya considerado segura para publicarla. Muchos investigadores que entrevisté habían sido contactados por biólogos falsos que buscaban datos sobre especies raras.

Un caso refuerza la afirmación de que ocultar los datos geoespaciales puede proteger a las especies. En el 2009, Tim Davenport, director de programas de la Wildlife Conservation Society en Tanzania, descubrió una nueva y atractiva especie de serpiente en un pequeño bosque de ese país. La bautizó, según su hija, víbora cornuda de Matilda, Atheris matildae. Reconociendo que su diminuto hábitat natural la hacía vulnerable a los cazadores furtivos, la describió formalmente en 2011 sin publicar su ubicación, lo que era inusual en ese momento. Davenport afirma que, aunque ha visto anuncios de Atheris matildae en línea, cada caso que ha seguido involucra a un vendedor que hace pasar por esta una especie similar y común. Esconder su localidad parece que ha funcionado.

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Adam Welz

ACERCA DEL AUTOR
Adam Welz es un escritor, fotógrafo y director de cine sudafricano afincado en Brooklyn, Nueva York. Entre sus trabajos figura una película ganadora de premios sobre unos excéntricos observadores de aves en la ciudad de Nueva York y publicaciones sobre delitos medioambientales en el sur de África. Welz es miembro del colectivo de directores Brooklyn Filmmakers Collective.