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05-02-2015 : Informe

Un movimiento agrícola aborda los retos del calentamiento global

Con temperaturas en aumento y una climatología extrema cada vez más frecuentes, la campaña de la “agricultura con un enfoque climático inteligente” está utilizando una gran cantidad de medidas —desde nuevas prácticas de siembra hasta una mejora de la gestión del agua— para mantener a los agricultores al margen de los impactos perjudiciales del cambio climático.

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El arroz es un cultivo que exige agua. Pero durante los últimos tres años, Alberto Mejía ha intentado reducir la cantidad de agua que utiliza para irrigar su campo de 445 hectáreas cerca de Ibague, en la cordillera central y tropical de los Andes colombianos.

Ahora siembra nuevos tipos de arroz que necesitan menos agua. Inunda sus arrozales con mayor precisión y ha instalado calibradores que miden el contenido de humedad del suelo. Todos los días puede determinar la cantidad de nitrógeno que necesitan sus plantas, y confía en una previsión más avanzada del tiempo para planificar cuándo debe fertilizar, regar y recoger el grano.

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5687953086_89e311c48b_o-800 Neil Palmer/CIATInvestigadores en Colombia miden las emisiones de gases de efecto invernadero de la producción de arroz.

“Estamos aprendiendo a administrar los cultivos en términos de agua, lo que será una ayuda inmensa para nosotros ahora y en el futuro”, afirma Mejía, y añade que el actual fenómeno meteorológico de El Niño ha provocado una grave sequía. “Pasamos graves dificultades en la actualidad: calor sin lluvias. Sequía. Hay incendios en los montes… Es difícil hoy en día que las cosechas crezcan.”

Desde que una sequía devastó sus campos hace cinco años, Mejía ha querido integrar cambios de gran envergadura en la producción de arroz. Cree que el clima se ha vuelto más imprevisible y le preocupa que el futuro cambio climático haga que el cultivo del arroz sea mucho más difícil. Como resultado, y con la ayuda de la asociación local de productores de arroz así como de los científicos del Centro Internacional de Agricultura Tropical, está adoptando lo que actualmente se conoce como “agricultura con un enfoque climático inteligente”. Se trata de técnicas agrícolas que protegen a los agricultores de los efectos del calentamiento global y que mejoran el rendimiento de las cosechas, a la vez que limitan las emisiones de gases de efecto invernadero.

El paso creciente hacia una agricultura con un enfoque climático inteligente recibe un amplio respaldo de multitud de organizaciones, como el Banco Mundial, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura y el Consorcio CGIAR, una red formada por 15 centros internacionales de investigación que trabajan para avanzar en la investigación agrícola en todo el mundo. La Global Alliance for Climate-Smart Agriculture, iniciada el pasado septiembre, pretende reforzar la seguridad alimentaria mundial, mejorar la resistencia al cambio climático y ayudar a 500 millones de pequeños agricultores a adaptarse a condiciones cada vez más estresantes.
La lógica tras la agricultura con un enfoque climático inteligente es que las ganancias derivadas de las cosechas están estancadas desde la Revolución Verde.

Otro fundamento tras la agricultura con un enfoque climático inteligente es ajustarse a las nuevas condiciones de crecimiento de un modo sostenible, porque las ganancias de las cosechas experimentadas en la Revolución Verde —en particular de arroz y trigo— se han estancado. El uso de semillas específicamente concebidas para soportar determinadas temperaturas o niveles de humedad, junto con una mejor gestión del agua, puede ayudar a mejorar la productividad agrícola. Por ejemplo, en Ruanda hay proyectos que mejoran la administración del agua de lluvia en laderas escarpadas y en terrazas, lo que evita perder agua y la erosión. En el Senegal, varias organizaciones facilitan información sobre plantación, crecimiento y cosechas a las mujeres, que se encargan de la mayor parte del cultivo, pero que históricamente no se han beneficiado de los servicios de ampliación agrícolas porque las comunicaciones se han centrado en los cultivos que suelen cosechar los hombres, como el maíz, el sorgo o el mijo. Las mujeres reciben alertas por mensaje de texto e información en pizarras en asentamientos de la comunidad que les facilitan consejos sobre semillas, fertilizantes, métodos de plantación o patrones climáticos que afectan a los cultivos de los que se suelen encargar ellas, como son el arroz, los tomates o las cebollas.

Los agricultores colombianos aprendieron una dura lección en 2010 y 2011, cuando tuvieron lugar la sequía, las altas temperaturas y las graves carencias de agua que devastaron los cultivos. Esa es una razón por la que el ministro de Agricultura, organizaciones agrícolas, agencias de desarrollo e investigadores del país buscaron maneras de mejorar la resistencia, especialmente al predecirse que el cambio climático va a aumentar la variabilidad meteorológica.

Investigadores del Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT) de Colombia se han aliado con Fedearroz —la asociación de productores de arroz de Colombia— y el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales de Colombia para analizar los modelos climáticos y de producción de arroz en determinadas regiones de Colombia. Andrew Jarvis, director del programa de análisis de políticas y toma de decisiones del CIAT, afirma que mediante los análisis de macrodatos, los investigadores y los grupos comerciales pueden facilitar a los productores de arroz recomendaciones concretas para mejorar las prácticas productivas y evitar los peores impactos de la variabilidad climática.

Las haciendas de las regiones tropicales y de los países en desarrollo son particularmente vulnerables a un clima extremo, afirma Jarvis, ya que no tienen acceso a una buena irrigación o a embalses durante la estación seca. Los agricultores han sobrevivido siendo buenos a la hora de adaptarse y ajustarse a los patrones de la lluvia y el clima, pero unas fluctuaciones cada vez más impredecibles y el ritmo de cambio pueden dejar obsoletos dichos métodos tradicionales de adaptación, apunta.

El clima cada vez más inestable de los últimos años ha hecho que muchos agricultores deseen probar nuevas ideas.

Para agricultores como Mejía, que plantan nuevos campos cada mes para mantener un flujo de caja continuo, modificar la producción a un determinado periodo cada año es contrario a lo que los agricultores han aprendido de sus padres y abuelos. Pero el tiempo cada vez más inestable de los últimos años ha hecho que cada vez más agricultores deseen probar nuevas ideas. “Se dan cuenta de que el cambio climático es una amenaza a largo plazo”, afirma Jarvis, y añade: “A corto plazo, se muestra como variabilidad climática y, por eso, debemos ajustarnos a él”.

Mejía es bueno echando cuentas y por eso conserva con cuidado los registros de su granja. La mayor parte de sus modificaciones agrícolas recientes han demostrado tener éxito, como la plantación de nuevos tipos de arroz y las inundaciones de los arrozales con mayor precisión exactamente cuándo necesitan el agua (de ahí los medidores de humedad). Todos los días comprueba el nitrógeno que necesitan las plantas y consulta el equipo meteorológico de la granja, que le indica la lluvia que cae, la velocidad del viento, las temperaturas máximas y mínimas y, lo que es más importante, le da una previsión que ahora se amplía a ocho días.

Antes, sus arrozales utilizaban el patrón de rotación de agua de tres o cuatro días de inundación antes de drenarlos. Su asociación de productores de arroz le explicó que podía conseguir un ritmo de inundaciones de los campos de cinco a ocho días si medía los niveles de agua del suelo. Aun así, el peor efecto en la cosecha ha sido el clima extremo, y sus cosechas han caído entre un 30% y un 40% en las últimas dos décadas debido a la sequía. Como resultado, ha empezado a plantar menos campos durante las sequías, ya que las inversiones en semillas y fertilizantes se acabarían perdiendo con toda seguridad, según explica.

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Universia
Plantas de arroz en una plantación al norte de Colombia

Otro agricultor colombiano, Óscar Pérez, planta 129 hectáreas de arroz al año, así como maíz y algodón, en su granja de la zona cálida y húmeda de Córdoba, cerca de la costa norte del Caribe colombiano. Siguiendo el consejo de Fedearroz y del CIAT, Pérez ha empezado a plantar campos para evitar perder semillas e incurrir en gastos de fertilizantes y costes laborales que no podía recuperar.

“Cuando no hay lluvia, no se produce”, afirma Pérez, quien ha llevado su granja durante los últimos 15 años. Pérez ha empezado a aprovechar las mejoras en las previsiones meteorológicas y también evita aplicar fertilizante cuando hay predicción de lluvias fuertes, así no se pierde. Además, utiliza una mejor selección de semillas para obtener una mejor cosecha en función de las condiciones necesarias, según la estación sea húmeda, seca o moderada.

Esta gran cantidad de métodos se agrupan bajo la denominación “agricultura con un enfoque climático inteligente” y varían ampliamente y afectan a todas las áreas de la agricultura. Por ejemplo, los cambios en la agricultura inspirados por el enfoque climático inteligente en la producción de arroz en el Vietnam se centran más en alternar de forma eficaz las inundaciones y las sequías de los arrozales. Los productores de arroz no se basan en el trasplantado tradicional de los semilleros de arroz a los campos inundados como medida para controlar las malas hierbas. Esta práctica reduce la liberación de metano, un potente gas de efecto invernadero, que suele desprenderse de los campos inundados.

En su lugar, el método que ahora se usa en el Vietnam se basa más en sustancias químicas para controlar las malas hierbas. El uso de esas sustancias puede contaminar el agua, pero la compensación implica que el cultivo de arroz se ahorra los efectos debilitadores de la sequía, mientras que los agricultores alcanzan una producción intensificada y un mayor rendimiento. Como resultado, los agricultores del Vietnam han reducido la cantidad de semillas que se usan por campo en un 70%, han disminuido el uso de agua en un 33% y han reducido la aplicación de fertilizantes de hidrógeno en un 25%, según un estudio del CGIAR. Además del control detallado de los niveles de agua en el suelo, los agricultores utilizan semillas de alto rendimiento con características que pueden resistir el empapado ocasional con agua de mar que provocan las mareas altas.

Si no se hacen esfuerzos en serio para retrasar el cambio climático, las innovadoras técnicas agrícolas no podrán conseguir gran cosa.

Chris Hegadorn, director de seguridad alimentaria mundial del Departamento de Estado de los Estados Unidos, afirma que la decisión de ese país de unirse a la Alianza Mundial sobre Agricultura Inteligente respecto al Clima representa un importante paso a la hora de “integrar las políticas de cambio climático en todas las áreas de trabajo”. Añadió que la agricultura con un enfoque climático inteligente “ayudará a proteger vidas y sustentos, en especial para las decenas de millones de pequeños agricultores vulnerables de todo el mundo”.

Sin embargo, algunos expertos implicados en el desarrollo mundial afirman que, en sí, la agricultura con un enfoque climático inteligente será insuficiente en un mundo donde las temperaturas son más elevadas y las poblaciones se expanden, en especial en lugares como África. Si el agua escasea o los suelos se degradan, las intervenciones en el ámbito rural no podrán llegar muy lejos. Es necesario, según opinión de los expertos, ir más allá de la granja y gestionar todo el campo que respalda a las personas, la producción de alimentos y la naturaleza.

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Seth Shames, director de políticas en la asociación sin ánimo de lucro EcoAgriculture, afirma que conservar los ecosistemas de una zona —incluyendo bosques y humedales— será una parte esencial a la hora de respaldar la agricultura. Pero también advierte de que si no se hacen esfuerzos en serio para retrasar el cambio climático, ni las técnicas agrícolas más innovadoras podrán lograr demasiado.

“Si las previsiones son correctas, la destrucción que tendrá lugar en la agricultura será tan grave que esos tipos de soluciones se verán desbordados por la realidad y Dios sabe qué pasará”, explica Shames, y sigue: “En 20 a 25 años llegaremos a un punto en algunos lugares en el que hará demasiado calor o serán demasiado secos o demasiado fríos para los cultivos que se planten y habrá que poner otra cosa en su lugar, lo que será como mínimo altamente perjudicial”.

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Lisa Palmer

ACERCA DE LA AUTORA
Lisa Palmer es periodista freelance y escritora, y vive en Maryland. Escribe sobre energía, Cambio Climático, medio ambiente y empresas sostenibles para publicaciones como Slate, Scientific American y The Guardian. Los fondos para redactar este artículo provienen de una subvención de la Solutions Journalism Network Palmer ya escribió para e360 el artículo Peabody Energy’s expansion into an uncertain overseas coal market