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30-10-2014 : Opinión

Un ecologista observa signos de esperanza para las selvas del mundo

Después de décadas de noticias alarmantes, un prestigioso ecologista dice haber encontrado finalmente un motivo para ser optimistas respecto al futuro de los bosques tropicales. La presión de los consumidores hacia las empresas internacionales y las nuevas tecnologías monitorizadas, afirma, están siendo de gran ayuda para cambiar el curso de la lucha por salvar los bosques desde Brasil hasta Indonesia

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A mediados de los 90, visité la magnífica extensión de bosques lluviosos de tierras bajas en Borneo, Malasia. Algunos de mis recuerdos más preciados son sobre este bosque: excursiones bajo árboles altísimos, vadeando ríos de agua cristalina y disfrutando de su espectacular fauna salvaje, como los cálaos u orangutanes en vías de extinción. Sin embargo, poco después de mi visita, esos árboles fueron derribados y el bosque destruido. Hoy en día, esa área es una plantación de palmas aceiteras.

La destrucción de ese bosque me embarcó en una odisea que me llevó a la creación de Mongabay.com, que se ha convertido en una popular e influyente página web que sigue de cerca la evolución de los bosques tropicales en todo el mundo. Durante quince años he dedicado decenas de miles de horas a la protección de los bosques, en colaboración con los máximos expertos en bosques a nivel mundial y visitando multitud de bosques alrededor del mundo. Durante ese tiempo he sido testimonio de una increíble destrucción, y ha habido razones para desesperarse. Pero últimamente —por primera vez, en realidad—, he observado una brecha de optimismo en el futuro de los bosques.

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Rhett Butler/Mongabay.com

Selva en Sabah, Borneo (Malasia)

Créanme, no soy ningún optimista empedernido (nuestra página web ha sido descrita como “la página más deprimente de Internet”). Mi nuevo punto de vista no es un optimismo ciego —es un optimismo informado, porque existen tendencias emergentes que deberían darnos esperanza sobre la preservación de los bosques.

Sin lugar a dudas, la pérdida de bosque tropical se ha mantenido invariablemente a niveles altos desde los años 90, reduciéndose desde una media de 11,3 millones de hectáreas durante esa década hasta aproximadamente 9,3 millones de hectáreas por año entre 2009 y 2012. Permanentemente en la cima del ranking en la lista de deforestación se encontraban los sospechosos habituales: Brasil e Indonesia, ambos con una extensa superficie de bosque y un emergente sector de la industria agraria.

Sin embargo, detrás de estas altas cifras de deforestación nos encontramos con una tendencia con importantes —y prometedoras— implicaciones. Hoy en día, se destruyen más bosques por la fabricación de productos para el consumo en mercados urbanos y el comercio, que por la tala y quema para la subsistencia de los pequeños agricultores. En otras palabras, las áreas tropicales están pasando de la deforestación por salir de la pobreza a la deforestación por conseguir beneficios.

Esta tendencia es importante debido a que actualmente existen muy pocas entidades que causen la mayor parte del daño a los bosques. Hace dos generaciones, para la creciente población rural, luchar contra la deforestación significaba idear formas de alimentarse sin tener que talar el bosque para los campos de cultivo. Hoy en día, más bien a menudo, significa persuadir a las empresas y a los gobiernos para que adopten medidas que limiten el daño medioambiental, pero que permitan seguir con los cultivos. En algunos casos, estas medidas pueden generar dividendos que van más allá de los beneficios de las relaciones públicas en el marketing verde y la responsabilidad social corporativa —pueden producir beneficios reales para la empresa como resultado de la mejora en la gestión de las cadenas de suministro y la eficiencia operacional.

Docenas de grandes compradores y vendedores de productos se comprometen a excluir la deforestación de sus cadenas de suministro.

No obstante, la mayoría de empresas no se mueven por sí solas —a menudo tienen el impulso de las campañas centradas en el cliente, lideradas por grupos medioambientales, que han llevado la sensibilidad de las empresas internacionales hacia la crítica. Desde 2006, los resultados han sido totalmente sorprendentes: docenas de los mayores compradores y vendedores mundiales de soja, aceite de palma, ganado y pulpa de madera han aplicado políticas con las que se comprometen a excluir la deforestación —y a finalizar los conflictos con las comunidades locales— de sus cadenas de suministro. El golpe maestro tuvo lugar el mes pasado, cuando Cargill, que gana 135 mil millones de dólares al año por su materia prima, se comprometió a la deforestación cero en todas sus cadenas de suministro.

Y aunque siempre cabe la posibilidad de reincidir o traicionar esos compromisos, hoy en día existen muchas más herramientas que antes para controlar y verificar que dichos compromisos se cumplen.

Y más importante aún, la imagen por satélite está ampliamente disponible y cada vez es más común en los sistemas de control. Un ejemplo son el gobierno brasileño y la Roundtable on Sustainable Palm Oil, organismo de certificación ecológica, los cuales actualmente están solicitando a los participantes que proporcionen datos detallados de las coordenadas de sus propiedades. Esta información podrá utilizarse para comprobar si cumplen con las normas y leyes medioambientales.

Los datos por satélite también se han integrado en las nuevas plataformas. El mejor ejemplo de ello es el Global Forest Watch, un proyecto liderado por el World Resources Institute que se encarga de recopilar datos de un gran número de fuentes y situarlos en un mapa, lo que aporta una visión sin precedentes sobre el estado de los bosques de todo el mundo, incluyendo la pérdida o ganancia de cobertura arbórea, las actividades en áreas de concesión forestal e historial de incendios. La integración de los datos bimensuales de MODIS, proporcionados por la NASA, permiten al Global Forest Watch funcionar como sistema de detección de la deforestación casi en tiempo real, parecido al implementado en Brasil cuando su tasa de deforestación empezó a caer hace una década. Un estudio publicado el año pasado por la Climate Policy Initiative constató que tres quintas partes de dicha reducción se debían al sistema de monitoreo de Brasil. Y ahora, este control funciona a nivel global.

Sobre el terreno, también se están mejorando otros sistemas de control. Muchos observadores creen que el mundo está en los albores de una revolución de drones, en la que los ecologistas esperan que el monitoreo mediante pequeños drones aéreos mejorará considerablemente la detección de la deforestación, la explotación forestal ilegal, los incendios y la caza furtiva que no podrían detectarse mediante satélites. Los defensores afirman que los drones podrían complementar los esfuerzos sobre el terreno detectando los lugares que requieren un seguimiento por parte de las autoridades, que es el enfoque utilizado en un proyecto llevado a cabo en el Parque Nacional de Chitwan, en Nepal.

Sobre el terreno, cámaras trampa, sensores y dispositivos móviles aportan nuevos enfoques a la monitorización.

Sobre el terreno, cámaras trampa, sensores y dispositivos móviles ubicuos aportan nuevos enfoques a la monitorización. Un ejemplo de ello es la Rainforest Connection, una nueva empresa situada en California que ha desarrollado un sistema basado en telefonía móvil que “escucha” y es capaz de localizar disparos, motosierras y camiones. Cuando detecta un sonido sospechoso, el sistema transmite una alerta a las autoridades locales, lo que permite actuar rápidamente. Además, las innovaciones en el análisis del ADN permiten a los investigadores rastrear los productos maderables hasta su punto de origen, básicamente para determinar su legalidad.

Estas nuevas tecnologías aportan herramientas importantes para la ejecución de las leyes, pero aplicarlas está en manos de los políticos. En el pasado, eso estaría lejos de ser un hecho, pero quizá también esto esté cambiando.

El mes pasado más de dos docenas de países se sumaron a la Declaración de Nueva York sobre Bosques, por la que se comprometen a reducir la deforestación para el 2020 y erradicarla en el 2030. Mientras que algunos críticos destacan que dichas promesas no significan demasiado, algunos países están llevando a cabo pasos concretos para abordar la deforestación, con Brasil al frente. Desde 2004, la nación con más selva tropical del mundo ha reducido la deforestación en casi un 80% anual en la zona del Amazonas. Al mismo tiempo, la producción agrícola aumentó rápidamente, lo que terminó con la suposición de que la deforestación y el crecimiento económico se mueven de forma paralela. El éxito en Brasil se debió en parte al establecimiento de nuevas áreas protegidas, la ejecución de leyes medioambientales y la aplicación de medidas en el sector privado.

Ha habido signos de progreso en Indonesia, un país considerado paria en cuestiones medioambientales por gran parte de la comunidad internacional debido a la destrucción de bosques a gran escala durante dos décadas. En 2011, el entonces presidente Susilo Bambang Yudhoyono estableció una moratoria sobre las autorizaciones para la plantación y la explotación forestal en más de 14 millones de hectáreas de bosques y turberas anteriormente desprotegidas —una acción que se llevó a cabo junto con un impulso para reformar las burocracias que controlaban los bosques del país. Estos esfuerzos se encontraron con la fuerte imposición de los arraigados intereses del sector forestal, que desde siempre ha luchado por conseguir unas políticas que permitan la explotación forestal y la transformación de los bosques, a menudo a costa de las comunidades locales. Pero ese paradigma podría estar cambiando. El mes pasado, varias compañías de aceite de palma con importantes actividades en Indonesia —Golden Agri-Resources, Cargill y Wilmar— firmaron el compromiso de la Cámara de Comercio e Industria de Indonesia (KADIN), en el que pedían al gobierno indonesio que adoptara políticas a favor de la conservación de los bosques. Asia Pulp & Paper, la empresa forestal más importante de Indonesia, ha seguido los mismos pasos, lo que ha incrementado la posibilidad de que el sector privado indonesio esté a punto de iniciar un gran cambio al exigir al Gobierno que establezca políticas en pro de la conservación.

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Rainforest Connection

La tecnología basada en móviles puede ayudar a vigilar los bosques en busca de sonidos como motosierras y disparos.

Los países consumidores también se están uniendo a la batalla. Los Estados Unidos, Australia y la Unión Europea han adoptado leyes estrictas prohibiendo las importaciones de productos maderables de fuentes ilegales, en gran parte para proteger a sus propios productores de madera. Dichas leyes imponen duras sanciones a los infractores, lo que obliga a las empresas a hacerse responsables de sus cadenas de suministro. Mientras tanto, Singapur ha aprobado una ley con el objetivo de imponer multas a las compañías consideradas responsables de quemar bosques en Indonesia y causar la niebla que envuelve sus alrededores.

Algunos pequeños países han ido más allá. En los años 90, Costa Rica fue pionera en el desarrollo de pagos por servicios del ecosistema y es reconocida por la mayoría como líder cuando se trata de desarrollar modelos de negocio diseñados para mantener los bosques intactos. Con eso, ha promovido una economía más lucrativa basada en los servicios. En México el gobierno ha entregado la gestión de extensas áreas de bosque a la comunidad, que ha protegido dichas áreas forestales, antiguamente con un alto índice de destrucción.

A nivel local, sigue aumentando el reconocimiento del papel que tienen las comunidades a la hora de conservar la cobertura arbórea.

A nivel local, sigue aumentando el reconocimiento del papel que tienen las comunidades a la hora de conservar la cobertura arbórea. A principios de año, un estudio publicado por el World Resources Institute y Rights and Resources Initiative concluyó que los bosques gestionados por la comunidad experimentan una media de deforestación 11 veces más baja que las áreas fuera de su alcance. La cantidad de bosque gestionado por la comunidad reconocido legalmente asciende a 513 millones de hectáreas, o lo que es lo mismo, 1/8 de los bosques mundiales.

Algunos grupos indígenas, incluyendo los Paiter Suruí del Amazonas, están buscando nuevos modelos de negocio que les permitan seguir subsistiendo gracias a lo que han hecho siempre —conservar los bosques— para las comunidades locales, tomando el control de las áreas de conservación o los pagos del gobierno o de las compañías por los servicios del ecosistema.

El reciente concepto de pagos por servicios del ecosistema es otra novedad prometedora para los bosques de todo el mundo. Aunque ha sido difícil implantar en el mercado un mecanismo para aprovechar el carbono de bosques protegidos bajo la iniciativa REDD (deforestación y degradación de los bosques en los países desarrollados), esta indica que el mundo está empezando a prestar atención a los beneficios conseguidos por los ecosistemas saludables. Pero estos beneficios no se limitan solo al carbono —los bosques también proporcionan agua, ayudan a mitigar la erosión, albergan la biodiversidad, entre muchos otros. Los bosques antiguos, en particular, están recibiendo cada vez más atención, con la ayuda de los abogados que cada vez ejercen más presión para protegerlos de la explotación con iniciativas de certificación medioambiental, como el Forest Stewardship Council.

No obstante, aunque hay muchas razones para ser optimistas, también se divisan muchos riesgos en el horizonte. El constante crecimiento de la población y el aumento repentino del consumo incrementará el consumo de los recursos del planeta, lo que incrementará la presión sobre los bosques y el resto de ecosistemas. También existe el peligro real de que los consumidores dejen de preocuparse por las credenciales medioambientales de los productos, especialmente cuando el consumo global se desplaza de oeste a este. Y el fracaso de la comunidad mundial a la hora de abordar el cambio climático podría dejar a los bosques gravemente degradados o mucho peor, tanto si están protegidos como si no lo están —algunos científicos ya han detectado la extinción a gran escala de algunas partes del Amazonas a causa de las sequías, una visión alarmante de lo que podría ocurrir.

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Aun así tengo esperanza. El motivo es un viaje reciente a Indonesia. En mayo fui a Sumatra para comprobar el funcionamiento sobre el terreno del sistema de monitoreo Global Forest Watch. Un área de bosque interesante es la del ecosistema de Leuser, el único lugar de la Tierra en la que los orangutanes, rinocerontes, tigres y elefantes viven en el mismo hábitat. En los mapas del Global Forest Watch se observaban zonas en rojo dentro de esta importante área protegida, indicando la deforestación que había tenido lugar en los meses anteriores. Una ONG local contactó conmigo y juntos utilizamos la aplicación Google Maps del teléfono móvil para adentrarnos unos pocos kilómetros en la zona.

Los mapas nos mostraron un nuevo camino, al final del cual había una gran extensión de selva que había sido destruida por una plantación ilegal de aceite de palma. La ONG local informó del suceso a las autoridades, que están investigando las relaciones de esta reciente plantación con las inmensas cadenas de suministro del mundo.

Gracias a los recientes compromisos de deforestación cero, el mercado de aceite de palma producido de esta forma se está reduciendo drásticamente. Y lo mismo puede aplicarse a prácticamente cualquier bosque del planeta —una herramienta fundamental para su conservación.

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Rhett Butler
ACERCA DEL AUTOR Rhett Butler es el fundador y editor de Mongabay.com, uno de los sitios web líderes en Internet que trata sobre las selvas tropicales y la biodiversidad. Rhett también es el Director de Mongabay.org, que se ocupa de Mongabay-Indonesia, un servicio de noticias medioambientales en lengua indonesia. En anteriores artículos para Yale Environment 360 ha escrito sobre los desesperados esfuerzos por salvar el bosque tropical de Borneo y una rara especie de rinoceronte, el rinoceronte de Java. MÁS DE ESTE AUTOR