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08-10-2013 : Opinión

Sin refugio: toneladas de basura cubren las costas remotas de Alaska

Un biólogo marino viajó al suroeste de Alaska en busca de basura oceánica que había llegado a la costa en una magnífica región rica en peces, aves y otras especies de fauna silvestre. Él y sus colegas descubrieron montones de basura, el equivalente a una tonelada de basura por kilómetro en algunas playas.

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Estoy de vuelta a tierra después de una expedición extraordinaria con científicos y artistas para ver y dar respuesta a la basura en las costas del sur de Alaska. Tengo buenas y malas noticias.

La expedición fue llamada GYRE, una de las razones es porque la mayor parte de la basura viene del giro del Pacífico Norte, y en parte por el mensaje del viaje: todo lo que gira vuelve. El viaje fue planificado por el Alaska SeaLife Center y el Anchorage Museum, en colaboración con National Geographic y Smithsonian. Como resultado, se inaugurará en febrero una exposición itinerante en Anchorage y después dará la vuelta al mundo durante varios años, igual que la basura del océano.

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Retirada de cuatro toneladas de basura

Kip Evans/GYRE

Gran parte de la basura esparcida en la playa Gore Point y en otros lugares de Alaska es plástico.

¿Qué noticia damos primero, la buena o la mala? De hecho, casi todo lo que vi fue un poco de ambas, por eso me gustaría compartir mis impresiones. Viajamos desde Seward, en el sur de Alaska, en dirección suroeste, aproximadamente 300 millas, con escalas en las costas de Gore Point, en la península Kenai así como en las bahías Wonder Bay de la isla Afognak, Blue Fox Bay de la isla Shuyak y Hallo Bay del Parque Nacional de Katmai.

Nos encontramos con ciudadanos preocupados –tanto pagados como voluntarios– que recogen y catalogan la basura en algunas de las playas más accesibles (un término muy relativo en una región sin carreteras, donde se necesita un barco o una avioneta para acceder a cualquier playa). En Hallo Bay, en Katmai, los guardias forestales habían trabajado durante una semana para recoger y embalar material que no debería encontrarse en una playa o un parque nacional; retiramos cuatro toneladas de basura de una playa de seis kilómetros de longitud.

Eso es mucho, y en algunos lugares de la costa hay ciertamente un montón de basura. Sin embargo, en la mayor parte de ella hay poca. Acantilados abruptos y rocosos caracterizan la mayor parte de la silueta almenada del litoral de la región. Las fuertes tormentas de invierno se llevan la mayoría de la basura que llega a la costa en buen tiempo. Así llega a playas más tranquilas y protegidas –la mayoría de ellas bahías de arena bordeadas por altos acantilados– y ahí sí que se acumula la basura; por eso desembarcamos en esos lugares.

Casi toda la basura problemática en la playa es de plástico. La característica inercia en la descomposición del plástico hace que perdure muchos años. Así, se utiliza para muchas cosas, incluyendo redes de pesca. En las playas que visitamos, los aparejos de pesca constituían gran parte de la basura. Cuando paseo por las playas de la costa este de los EE.UU., encuentro un montón de soldaditos de juguete, figuras de acción y balones. Evidentemente, en comparación, la basura de Alaska procede del trabajo y se remonta a mucho tiempo atrás. También encontramos botellas de plástico de bebidas, como no. Pero gran parte de la basura eran flotadores, redes de pesca –redes de deriva viejas y nuevas redes de arrastre-– boyas, parachoques de nave y cuerdas de amarre. Había también redes de carga y productos que habían caído de contenedores de cargueros durante alguna tormenta.

Si la basura llega a una playa tan remota donde no hay nadie que la vea, ¿a quién le importa?

¿Cómo podemos detectar lo que cayó de los contenedores? Porque encontramos matamoscas con el logotipo de un determinado equipo deportivo y comederos para colibrís en cada playa que visitamos. Los matamoscas estaban por todas partes. Encontramos también recipientes de productos de consumo –botellas de jabón, por ejemplo– con etiquetado en varias lenguas asiáticas y en inglés.

Varias personas vinieron a conocernos y nos contaron sus esfuerzos para catalogar y quitar la basura que llega a la costa. Kate Schafer, miembro de la expedición y educadora residente en California, observó que todas las personas que conocimos estaban indignadas, pero ninguna admitía la derrota. Me gustó esa descripción.

Pero sus esfuerzos no son más que propios de Sísifo. Se retira la basura y llega a la costa más basura, sin fin a la vista. Y así seguirá en el futuro, por lo que podemos prever, a menos que empecemos a hacer algo al respecto…

Pero antes de hablar sobre soluciones, vamos a plantear una pregunta seria: si la basura llega a una playa tan remota donde no hay nadie que la vea, ¿a quién importa?

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Retirada de arnés de correas de embalaje

Kip Evans/GYRE

Los miembros de la tripulación retiran la basura de playa de Hallo Bay en el Parque Nacional de Katmai, Alaska.

Este no es un lugar deshabitado. Esta es la última megalópolis donde viven centenares de especies de aves, peces y mamíferos desde que fueran expulsados de sus reductos más al sur por la aglomeración humana y la destrucción de sus hábitats. En Alaska tienen lugar las migraciones más importantes de salmón en el país, pero hace cien años las mayores migraciones de salmón del mundo se producían en los ríos de Oregón y Washington, especialmente en el río Columbia, antes de haber sido embalsado, muy a pesar de los habitantes nativos, tanto humanos como peces. Los osos pardos, ahora más abundantes en Alaska que en cualquier otro lugar del mundo, se encontraban comúnmente en las Grandes Llanuras (donde Lewis y Clark los confrontaron, dispararon y, después, escribieron sobre ellos). Esos osos de las llanuras abiertas deben haberse alimentado de búfalos hasta que el hombre blanco casi exterminó a los indígenas destruyendo su base de alimentación.

La forma en que tratamos nuestras tierras y a otros seres vivos refleja la forma en que tratamos a otros pueblos y cómo nos tratamos unos a otros. Es por eso que la basura, incluso en una playa “remota”, ofende a nuestra dignidad y denigra a nuestra humanidad.

El Parque Nacional de donde retiramos una tonelada de basura por cada kilómetro y medio lo frecuentan turistas, que no quieren contratar aviones y guías solo para encontrar basura. En este lugar no remoto, el plástico causa daño y sufrimiento. Antes de llegar a la tierra, provoca daños y sufrimiento a focas, tortugas, peces y aves marinas que mueren enmarañadas y como consecuencia de comérselo, y que alimentan a sus crías. Yo vi a todas esas criaturas en apuros por culpa de la basura.

Evidentemente, el plástico es un problema. Una de sus principales características es la gran resistencia a la metabolización por bacterias o a la degradación química. No desaparece. Solo se reduce. Los animales se lo comen, e incluso a nivel molecular aún es plástico. Se encontraron polímeros de plástico circulando en la sangre de mejillones. Algunos plásticos no son tóxicos, otros tienen aditivos tóxicos, como el plomo y metales. Encontramos ambos aditivos en algunas de las muestras probadas (pero no en todas).

El precio del plástico refleja el hecho de que los proveedores privatizan los beneficios y socializan los costes.

Incluso las toneladas de plástico que retiramos se apilaron en un vertedero, aunque mucho de ese plástico se pudiera haber reutilizado o reciclado. Solo lo cambiamos de lugar. Así se comporta el mercado. Es demasiado barato como para reciclarlo, porque los fabricantes y vendedores no pagan los costes de su eliminación. Como pasa con muchas cosas “baratas”, el precio refleja solo el hecho de que los vendedores privaticen los beneficios y socialicen los costes. Muchas cosas con un precio barato son realmente bastante caras.

El plástico se acumula. Se acumula cerca de donde viven muchas personas. Se acumula lejos de donde viven las personas, cerca de donde otros seres vivos habitan. Va a parar donde no pensamos que va a parar porque no nos paramos a pensar dónde va a parar.

Y las personas que realmente saben dónde va a parar, no saben de dónde viene. Ya hace 30 años que oigo hablar sobre las primeras limpiezas de playas organizadas, y me cansa oír a los expertos que no saben explicar de dónde vienen esas redes o cómo llegan esas botellas al océano.

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Matamoscas en forma de casco de fútbol americano encontrado entre la basura en la playa Wonder Bay

Kip Evans/GYRE

El autor Carl Safina con un matamoscas que aparentemente cayó de un contenedor de carga.

Es hora de que los ecologistas empiecen a categorizar simplemente los desechos generados por el hombre. Tenemos que saber cómo entran en el océano y por dónde lo hacen. El Gobierno de los EE.UU. tiene observadores en barcos de pesca para controlar las capturas. ¿Por qué no hay una pregunta en el formulario para el capitán sobre cuántas redes se perdieron el año pasado? ¿Por qué no se investiga si tiraron una red vieja al mar, porque su eliminación en tierra es demasiado cara? ¿Por qué no se llevan a cabo un muestreo adecuado y control de los ríos para observar las fugas de plástico? ¿Porque no hay un diálogo adecuado con las compañías de transporte marítimo para conocer las pérdidas de los contenedores?

Preferiría no desembarcar en otra playa donde una persona con una mesa está contando cuántas botellas tienen rotulación china, a menos que esa persona tenga un colega estudiando si las botellas vienen de ríos o barcos de pesca, y lo que se puede hacer al respecto.

¿Por qué no hay ninguna iniciativa para pagar por las redes viejas, en vez de cobrar por su eliminación? ¿Y por qué no hay legislación alguna que exija un depósito reembolsable por nuevas redes?

La catalogación y la eliminación de basura son importantes, pero si se evitara basura en un estadio anterior no se tendría que retirarla de la playa. Al fin y al cabo, queremos que eso se acabe, ¿no? La única manera de hacerlo es, ante todo, saber cómo la basura llega al océano.

La actitud correcta para afrontar este problema empieza con nuestras preferencias personales en tiendas y con el reciclaje en la comunidad. Pero esa no es la solución. La solución pasa por el desarrollo de una nueva generación de materiales, cuya vida útil esté dimensionada para el uso y cuyo destino en la naturaleza esté debidamente cronometrado con su funcionalidad.

Yo vi albatros muertos en lugares distantes, con sus vísceras llenas de cepillos de diente y mecheros.

No quiero que un barco de fibra de vidrio se disuelva en el agua del mar en menos de 50 años, pero sí me gustaría que el yogur tuviera un recipiente que no fuera eterno. Productos con una vida útil de dos semanas estarían bien servidos en recipientes que tardan solo algunos meses en descomponerse en agua del mar y a la luz solar y liberan nutrientes para las bacterias.

Algunas personas creen que “saben” que el Pacífico tiene una alfombra de basura del tamaño de Tejas, que es tan espesa que se puede caminar sobre ella. En realidad, no existe tal alfombra. Hay una gran área en el norte del Pacífico, donde una gran cantidad de basura acumulada gira lentamente. Es suficiente para matar tortugas marinas, y los albatros comen suficiente cantidad como para morir en lugares lejanos como el atolón de Midway y la isla Laysan, con sus entrañas llenas de cepillos de diente y mecheros. Pero en la mayor parte del océano la basura es tan dispersa que una persona no la percibe, a no ser que realmente preste atención. Sin embargo, incluso esa sopa fina es evidentemente excesiva para la salud de la fauna silvestre.

En nuestro viaje a Alaska encontramos basura de plástico en todas partes donde desembarcamos. Pero entre los desembarques, en compañía de ballenas y aves marinas, vimos muchos acantilados aparentemente libres de desechos, y no observamos ningún objeto flotante procedente del hombre.

Lo que observamos en el mayor espacio de naturaleza virgen que queda de los Estados Unidos es que, como señala Nick Mallos del Ocean Conservancy, “Estas costas no son vírgenes; el reto ahora es: ¿Cómo podemos mantenerlas intactas?”

Errata, 2 de julio de 2013: Versiones anteriores de este artículo identificaron incorrectamente la ubicación de Gore Point. Está en la península de Kenai, no en las islas Pye.

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Carl Safina

ACERCA DEL AUTOR
Carl Safina es biólogo marino, presidente fundador del Instituto Blue Ocean (Blue Ocean Institute) y profesor investigador de la Stony Brook University.

También es presentador de la serie televisiva Saving the Ocean de la emisora PBS. En artículos anteriores para Yale Environment 360, escribió sobre lo que hay que hacer para salvar al atún rojo y cómo los niveles de carbono de los océanos amenazan la supervivencia de poblaciones marinas.