English

15-06-2017 : Artículo

Sentir el calor: cómo los peces migran de las aguas calientes

El constante aumento de la temperatura del océano está obligando a los peces a abandonar sus territorios de siempre y desplazarse hacia aguas más frías. Como resultado, la subsistencia de los pescadores se ve afectada, ya que los reguladores de la pesca intentan incorporar el cambio climático en su planificación.

por

ILUSTRACIÓN POR LUISA RIVERA/YALE E360

El canal del cabo Cod es una vía fluvial artificial que serpentea a lo largo de 12 kilómetros desde la bahía del cabo Cod hasta la de Buzzards. En las cálidas tardes de verano, los pescadores se abren paso a empujones en sus orillas con sus lombrices a la pesca de la lubina rayada. Eso es lo que estaba haciendo Justin Sprague, de 29 años, al atardecer el 6 de agosto del 2013, cuando pescó un pez del futuro.

En un primer momento, Sprague pensó que el enorme pez que se había tragado su arenque señuelo color azul tormenta era un tiburón. Pero mientras luchaba contra el gigante en el crepúsculo —los peces saltaban repetidamente y se estrellaban en sábanas de espuma—, se dio cuenta de que lo que se había enganchado era algo mucho más extraño. Cuando el pescador finalmente arrastró a su adversario hacia la orilla, una pequeña multitud se reunió para admirar el cuerpo metálico de la criatura, su aleta dorsal en forma de vela y su pico puntiagudo. Sprague había capturado un pez vela.

No hace falta ser ningún ictiólogo para saber que el pez vela no pertenece al canal de cabo Cod. El Istiophorus albicans prefiere el trópico y el subtrópico; y visita tan poco Nueva Inglaterra que Massachusetts ni siquiera tiene registro de ello. Pero estas extrañas capturas —incluyendo la cobia y las rayas torpedo— se están volviendo más comunes. Durante la última década, el golfo de Maine, la cuenca que se extiende del cabo Cod a Nueva Escocia, se ha calentado más rápidamente que cualquier otra parte del océano sobre la tierra, debido a que el cambio climático ha unido sus fuerzas con un patrón oceanográfico natural llamado oscilación multidecadal del Atlántico, que ha hecho aumentar la temperatura de la superficie marítima en 2 °C desde el 2004 hasta el 2013. Como resultado se ha producido una transformación ecológica, un trastorno en la ordenación pesquera y se ha abierto una alarmante ventana hacia el futuro cálido de los océanos mundiales.

A pesar de que el golfo de Maine se ha enfrentado a tumultuosos cambios, no es el único ecosistema marino que se está alterando radicalmente. La tendencia general —aunque lejos de ser universal—, según un estudio del 2013 de Nature, es que los peces en aguas calientes huyen hacia latitudes más altas, moviéndose hacia los polos para permanecer dentro de sus rangos de temperatura preferidos. En Portugal, los pescadores han capturado casi 20 nuevas especies en los últimos años, muchas de ellas procedentes de climas más cálidos. El salmón real se está infiltrando en ríos del Ártico en los que raramente se había adentrado antes, incluso cuando el salmón corría peligro por la sequía y el calentamiento de las aguas en California y Oregón. Y según Steve Simpson, ecólogo marino de la Universidad de Exeter (University of Exeter), en Inglaterra, en el norte de Europa las sardinas han reemplazado al arenque; y el bacalao y el abadejo, de aguas frías, se han desplazado hacia el norte, y los habitantes del fondo marino corren el riesgo de ser “empujados por un precipicio” a medida que la temperatura fría del agua se aleja de la plataforma continental.

El océano es más cálido hoy en día que en cualquier otro momento desde que empezaron los registros en 1880.

“Soy optimista y creo que podemos tener una pesca sostenible y productiva, pero no pescaremos los peces que solíamos capturar”, explica Simpson. Y añade: “Es un cambio de guardia”.

Durante décadas el océano ha sido nuestra mejor defensa contra el cambio climático, al absorber el 90% del exceso de calor de la atmósfera. Pero actuar como una esponja planetaria le ha pasado factura. Desde el 1970, la temperatura de la superficie del mar en todo el mundo ha aumentado aproximadamente 0,5 °C. El océano es más cálido hoy en día que en cualquier otro momento desde que empezaron los registros en 1880.

Puesto que la temperatura del agua ha subido a lo largo de la costa este de los Estados Unidos, los habitantes del Atlántico han sufrido una drástica transformación. Según un análisis realizado por investigadores de la Universidad Rutgers (Rutgers University), la corvina negra, en el pasado muy abundante en las costas de Carolina del Norte, a lo largo del último medio siglo se ha desplazado dos grados en latitud hacia el norte, a Nueva Jersey. Las langostas han desaparecido del estrecho de Long Island, donde el aumento de la temperatura ha hecho que los crustáceos sean más susceptibles a enfermedades y, al menos por ahora, proliferan en el golfo de Maine. Las palometas han suplantado al arenque en el golfo, con consecuencias desastrosas para las crías de frailecillos, que luchan por tragarse a los intrusos en forma de disco y, al no conseguirlo, mueren de hambre. Incluso los cangrejos azules, el icono invertebrado de las bahías de Chesapeake y Delaware, han llegado al golfo de Maine. Un estudio reciente en la revista Progress in Oceanography sostiene que, si continúa el calentamiento, es posible que se reduzca la diversidad de especies, desde la gallineta nórdica hasta la raya radiante.

La corvina negra, otrora abundante en Carolina del Norte, se ha trasladado al norte, hasta Nueva Inglaterra. SERVICIO OCEÁNICO NACIONAL DE LA NOAA

Aunque el calentamiento del agua es el agente más inmediato del caos oceánico, es solo uno de los frentes de los tres asaltos del cambio climático sobre la vida marina. Puesto que el océano absorbe el dióxido de carbono, se vuelve más ácido y menos saturado del carbonato de calcio que organismos como los corales y los pterópodos —caracoles planctónicos que soportan las redes alimentarias— necesitan para construir las conchas. Los peces tampoco son inmunes: la acidificación de los océanos puede perturbar el desarrollo de las larvas de los peces y reducir su tasa de supervivencia, según un estudio realizado el año pasado en la revista PLOS One.

La desoxigenación es una amenaza aún más inmediata. Durante mucho tiempo, los científicos han estado familiarizados con las “zonas muertas” con bajo contenido de oxígeno que se forman anualmente en el golfo de México, la bahía de Chesapeake y otras áreas costeras donde se acumulan los vertidos agrícolas. Con el calentamiento de los océanos, se estima que dichas zonas hipóxicas localizadas se propaguen. El agua caliente no solo retiene menos oxígeno que el agua fría, también tiende a dividirse en capas que no se mezclan fácilmente. Según un estudio reciente, el océano ha ido perdiendo oxígeno desde mediados de los años 80, probablemente debido a que el aumento de la temperatura ha impedido su circulación. Lisa Levin, profesora en la Scripps Institution of Oceanography, señala que no todas las criaturas se ven perturbadas de la misma forma: a lo largo de la costa del Pacífico, naturalmente pobre en oxígeno, la vida marina está muy evolucionada para adaptarse. Pero todos los animales tienen su límite.

“Cuando el oxígeno disminuye, efectivamente hay una pérdida de hábitat”, afirma Levin. Y especifica: “Podrían desplazarse hacia el norte, podrían ir cuesta arriba hacia aguas menos profundas”. Las especies que no pueden desplazarse fácilmente, como los invertebrados que habitan en el barro, pueden perecer.

El cruel resultado de la desoxigenación es que las aguas cálidas también aumentan las tasas metabólicas de los animales, lo que los obliga a consumir más oxígeno para respirar. En palabras de Curtis Deutsch, oceanógrafo químico de la Universidad de Washington (University of Washington): “Necesitan más al mismo tiempo que tienen menos”. En el 2015, Deutsch y otros autores publicaron un estudio en Science en el que analizaban cómo el doble problema del agua caliente y la desoxigenación cambiaría la distribución de especies comunes como el bacalao, el cangrejo de roca y los zoárcidos. Deutsch descubrió que las criaturas perderían de un 14% a un 26% de su hábitat. “Si se quiere mantener la viabilidad a largo plazo de la pesca, debemos pensar cuidadosamente en los patrones de pérdida de oxígeno del océano”, indica Deutsch.

Puesto que los recursos marinos se desplazan, muchos pescadores se enfrentan a una disyuntiva: seguir a los bancos hacia el norte o capturar especies diferentes.

Cuando el cambio climático y sus efectos dañinos fuerzan a los peces a reubicarse, los ecosistemas en su conjunto pueden sufrir. Esto es lo que ha sucedido en el Mediterráneo, Australia y Japón, donde los herbívoros tropicales como el pez loro, los quetodóntidos y el pez conejo han colonizado ecosistemas templados desde hace tiempo. Como que estos herbívoros amplían su especie, esquilman los bosques de algas marinas y dejan tras de sí una estela de tierras baldías, un fenómeno conocido en Japón como isoyake.

Adriana Vergés, ecóloga marina de la Universidad de Nueva Gales del Sur (University of New South Wales), afirma que la incursión tropical ha creado oportunidades y también crisis. En el Mediterráneo, una pesquería ha desarrollado unas algas marinas que el pez conejo saborea, mientras que el coral ha llenado el nicho desocupado por algas en algunas aguas territoriales japonesas. Pero en otros lugares, el trastorno ha sido catastrófico: Vergés afirma que la combinación de una excesiva presencia de herbívoros y el calentamiento del agua ha reducido el alcance de las algas en casi 100 kilómetros a lo largo de la costa de Australia Occidental, mermando especies valiosas como el abulón y la langosta, que se refugian entre las algas. Vergés teme que las algas y sus habitantes sean expulsados hacia el sur a lo largo de la costa australiana hasta quedarse sin su hábitat cercano a la costa.

“Aquí, las especies se mueven hacia los polos”, explica, y añade: “Pero llega un punto en el que ya no se pueden mover más”.

Es cierto que los movimientos hacia los polos son la norma, pero también hay muchas excepciones. En el golfo de Maine, muchas especies se desplazan en dirección suroeste, buscando puntos más fríos que se forman cerca de la orilla. Un estudio de Science del 2013 analizó más de 350 grupos de organismos marinos y descubrió que sus movimientos seguían de cerca la “velocidad del clima” local y el ritmo y la dirección de los cambios climáticos. Más sorprendente fue que esos cambios no siempre se produjeran hacia el norte, las especies en el golfo de Alaska, por ejemplo, avanzaron hacia el sur en concordancia con un ciclo natural de enfriamiento del Pacífico. La lección: el océano no se calienta de manera uniforme, y las condiciones locales generan los movimientos de los peces tanto como las tendencias generales.

Ante la rápida rotación de reservas, algunas agencias y comunidades pesqueras han empezado a analizar el futuro del pescado y el marisco. En el 2016, científicos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) descubrieron que casi la mitad de peces y mariscos del noreste eran muy vulnerables al cambio climático, especialmente especies como el sábalo, el salmón y el esturión, que pasan parte de su vida en agua dulce y, por tanto, deben lidiar con las condiciones cambiantes de ríos y océanos. Un estudio paralelo de la NOAA sugiere que los puertos cuyo destino económico está relacionado con las especies vulnerables —como New Bedford, Massachusetts, que depende de las vieiras en un 80% de sus desembarques— se enfrentan a un riesgo particular, mientras que ciudades como Point Judith, en Rhode Island, cuyos pescadores capturan desde calamar hasta rape o langosta, podrían ir mejor.

“Los puertos con diversas carteras pesqueras podrían tener un tiempo de adaptación más fácil”, afirma Jon Hare, director del Northeast Fisheries Science Center de la NOAA.

El pez conejo tropical actualmente se puede observar en el Mediterráneo. POOJARATHOD/WIKIMEDIA COMMONS

Puesto que los recursos marinos se desplazan, muchos pescadores se enfrentan a una disyuntiva: seguir a los bancos hacia el norte o capturar especies diferentes. De cualquier forma, los pescadores a gran escala, que cuentan con más recursos, tienen una ventaja, lo que supone más problemas para las atribuladas “embarcaciones pequeñas”, cuyos capitanes ya están agobiados por la sobrepesca, las estrictas regulaciones y la consolidación de la industria. “Podría ser más difícil para los pescadores (a pequeña escala) reaccionar ante el cambio climático, porque tienen menos capacidad para recorrer distancias más largas, pueden llevar menos pescado y estar menos familiarizados con las especies de peces que se encuentran en otra área”, advierte Tom Nies, presidente del New England Fishery Management Council.

Poco a poco, los reguladores han empezado a incorporar el cambio climático en la toma de decisiones: en el 2014, por ejemplo, la NOAA utilizó los datos sobre la temperatura del agua para establecer los límites de captura de las palometas. Pero Nies afirma que estos estudios de caso han sido “pocos y distantes entre sí”, y la mayoría de regulaciones siguen siendo desalentadoramente rígidas. Puesto que la platija de verano, la corvina negra y otras especies migran hacia el norte, seguir las zonas de captura ha llevado su tiempo. Los pescadores de Carolina del Norte tienen la cuota más alta de corvina negra, por ejemplo, pese a que la pesca se ha desplazado a Nueva Inglaterra. El absurdo resultado es que los pescadores de Carolina del Norte deben dirigirse hacia el norte durante diez horas para pescar su cuota de mercado, mientras que los de Nueva Inglaterra a menudo tienen que desechar la lubina.

“Los impactos del cambio climático serán mucho más graves si los datos utilizados —y el reglamento subsiguiente— no logran seguir el ritmo de los cambios ambientales”, advirtieron los senadores de Estados Unidos Chris Murphy y Richard Blumenthal, de Connecticut, en una carta del 2016 al inspector general del Departamento de Comercio, que supervisa la NOAA.

La disputa sobre las cuotas de lubina parece positivamente tranquila en comparación con lo que en Europa se conoce como “las guerras del arenque y la caballa”. Ese altercado surgió en torno al 2010, cuando el calentamiento de los mares alejó a las dos apreciadas especies de las aguas escoceses e irlandeses hacia Islandia y las islas Feroe. Después de que Islandia y las islas Feroe —ninguna de las cuales es miembro de la Unión Europea— aumentaran unilateralmente sus cuotas de pesca para explotar la repentina abundancia, una furiosa UE impuso sanciones comerciales para frenar las capturas. Aunque las partes en conflicto finalmente negociaron un acuerdo, Simpson, de la Universidad de Exeter (University of Exeter), advierte de que, sin duda, las controversias internacionales sobre la pesca transfronteriza continuarán.

Mientras que los responsables de la gestión pesquera no pueden predecir exactamente cómo responderá cada una de las especies al calentamiento de los océanos, sí que pueden implementar sistemas reguladores más ágiles y capaces de responder con rapidez a los cambios ambientales. Al materializarse una inmensa piscina de agua caliente, apodada “The Blob” (la mancha), en el Pacífico oriental en los últimos años —una extraño fenómeno oceanográfico que, aunque no sea una causa directa del cambio climático, tiene efectos similares sobre la diversidad biológica—, Elliott Hazen, ecólogo del Southwest Fisheries Science Center de la NOAA, afirma que la agencia la utiliza como “prueba de estrés climático”, una oportunidad para que el gobierno pueda evaluar su preparación para el futuro calentamiento. Por ejemplo, después de que los pescadores de California empezaran a capturar fletán, que suele habitar más al norte —y que seguramente se haya desplazado de su zona habitual a causa de “la mancha”— el Pacific Fishery Management Council redistribuyó rápidamente cuotas de pescadores del sur de Oregón a los pescadores del Estado Dorado.

El futuro de los movimientos de los peces a escala mundial puede parecer confuso, dice Hazen, pero los científicos y administradores necesitan mejorar para esperar lo inesperado. Según Hazen: “Siempre habrá acontecimientos imprevistos. Lo que podemos hacer es asegurarnos de que los planes de gestión están listos para el clima”.

, , , ,

Ben Goldfarb

ACERCA DEL AUTOR
 
Ben Goldfarb
es un periodista medioambiental freelance residente en New Haven, Connecticut (EE. UU.) y corresponsal de High Country News. Aborda con frecuencia temas de ciencias marinas y conservación de la fauna. Ha escrito artículos para Orion Magazine, Scientific American y The Guardian, entre otras publicaciones. Puede encontrarlo en Twitter en
@Ben_A_Goldfarb.