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09-11-2017 : Artículo

Refugio urbano: Cómo las ciudades pueden ayudar a reconstruir las poblaciones de abejas en declive

Ante la amenaza a la que están expuestas las abejas por la pérdida de hábitat, los pesticidas y el cambio climático, algunos investigadores han llegado a la conclusión de que plantar parterres de flores en jardines urbanos y espacios verdes puede contribuir a la recuperación de estos polinizadores esenciales. Los resultados ya se pueden ver en ciudades como Chicago, Londres y Melbourne

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El Lurie Garden se ha convertido en un importante hogar para las abejas y otros polinizadores. JO ANA KUBIAK / LURIE GARDEN

Las ondulantes formas de acero inoxidable del Pabellón Jay Pritzker, diseñado por Frank Gehry, se vislumbran desde detrás del Lurie Garden, un jardín de unas 1,5 hectáreas situado en Millennium Park, ante el fondo de la famosa silueta de Chicago. Otro hito en una ciudad que durante mucho tiempo ha sido un laboratorio para la innovación en arquitectura y paisajismo, el jardín se ha considerado un “modelo de horticultura responsable”. Las plantas y flores perennes en abundancia son un contrapunto llamativo a las construcciones circundantes de hormigón y vidrio. Tal vez lo más inesperado, en un lugar que se encuentra encima de un estacionamiento subterráneo de 4.000 vehículos y un depósito de ferrocarril en el centro de la ciudad, son las abejas que revolotean de flor en flor.

En el siglo XXI, los espacios verdes urbanos deben cumplir muchas funciones: paisajes verdes de recreo, parques infantiles, lugares de encuentro, etc. A medida que las ciudades continúan extendiéndose por todo el planeta, dejando meras parcelas y fragmentos de espacios naturales a su paso, los jardines también deben servir cada vez más como espacio vital para las plantas y los animales autóctonos. No todas las especies son aptas para la vida urbana, pero desde Berlín hasta Melbourne y Berkeley, los investigadores están descubriendo que los parterres de flores —en parques, zonas residenciales, huertos comunitarios y terrenos baldíos— ayudan a poblaciones de abejas sorprendentemente sanas, las polinizadoras más importantes en zonas agrícolas y la mayoría de las áreas naturales. En algunos casos, las poblaciones de abejas urbanas son más diversas y abundantes que las rurales.

De hecho, cuando Rebecca Tonietto estudiaba las abejas en Chicago en el 2008, apenas cuatro años después de que el Lurie Garden abriera sus puertas al público con mucha fanfarria, hizo un descubrimiento notable. Entre los girasoles altos y delgados y las ráfagas de monardas de color púrpura se distinguía la especie de Lasioglossum michiganense, una abeja del sudor autóctona que nunca se había visto antes en Illinois, recolectando polen y néctar en el enorme Techo Verde, el paisaje más urbano de Chicago.

La extensa plantación para abejas y otros polinizadores por parte de paisajistas y jardineros ya está en marcha.

Tonietto, bióloga de la Universidad de Michigan-Flint (University of Michigan-Flint), es coautora de un ensayo reciente, publicado en la revista Conservation Biology, que apunta a la investigación sobre las abejas urbanas como prueba de que los humanos pueden compartir hábitat de alta densidad con otras especies. Junto con sus colegas sostiene que la ciudad, rodeada de entornos rurales y suburbanos cada vez menos hospitalarios, puede “convertirse en un refugio” para especies de abejas y otros insectos que sufren un grave descenso de su población.

“Esto significa que realmente podemos hacer algo para la conservación en las ciudades”, aparte de la educación y divulgación públicas, señala Damon Hall, autor principal del ensayo y biólogo de la Universidad de Saint Louis (Saint Louis University).

Según informa la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, entre los años 2008 y 2013 la abundancia de abejas en los Estados Unidos disminuyó de forma más drástica en el cinturón maicero del Medio Oeste y en el Valle Central de California, donde la producción agrícola se ha intensificado. Según escriben los autores, “entre las numerosas amenazas a las abejas silvestres, entre las que figuran el uso de pesticidas, el cambio climático y las enfermedades, la pérdida de hábitat probablemente ha sido el factor de mayor influencia”. Hall afirma: “Tenemos que encontrar una salida a estos descensos, pero mientras tanto tenemos una oportunidad dentro de las ciudades para apoyar y estabilizar el hábitat de las abejas”.

La abundancia de abejas silvestres en los EE. UU. en el 2013: el color amarillo muestra las áreas donde han disminuido las poblaciones de abejas. KOH ET AL., PNAS 2016

La extensa plantación para abejas y otros polinizadores por parte de paisajistas y jardineros ya está en marcha. Los puntos de color naranja que marcan la ubicación de nuevas plantaciones para polinizadores encubren la mayor parte del mapa de los EE. UU. publicado en el sitio web de Million Pollinator Garden Challenge, una iniciativa lanzada en el 2015 por una asociación que aglutina a ecologistas, jardineros y grupos cívicos y diseñada para crear jardines y paisajes propicios para abejas, mariposas y otros polinizadores. La jardinería para polinizadores se está generalizando en el Reino Unido, siendo los céspedes del Parque Olímpico de Londres su escaparate. Haciéndose eco de otros partidarios de la jardinería para polinizadores, Vicki Wojcik, directora de investigación de la organización sin ánimo de lucro Pollinator Partnership, señala: “La gente ve en la plantación para polinizadores algo inspirador, porque realmente sientes que estás marcando una diferencia”.

¿Puede ser que los jardines urbanos fomenten la propagación de las agresivas abejas invasoras que podrían acabar con las especies autóctonas en declive?

Sin embargo, en medio de las alentadoras noticias sobre las abejas urbanas, se están planteando algunas cuestiones incómodas. ¿Es posible que las plantas alóctonas utilizadas en la mayoría de los jardines dañen a las poblaciones de plantas autóctonas remanentes en los entornos urbanos, de los cuales muchos albergan especies amenazadas? ¿Puede ser que los jardines urbanos fomenten la propagación de las agresivas abejas invasoras que podrían acabar con las especies autóctonas en declive?

Notablemente poco se sabe sobre las abejas silvestres, un grupo de asombrosa diversidad con más de 20.000 especies en todo el mundo. En los EE. UU., las abejas varían mucho en tamaño, desde el corpulento abejorro carpintero hasta la diminuta Perdita minima, que mide menos de 0,2 centímetros y es natural del suroeste. Además de las flores, las abejas requieren lugares para anidar. A diferencia de la abeja melífera europea, que vive en colmenas, la mayoría de las abejas son solitarias y anidan en túneles que excavan en tierra o madera.

“Imagínese una abeja intentando explorar un paisaje urbano. Si pertenece a una de las muchas especies que necesitan un suelo desnudo para anidar, no tiene suerte, ya que los suelos de las ciudades que no han sido pavimentados o ocupados por edificios a menudo están cubiertos por césped denso o pisoteados debido al tráfico humano, de modo que son impenetrables. Los parterres dispersos de flores deben estar a poca distancia de vuelo, ya que debe volver a su nido varias veces al día con polen y néctar, una tarea que resulta aún más difícil debido a la naturaleza fragmentada de los espacios verdes urbanos. Incluso si es una diminuta abeja que puede satisfacer todas sus necesidades en un área pequeña, su nido puede estar tan lejos de los de otras abejas que la endogamia y, finalmente, la extinción local son inevitables”, resume Jim Cane entomólogo del Servicio estadounidense de Investigación Agrícola (U.S. Agricultural Research Service).

El Lurie Garden, situado en el Millennium Park de Chicago, es una representación “casi nativa” del hábitat de las praderas. JO ANA KUBIAK / LURIE GARDEN

Una gran ventaja de las áreas urbanas es que la gente, al igual que las abejas, se siente atraída por las flores, “el impulsor clave de la diversidad y abundancia de las abejas”, tal como dice Hall. Aunque la vegetación natural del lugar prácticamente ha desaparecido, los habitantes de la ciudad, de diversos orígenes, plantan flores de todo el mundo, lo que es una bendición para las abejas generalistas, que no son tan selectivas a la hora de buscar su alimento de flor en flor. Pero si la abeja es oligoléctica, especialista que depende del polen de un determinado grupo de plantas nativas estrechamente relacionadas entre sí, o incluso de una sola especie, “está condenada”, constata Cane.

Como consecuencia, en una ciudad típica, la mayoría de las abejas especializadas en especies de flores concretas y muchas abejas nidificantes en el suelo brillan por su ausencia, dejando espacio a lo que Cane llama un “subconjunto” de la gran fauna apícola regional. Un 13% de las abejas del estado de Nueva York se encontraron en jardines comunitarios de la ciudad de Nueva York. La mitad de las especies de abejas que existen en Alemania se detectaron en Berlín y, curiosamente, las abejas están prosperando, sobre todo en los terrenos baldíos de las ciudades en decadencia del llamado Rust Belt (Cinturón de Óxido) como Detroit y Cleveland. Hall atribuye este desarrollo al obvio “estado de abandono total” de estos lugares aparentemente dejados a su suerte. Concluye: “Nadie está por ahí fumigando glifosatos o neonicotinoides. Allí vive poca gente”.

Los científicos también han documentado especies amenazadas en las ciudades. Por ejemplo, los investigadores que estudiaron las abejas a una distancia de medio kilómetro del centro de Northampton, un extenso municipio urbanizado de Inglaterra, identificaron la abeja de cola puntiaguda Coelioxys quadridentata, una especie todo menos frecuente en las islas británicas, y descubrieron que la abundancia y diversidad de abejas en general eran más altas en el núcleo urbano que en los prados y reservas naturales circundantes.

Jardines a lo largo de la High Line de Nueva York, una antigua vía elevada de ferrocarril transformada en un parque de casi 2,5 km de longitud bordeado de especies de plantas autóctonas y alóctonas. ASOCIACIÓN DE AMIGOS DE LA HIGH LINE (FRIENDS OF THE HIGH LINE)

Hace más de un siglo, el arquitecto paisajista Jens Jensen creó una escuela propia como pionero de un nuevo enfoque del diseño paisajístico en los parques de Chicago basado en plantas nativas y comunidades vegetales regionales como las que se encuentran en la pradera. Hoy en día, el debate sobre el cultivo de plantas autóctonas o alóctonas continúa.

“En realidad la mayoría de los jardines urbanos y suburbanos apenas tenían muy pocas plantas nativas, si es que las había”, señala Mary Phillips, directora del programa Garden for Wildlife de la Federación Nacional de la Fauna Silvestre (National Wildlife Federation), y continúa: “Sensibilizar al público sobre la importancia de restablecer las poblaciones de plantas nativas es una prioridad en iniciativas como las de Garden for Wildlife y Million Pollinator Garden Challenge”.

El Lurie Garden, una representación estilizada “casi nativa” del hábitat de la pradera por el paisajista superestrella holandés Piet Oudolf, se considera “una posible resolución” a este debate. Un 26% de sus plantas son naturales del estado de Illinois. Según un blog reciente sobre el Lurie Garden, “las investigaciones actuales indican que mezclar plantas nativas y no nativas en un paisaje diseñado favorece el hábitat de los polinizadores”.

No obstante, más allá de la constatación de que estos jardines sostienen sobre todo a las abejas polilécticas, la investigación pinta un cuadro más complicado. Aparte de estudios que indican que los árboles y arbustos nativos ofrecen más recursos para la fauna ornitológica, se ha llegado a la conclusión de que “la atracción de las plantas exóticas es relativamente baja para las abejas, especialmente las abejas nativas”.

Además, en un informe reciente publicado por New Phytologist, titulado “Considering the Unintentional Consequences of Pollinator Gardens for Urban Native Plants: Is the Road to Extinction Paved with Good Intentions?”, se consideran las consecuencias no intencionales de los jardines urbanos con plantas autóctonas para los polinizadores y se plantea la cuestión de si el camino hacia la extinción está pavimentado con buenas intenciones. Los biólogos de la Universidad de Pittsburgh (University of Pittsburgh) descubrieron que las plantas nativas y no nativas utilizadas para el hábitat de los polinizadores podrían tener una variedad de efectos perjudiciales no solo sobre las plantas nativas supervivientes en la urbe, sino también sobre las abejas nativas oligolécticas que dependen de ellas. A menos que se cultiven a partir de semillas recolectadas localmente, una práctica totalmente ajena a la horticultura comercial, las plantas nativas podrían inundar las reservas genéticas únicas en fragmentos urbanos cercanos.

Un abejorro en la flor Asclepias tuberosa, también conocida como hierba de mariposa, que es nativa de Illinois. JASON KAY

Peor aún, las plantas no nativas tienen un alto potencial para escapar del cultivo. Y como ha demostrado la investigación, a menudo hay un desfase de varios años a varias décadas entre la llegada de una planta exótica y la explosión de sus poblaciones, lo que dificulta la conclusión de que una planta alóctona que ha sido inocua durante años se puede plantar con seguridad.

Tampoco se puede descartar la posibilidad de que las plantas exóticas favorezcan a las abejas no nativas que actualmente proliferan en las ciudades. Algunos científicos sospechan que algunas de estas abejas podrían estar a punto de expandir sus territorios y probablemente desplazarán a las abejas nativas con la plantación generalizada para polinizadores. T’ai Roulston, entomólogo de la Universidad de Virginia (University of Virginia), calcula que actualmente hay 41 especies de abejas no autóctonas en Norteamérica. Una de las especies que ha hecho saltar la alarma es Osmia taurus, una abeja albañil japonesa que potencialmente podría desbancar a la nativa abeja de los huertos Osmia lignaria, una importante polinizadora de manzanos y cerezos.

“He coleccionado más ejemplares de Osmia taurus en mi estación de campo que de las nueve especies nativas de Osmia, menos una”, asegura Roulston. Mientras tanto, los entomólogos señalan que en las ciudades de Estados Unidos la muy apreciada abeja melífera no autóctona consume más recursos florales que cualquier otra especie y domina a las abejas nativas en todas partes donde haya una colmena cerca.

Los defensores de las abejas dicen que la plantación de especies nativas esenciales para la supervivencia de las abejas oligolécticas debe ser una prioridad

Algunos científicos creen que los hábitats urbanos son una panacea para la conservación de las abejas, aunque sí favorezcan a algunas poblaciones importantes. En palabras de Tina Harrison, de la Universidad de Rutgers (Rutgers University), que estudia la homogeneización de las comunidades de abejas en paisajes alterados, “los polinizadores que prosperan en las ciudades son a menudo muy comunes en otros hábitats de la región circundante”, y un enfoque en su conservación podría desviar fondos muy necesarios de los esfuerzos para proteger a las abejas vulnerables. Sin embargo, según ella, conservar las abejas poco frecuentes en la región o las abejas especialistas que han encontrado refugio en las ciudades probablemente es una buena idea.

Todos coinciden en que se puede hacer mucho más para convertir las ciudades en lugares beneficiosos para las abejas, por ejemplo, asegurando que haya amplios terrenos descampados con tierra blanda para las especies nidificantes en el suelo y siguiendo el ejemplo del Gobierno francés que prohibió los plaguicidas nocivos para las abejas. Además, los defensores de las abejas aseveran que es necesario proteger las plantas nativas urbanas que quedan, y que la plantación de especies nativas esenciales para la supervivencia de las abejas especialistas amenazadas debería ser una prioridad.

Como señala Wojcik de la asociación Pollinator Partnership, el potencial de conservación per cápita de las ciudades es inmenso. Concluye: “Si cada uno de los residentes de una ciudad de un millón de habitantes plantara una sola planta que atraiga a polinizadores, habría un millón de oportunidades de alimentación más para las abejas”.

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Janet Marinelli

ACERCA DE LA AUTORA
Janet Marinelli es una galardonada periodista independiente que fue directora de publicaciones científicas y de divulgación en el Jardín Botánico de Brooklyn durante 16 años. Ha escrito y editado varios libros sobre especies en peligro de extinción y los esfuerzos realizados para salvarlos. También aborda las estrategias ecológicas para crear paisajes y comunidades resistentes. Sus artículos han aparecido en diversas publicaciones, desde The New York Times y Audubon hasta Landscape Architecture y la revista Kew.