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06-11-2014 : Análisis

¿Qué es el límite de carbono? Depende de a quién se le pregunte

Los científicos ofrecen unas estimaciones muy variadas sobre cuánto carbono podemos emitir a la atmósfera sin provocar un cambio climático peligroso. Pero establecer el llamado presupuesto de carbono es crucial si queremos que el planeta siga siendo un lugar seguro donde vivir en el próximo siglo.

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¿Cuánto carbono podemos emitir con seguridad a la atmósfera sin que el planeta sufra un cambio climático peligroso? Estaría bien saberlo. Los gobiernos del mundo están de acuerdo en que “peligroso” sería un calentamiento por encima de dos grados centígrados. Y, en los últimos informes, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) ha intentado traducirlo en un futuro presupuesto de carbono.

Pero todavía están en el aire demasiadas cifras. Podríamos emitir con seguridad más de 500.000 millones de toneladas de carbono o la cifra real podría rondar los 100.000 millones de toneladas; depende de qué estimaciones decidamos aceptar.

La ciencia es un trabajo en curso, pero sabemos el criterio que debemos seguir para no abandonar el lado seguro.

El presupuesto de carbono parece ser una de las medidas imprescindibles para que el planeta Tierra siga siendo un lugar seguro donde vivir en el siglo venidero. Por eso, es una buena idea llegar al fondo de las discrepancias, en especial porque la cuenta atrás para el cambio climático peligroso puede ser inferior a la vida útil de una nueva central térmica a carbón.

Este es un intento de desempañar la confusión estadística.

Es inevitable que haya incertidumbre. Todavía no conocemos la verdadera sensibilidad de las temperaturas mundiales a los gases de efecto invernadero que provocan el calentamiento. Y lo que es más vergonzoso para los estudiosos del clima es que hay una triple variedad de incertidumbre que, según Susan Solomon, excopresidenta de un grupo de estudio de evaluación científica del IPCC que ahora trabaja en el MIT, “no se ha estrechado apreciablemente en 30 años de investigación”.

Tan pronto como se resuelve una incertidumbre, aparece una nueva. Tan solo el mes pasado, por ejemplo, se descubrió que modelos climáticos mundiales podían haber subestimado la cantidad de dióxido de carbono que absorben las plantas en una sexta parte. Esto, según Ying Sun, de la Universidad de Texas en Austin (University of Texas at Austin), y sus colaboradores, explicaría por qué el CO2 no se acumulaba en la atmósfera con la rapidez que los modelos climáticos predecían.

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Las estimaciones sobre cuánto carbono se puede emitir todavía a la atmósfera varían considerablemente.

Las estimaciones sobre cuánto carbono se puede emitir todavía a la atmósfera varían considerablemente.
Pero aunque la ciencia siga siendo un trabajo en curso, sabemos el criterio que debemos seguir para no abandonar el lado seguro: reducir el riesgo de superar dos grados centígrados (3,6 grados Fahrenheit) a un nivel aceptable.

La conclusión es que, a pesar de la variabilidad climática natural a corto plazo, hay una relación bastante directa entre las temperaturas medias mundiales y la concentración en la atmósfera de los gases de efecto invernadero críticos, principalmente el dióxido de carbono. Asimismo, sabemos que casi la mitad del CO2 que vertimos a la atmósfera al quemar combustibles fósiles y destrozar los ecosistemas naturales se mantiene ahí. Tiene una vida atmosférica que se ha medido en siglos. Así, podemos calcular el presupuesto de carbono de lo que se tarda en mantener el calentamiento por debajo de dos grados.

Y deberíamos hacerlo. Solomon sostenía hace un par de años que las emisiones de carbono acumulativas eran el mejor modo de evaluar el riesgo del clima, ya que evitan problemas como lapsos de tiempo que se mezclan con otras mediciones, como las concentraciones atmosféricas. Dicha visión se reflejó en la evaluación más reciente de la ciencia del cambio climático, finalizada el septiembre pasado, cuando el IPCC trató de calcular por primera vez el presupuesto de carbono.

Desde entonces, científicos del clima, think tanks y críticos han estado interpretando sus cifras. Pero el proceso se ha vuelto confuso y todo el mundo parece manejar presupuestos diferentes.

El primer análisis del IPCC se incluyó en su quinta evaluación científica del cambio climático, publicada en septiembre del 2013, y se reiteró en el informe resumido publicado el pasado domingo. Sugería que una probabilidad de dos tercios de mantener el calentamiento por debajo de dos grados obliga al mundo a limitar sus emisiones de carbono totales desde 1860 a menos de un billón de toneladas de carbono. De este inmenso total, 515.000 millones de toneladas ya se han emitido hasta el 2011. Por eso, según el IPCC, nos queda algo menos de 500.000 millones de toneladas de ese presupuesto. Luego tendremos que parar de golpe y por completo.

Según el IPCC, nos queda algo menos de 500.000 millones de toneladas de presupuesto de carbono.

El informe de síntesis afirmaba que la generación de electricidad por combustibles fósiles debía “eliminarse gradualmente por completo antes del 2010”, a menos que se desplegara a amplia escala una tecnología no probada de capturar las emisiones de CO2 y enterrarlas sin provocar daño. Sin una disminución drástica de las emisiones en la próxima década, la fecha de eliminación podría tener lugar mucho antes, con probabilidad antes del 2050.

La aritmética parecía ser suficiente, pero las cifras del presupuesto de carbono calculadas por otras fuentes no siguen esta cifra concluyente del IPCC. Revelan una variedad desconcertante de diferentes estimaciones para el presupuesto restante. Entre los grupos medioambientales, el World Resources Institute (WRI) coincide con la estimación del IPCC de que nos quedan 485.000 millones de toneladas. Pero otros grupos medioambientales barajan otras cifras, por ejemplo Greenpeace o WWF afirman que son 350.000 millones de toneladas.

Los científicos están incluso menos coordinados. Un gran estudio de Nature Climate Change de septiembre elaborado por Michael Raupach y colaboradores para la Universidad Nacional de Australia (Australian National University) en Canberra cifra en 381.000 millones las toneladas. El International Institute for Applied Systems Analysis, un think tank con sede en Laxenberg, Austria, y el Global Carbon Project afirman que nos quedan 327.000 millones de toneladas. Por su parte, el International Geosphere-Biosphere Programme, consorcio de investigación internacional con sede en Suecia, afirma que son 250.000 millones de toneladas.

Para confundir todavía más las cosas, otro estudio de primer orden, publicado el pasado diciembre por Jim Hansen y colaboradores, del Earth Institute de la Universidad Columbia (Columbia University), sostiene que podríamos emitir unos 350.000 millones de toneladas más y seguiríamos teniendo un calentamiento inferior a los 1,5 grados.

Entonces, ¿qué está pasando? La buena noticia es que la mayoría de discrepancias se derivan de diferentes suposiciones y escenarios políticos, en lugar proceder de desacuerdos rotundos entre la ciencia. La mala noticia es que esto significa que no hay una respuesta correcta única.

Por ejemplo, algunas estimaciones del futuro presupuesto de carbono se han basado en el concepto de que podríamos estar seguros con una posibilidad del 50% de mantenernos por debajo de los dos grados, en lugar del 66%. Otros suponen que debemos detener todas las emisiones derivadas de la deforestación de inmediato para que todo el presupuesto de carbono restante proceda de las emisiones industriales, mientras que otros reconocen que deberíamos guardar parte del presupuesto disponible para la deforestación continua.

La elección de dos grados como umbral para el cambio climático ‘peligroso’ es en última instancia una decisión política.

Lo más difícil de desentrañar es la afirmación discrepante de Hansen de que podemos emitir 350.000 millones de toneladas y seguir limitando el calentamiento a los 1,5 grados. Según el modelista y coautor de Hansen, Pushker Kharecha, del Goddard Institute for Space Studies de Nueva York, esto se basa, entre otras cosas, en suponer que podemos detener la deforestación y a la vez plantar suficientes árboles nuevos que absorban las 100.000 millones de toneladas de carbono ya emitidas de la antigua deforestación.

Parte de los cálculos del presupuesto también hacen una concesión a los efectos de las emisiones antropogénicas de otros gases de calentamiento diferentes al CO2, como el metano. Suponen que dichas emisiones seguirán y que el presupuesto de carbono se debe ajustar a la baja para permitirlo. El propio IPCC reconoció que si contamos estos gases diferentes del CO2 el presupuesto total pasaría de un billón de toneladas a 790.000 millones de toneladas. Esto dejaría tan solo 275.000 millones de toneladas del presupuesto restante a finales del 2011.

Este enfoque es controvertido. A primera vista, si otros gases aparte del CO2 calientan la atmósfera, hay que incluirlos. La diferencia radica en que la mayor parte de ellos no se mantienen en el aire tanto como el CO2. La vida media del metano ronda los 10 años, por ejemplo, y los aerosoles que calientan duran tan solo unos días. Por eso no se acumulan del mismo modo que el CO2 y se pueden limpiar mucho más rápido con reducciones de emisiones.

Solomon sostiene que “el cambio de la temperatura a largo plazo se asocia en primer lugar a las emisiones de carbono acumulativas, debido a su mayor tiempo de residencia atmosférico”. Por eso, es una cuestión polémica si estos gases diferentes al CO2 se deberían incluir en un presupuesto de carbono dedicado a las emisiones que durarán muchos siglos. Algunos sostienen que debería haber objetivos diferenciados.

La elección de dos grados como umbral para el cambio climático “peligroso” es subjetiva y es en última instancia una decisión política. En palabras de Solomon: “Hay poca evidencia cuantitativa de que esto represente un objetivo político ‘seguro’”. También es reciente. Mientras el compromiso mundial de prevenir el cambio climático “peligroso” ya se incluía en la Convención sobre el Cambio Climático de la ONU de Río de Janeiro de 1992, la decisión de interpretarlo como un calentamiento de dos grados solo se adoptó en la conferencia del clima de Copenhague del 2009.

Los presupuestos de carbono mundiales a largo plazo apenas se han mencionado en las propuestas para la conferencia del clima de París del año próximo.

Sigue siendo objeto de debate. David Victor, de la Universidad de California en San Diego (University of California at San Diego) —crítico desde hace tiempo con los enfoques internacionales para abordar el cambio climático—, afirma que deberíamos zanjarlo porque está científicamente “mal planteado” y es políticamente inalcanzable.

Otros afirman que llevaría a impactos graves inaceptables, en especial a largo plazo, y que debemos centrarnos en algo más duro. Les preocupa en particular que el calentamiento de dos grados sea suficiente para desencadenar reacciones positivas naturales que sería difícil detener. El artículo de Hansen del 2013 exponía que “las emisiones cumulativas de un trillón de toneladas, a veces asociadas con el calentamiento global de 2 °C, incitarían reacciones ‘lentas’ y un calentamiento temporal de 3 °C o 4 °C con consecuencias desastrosas”. Entre estas “reacciones lentas”, afirma, tenemos emisiones de gases invernadero procedentes de ecosistemas cuando se destruyen selvas o se derrite el permahielo.

Por dicha razón, Hansen cree que deberíamos tratar de evitar un aumento de la temperatura de más de un grado. Esto mantendría al mundo en los límites de la temperatura de los últimos 10.000 años, apunta. (También sería ampliamente coherente con devolver los niveles de CO2 en la atmósfera a en torno a 350 partes por millón, tal como proponen grupos como el 350.org, del activista Bill McKibben.)

Hansen calcula que mantener el calentamiento por debajo de un grado significa que solo podemos liberar 130.000 millones de toneladas a partir de emisiones de combustible fósil, lo que es poco más que el valor correspondiente a una década siguiendo el ritmo de emisión actual.

Dichos presupuestos de carbono parecen estrictos, pero tienen la ventaja de ser mensurables y predecibles, asimismo podemos planificar cómo alcanzarlos. Sin embargo, mientras la última evaluación del IPCC expone la idea de un presupuesto de carbono fijo como objetivo deseable y científicamente válido, los negociadores del clima todavía no han recogido el guante. Los presupuestos de carbono a largo plazo apenas se han mencionado en las propuestas para la próxima conferencia importante sobre el clima, prevista para el año que viene en París.

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Pero el resto de nosotros podemos al menos pensar en cómo podría ser un enfoque científico y justo para cumplir con el presupuesto de carbono. La propuesta más antigua —y la más elegantemente sencilla— es la fórmula de “contracción y convergencia” del Global Commons Institute, con sede en el Reino Unido. Concibe la contracción de las emisiones mundiales para cumplir con un presupuesto de carbono mundial acordado, pero al mismo tiempo hace converger las emisiones nacionales hacia derechos estrictos per cápita, en los que el margen anual de emisiones por nación sería dictado por su población. Aquellos que tengan problemas para cumplir con dichos objetivos tendrían la opción de comerciar con los derechos.

Más recientemente, el WRI ha dado a los investigadores y al público la oportunidad de crear su propia fórmula para límites nacionales justos. El CAIT Equity Explorer del WRI incorpora criterios como emisiones históricas, niveles de desarrollo económico, capacidad de adaptarse al cambio climático y potencial para reducir las emisiones.

Durante un tiempo el Gobierno de Brasil sugirió una fórmula justa de compartir que incluía emisiones históricas. Se crearía una bolsa de derechos de emisiones mucho menor para los países de industrialización temprana, en especial europeos y de América del Norte. Algunos podrían acabar incluso sin derechos de emisión, al haber agotado ya su presupuesto, y dependerían de la compra de las cuotas de otros países.

Según Raupach, una fórmula así podría permitir por primera vez a la comunidad global desarrollar una “metodología transparente que tradujera las cuotas de carbono mundiales en nacionales bajo una amplia gama de posibles principios de reparto”.

En otras palabras, el regateo que ha caracterizado las negociaciones sobre los objetivos de emisiones de carbono durante las dos últimas décadas se podría dejar a un lado. Una vez acordado el presupuesto global de carbono y las reglas básicas de lo que es justo, los objetivos nacionales fluctuarían automáticamente. ¿Quién acepta el desafío?

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Fred Pearce

ACERCA DEL AUTOR
Fred Pearce es un periodista y escritor autónomo asentado en Reino Unido. Colabora como consultor medioambiental para la revista New Scientist y es el autor de numerosos libros, como When The Rivers Run Dry y With Speed and Violence. En sus artículos anteriores para Yale Environment 360, Pearce abordó la cuestión de cómo los pueblos indígenas están usando la tecnología GPS para proteger sus tierras y sobre la promesa de una agricultura climáticamente inteligente“.