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14-04-2016 : Análisis

¿Podemos reducir las emisiones de CO2 e impulsar a la vez el crecimiento de la economía global?

Algunas sorprendentes estadísticas recientes demuestran que la economía mundial está creciendo, mientras que las emisiones globales de carbono se mantienen en el mismo nivel. ¿Es posible que la esquiva "disociación" entre las emisiones y el crecimiento económico esté ocurriendo?

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La estadística es sorprendente. En los dos últimos años, la economía global ha crecido un 6,5 %, pero las emisiones de dióxido de carbono producidas por la generación de energía y el transporte no han aumentado en absoluto, según informó el mes pasado la Agencia Internacional de la Energía (AIE). Las emisiones de CO2 de Europa, Estados Unidos y —sorprendentemente— China se han reducido. ¿Qué está pasando?

Estas cifras plantean una pregunta clave de enorme importancia si las naciones desean evitar los peores efectos del cambio climático: ¿avanza el mundo hacia una “disociación” entre la actividad económica y las emisiones de dióxido de carbono?

Dicho de otra forma: ¿es realista la idea de un futuro de “crecimiento ecológico” en el que la prosperidad aumente y las emisiones se reduzcan? ¿O, como temen algunos, es un mito peligroso?

Cuando Naciones Unidas celebró una ceremonia de firma oficial para el acuerdo climático de París suscrito el 22 de abril, se albergaba la esperanza de que este acontecimiento tan señalado garantizara el impulso político necesario para hacer realidad el compromiso de París de detener el calentamiento global “muy por debajo” de dos grados Celsius. Pero incluso los científicos del clima eufóricos con el acuerdo de París coinciden en que, aun existiendo voluntad política, la tarea será extremadamente compleja. Muchos no tienen claro si deben ser optimistas y esforzarse por demostrar que el trabajo es factible, o pesimistas, decididos a asegurarse de que nadie piense que va a ser sencillo.

En su análisis del mes pasado, la AIE, un organismo vinculado a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), informó de que las emisiones de CO2 globales debidas a las actividades relacionadas con la energía no han aumentado desde 2013 y se han mantenido en 32 100 millones de toneladas a pesar del crecimiento de la economía global.

Esta sorprendente “disociación” entre las emisiones y la actividad económica ha estado liderada por los dos mayores emisores, China y EE. UU., que han registrado una disminución de las emisiones de alrededor del 1,5 %.

El hallazgo de la AIE llevó a una conclusión sobre las emisiones globales similar a la de un equipo internacional de climatólogos dirigido por Corinne le Quere, de la Universidad de East Anglia (Reino Unido), que se dio a conocer durante la conferencia del clima de París celebrada el pasado diciembre.

Los dos estudios coinciden en que una parte importante de la disociación se debe atribuir a China. Sus resultados han sido “bastante notables”, señala Fergus Green, analista especializado en la política energética de China de la London School of Economics. El uso del carbón en el país creció anualmente más de un 8 % entre 2000 y 2013, y ese crecimiento fue la causa más importante del aumento de las emisiones globales de CO2.

La intensidad de carbono de los países con rentas altas se ha reducido a menos de la mitad desde 1970.

En 2011, China aún obtenía el 80 % de su electricidad del carbón.

Pero una preocupación creciente por los efectos letales de las nieblas tóxicas ha activado nuevos controles que han llevado al cierre de muchas centrales eléctricas basadas en el carbón en China. La combustión de carbón disminuyó en un 3 % en 2015, y para entonces el porcentaje de la electricidad de China producida a partir del carbón había caído al 70 %, según la AIE.

Las emisiones chinas debidas a la combustión del petróleo y el gas siguen creciendo, afirma Green. Pero eso queda compensado con creces por la combinación de un uso decreciente del carbón y de reducciones en la demanda energética debidas a cambios estructurales en la economía china, en la que industrias pesadas con un alto consumo energético, como la producción de cemento y acero, están ahora en declive.

Las emisiones chinas per cápita son superiores a las de Europa, aunque los ingresos medios son de menos de la mitad que los de los ciudadanos de la Unión Europea. Pero China parece haber iniciado el camino hacia la redención climática. En París, Pekín se comprometió a alcanzar el nivel máximo de emisiones en 2030. En realidad, es posible que ya lo haya hecho, señala Green. E incluso si no, predice que a partir de ahora solo se producirán pequeños incrementos.

China está siguiendo un camino que ya habían emprendido los países económicamente más desarrollados. La intensidad de carbono de los países de la OCDE con rentas altas se ha reducido a menos de la mitad desde 1970, lo que significa que ahora se emite la mitad de CO2 por cada dólar de PIB.

Últimamente, las cosas han ido aún más lejos. Las emisiones de EE. UU. llevan cayendo más de cinco años, ya que la combustión del carbón se ha ido sustituyendo por el gas natural obtenido mediante fracturación hidráulica y por la energía eólica. Estados Unidos es ahora un 28 % más rico, pero un 6 % más limpio desde 2000, afirma Nate Aden del World Resources Institute, que indicó que, desde 2000, 21 países —todos de Europa, excepto Estados Unidos y Uzbekistán— han reducido sus emisiones de carbono y han incrementado a la vez su PIB.

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AIE

Las emisiones globales de CO2 se han estancado en los dos últimos años a pesar del crecimiento de la economía.

La economía del Reino Unido, por ejemplo, ha crecido un 27 % mientras que sus emisiones se han reducido en un 20 % entre 2000 y 2014.

Parte de esta disociación nacional es el resultado de que las economías avanzadas han trasladado sus industrias pesadas a lugares como China, explica Aden, y la mayoría de los países que han logrado la “disociación” han reducido la cuota industrial de su actividad económica. Pero este es, en su opinión, un elemento menor. Esos 21 países han registrado una disminución media de las emisiones del 15 %, mientras que la reducción de la cuota industrial del PIB es de tan solo el 3 %.

Dicho esto, resulta evidente que no todos los países están alcanzando la disociación. Las emisiones siguen creciendo en buena parte de Asia y de Oriente Medio. Desde Turquía a la India, el uso del carbón sigue en plena forma. La India tiene previsto duplicar su ya de por sí elevada producción de carbón, algo que el gobierno de Delhi justifica señalando que sus emisiones per cápita son solo una décima parte de las de Estados Unidos. Pero los optimistas señalan que, a pesar de la bravuconada, el país tiene también grandes planes para ampliar su producción de energía solar.

Dista mucho de estar claro, afirma Le Quere, de la Universidad de East Anglia, que el mundo haya alcanzado ya el máximo de emisiones de CO2 procedentes de fuentes de energía, y aún lo está menos que eso se traduzca en un máximo global de las emisiones de gases con efecto invernadero. Pero cuando los tres mayores emisores —China, Estados Unidos y la Unión Europea— muestran signos claros de que se está produciendo la disociación, los indicios son de repente bastante prometedores.

El primer indicio de que se estaba produciendo la disociación llegó hace cuatro años, cuando un informe de la Agencia de Evaluación Medioambiental de los Países Bajos y el Centro de Investigación Conjunta (JRC) de la Comisión Europea descubrió que en 2012 las emisiones de CO2 solo habían crecido un 1,1 % globalmente, mientras que el PIB había aumentado un 3,5 %. Greet Janssens-Maenhout, del JRC, señala: “Se ha estado produciendo una disociación constante y creciente durante los cuatro últimos años”.

La principal causa de la “disociación” es el gran crecimiento de la energía renovable.

No hay ningún precedente moderno. El crecimiento de las emisiones globales de CO2 experimentó breves caídas a principios de la década de 1980, en 1992 y de nuevo en 2009; pero en todos estos casos se debió a una disminución de la actividad económica.

La principal causa de la disociación es el gran crecimiento de la energía renovable. El año pasado, se invirtió en nuevas instalaciones de energías renovables como la energía solar y eólica el doble de dinero que en nuevas centrales eléctricas basadas en la combustión de combustibles fósiles, según un nuevo análisis de la Escuela de Finanzas y Administración de Fráncfort. Por primera vez, la mayor parte de esta inversión correspondía a países en desarrollo, y China era responsable de un 36 % del total.

El motivo tiene tanto que ver con los precios como con las políticas climáticas. El coste del equipo fotovoltaico, fabricado en buena parte en China, ha caído un 80 % en la última década. Como resultado, las subastas de energía solar de Texas han registrado recientemente precios de hasta 4 centavos por kilovatio hora, lo que está por debajo del precio de la mayor parte de la energía basada en el carbón.

Las energías renovables solo generan aún alrededor del 10 % del total de la energía producida en todo el mundo. Y a pesar de ello, Ulf Moslener, coautor del informe de Fráncfort, explica que la inversión reciente en energía verde ha recortado las emisiones anuales de CO2 de todas las fuentes de energía, incluido el transporte, en alrededor de 1500 millones de toneladas o un 5 % con respecto a los valores que tendrían de no existir esta alternativa.

El crecimiento de renovables se está viendo acompañado por un abrupto declive de la combustión de carbón, no solo en China, sino también en Estados Unidos y en el resto del mundo. La bloguera canadiense especializada en el clima Kyla Mandel ha señalado recientemente que un cuarto de los países de la Unión Europea ya no queman carbón para producir electricidad.

Este proceso se está beneficiando además de una fuga del capital, ya que los inversores temen que las costosas minas de carbón y estaciones eléctricas basadas en la combustión del carbón se conviertan en “activos obsoletos” sin mercado a medida que las energías renovables crezcan y que los límites a las emisiones de CO2 empiecen a hacerse sentir. La industria del carbón ha sufrido un fuerte varapalo, y la mayor compañía de carbón de Estados Unidos, Peabody Energy, ha solicitado protección por bancarrota en el marco del capítulo 11 del Código de Estados Unidos esta misma semana.

Esta preocupación se extenderá probablemente a otros combustibles fósiles, señala el analista británico especializado en energía y antiguo director científico de Greenpeace Jeremy Leggett. Los bajos precios actuales del petróleo pueden impulsar la combustión del carbón y podrían retrasar la penetración en el mercado de, por ejemplo, los coches eléctricos. Pero los precios bajos también ponen freno a la inversión en nuevos campos petrolíferos. Como Leggett explicó en una publicación reciente de su blog: “La mayoría de las compañías de combustibles fósiles se enfrentan a un futuro en el que podrían no disponer del capital necesario para crecer aunque quisieran”.

Pero hay tendencias opuestas. La auditoría de emisiones de la AIE no cubre todas las emisiones de CO2. Durante el último medio siglo, la deforestación ha sido una fuente importante de emisiones de gases con efecto invernadero, aunque también eso parece estar disminuyendo. Más preocupantes, porque siguen creciendo deprisa pero quedaron excluidas del acuerdo de París, son las emisiones debidas a la aviación y al transporte internacional.

Los planes de expansión del sector de la aviación podrían hacer que las emisiones de esta fuente se tripliquen de aquí a 2040, afirma Annie Petsonk del Environmental Defense Fund. Cuando estas emisiones se tienen en cuenta, “la disociación de la que presumen muchos países desaparece por completo”, explica Kevin Anderson de la Universidad de Manchester (Reino Unido).

El sector de la aviación podría alcanzar a finales de este año un acuerdo sobre planes para compensar sus emisiones mediante la inversión en los esquemas de Naciones Unidas para la conservación forestal.

El efecto del calentamiento debido a las fugas de metano de las tuberías de distribución antiguas podría anular los beneficios de abandonar el carbón.

Pero a algunos ecologistas les preocupa que la industria se limite a financiar proyectos que ya han sido prometidos por los gobiernos dentro de sus planes para cumplir los compromisos de París. De ser así, no se producirían beneficios adicionales para el planeta.

Hay también una preocupación creciente por las tendencias de otros gases con efecto invernadero, en concreto por el segundo mayor causante del calentamiento del planeta producido por el hombre, el metano, el componente principal del gas natural. En la combustión, el gas natural produce energía con menos emisiones de CO2 que el carbón. Pero si los sistemas de distribución pierden una cantidad importante de gas, el calentamiento debido al metano podría anular el beneficio de abandonar el uso del carbón.

“Los números del metano pueden minar la tesis básica [de la disociación]”, explica el activista climático Bill McKibben, que escribió hace poco en The Nation que las emisiones de metano de Estados Unidos —“el desagradable hermano pequeño del CO2”— han aumentado más de un 30 %. En el artículo, McKibben señaló las fugas debidas a la fracturación hidráulica

Este es un fallo perjudicial de las regulaciones, pero al menos se puede solucionar con un coste relativamente bajo, según los estudios del Programa Medioambiental de Naciones Unidas. Y aunque el metano es un gas con un importante efecto invernadero, su vida en la atmósfera es de aproximadamente una década, así que no viviremos con las consecuencias durante un tiempo tan largo como el de las emisiones de CO2.

Sin embargo, incluso si las emisiones globales de CO2 y otros gases con efecto invernadero se pudieran controlar, eso no solucionará el cambio climático, dicen los críticos con el argumento de la disociación. El gran problema es que el calentamiento se debe no a las emisiones anuales sino a la acumulación de gases con efecto invernadero en la atmósfera. Y aunque el metano puede desaparecer relativamente rápido, el CO2 permanece en la atmósfera durante siglos.

El año pasado, las concentraciones de CO2 en la atmósfera superaron las 400 partes por millón (ppm) por primera vez. Según el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático de Naciones Unidas, mantener el calentamiento global por debajo de dos grados requiere probablemente mantener esta cifra por debajo de 450 ppm.

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Eso significa una emisión total de no más de 800 000 millones de toneladas de CO2 de todas las fuentes, lo que corresponde a menos de 20 años con los niveles actuales. En la práctica, las emisiones deberían haberse reducido a cero a mitad de este siglo.

“Comparados con los presupuestos limitados y rápidamente decrecientes de [las emisiones de] carbono asociados con el acuerdo de París, los indicios vacilantes de disociación tienen poca relevancia”, comenta Anderson, de la Universidad de Manchester, un pesimista declarado. “El concepto del crecimiento ecológico es muy engañoso”.

Otros son más optimistas. Aunque la disociación no pueda limitar el calentamiento a dos grados, podría limitarlo a tres o cuatro grados, después de lo cual el mundo podría encontrar formas de reducir el CO2 de la atmósfera. Pero todos los expertos coinciden en que la conclusión es, como señala Le Quere, que “debemos reducir las emisiones a cero. Cuanto más deprisa recortemos las emisiones, menores serán los riesgos”.

La disociación es real, pero es solo el principio.

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Fred Pearce
SOBRE O AUTOR Fred Pearce é escritor e jornalista freelancer do Reino Unido. Exerce funções como consultor ambiental para a revista New Scientist e é autor de vários livros sobre o tema, incluindo “When The Rivers Run Dry e With Speed and Violence”. Em artigos anteriores para a Yale Environment 360, Pearce escreveu sobre a forma como a população indígena utiliza a tecnologia GPS para proteger as suas terras e sobre a promessa de uma agricultura “amiga do ambiente”.