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04-04-2017 : Artículo

¿Podemos encontrar las turberas que quedan en el mundo a tiempo para salvarlas?

Los científicos estaban sorprendidos por el reciente descubrimiento de enormes turberas hasta ahora inexploradas en África y América del Sur. Ahora, el objetivo es ubicar más de estas gigantescas reservas subterráneos de carbono antes de que se pierdan a causa del desarrollo agrícola.

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Desde el Amazonas hasta las selvas de África central y el sudeste de Asia, están surgiendo turberas hasta ahora desconocidas como un nuevo foco en la lucha contra el cambio climático. Los científicos hace tiempo que nos dicen que proteger el clima del planeta requiere conservar las turberas tropicales así como las selvas tropicales. Pero el verdadero alcance de estos gigantescos depósitos de carbono subterráneo apenas está empezando a emerger.

Aparecen sin parar, cada uno aparentemente mayor que el anterior. Muchas veces contienen más carbono que los árboles que son visibles. Y a medida que las fronteras del cultivo se extienden en regiones cada vez más remotas, su vulnerabilidad ante los incendios y el drenaje para la agricultura —especialmente para las plantaciones de palmas aceiteras— está creciendo rápidamente.

El pantano de Pastaza-Marañón, que rodea el río Marañón en el noreste de Perú, es una de las mayores turberas del mundo, ya que abarca 35.000 kilómetros cuadrados. CORTESÍA DE OSCAR JARAMA/IIAP

El último y mayor descubrimiento se produjo en febrero, cuando Simon Lewis y sus colegas de la Universidad de Leeds (Leeds University) en el Reino Unido revelaron los resultados de una expedición a una región remota de la República del Congo (antiguo Congo Brazzaville). La región de la Cuvette Central, que anteriormente había sido un gigante lago y ahora es el hogar de los gorilas de tierras bajas y los elefantes de bosque, contiene el pantano de turba tropical más grande del mundo.

La turba —la acumulación de madera muerta ha caído en el agua estancada durante los últimos 10.000 años— tiene varios metros de espesor y abarca 150.000 kilómetros cuadrados, una superficie mayor que la de Inglaterra. Alberga unos 30.000 millones de toneladas de carbono. Eso es lo que se almacena en todos los árboles de la selva tropical de la cuenca del Congo, y el equivalente a 20 años de emisiones de dióxido de carbono de los Estados Unidos.

Este sorprendente hallazgo se produjo justo dos años después de que otro equipo de geógrafos británicos volviera de la selva del Perú para informar de una gran turbera que aún no se había cartografiado, con una superficie de 35.000 kilómetros cuadrados en la cuenca superior del Amazonas, en el noreste de Perú. El pantano de Pastaza-Marañón es, según la coautora Katy Roucoux, de la Universidad escocesa de Saint Andrews (University of St Andrew), “el paisaje de la Amazonia con mayor densidad de carbono”. Cubre solo el 3% de los bosques de Perú, pero contiene 3.000 millones de toneladas de carbono —casi la mitad del carbono terrestre superficial que almacenan las selvas de todo el país.

Los investigadores solo han arañado la superficie de las reservas subterráneas de turba y el enorme depósito de carbono que representan.

Los suelos que componen las turberas están compuestos principalmente de materia orgánica que no se ha descompuesto porque los pantanos no contienen oxígeno. Por tanto, son muy ricos en carbono. Cubren menos del 5% de la superficie terrestre, pero almacenan más del doble de carbono que todos los bosques del mundo.

Con los nuevos descubrimientos, el objetivo es encontrar más turberas tropicales ocultas y protegerlas antes de que se pierdan a causa de la propagación de las palmas aceiteras. Podría haber un montón aún por encontrar. El mes pasado, una nueva evaluación de la modelización geológica de los lugares propensos a tener las condiciones para ubicar pantanos de turba concluyó que los investigadores de campo hasta ahora solo han arañado la superficie de las reservas subterráneas de turba y el enorme depósito de carbono que representan.

En un artículo publicado en la revista Global Change Biology, Thomas Gumbricht, consultor científico del Centro de Investigación Forestal Internacional (CIFOR) en Bogor, Indonesia, informó el mes pasado de que las turberas tropicales suelen cubrir un área tres veces mayor que la calculada actualmente, de 1,7 millones de kilómetros cuadrados en vez de 440.000 kilómetros cuadrados. Y su volumen podría ser casi cuatro veces mayor, de unos 7.000 kilómetros cúbicos, lo que supondría que las turberas tropicales del mundo pueden contener no 88.000 millones de toneladas de carbono, sino 350.000 millones de toneladas, es decir, más de 200 años de emisiones de gases de efecto invernadero de los Estados Unidos.

El estudio de Gumbricht no era ningún cálculo hecho a la ligera. “Tardé cinco años para desarrollar nuevos métodos de modelización hidrológica y de evaluación de accidentes geográficos y nuevos algoritmos para recopilar información sobre la humedad del suelo a partir de datos ópticos por satélite”, explicó a Yale Environment 360. Según Gumbricht, sus resultados muestran el grado de aleatorización de las exploraciones de campo para encontrar turberas. “Las turberas se han considerado como páramos… casi no existen mapas en los que salgan cartografiadas. Incluso los científicos tienden a consultar los mapas antiguos [que] omiten los prístinos humedales”.

Los investigadores de campo involucrados en los nuevos hallazgos están de acuerdo. Lewis dijo que el gigantesco pantano de turba que descubrió en el Congo se había “clasificado erróneamente en todos los mapas anteriores”. Ian Lawson, miembro del equipo de St. Andrews que trabaja en Perú, afirmó: “Es cierto que no sabemos el alcance completo de las turberas tropicales. Hay montones de llanuras inundadas en la Amazonía y en otras partes de los trópicos que todavía están por explorar en busca de turba.”

Sin embargo, Susan Page, de la Universidad inglesa de Leicester (Leicester University), autora del antiguo cálculo de la magnitud de las turberas tropicales, es escéptica acerca de los resultados de Gumbricht. “No confío en absoluto en su metodología de cálculo de la turba”, admitió. Y añadió: “Él sobrestima enormemente la profundidad de la [recién descubierta] turbera del Congo. Yo esperaría una sobreestimación similar, y quizá más dramática, en América del Sur”. Muchos de los humedales estacionales “no producen una acumulación de turba”, explicó.

Alexandra Barthelmes, ecóloga paisajista de la Universidad de Greifswald (Universität Greifswald), en Alemania, opina que el estudio de Gumbricht es “un valioso logro”, pero podría haber dado lugar a “una sobreestimación considerable”.

Gumbricht admite que sus sorprendentes y nuevos cálculos globales sobre las turberas podrían resultar en sobreestimaciones en algunas zonas, al no tener en cuenta la pérdida de turba debido a incendios o la erosión fluvial. Pero los cálculos podrían subestimarse en otras zonas, omitiendo probables depósitos de turba en humedales africanos como el delta interior del Okavango, Sudd y Níger. Lo que es seguro es que “existen muchas más turberas en los trópicos de lo estimado previamente“. Antes se pensaba que las turberas del planeta se encontraban principalmente bajo las tundras de Canadá, Alaska y Siberia, donde la baja temperatura ralentiza la descomposición. Durante los años noventa se hizo evidente que los pantanos anegados de las islas indonesias de Sumatra y Borneo contenían ricos depósitos de turba de hasta 15 metros de profundidad.


Ecologistas de la Universidad de Saint Andrews recogen muestras de turba del pantano de Pastaza-Marañón en la Amazonía peruana. COURTESÍA DE KATY ROUCOUX

Durante mucho tiempo, afirma Lawson, estas turberas del sudeste asiático parecían ser una anomalía. “Parecía ilógico que la turba pudiera acumularse en entornos de calor tropical donde la maleza se descompone muy rápido. Pero ahora nos damos cuenta de que el anegamiento es más eficaz de lo que se había supuesto a la hora de reducir la tasa de descomposición, independientemente de la temperatura”. Si Gumbricht está en lo cierto, eso significaría que casi la mitad del carbono de las turberas se encuentra en los trópicos.

Naturalmente, los científicos han sabido desde hace mucho tiempo de la existencia de manglares tropicales. Los exploradores han vadeado por ellos desde el apogeo victoriano de David Livingstone y Henry Stanley en África. Pero su contenido de turba ha pasado desapercibido. No todos los pantanos contienen turba y “es muy difícil detectar de forma fiable la turba de forma remota”, afirma Lawson. Y añade: “Todavía no hay alternativa a ir allí con una barrena de turba” y hacer perforaciones en el pantano.

En la busca de turba por los pantanos del Congo, Lewis y sus colegas investigadores británicos del siglo XXI tomaron un camino anegado casi idéntico al descrito por el escritor de viajes Redmond O’Hanlon en su libro de 1996, Congo Journey. Pero, a diferencia de su predecesor, ellos llevaban una barrena de turba para taladrar en el pantano y descubrir el contenido de sus empapados suelos.

Las turberas, y el carbono enterrado que contienen, son sumamente vulnerables a los agricultores, que los drenan antes de plantar sus cultivos. Y cuando los pantanos se secan, la turba se oxida. Entonces el carbono se convierte en dióxido de carbono y se libera a la atmósfera.

En el sudeste de Asia, los pantanos de turba se han drenado para plantar palmas aceiteras y monocultivos de árboles para pulpa y papel.

Esto ya ha sucedido a gran escala en el sudeste de Asia, donde los pantanos de turba se han drenado para plantar palmas aceiteras —uno de los cultivos más rentables y de mayor expansión del mundo, utilizado en una gran variedad de productos de consumo, desde alimentos hasta cosméticos— y monocultivos de árboles para pulpa y papel.

En Indonesia, una rotación de 25 años de palmas aceiteras normalmente provoca la oxidación de más de 400 toneladas de carbono por hectárea, según Kristell Hergoualc’h del CIFOR. Las emisiones de Indonesia procedentes de la oxidación de la turba actualmente ascienden a unos 150 millones de toneladas de carbono al año, según Marcel Silvius de la Wetlands International, una ONG con sede en Holanda que hace campaña para proteger las turberas. Ese total equivale aproximadamente a las emisiones anuales de la quema de combustibles de origen fósil en Canadá.

La turba seca también resulta vulnerable a los incendios que a menudo provocan los pequeños agricultores a fin de despejar los bosques para las palmas aceiteras. Los incendios liberan el carbono aún más rápidamente. La mayor parte del humo y de las emisiones de carbono durante los incendios que periódicamente producen espectaculares nieblas por todo el sureste de Asia no provienen de la quema de árboles, sino de la ardiente turba subterránea. Durante los meses de septiembre y octubre del 2015, las emisiones procedentes de las selvas y pantanos de Indonesia fueron superiores a los del conjunto de la economía de los Estados Unidos. Mediante una mezcla de oxidación y quema, aproximadamente el 60% de las turberas conocidas de Indonesia se han perdido en las últimas décadas, según Silvius.

Hasta hace poco, el 90% de palmas aceiteras se cultivaba en Indonesia y Malasia, y una quinta parte de dicho cultivo se ubicaba en turberas. Pero el presidente de Indonesia, Joko Widodo, ha prometido proteger las turberas que quedan en su país. En respuesta a dicha declaración, las empresas plantadoras están buscando tierras en otros lugares. Silvius advierte que se fijan cada vez más en los pantanos de África central y América del Sur, donde recientemente se han descubierto enormes turberas hasta ahora desconocidas.

Bosque pantanoso de palmeras cubriendo un turbal, cerca de Bokatola, en la República del Congo. COURTESÍA DE IAN LAWSON

Las dos grandes turberas descubiertas en los últimos tres años se encuentran en situación de riesgo. Lawson afirma que la turbera peruana de Pastaza-Marañón se ve “amenazada por la expansión de la agricultura comercial vinculada a una nueva infraestructura de transporte”. Los agricultores se han trasladado a la vecina región de Ucayali, donde recientemente se despejaron unas 9.000 hectáreas de bosque primario para una plantación de palma aceitera. Y el gobierno peruano tiene previsto construir la primera carretera transitable, sean cuales sean las condiciones meteorológicas, que cruza la turbera, uniéndola con el resto de Perú, así como con Brasil y Colombia.

Mientras tanto, en la Cuvette Central del Congo, Lawson advierte de que “hay concesiones de palmas aceiteras y madereras que inciden en parte en nuestra turbera”. Una empresa malasia, Atama Plantations, tiene una licencia para cultivar casi medio millón de hectáreas, que incluyen la turbera.

¿Puede detenerse dicha anexión? Hay algunas señales de esperanza. En Perú, Wetlands International está trabajando con socios locales para promover el cultivo sostenible de aguaje, un jugo hecho de Mauritia flexuosa, una palmera pantanosa silvestre. Ellos lo ven como una forma de cultivar las turberas sin destruirlas. El Gobierno congoleño está considerando ampliar una reserva comunitaria alrededor del lago Tele, en el corazón del pantano de Cuvette, según indica la Wildlife Conservation Society, que administra la reserva.

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La financiación para evitar el cambio climático podría proceder del programa REDD (Reducción de Emisiones de la Deforestación y Degradación de los bosques), una iniciativa del acuerdo climático de París. El REDD debería pagar para proteger los pantanos de turba ricos en carbono, así como los bosques, afirma Lawson. La financiación de estos planes puede resultar más difícil ahora que la administración estadounidense se ha puesto en contra de financiar proyectos de ayuda relacionados con el clima. Pero ya hay un proyecto en marcha en una pequeña parte del pantano de Pastaza-Marañón, en Perú.

Lo que está claro es que el descubrimiento de estas gigantescas reservas de carbono enterrado en partes de los trópicos amenazadas por el desarrollo agrícola eleva dramáticamente el interés por su conservación como una herramienta para proteger el clima. Según Gumbricht, las implicaciones de dichos hallazgos son “buenas y malas”. La parte negativa es que hay mucho más carbono que puede liberarse y pasar a la atmósfera si las cosas van mal. La parte positiva es que “el potencial de las turberas para almacenar carbono es también más grande de lo que se había pensado hasta ahora”.

¿Pero cómo de bueno y cómo de malo es? Para responder esta pregunta el mundo necesita primero saber dónde se encuentran las turberas tropicales y la cantidad de carbono que contienen. Este será “un enorme desafío”, afirma Hans Joosten, colega de Barthelmes en la Universidad de Greifswald (Universität Greifswald). Pero un buen punto de partida sería aprovechar los conocimientos existentes que Joosten y Barthelmes creen que pueden estar desperdigados en archivos ocultos y “mayormente desconocidos por los investigadores modernos”. La pareja ha creado una base de datos mundial de turberas para poner a disposición esas fuentes antes de que sea demasiado tarde.

Foto de la página de inicio: Kemal Jufri/Greenpeace

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Fred Pearce
ACERCA DEL AUTOR Fred Pearce es un periodista y escritor autónomo asentado en Reino Unido. Colabora como consultor medioambiental para la revista New Scientist y es el autor de numerosos libros, como When The Rivers Run Dry y With Speed and Violence. En sus artículos anteriores para Yale Environment 360, Pearce abordó la cuestión de cómo los pueblos indígenas están usando la tecnología GPS para proteger sus tierras y sobre la promesa de una agricultura climáticamente inteligente".