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19-05-2014 : Opinión

Plan de acción para acabar con la parálisis en cuanto a la acción mundial sobre el clima

La comunidad internacional debería dejar de perseguir la quimera de un tratado vinculante que limite las emisiones de CO2. En su lugar, debería buscar un enfoque que aliente a los países a comprometerse en una “carrera por ser los primeros en el ranking” de soluciones energéticas con emisiones de CO2 bajas.

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La mesa de negociación internacional se basa fundamentalmente en evaluaciones de los intereses nacionales de las partes implicadas. Esta afirmación en apariencia tan obvia explica tanto el fracaso persistente en las negociaciones mundiales sobre el clima como la oferta de un camino hacia el éxito.

Logo XV Conferencia Internacional sobre el Cambio Climático

La conferencia sobre el clima de Copenhague de 2009 demostró la dificultad de alcanzar un tratado internacional.

La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático —acordada en Río en 1992 y ratificada por 195 países, entre ellos los Estados Unidos— se basó desde las primerísimas palabras en la idea de que “el cambio del clima de la Tierra y sus efectos adversos son una preocupación común de la humanidad”. Buscaba organizar una acción mundial que atajara la amenaza del bien común mundial: la atmósfera y el sistema climático del que dependen la vida sobre la Tierra. Sin embargo, dicha acción global depende de los gobiernos nacionales, cuya responsabilidad principal son sus ciudadanos y el bienestar de estos. Por esta razón, han flaqueado las negociaciones sobre el clima. Las naciones no pudieron acordar a quién culpar, cómo asignar las emisiones ni tampoco las proyecciones para el futuro. Muchos argumentan que dichos límites sobre las emisiones son perjudiciales para sus intereses económicos a corto plazo. Algunos dependen de la producción de combustibles fósiles mientras que otros perciben el desarrollo del combustible fósil como el único camino para salir de la pobreza extrema, incluso aunque otros hayan empezado a perseguir un futuro más sostenible.

Mientras tanto, los informes científicos sobre el cambio climático son cada vez más pesimistas. El amplio cambio sistémico es más aparente cada año y los últimos informes del Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC) de la ONU, así como la Evaluación Nacional del Clima de los Estados Unidos de este mes, aportan noticias cada vez peores.

Este plan cambaría la psicología del cambio climático para dejar de ser una carga y convertirse en una oportunidad.

Afortunadamente, la transformación medioambiental y el cambio tecnológico no esperan a que finalice esta parálisis del acuerdo político. Las fuentes de energía más limpias —energía renovable, en especial eólica y solar, así como menos combustibles fósiles con mayor contenido de carbono, gas natural— están aumentando su penetración en los mercados energéticos del mundo, demasiado despacio pero a un ímpetu creciente. Los sensores y controles electrónicos permiten un mejor manejo de la demanda energética y un uso inteligente de la energía, todo un cambio catalítico. El carbón sigue dominando en todo el mundo, pero sin un despliegue generalizado de las tecnologías de captura de CO2, sus días quizás estarían contados. Las alternativas más limpias están avanzando en parte por las preocupaciones sobre el cambio climático, pero lo más importante es que lo hacen porque el progreso tecnológico las está volviendo más atractivas, tanto desde el punto de vista económico como político.

Lo que una vez pareció un espejismo se está convirtiendo en una realidad: el mundo puede entrever ahora la perspectiva de una economía que depende ampliamente de una energía limpia abundante, inagotable y asequible. Estamos en las primeras fases de una carrera global para suministrar un conjunto de nuevas técnicas y sistemas escalables; con probabilidad la mayor oportunidad económica para del siglo xxi.

Estos cambios se están volviendo más claramente reconocibles y comprensibles, pero el marco negociador actual no está diseñado para alentar a que cada nación los persiga en función de sus propios intereses y ventajas nacionales. Creemos que ha llegado el momento de que la comunidad internacional altere su estrategia climática colectiva, que cese en la búsqueda de un acuerdo descendente e imposible que abarque a todo el mundo —descrito de modo poco atractivo como “compartir la carga”— y en su lugar promover un enfoque que se construya sobre los intereses nacionales y estimule una “carrera para ser los primeros del ranking” en soluciones energéticas bajas en CO2. Esto cambiaría la psicología del problema del cambio climático al pasar de ser una carga a convertirse en una oportunidad, y cambiaría el probable resultado al pasar de ser una preocupación constante ante el fracaso al entusiasmo de construir un mundo mejor. Esta es la óptica desde la que hay que observar la perspectiva de un nuevo acuerdo climático en las conversaciones internacionales que tendrán lugar en París en 2015.

Un nuevo acuerdo debería reconocer que un marco con la fórmula simple en la que encajen todos no es factible: no sabemos cómo asignar las emisiones entre las naciones, la economía global lo hace imposible de todos modos, y la antigua diferenciación entre economías desarrolladas y aquellas en desarrollo ha dejado de ser válida. En su lugar, se necesita un nuevo comienzo, basado en parte en lo que se ha llamado “compromiso y revisión”: los países se comprometerán a dar pasos concretos para reducir las emisiones de dióxido de carbono y entregarán periódicamente sus progresos a la comunidad internacional para que los revise.

En lugar de esforzarse por un tratado mundial impreciso pero vinculante, la idea es alentar a los países a establecer compromisos nacionales sólidos en el interés propio de sus economías y luego encajarlos en el acuerdo de París, que no tendría la forma de un tratado y, por lo tanto, no sería necesario ratificarlo. Los países tendrían motivación para tomar estas acciones como respuesta a la competencia, tanto económica como política, a la presión de sus homólogos internacionales y a las aspiraciones de sus propios ciudadanos. La meta dominante es estimular la acción nacional para doblar hacia abajo la curva de emisiones de CO2 de un modo significativo y medible, que dé una mayor certitud al sector privado para innovar e invertir en tecnologías con emisiones bajas. Es la mejor opción del mundo para acelerar el avance y evitar el cambio del clima, que sería catastrófico.


Hace ya 17 años de la firma del Protocolo de Kioto y ha habido muy poco movimiento. El Senado de los Estados Unidos no pudo ratificar ampliamente el tratado porque los miedos en cuanto a los límites de las emisiones dañarían injustamente a determinados sectores de la economía, y los países desarrollados y en vías de desarrollo han estado en desacuerdo en cuanto a la responsabilidad histórica sobre las emisiones. En global, los límites sobre las emisiones han parecido ser límites sobre la prosperidad y el crecimiento, y los defensores del statu quo —potentes grupos de la industria, concentraciones de fondos soberanos y guerreros ideológicos— han argumentado que los activistas sobre el clima pretendían sabotear la economía industrial moderna.

El cambio hacia una economía con emisiones bajas de CO2 se está dando incluso a pesar de no disponer de un acuerdo mundial legalmente vinculante.

Por fortuna, el avance tecnológico está desactivando este argumento a medida que pasa el tiempo y aumenta la intensidad de los impactos del clima, lo que vuelve incluso más urgente la necesidad de una acción en concierto. La inversión pública y privada en investigación, desarrollo y despliegue de tecnologías de energía limpia está dando resultados.

Este cambio hacia una economía de emisiones de CO2 bajas se está dando incluso sin el Santo Grial de la mayoría de negociadores sobre el clima, un nuevo acuerdo mundial “legalmente vinculante”. Países, estados, ciudades y empresas están pasando a la acción, en parte por la preocupación sobre el cambio climático, pero también porque dicha acción redunda en beneficio de su propio interés económico, ya sea directamente (a través de medidas eficaces que ahorren dinero como iluminación de las calles con LED) o indirectamente (salvando las vidas que se acortaban por la contaminación del aire). A medida que se expanda el mercado de tecnologías de baja emisión, mejorará el rendimiento y el precio y será más competitivo.

Mientras el mayor coste de capital inicial de las tecnologías energéticas limpias sigue siendo un obstáculo, a lo largo del tiempo la carencia de costes de combustible para la energía renovable (como luz solar o viento) compensa el coste variable. Los ahorros en costes derivados de la eficiencia energética producen de manera similar una tasa de retorno predecible y atractiva. De hecho, un estudio reciente ha revelado que las inversiones en soluciones con bajas emisiones generan un retorno positivo del 33%. En el otro lado de la ecuación, hace tiempo que se reconoce que el precio de los combustibles fósiles no refleja sus muchos costes externos, entre ellos contaminación del aire, riesgos políticos y de seguridad y daño derivado del cambio climático.

La reciente historia de China ejemplifica tanto la tensión histórica entre desarrollo y clima como un camino para reconciliarlos. El carbón ha impulsado un crecimiento económico destacable del país pero también ha producido un aire poco saludable y un daño medioambiental intolerable. Como respuesta, los líderes chinos están concibiendo un cambio en serio hacia la energía solar y eólica, una mayor eficiencia energética y el desarrollo del esquisto, basado en sus propios intereses económicos y políticos. Esta inversión puede llevar a un mayor alineamiento sobre la política climática entre China, los Estados Unidos y la Unión Europea e influir también en otros países desarrollados.

Por medio de estos ejemplos y de muchos otros, está surgiendo un camino hacia una evolución acelerada sobre el cambio climático, basada en un tema de oportunidad a medida que el cambio hacia las renovables y una mayor eficiencia producen nuevos negocios, más empleo, un aire y un agua más sanos, a la vez que mejoran la salud pública. La realidad política es que los países van a ver cada vez más que este es el camino en favor de sus propios intereses. Debería alentarse a que compitieran por llegar a los primeros puestos del ranking en lugar de discutir sobre límites en cuanto a las emisiones.


La conferencia sobre el clima de París, prevista para diciembre de 2015, es el escenario para que entre en acción un nuevo acuerdo mundial a largo plazo. Para que alcance el éxito son básicos cuatro elementos principales.

El primero es una afirmación de los objetivos mundiales. Las naciones deberían reiterar el compromiso del mundo —manifestado por primera vez en la Convención Marco de 1992— para “evitar una interferencia antropogénica peligrosa en el sistema climático”, así como el acuerdo del Convenio de Copenhague de 2009 para limitar el incremento global de las temperaturas de 2 ºC. Deberían vincular esta visión con los compromisos nacionales concretos y mesurables que marcarán un cambio mundial para pasar de las palabras a la acción en una nueva actitud de querer es poder para abordar el cambio climático.

Se debería considerar un precio global coordinado respecto al CO2 a partir del año 2020 si el progreso no es el adecuado.

Lo segundo es establecer compromisos nacionales sobre la reducción de las emisiones. Como paso provisional, los jefes de Estado deberían tratar y confirmar en la Cumbre sobre el Clima de septiembre de 2014 en Nueva York este nuevo enfoque como la dirección central para los negociadores de París. Se debería animarles a superarse entre ellos con nuevos y mejores compromisos para acciones concretas de los cuatro “módulos” acordados en el Plan de Acción de Bali de 2007: mitigación, adaptación, tecnología y finanzas. De ese modo, se pueden posicionar como inversores en la emergente economía de energía limpia, como protectores de sus granjeros y otros elementos que dependen de un clima predecible y como guardianes de las generaciones futuras, en coherencia con sus intereses nacionales particulares. Para la conferencia de París de 2015, todos los países deberían haber manifestado claramente sus compromisos quinquenales para 2020 y los objetivos a largo plazo —con hitos provisionales revisables— para el periodo más allá de 2020.

Esta estrategia de módulos es un impulso constructivo. Los Estados Unidos han estado abogando por un enfoque ascendente desde Copenhague y en las conversaciones de Varsovia del noviembre pasado se invitó a los países a comunicar sus contribuciones planificadas para reducir las emisiones en el primer trimestre de 2015. El mayor impacto inmediato procederá de reducir los contaminantes potentes pero de vida relativamente corta, como el negro de carbón (en especial el hollín de los fuegos de cocina), el metano y los CFC (hidrofluorocarburos, que se usan en los equipos de refrigeración), y estabilizando la cubierta de selva mundial. Dichos pasos se pueden tomar mediante relaciones relativamente baratas como pueden ser coaliciones de empresas así como de gobiernos.

Como tercer elemento del paquete, los líderes deben acordar en París una revisión sistémica de las promesas de reducción de las emisiones. No es probable que los compromisos de París por sí mismos coloquen al mundo inmediatamente en una trayectoria coherente con el objetivo de los 2 ºC. Por esa razón, los negociadores deben establecer un proceso de revisión mediante el cual un organismo internacional como el IPCC monitorice los avances y elabore informes a intervalos de tres años. Todavía no hay apetito en la comunidad internacional por un mecanismo que fuerce a la acción por parte de los países que ofrecen compromisos débiles o que carecen de ellos. Tanto las zanahorias como los palos —la participación en el sistema comercial mundial de emisiones de carbono, por ejemplo, o la imposición de multas por aranceles basadas en los precios del carbono— son opciones que se podrían considerar en el futuro. Se debería considerar un precio coordinado sobre el CO2 —el camino más eficaz económicamente para reducir las emisiones— después del año 2020 si los avances se juzgan inadecuados. Todavía quedan obstáculos políticos considerables, pero las principales empresas —desde Google hasta ExxonMobil— se están preparando para esta eventualidad adoptando precios del carbono internos que se usen en la elaboración de inversiones.

El financiamiento es la pieza clave final para alcanzar un acuerdo mundial. En 2009 en Copenhague, los Estados Unidos se comprometieron solemnemente a que los países desarrollados movilizaran 100.000 millones de dólares al año para ayudar al cambio climático para el resto del mundo hasta el año 2020. En un momento de recortes fiscales en Occidente, la posibilidad de que se cumpla una promesa en forma de ayuda extra al desarrollo es prácticamente nula. Sin embargo, el compromiso es eminentemente alcanzable en el contexto de la inversión energética mundial, que tiene un flujo anual miles de veces igual a la cantidad comprometida en Copenhague.

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El capital necesario para un cambio global hacia sistemas de energía con bajas emisiones de carbono se puede movilizar desde los inversores institucionales altamente líquidos pero con aversión al riesgo, como fondos de pensiones, empresas de seguros y fondos de riqueza soberana, con activos superiores a los 80.000 billones de dólares. La manera de atraer estos fondos es comprometiendo a las entidades financieras públicas como colaboradores para reducir el riesgo de inversión, en particular en los países en vías de desarrollo, y garantizar beneficios seguros y predecibles.

Ya sea impulsado por el precio del carbono como por la reducción de los subsidios a los combustibles fósiles o continuando con la innovación tecnológica, la acción nacional y la inversión a larga escala para transformar los sistemas de energía mundiales puede iniciar una era más optimista de progreso concreto sobre el cambio climático. Junto con una visión mundial convincente, la colaboración publicoprivada y una promesa de volver a la mesa negociadora a intervalos regulares hasta alcanzar un consenso, se trata de un paquete sólido y previsor que se podría acordar en París en 2015. Podría proporcionar lo que, más que otra cosa, el mundo necesita: una determinación para actuar, no solo negociar. Incluso puede ir impulsado de la mano de los dos mayores emisores de CO2 como son los Estados Unidos y China. Ya coherente con la postura de los Estados Unidos, China parece estar lista para adelantar nuevos compromisos, y los dos países colaboran activamente en el clima y la energía de diferentes modos.

Que estos pasos sean suficientes para evitar la catástrofe climática sigue siendo poco claro. Incluso aunque las economías más industrializadas fueran capaces de reducir las emisiones por completo, el pronóstico para la atmósfera de la Tierra sería triste si los países en vías de desarrollo pero ricos en recursos no cambiaran su rumbo. Lo que París puede hacer es ayudar a acelerar el ritmo de adopción y cambio tecnológico hacia el día en que las fuentes energéticas más limpias sean también las más baratas y, por lo tanto, las dominantes. La recompensa será una mejora de la salud pública y un mayor bienestar económico y, lo que es más importante, se evitará que el clima mundial descarrile.

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Timothy E. Wirth
ACERCA DE LOS AUTORES Timothy E. Wirth (izquierda) es vicepresidente del Consejo de la United Nations Foundation y la Better World Fund. Exsenador de los Estados Unidos y representante por Colorado, Wirth fue presidente de la United Nations Foundation entre los años 1997 y 2013. Thomas A. Daschle (derecha) es asesor político sénior en el bufete DLA Piper. Fue senador de los Estados Unidos por su estado de residencia, Dakota del Sur, y es el único senador en haber servido dos veces a la vez como líder mayoritario y minoritario.