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16-09-2017 : Opinión

Perspectiva a largo plazo: el ‘legado eterno’ del cambio climático

Las proyecciones del cambio climático se centran a menudo en el año 2100. Pero las observaciones geológicas demuestran que, a no ser que reduzcamos rápidamente las emisiones de gases de efecto invernadero, quedaremos atrapados por un aumento drástico de la temperatura y del nivel del mar, que alterará la faz de la tierra no solo por siglos, sino por milenios

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A causa de la subida del nivel del mar la superficie de la isla india de Ghoramara ha disminuido de unos 20 km2 a tan solo 5 km2 en las últimas décadas. ZUMA PRESS/ALAMY

Es posible que, una vez transcurridos cien o doscientos años, la gente perciba en una mirada retrospectiva a nuestra era actual —caracterizada por altas temperaturas récord año tras año, una rápida desaparición del hielo marino en el Ártico y una subida gradual del nivel del mar— parte de un pasado mucho más fresco y agradable. La oleada de fenómenos meteorológicos extremos del mes pasado, que devastó Houston, la cuarta ciudad más grande de Estados Unidos, desató un huracán terrible, que arrasó el Caribe y Florida, y provocó enormes inundaciones en la India y Bangladesh, puede ser un preludio de más huracanes monstruosos, diluvios bíblicos y aluviones costeros provocados por condiciones meteorológicas extremas y niveles del mar considerablemente más altos.

Si ya resulta muy difícil dirigir la atención de la opinión pública, de los medios de comunicación y de los políticos a lo que podría suceder a nuestro planeta en 2100, tanto más difícil es plantear un enfoque en las subidas futuras del nivel de mar que se alcancen —según las últimas investigaciones— dentro de unos cientos de años. Sin embargo, dichos estudios llegan a la conclusión de que hay que plantear con urgencia la cuestión de cómo podría ser el mundo dentro de 200 o 300 años si no se consigue controlar las emisiones de gases de efecto invernadero. “Urgencia” puede parecer un término un tanto descabellado en relación con un período de tiempo tan largo, pero es verdad que, si la humanidad continúa fracasando en el intento de reducir las enormes cantidades de emisiones de carbono, las consecuencias podrían alterar el planeta no solo por cientos, sino por miles de años.

Lo que se avecina en pocas generaciones estará determinado por las leyes ineludibles de la química y la física

¿Por qué nos preocupan tanto los peligros a largo plazo que el calentamiento global puede acarrear al clima estable que ha alimentado a la civilización humana en los últimos 10.000 años? Porque al observar las eras anteriores de altas emisiones naturales de carbono y ciclos de glaciación y desglaciación, podemos ver lo que le podría esperar al mundo en caso de que las emisiones de carbono generadas por el hombre continuaran su trayectoria habitual. Lo que se avecina en pocas generaciones estará determinado por las leyes ineludibles de la química y la física: el aumento de la temperatura sigue a las emisiones de CO2, una fracción crucial de las cuales puede persistir en la atmósfera durante miles de años. La subida del nivel del mar, a su vez, es una consecuencia del aumento de la temperatura. El resultado final es que los océanos del mundo pueden seguir aumentando de nivel durante muchos miles de años, incluso después de que las temperaturas se estabilicen.

Los aumentos del nivel del mar que estamos observando hoy en día —que alcanzan unos 3 cm por década, considerablemente más altos que los registrados hace 50 años— podrían acelerarse de forma vertiginosa en un siglo. Pero esto será solo el principio. Las primeras etapas del colapso irreversible de los glaciares en Groenlandia y la Antártida apuntan a un aumento mucho más rápido, aunque es imposible decir exactamente cuándo podría suceder.

La historia geológica indica que los mares podrían haber aumentado en un pasado lejano a velocidades verdaderamente asombrosas —unos 30 cm por década durante siglos. La histiografía de la humanidad no conoce nada parecido. No obstante, puesto que había sucedido antes y dadas las tendencias actuales de las emisiones de gases de efecto invernadero, no se puede descartar la posibilidad de que tales subidas épicas, o incluso superiores, se repitieran.

Cambio medio a largo plazo del nivel del mar a escala mundial en los últimos 20.000 años (línea negra) y proyecciones para los próximos 10.000 años, basándose en cuatro escenarios posibles de emisiones de carbono (1.280, 2.560, 3.840 y 5.120 gigatoneladas). La ilustración muestra la extensión actual y proyectada de la capa de hielo en Groenlandia y la Antártida. CLARK ET AL. 2017.

Estas posibilidades deberían entrar en el cálculo a la hora de adoptar decisiones en materia de energía, desarrollo costero y política económica. La ceguera ante escenarios dentro de siglos futuros significa pasar por alto la ciencia. El nivel del mar no dejará de aumentar milagrosamente en el año 2100, referido en tantos pronósticos actuales. De hecho, cabe la posibilidad de que el aumento del nivel del mar experimente una aceleración significativa en aquel momento del futuro, especialmente en condiciones de altos niveles de carbono.

Según resultados obtenidos de investigaciones, es posible que la subida del nivel del mar se acelere constantemente y sea imparable durante miles de años debido a la enorme inercia del sistema climático; en un artículo publicado en el 2016 en Nature Climate Change, por ejemplo, se informó de que el nivel del mar podría aumentar, en un futuro lejano, entre 25 y 50 metros, aproximadamente.

Dadas las tendencias actuales, el cumplimiento del objetivo declarado del Acuerdo de París de limitar el calentamiento a un máximo de 2 °C (3,6 °F) queda puesto en entredicho, por no hablar de cómo podría ser el mundo en el año 2200, 2300 o después, si las temperaturas globales suben entre 4 °C y 5,5 °C por encima de los niveles actuales, una proyección realista si se tiene en cuenta la evolución de las emisiones en la actualidad. Tal clima apenas sería reconocible. Aparte de las tormentas catastróficas y los niveles del mar muchísimo más altos, las temperaturas de entre 4 °C y 5,5 °C más calurosas que las de hoy en día causarían estragos en los océanos y la agricultura y, en las zonas más cálidas del mundo, harían imposible la vida humana.

Un aumento de temperatura de 4 °C marca la diferencia entre el “clima ideal” de hoy en día y las condiciones dramáticas de la última Edad de Hielo

¿Cuál sería el impacto que tendría este aumento de las temperaturas sobre el planeta en los siglos venideros? Considere esto: un aumento de temperatura de 4 °C a 7 °C (de 7 °F a 12,6 °F) marca la diferencia entre el “clima ideal” de hoy en día y las condiciones dramáticas de la última Edad de Hielo, que alcanzó su punto máximo hace unos 26.000 años. En el apogeo de la última Edad de Hielo, las capas de hielo cubrían gran parte del hemisferio norte y se apilaban sobre algunas partes de Norteamérica con una profundidad de más de 1,6 km.

Hasta hace aproximadamente un siglo, las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera se habían mantenido estables entre 260 y 280 partes por millón durante miles de años. En la primavera pasada superamos 410 partes por millón y las concentraciones de CO2 continúan aumentando sin cesar. Puesto que el dióxido de carbono sigue acumulándose en la atmósfera —se prevé que el 20% o más del CO2 en el aire hoy en día permanezca en la atmósfera hasta el 3000—, podríamos alcanzar concentraciones de 900 a 1.000 partes por millón de CO2 dentro 100 o 200 años.

Estos valores rivalizarían con las concentraciones de CO2 en el Eoceno, hace 50 millones de años, cuando las temperaturas globales eran hasta 16 grados más altas que las registradas antes de la industrialización, una época en la que apenas había hielo en la tierra y las temperaturas variaban poco entre el ecuador y los polos.

Hay que alarmar urgentemente al público sobre la enorme inercia del sistema climático, lo que significa que la temperatura y el nivel del mar continuarán aumentando durante un largo periodo de tiempo después del año 2100.

Por ejemplo, hace unos 20.000 años, el aumento de las temperaturas debido a los cambios climáticos cíclicos y no provocados por el hombre puso fin a la última Edad de Hielo en la Tierra. Incluso después de que las concentraciones de CO2 se estabilizaran, las temperaturas globales siguieron aumentando hasta equilibrarse en los niveles actuales hace unos 11.000 años, aproximadamente. Sin embargo, los niveles del mar, que se situaban más de cien metros más bajos que hoy en día en la cima de la última Edad de Hielo, porque gran parte del agua del planeta estaba encerrada en el hielo, continuaron subiendo constantemente durante otros 8.000 años, antes de alcanzar su estado actual hace unos 3.000 años.

Aunque en el 2100 tendremos sin duda un clima menos hospitalario que el actual, eso no será nada en comparación con lo que podría depararnos el futuro a partir del 2200 en adelante. Ciertamente, en el año 2100 los niveles del mar podrían haber subido un metro con respecto a la actualidad, lo que sería malo para países de baja altura como Bangladesh y estados norteamericanos como Florida. Pero si las emisiones de gases de efecto invernadero se mantienen en los niveles actuales un siglo más, el nivel del mar podría aumentar dentro de 500 años casi 15 metros, cuando las capas de hielo de Groenlandia y la Antártida se derritan. Se perderían grandes extensiones de zonas costeras en todo el mundo. Esto no es alarmismo, sino que son conclusiones a las que ha llegado la ciencia.

Dadas las emisiones actuales y proyectadas de gases de efecto invernadero, lo que tenemos que afrontar no es nada menos que la creación de un “legado eterno”, que impone cambios monumentales al planeta que no se pueden revertir fácilmente en un marco de tiempo significativo para nuestra especie.

Greenland ice loss from 2002-2016. NASA from YaleE360 on Vimeo.

Crédito de vídeo: NASA

Estamos, en el mejor de los casos, anticipando unas décadas al pensar en el futuro, mientras apretamos fuertemente el acelerador de CO2 que prácticamente garantiza el caos climático durante los milenios venideros. Por eso, el cálculo de los costes a largo plazo que posiblemente estamos repercutiendo en el planeta es tanto una cuestión moral como científica: por culpa de nuestro fracaso colectivo en descarbonizar rápidamente la economía mundial y reducir drásticamente las emisiones de CO2, estamos a punto de dejar a las generaciones futuras un legado nefasto de desastres climáticos.

Así pues, ¿cuál es la solución? Si la respuesta fuera tan fácil, ya la habríamos dado. Los que se oponen a una acción enérgica para frenar las emisiones de gases de efecto invernadero afirman que esto es alarmismo, muy improbable y que perseguir obsesivamente el objetivo de reducir el CO2 sería costoso y perjudicial para la economía en general. La mayoría de los países, por defecto, optan por la inacción o tienen todo menos prisa en reducir drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero. No obstante, los expertos en energías renovables ven en el cambio climático una oportunidad para un aire más limpio, nuevas industrias, más puestos de trabajo y economías más fuertes.

Muchas soluciones son bien conocidas y están disponibles. El primer paso podría consistir en recaudar, de forma simple y transparente, impuestos sobre el carbono, que empiecen a reflejar los verdaderos costes actuales y a largo plazo de verter CO2 en la atmósfera, costes que no aparecen en ningún cálculo de la actual economía mundial. Sería mucho más inteligente gravar los “aspectos negativos”, tales como los gases de efecto invernadero que cambian el clima, en vez de los “aspectos positivos” como el trabajo y la productividad. Eso es lo que debería hacer una política verdaderamente conservadora que defienda el crecimiento económico y la creación de puestos de trabajo.

La atmósfera y el clima no responden a esperanzas o aspiraciones

El siguiente paso podría ser la contabilidad del carbono en todo el sector público, incluidas las empresas que quieren hacer negocios con la Administración Pública, y la desinversión en los activos de combustibles fósiles por parte de fondos de pensiones, instituciones financieras, entidades de los sectores privado y educativo, así como de organizaciones sin ánimo de lucro. Esto ya está en marcha en el norte de Europa, ya que el crecimiento de las energías renovables ofrece simplemente un panorama mucho más atractivo que la contaminación por los combustibles fósiles. Al principio es necesario que el Gobierno apoye las industrias de energía limpia y asegure una financiación a largo plazo de la investigación y el desarrollo de energías renovables, eficiencia energética y tecnologías de baterías.

También podríamos invertir en tecnologías como la captura directa de aire, la cual podría acabar utilizando millones de aparatos para extraer CO2 de la atmósfera. Pero confiar en soluciones de “varita mágica” para salvarnos no es una estrategia sensata. Estas tecnologías consumen energía para su funcionamiento, y la dimensión del reto es inmensa, razón por la cual debemos tomar medidas concretas de inmediato para reducir drásticamente las emisiones globales.

Hay señales de esperanza. Numerosos países de la Unión Europea, entre ellos Alemania, y varios estados de EE. UU., como California, están progresando constantemente hacia la descarbonización de sus economías. China está haciendo grandes esfuerzos, aunque es necesario que se tomen muchas más medidas. Importantes segmentos del sector privado, incluyendo gigantes tecnológicos como Google, Apple y Microsoft, apuestan por soluciones de energía limpia. Pero sin una acción coordinada a gran escala y de forma transversal, en la que participen la Administración Pública, el mundo académico y el sector privado, nuestros esfuerzos para reducir drásticamente las emisiones se quedarán muy por detrás de lo que exigen la química y la física. La atmósfera y el clima no responden a esperanzas o aspiraciones.

No es fácil para los seres humanos mirar hacia un futuro lejano; estamos acostumbrados a pensar que cada error se puede arreglar y que la tierra no cambia. Pero lo que está en juego con el cambio climático es tan extraordinario y los daños al planeta y a la sociedad son tan enormes que los científicos, la prensa, los políticos y el público deben anticipar varios siglos e imaginar qué clase de mundo dejaremos a nuestros descendientes.

POR ROB WILDER Y DAN KAMMEN

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Rob Wilder

Rob Wilder es miembro emérito del Consejo Directivo de Scripps Institution of Oceanography, UC San Diego. Es especialista sénior de Fulbright y presidente del Comité Asesor del WilderHill Clean Energy Index (ECO).