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12-06-2017 : Artículo

Para las águilas de Japón, la esperanza radica en renaturalizar los bosques cultivados

Aunque Japón es un país densamente forestado, muchos de sus bosques son plantaciones de monocultivo que albergan escasa biodiversidad. Actualmente, se están realizando esfuerzos por restablecer un estado más natural en estos bosques con la esperanza de que regresen las águilas reales y otras especies de fauna silvestre.

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Adentrándose más de 1,5 quilómetros por un camino forestal en el bosque Akaya, una reserva de unas 10.000 hectáreas en las montañas de la prefectura nipona de Gunma, Seiichi Dejima se para de repente. El camino de grava está cubierto con lo que a primera vista parecen ser matas de dientes de león. Dejima, que trabaja para la Nature Conservation Society of Japan, se agacha para hurgar una gran mata con una piedra. Se distingue un vello tosco de color crema que cubre un colgajo de piel cruda: los restos, dice, de un seraus recién matado, una especie de antílope que habita en el bosque.

Subiendo la cuesta al lado de la carretera, Dejima explora la alfombra de agujas debajo de los cedros japoneses para encontrar más indicios del seraus. Después de un minuto de búsqueda aparece una pata de pezuña negra; un minuto más tarde, un sonriente cráneo, limpiado hasta los huesos, excepto por un mechón de pelo entre sus cuernos cortos, pero puntiagudos. A juzgar por el tamaño, el animal no tenía más de uno o dos años. Su torso no está en ninguna parte.

“Hay una gran posibilidad de que este seraus lo cazara un águila real”, señala Dejima, que administra el bosque estatal, ubicado a unos 130 quilómetros al noroeste de Tokio, en colaboración con el personal de la Agencia Forestal y los ciudadanos locales, y añade con voz de emoción: “Puede haber transportado el torso a su nido”.

Un águila real, uno de los pocos que quedan en Japón. Nac-J

Las águilas reales están casi extinguidas en Japón, principalmente porque en las plantaciones forestales que cubren gran parte de su cordillera no pueden capturar presas suficientes para alimentar a sus crías. En el bosque Akaya, Dejima y sus colegas están tratando de ayudarlas convirtiendo algunas de estas plantaciones en praderas naturales y, finalmente, en bosques que albergan más presas para el águila real, como liebres. El proyecto pretende ser un modelo para bosques a escala nacional, y su presencia es una señal de que puede funcionar. También señala que la desastrosa política forestal en Japón, llevada a cabo en los últimos 75 años, está empezando a cambiar, aunque muy despacio, de manera que beneficia no solo a las águilas, sino también a osos, conejos, y otros animales salvajes.

Estas especies se enfrentan actualmente a una curiosa paradoja: aunque el montañoso “archipiélago verde” de Japón tiene más masa forestal que casi todos los demás países desarrollados, apenas puede soportar la abundante fauna y flora que existía ahí en el pasado. Una importante causa de ello, según los científicos, es que muchos de los bosques naturales en Japón se han convertido en plantaciones mal gestionadas con una sola especie de árboles coníferos, incluso en el interior de las montañas. Estas plantaciones constituyen el 41% de los bosques de Japón (en el de Akaya, la cifra es aproximadamente del 30%). El resto es principalmente renoval y matorral alpino. “Queda muy poco bosque capaz de soportar grandes aves rapaces como el águila real”, explica Ryuichi Yokoyama, director asociado de la Nature Conservation Society of Japan.

Actualmente, la Agencia Forestal exige que algunas plantaciones se reconviertan en bosques mixtos con mayor diversidad. La motivación es parcialmente ambiental —para preservar la biodiversidad, proteger los recursos hídricos y proporcionar esparcimiento— y en parte práctica. 

“En zonas remotas es necesario un gran esfuerzo para talar madera, y es difícil obtener beneficios”, comenta Toshio Uno, jefe de planificación del Departamento de Bosques Privados de la Agencia Forestal, y continúa: “En general, nuestra política tiene como objetivo restablecer en esas zonas bosques naturales”.

La agitada historia de gestión forestal en Japón se remonta al menos hasta el siglo VI.

Si bien este concepto ha ido cobrando fuerza en el gobierno durante casi dos décadas, desde hace muy poco se está llevando a la práctica sobre el terreno. En el año 2006, la Agencia se propuso la meta de convertir alrededor de una tercera parte de lo que llama “bosques monoespecíficos” en “bosques multiespecíficos”. Esencialmente, según Uno, esto significa introducir una mezcla de árboles latifoliados en las plantaciones forestales de monocultivo de propiedad tanto pública como privada y, finalmente, convertirlas en un bosque mixto de mayor diversidad. (La Agencia gestiona directamente un tercio de los bosques de Japón e influye en la gestión del resto a través de ayudas financieras).

Sin embargo, la Agencia estaba muy endeudada; por lo tanto, destinó sus fondos, mayoritariamente, a proyectos de aclareo y tala de bosques accesibles, cuyos beneficios son más inmediatos, en lugar de rehabilitar las áreas remotas. Una reorganización fiscal en el 2013 alivió la presión para generar ganancias rápidas y, recientemente, la Agencia ha participado en varios proyectos experimentales de restauración, como el del bosque Akaya, que se puso en marcha en el 2015.

Pero Tatsuhiro Ohkubo, profesor de ecología forestal y silvicultura de la Universidad de Utsunomiya (Utsunomiya University), es escéptico acerca del compromiso del Gobierno. Señala que la Agencia Forestal dedica poco personal y escasos fondos para la “renaturalización” o la protección de la flora y fauna silvestre, una señal de que estos objetivos no son prioridades básicas.

“Proyectos como el del bosque Akaya son grandes, pero la gestión orientada hacia la biodiversidad no se ha incorporado a la labor de la Agencia Forestal a nivel nacional”, afirma Ohkubo, que participa en varios proyectos de restauración al norte de Tokio. Dice que poco ha cambiado sobre el terreno en su región, a pesar de las directivas del Gobierno central para emprender la transición a bosques mixtos.

La agitada historia de gestión forestal en Japón se remonta al menos al siglo VI, cuando la construcción de grandes monasterios y palacios de madera llevó a la deforestación de las montañas que rodeaban las antiguas capitales de Nara y Kioto. Se sucedieron épocas de explotación y de restauración. A principios del siglo XX, el manto verde de Japón se había recuperado en gran parte gracias a la regulación y la llegada de la plantación forestal, pero prácticamente ya no quedan bosques vírgenes, menos en la isla norteña de Hokkaido.

Un bosque plantado en la prefectura de Nara, Japón. TAMAGO MOFFLE/Flickr

Durante la II Guerra Mundial, muchas montañas fueron taladas para usar la madera con fines militares, como la construcción naval, y después se cortaron más árboles para reconstruir las ciudades bombardeadas. En los años 50, el Gobierno pagó por replantar estas montañas con unas pocas especies de árboles coníferos. Pero el proyecto de forestación financiado con fondos públicos no se detuvo ahí: durante la década de los 60, se transformaron cada año unas 350.000 hectáreas de bosque caducifolio en plantaciones, y el proyecto continuó, a una escala reducida, hasta principios del nuevo milenio.

Yoichi Okada, posadero que vive cerca del bosque Akaya, recuerda llorando cómo camiones cargados con enormes árboles antiguos de haya y roble pasaban por delante de su casa en los años 50. Más tarde los aldeanos plantaron en las áreas aclaradas cedros, cipreses y alerces japoneses.

“El Gobierno pagó por árbol, de modo que todos plantaron hasta la cima de las montañas para ganar dinero”, recuerda Okada, quien más tarde participó en actividades para proteger el bosque de un campo de golf y una presa. “Entonces la gente joven se trasladaba a Tokio, y no quedaba nadie para cuidar los bosques”.

La liberalización del comercio ha agravado el problema, ya que la madera extranjera barata invadió el mercado nacional y los propietarios perdieron su motivación para eliminar los árboles jóvenes. Las plantaciones abandonadas crecían, volviéndose cada vez más oscuras y densas, especialmente en zonas remotas. Mientras tanto, cerca de los pueblos, la gente dejaba de cuidar las praderas y bosques a medida que los productos industriales reemplazaban los tradicionales, como el carbón de leña y la paja para techos. Esos bosques también fueron infestados por una vegetación exuberante de matorrales y renovales.

Estas tendencias han devastado las poblaciones de águilas reales, constata Dejima. Las poderosas rapaces tienen una envergadura de hasta 2 metros, por lo que no se pueden meter en densas plantaciones —e incluso, si pudieran, encontrarían pocas liebres, faisanes u otras presas en el sotobosque casi desnudo. Varios estudios sugieren que esto ha afectado su capacidad de alimentar a sus crías. La proporción de aves adultas que consiguieron sacar adelante una cría en un año dado se ha reducido a menos de la mitad desde principios de los años 80, y hoy en día solo quedan unas 200 parejas reproductoras en Japón. (Por el contrario, las poblaciones de águilas reales son bastante estables en gran parte del hemisferio norte, donde suelen habitar en praderas —un paisaje raramente habitual en Japón).

Una opción es desarrollar una marca de madera “eagle-friendly” que pueda pagar por su propia explotación.

Existe muy poca información sobre los impactos de la política forestal de Japón en otras especies. Antes de la guerra no se llevaron a cabo censos sistemáticos de fauna, y en la posguerra diferentes factores —incluyendo una disminución en el número de rapaces y el surgimiento de nuevos hábitats alrededor de pueblos despoblados— complicaron los intentos de investigar cómo la pérdida de bosques naturales en zonas remotas ha afectado a la flora y fauna silvestre, según Katsuhiro Osumi, profesor de silvicultura en la Universidad de Tottori (Tottori University). Las poblaciones de ciervos, por ejemplo, se han disparado en los últimos años por varias razones: la disminución de depredadores, inviernos menos fríos y el hecho de que las plantaciones de árboles jóvenes proporcionan una rica fuente (aunque temporal) de alimentos.

Aún así, muchos ecologistas sostienen que, en general, el impacto ecológico de los bosques de monocultivo de Japón ha sido importante.

“La pérdida de bosques con árboles de hoja caduca ha afectado a los osos y muchos otros mamíferos”, dice Mitsuhiro Hayashida, profesor de conservación de la biodiversidad forestal y gestión de flora y fauna silvestre de la Universidad de Yamagata (Yamagata University), en el norte de Honshu. En un estudio reciente, instaló cámaras con sensor de movimiento en el bosque natural y las plantaciones forestales adyacentes para comparar cómo la fauna silvestre los usa; las cámaras grabaron más del 70% de los animales en el bosque natural, y en el caso de la liebre, un alimento preferido por águilas reales, la cifra era de casi el 90%.

Esos datos proceden de un experimento de gestión forestal respetuosa con el águila que Hayashida está llevando a cabo al pie del volcán Chokai en la prefectura Yamagata, donde viven dos parejas reproductoras. Está supervisando los impactos de apodar alrededor de una tercera parte de los árboles de menor tamaño en una plantación de madera allí y ampliar las franjas de hierba a lo largo de caminos forestales a fin de fomentar el crecimiento de plantas y hierbas heliofilas preferidas por las liebres. Así habrá teóricamente más presas para las águilas y, al mismo tiempo, mejorará la calidad de la madera que queda —un método que Hayashida considera realista desde el punto de vista financiero, si no suficiente por sí solo, para salvar a las águilas reales.

En cambio, el experimento en el bosque Akaya implica crear pequeños espacios en las plantaciones a fin de aumentar el número de liebres, que se alimentan de plantas que brotan en los claros de bosques, donde también son visibles para las águilas. Puesto que los terrenos aclarados favorecen el crecimiento de árboles de hoja caduca, se talarán nuevos claros en la plantación; a lo largo de un siglo, todo el área del proyecto habrá logrado la transición hacia el tipo de bosque natural que prefieren las águilas, con árboles maduros de dosel abierto y brechas verdes provocadas por árboles caídos.

Las primeras dos hectáreas se talaron en el 2015. Durante el invierno, la pareja de águilas que vive en el bosque fue observada buscando presas en los claros, y llegada la primavera lograron criar un pollo por primera vez en siete años, aunque no está claro si su nuevo hábitat desempeñó un papel importante. Algunos de los árboles de la plantación se han apodado. (Aquí fue donde Dejima encontró los restos del seraus).

No obstante, Dejima está preocupado por la financiación de las futuras etapas del proyecto, por no hablar de su expansión a escala nacional. “Hubo un enorme apoyo público al proyecto de forestación [en los años 60 y 70]”, recuerda. “Pero, ¿quién se alegrará si el dinero de los contribuyentes se gasta para renaturalizar las plantaciones forestales? No somos muchos quienes hacemos presión por ello”.

Finalmente, cree que el trabajo debe autofinanciarse. Una opción es crear una marca de madera respetuosa con el águila (eagle-friendly) que puede pagar por su propia explotación; otra es ampliar el patrocinio corporativo. (Tanto su proyecto y el de Hayashida se financian en parte por Rakuten, la empresa tecnológica que patrocina al equipo de béisbol Tohoku Rakuten Golden Eagles). Queda por ver si esas ideas cobran fuerza con rapidez suficiente como para salvar a las águilas reales de Japón.

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Winifred Bird

ACERCA DE LA AUTORA
Winifred Bird es un periodista autónomo que reside en Japón. Escribe sobre el medio ambiente para el Japan Times, Environmental Health Perspectives, Christian Science Monitor y otras publicaciones. En artículos anteriores para Yale Environment 360, denunció los posibles efectos a largo plazo de la limpieza de Fukushima tras el tsunami y el reto de fomentar la industria sostenible de los mariscos en Japón.