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01-06-2015 : Informe

Oasis en peligro: los antiguos canales de agua de Omán se están secando

Desde la época preislámica, los sistemas de agua de Omán, conocidos como aflaj, traían el agua de las montañas y hacían florecer el desierto. Pero ahora, el bombeo no regulado de aguas subterráneas está agotando los acuíferos y provocando que los canales, operativos desde tiempos remotos, se sequen.

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El termómetro marcaba 117 grados Fahrenheit, es decir, 47 grados centígrados. A mediados de mayo, el desierto del Norte de Omán probablemente era el lugar más caluroso del planeta. Pero en la sombra de un oasis, la temperatura era considerablemente más fresca. Ali Al Muharbi, vestido en su túnica blanca y con barba, radiaba mientras me mostraba las palmeras datileras. Todo estaba irrigado por agua procedente de un canal cavado hace muchos siglos para acceder a las aguas subterráneas de la cercana cordillera Al Hayar.

En Omán, un país costero del mar Arábigo, estas aguas mágicas que brotan de la tierra más árida imaginable se llaman “fuentes inagotables”.

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Fred Pearce

Ali Al Muharbi (derecha) comenta que el flujo en los canales de agua ha ido disminuyendo.

Incluso durante las peores sequías, el agua seguía fluyendo por los túneles subterráneos a los canales superficiales que atraviesan los pueblos y campos. Esta obra maestra de ingeniería hidráulica, que se remonta a tiempos preislámicos, continúa siendo la única fuente de abastecimiento de agua para muchos pueblos. Hasta ciudades grandes deben su existencia a las corrientes perpetuas de agua. Estos sistemas de suministro, que siguen siendo independientes del Estado y son gestionados a nivel municipal, se denominan individualmente falaj, y colectivamente aflaj.

“Los aflaj constituyen seguramente los sistemas comunitarios de gestión de agua más antiguos del mundo”, comenta con una ostentosa admiración Slim Zekri, catedrático en Economía del Agua de la Universidad Sultán Qaboos en Mascate. Algunos aprovechan el agua de manantiales naturales, otros recogen el agua subterránea debajo de los lechos de uadis; pero los más grandes y más fiables son los que están conectados a los túneles que transportan el agua de las montañas. Similares a los qanats de Irán y fogarras de África del Norte, han sobrevivido mejor que cualquier otro sistema hasta los tiempos modernos.

Hasta ahora.

Al Muharbi es el responsable de la gestión del falaj que suministra agua al municipio de Al Farfarah, situado en el interior a media hora de distancia en coche de la capital omaní Mascate. Un acueducto subterráneo de aproximadamente 2 km de longitud suministra cada segundo casi 13 l de aguas frescas de la sierra que riegan 40 hectáreas de palmeras datileras. En la sombra de las palmeras crecen plataneros, árboles frutales, hortalizas de invierno y plantas forrajeras para el ganado.

Pero Al Muharbi apunta que el flujo de agua en su falaj ha ido disminuyendo. Y en muchos pueblos pasa lo inimaginable: las fuentes inagotables se están agotando.

Hace diez años, la UNESCO declaró cinco de los mejores aflaj de Omán Patrimonio de la Humanidad. Están señalados con placas, reciben visitas reales y forman parte del circuito turístico. Sin embargo, cuando visitaba el falaj Al-Malki cerca de la ciudad de Izki, uno de los cinco famosos aflaj, descubrí que solamente dos de sus 17 canales, que se extienden por más de 14 km, aún están en uso. Y sus aguas no son mucho más que un goteo.

La avaricia privada está arruinando un sistema de agua colectivo y sostenible.

Algunos echan la culpa al cambio climático. Pero las sequías en esta zona no son peores de lo que han sido siempre. El verdadero problema, en Izki y otras partes, estriba en que los agricultores están perforando pozos privados con bombas en las zonas altas donde los aflaj aprovechan las aguas subterráneas. Los pozos provocan un descenso de las capas freáticas hasta que caen por debajo de los aflaj, dejando los túneles secos. Los aflaj, que fluyen únicamente por gravedad, son autolimitantes: acceden a los acuíferos, pero no pueden agotarlos. En cambio, las bombas hidráulicas no conocen este límite y siguen bombeando el agua hasta su agotamiento. Están saboteando los aflaj.

Esta es una tragedia para el bien común hidrológico. La avaricia privada está arruinando un sistema de suministro de agua colectivo y sostenible, que, según afirman arqueólogos, funciona desde hace 5.000 años en esta región. Los oasis se secan, las palmeras datileras se mueren, y la gente abandona los pueblos, que se han quedado sin agua.

Me encontré con personas que me hablaron en privado sobre su miedo de que el desequilibrio social pudiera propagar el extremismo islamista de los países vecinos de Yemen y Arabia Saudí. La cordillera Al Hayar se caracteriza por una historia de rebelión. Hace medio siglo, las fuerzas aéreas británicas bombardearon pueblos rebeldes a petición del sultán, ataques que sirvieron de ensayo para la intervención norteamericana en Irak. A pesar de todo ello, cuando el suministro no se interrumpe, los aflaj siguen funcionando con una eficacia extraordinaria. La mayoría de los que pude ver presentaban un buen estado de mantenimiento y tenían canales libres de obstrucciones. Los elementos de ingeniería, tales como sifones, cisternas de almacenamiento y acueductos elevados, estaban en buenas condiciones de funcionamiento. También se habían instalado sistemas de gestión.

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Fred Pearce

En algunas zonas ya no se están utilizando los canales secos de los aflaj.

Un ejemplo típico es el falaj de Al Muharbi en Al Farfarah. Tiene aproximadamente 50 propietarios —descendientes de quienes pusieron el dinero al principio o cavaron el falaj. Durante seis días a la semana, cada propietario tiene el derecho a aprovechar el agua que fluye por el canal. Los turnos de aprovechamiento varían de media hora a 15 horas, lo que es suficiente para regar 500 palmeras. Los turnos se compran y se venden, ya que algunas familias subdividen el terreno y el agua para la próxima generación, mientras que otras compran la parte de los propietarios ausentes. En Al Farfarah, un derecho permanente a un turno de aprovechamiento de 30 minutos del agua que fluye por el falaj cuesta un poco más de 3.000 $.

El agua del séptimo día se ofrece a la venta a quienes no tengan una cuota establecida o los que quieran más agua. Al Muharbi supervisa las subastas que se celebran regularmente delante de la mezquita del pueblo. Los precios varían en función del día y de la temporada, pero una media de aproximadamente 5 $ por 30 minutos de agua equivaldría a una décima parte del coste del agua potable obtenida por desalinización que actualmente abastece a muchos municipios. Las tasas de las subastas remuneran a Al Muharbi por su trabajo y financian los trabajos de reparación y actividades benéficas en el pueblo, como por ejemplo la compra de equipamiento para la escuela.

Zekri, en calidad de economista, cree que estos mercados sencillos del agua son esenciales para el éxito a largo plazo de los aflaj. Como explica, “La existencia de los derechos privados al agua que se pueden comercializar contribuye a una mayor eficiencia del sistema y hace que la comunidad sea autosuficiente. Se podría dar una importante lección al mundo sobre cómo gestionar los recursos escasos de agua.”

Lo cierto es que, a juzgar por la experiencia de mi visita se sigue aceptando generalmente el complejo sistema establecido para compartir el agua. El agua suministrada al pueblo se usa en primer lugar para beber y uso doméstico, luego para la mezquita o escuela y, finalmente, para las instalaciones de baño municipales, aunque el uso de jabón está prohibido. El agua procedente de estas fuentes vuelve al canal principal, antes de ser conducida a los campos a través de una sofisticada red de canales.

Observé en Al Farfarah cómo los agricultores se adherían meticulosamente a sus turnos, bloqueando y desbloqueando los canales de riego utilizando viejos trapos cubiertos de piedras. Una propietaria del agua reprendió a sus trabajadores por una palmera a la que no llegaba el agua. Podría haber sido una escena de hace mil años, aunque los pueblos están cambiando.

Según datos oficiales, una cuarta parte de los aflaj han dejado de funcionar y una tercera parte ha experimentado un drástico descenso del flujo de agua.

Hoy en día, la distribución del agua se temporiza con relojes. Pero Al Muharbi, que tiene 65 años, se empeñó en mostrarme el método tradicional utilizado cuando era más joven. Mantuvo un largo palo erguido en la plaza del pueblo. Cuando su sombra se movía y alcanzaba unas marcas determinadas en la plaza, se emitían órdenes indicando qué canal debería recibir el agua. Por la noche, recordó que la salida y puesta de las estrellas servían de reloj. La investigadora británica Harriet Nash descubrió que hasta hace poco tiempo, más o menos una década, ocho pueblos aún distribuían el agua basándose en las estrellas. Ahora ya no queda ninguno.

Más cambios pueden ser observados. Con el agua desalada suministrada a numerosos pueblos para el uso doméstico, la supervivencia del día a día ya no depende de las aguas del falaj. Algunos habitantes del lugar ya no conocen las reglas. Al recorrer los pueblos, vi señales en árabe e inglés prohibiendo bañarse en los canales de distribución y lavar los coches con agua del falaj.

Puesto que los jóvenes omaníes se trasladan a las ciudades por razones de trabajo, la gente mayor que se queda emplea trabajadores contratados del sur de Asia para trabajar sus tierras. Cuando recorrimos los canales de su falaj, a Al Muharbi lo seguía silenciosamente su factótum bangladesí Mohammed Islam, llevando una pala pequeña para apartar el cieno. Me contó que ahora llevaba cinco años viviendo en el pueblo.

Las manchas verdes de las plantaciones de palmeras datileras, que se pueden distinguir desde el aire, marcan claramente la tierra aún regada por los aflaj. Según un estudio realizado por el Gobierno en los años 90, se registraron más de 4.000 aflaj, de los cuales 3.000 siguen funcionando. Suministran más de 700 millones de metros cúbicos de agua y riegan aproximadamente 26.000 hectáreas, más o menos la mitad de los campos del país. En un esfuerzo por protegerlos, el Gobierno impuso una prohibición de perforar más pozos a una distancia inferior a 3,2 km (2 millas) de una zona con agua suministrada por un falaj. No obstante, muchos acuíferos se están agotando a causa de los pozos existentes.

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Fred Pearce

Los municipios prohíben bañarse en los canales del sistema de los aflaj.

El año pasado, el Gobierno advirtió de que una cuarta parte de los aflaj ha dejado de funcionar y una tercera parte ha experimentado un drástico descenso del flujo de agua. Prometió un programa de restauración, contratando a empresas de ingeniería para limpiar y alinear los acueductos. Sin embargo, no queda claro si esto marcará una diferencia si los acuíferos se están vaciando. Además, la iniciativa resalta cómo se han perdido las técnicas tradicionales.

Hasta los años 70, la tribu de los awamir se dedicaba a reparar los túneles colapsados. Pero lo dejó porque en términos económicos no valía la pena. En la actualidad, los contratistas del Gobierno envían trabajadores no cualificados para llevar a cabo las reparaciones. Son suficientemente valientes como para trepar por túneles con peligro de derrumbes, pero no conocen las técnicas tradicionales, como afirma Abdullah Al-Ghafri de la Universidad de Nizwa, quien estudia los aflaj desde hace 20 años.

Según él, el problema es que el túnel de agua de un falaj no solo transporta agua, sino que también es una cámara recolectora del agua que se filtra desde las rocas de encima. Los reparadores no cualificados a menudo recubren los túneles con hormigón en lugares que reciben agua en temporadas lluviosas. De este modo, cierran herméticamente el túnel, y matan lo que deberían curar.

Al-Ghafri intenta establecer un centro de investigación para profundizar en el conocimiento de la hidrología de los aflaj y salvar los secretos de la gestión tradicional. “Tenemos que entrevistar a los últimos awamir que cavaron túneles antes de que desaparezcan”, insiste. También quiere llevar a cabo la primera investigación del valor de conservación de los aflaj. Estos sistemas son las únicas fuentes permanentes de agua en muchas áreas, aunque apenas se conoce su ecología. Es posible que haya un equivalente omaní al pez ciego albino que, como es bien sabido, vive en los qanats de Persia.

Los oasis de Omán serán verdes y frescos, pero económicamente ya no tienen sentido.

No obstante, es posible que la clave del mantenimiento de los aflaj sea de carácter económico. El bajo precio de los dátiles, su cultivo principal, significa que nadie gane dinero con los aflaj tradicionales. Los oasis de Omán serán verdes y frescos, pero económicamente ya no tienen sentido. La mayoría coincide en que necesitan cosechas de valor más alto. Al-Ghafri proyecta una granja experimental en el falaj Al-Khatmein cercano a su campus de Nizwa, incluido en la lista de la UNESCO. Quiere hacer experimentos utilizando el agua del falaj para acuicultura, hidroponía y cultivo de hortalizas en invernaderos.

También es preciso un uso más eficiente del agua de los aflaj. Zekri señala que gran parte del agua se derrocha ya que fluye constantemente a los campos, sin importar si es necesario. El riego de los agricultores suele ser excesivo. La solución, según dice, sería instalar compuertas donde los túneles salen de la montaña, de modo que se puede interrumpir el flujo. Así pues, está buscando un pueblo que esté dispuesto a sustituir su sistema tradicional de aprovechamiento por turnos con contadores inteligentes, para fomentar la conservación del agua.

“Hay que modernizar los aflaj; de lo contrario, se morirán”, constata Zekri y añade: “Pero deben permanecer en manos de la comunidad. Un control estatal los destruiría”. Le gustaría ver la tierra regada por el falaj de cada pueblo como si fuera una única granja. Los propietarios trabajarían como cooperativa, agrupando sus derechos al agua y empleando personal profesional. Sin embargo, como afirma, todo ello será imposible si no pueden controlar los pozos privados que vacían los acuíferos, quizás incorporándolos a la actual gestión comunitaria. Esta es una agenda radical. Convencer al Gobierno será difícil, y aún más difícil será convencer a los agricultores y los ancianos guardianes de los aflaj como Al Muharbi.

De vuelta a casa, Al Muharbi y yo nos sentamos en el suelo con las piernas cruzadas mientras Mohammed nos sirve la primera cosecha de dátiles y unas pequeñas tazas de té. Le pregunto qué opina sobre el futuro de su falaj. De repente, deja de sonreír. “La generación de los jóvenes no tienen ningún interés, nadie lo mantendrá, y un día se secará. Tal vez pronto”, concluye. Es un fatalismo que podría relegar las fuentes inagotables a los libros de historia.

Fred Pearce
ACERCA DEL AUTOR Fred Pearce es un periodista y escritor autónomo asentado en Reino Unido. Colabora como consultor medioambiental para la revista New Scientist y es el autor de numerosos libros, como When The Rivers Run Dry y With Speed and Violence. En sus artículos anteriores para Yale Environment 360, Pearce abordó la cuestión de cómo los pueblos indígenas están usando la tecnología GPS para proteger sus tierras y sobre la promesa de una agricultura climáticamente inteligente".