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08-10-2013 : Análisis

Nueva visión ecológica: la tecnología como última esperanza de nuestro planeta

El concepto de modernismo ecológico, que ve la tecnología como la clave de la solución a los grandes problemas ambientales, está ganando adeptos y mucha repercusión. Si bien los conservacionistas convencionales pueden verse relegados por algunos de los principios del nuevo movimiento, no pueden ignorar las cuestiones que están surgiendo a raíz de éste.

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Existe una nueva agenda ambiental ahí fuera. Por un lado es perjudicial para muchos conservacionistas tradicionales, pero por el otro está ganando prestigio y adeptos. Se autodenomina modernismo ambiental –lo que, para muchos, es un oxímoron–. Pero, ¿acaso el ecologismo de Silent Spring, de Rachel Carson; los activistas de Greenpeace en contra de la pesca industrial de la ballena y la industria nuclear, y los esfuerzos para preservar las últimas tierras salvajes del mundo no son la antítesis del mundo industrial moderno?

Sin embargo, los profetas del modernismo ecológico creen que la tecnología es la solución y no el problema. En su opinión, el aprovechamiento de la innovación y el estudio empresarial pueden salvar el planeta, y si los ecologistas no creen eso, entonces el problema son sus sentimientos idílicos.

Los modernistas visten su ecologismo con orgullo, pero están a favor de la energía nuclear, la agricultura modificada genéticamente, las megafábricas, la urbanización y la geotecnología del planeta para evitar los cambios climáticos. Según ellos, aceptan estas tecnologías no para conquistar la naturaleza, como hacían los modernistas del siglo xx, sino para darle espacio. Si pudiéramos reducir el espacio del planeta que utilizamos para realizar nuestras actividades –por medio de tecnologías más inteligentes, ecológicas y eficientes–, entonces la naturaleza podría quedarse con el resto.

Mientras que muchos ecologistas convencionales quieren hacer las paces con la naturaleza mediante el uso sostenible de los recursos naturales, los modernistas quieren cortar los vínculos entre la humanidad y la naturaleza. De este modo, los modernistas también son defensores de la reintroducción, es decir, la restauración de grandes terrenos de hábitats y de las especies que anteriormente habían vivido en ellos. Esta reintroducción es un tema popular en el ecologismo moderno, pero los modernistas opinan que sin la tecnología esto solo podría lograrse eliminando a la humanidad. Según ellos, con la tecnología podríamos llevar a cabo el regreso a la vida salvaje de forma menos dolorosa, porque se podría liberar más tierra.

¿Debemos condenar a los modernistas por secuestrar el ecologismo o admitir que pueden tener razón?

Para muchos ecologistas convencionales esto es profundamente herético. De modo que la pregunta es: ¿cómo debemos responder? ¿Debemos condenar a los modernistas por secuestrar y corromper la ecología en nombre de la codicia capitalista y consumista? ¿O debemos admitir que pueden tener razón? Lo cierto, a mi parecer, es que no podemos ignorarlo. Hay que involucrarse.

La tensión entre hasta qué punto la tecnología puede resolver nuestros problemas ambientales y hasta qué punto los agrava no es nueva. ¿Acaso el automóvil no evitó que nuestras ciudades estuvieran cubiertas de estiércol de caballo? Pero el surgimiento de una agenda de aprovechamiento del avance tecnológico para restaurar la naturaleza es más nuevo.

Surgió de forma prominente con la publicación en 2009 del libro de Stewart Brand, Whole Earth Discipline: Why Dense Cities, Nuclear Power, Transgenic Crops, Restored Wildlands and Geo-engineering are Necessary. Recluido en su casa flotante de Sausalito, en California, el gurú hippy de la década de los sesenta, que fundó el Whole Earth Catalog, se transformó en un optimista de las tecnologías.

Sin embargo, dos décadas antes de la aparición de Brand encontramos a Jesse Ausubel, de la Universidad de Rockefeller (Rockefeller University), un abogado de acción pionero en la lucha contra el Cambio Cclimático en la década de los setenta que, en la década de los ochenta, decidió empezar a buscar soluciones a nuestra creciente marea de problemas ambientales. Conversó con tecnólogos y, después de explorar el territorio enemigo, apareció para convocar una “gran restauración” de la naturaleza, embalándonos a todos en ciudades de gran densidad e intensificando la agricultura. Hay mucho trabajo por hacer con la tecnología existente. Tal como me comentó hace unos años: “Si todas las granjas del mundo pudieran conocer los rendimientos actuales de los granjeros de los Estados Unidos, solo necesitaríamos la mitad de las tierras de cultivo”.

Según los modernistas, todo lo que el planeta necesita son versiones ecológicas de Steve Jobs.

Otros siguieron el ejemplo de Ausubel y Brand. Destaca el cambio de punto de vista filosófico del escritor ecologista británico Mark Lynas en su libro de 2011, The God Species. Los modernistas ecológicos ahora también tienen sus propias organizaciones, como el Breakthrough Institute, dirigido por Ted Nordhaus y Michael Shellenberger, que ganaron protagonismo hace una década con su crítica al movimiento ecologista, La Muerte del Ecologismo (The Death of Environmentalism). Este pensamiento ha llegado al corazón de los grupos conservadores más consagrados. Entre los miembros del Instituto Breakthrough  (Breakthrough Institute) se encuentra Peter Kareiva, científico-jefe en The Nature Conservancy, que participó activamente en la conferencia del instituto el mes pasado, en el jardín de Brand, en Sausalito.

La conferencia, titulada Creative Destruction, recogía las ideas del economista de principios del siglo xx, Joseph Schumpeter, que actualmente están resurgiendo. Schumpeter argumentó que el capitalismo no está dirigido por los esfuerzos cada vez mayores para reducir los costes y aumentar los beneficios en un mercado competitivo, sino por la persecución de transformaciones tecnológicas que cambien el juego. El uso de nitrógeno como fertilizante, la invención del automóvil, la Revolución Verde, Internet y el microordenador han transformado el mundo, demoliendo antiguas leyes y aportando grandes beneficios para los que las iniciaron.

Las ideas de Schumpeter son una especie de versión económica de la idea del biólogo Stephen Jay Gould sobre la evolución, tal como suele suceder en los saltos de transformación, que él denominó equilibrio interrumpido, a diferencia de lo que pasa en los cambios progresivos graduales. Evidentemente, los modernistas ven las tecnologías ecológicas como las transformadoras del juego del siglo xxi. A su parecer, lo único que necesita el planeta son versiones ecológicas de Steve Jobs.

Una cuestión importante para los modernistas es cómo conservar la naturaleza, puesto que las estrategias de conservación existentes simplemente no funcionan. La actividad humana se esparce inexorablemente. Lo que hay que hacer es utilizar la tierra que tenemos de forma más intensiva, para que haya más tierra sin barreras. Linus Blomqvist, miembro del Instituto, argumenta que aunque la población mundial continúe creciendo y el consumo aumentando, el uso de la tierra puede disminuir en las próximas dos décadas.

El ecologismo ha sido invadido por un “sentimiento arcádico” y “se ha vuelto su propia antítesis”, afirma un modernista.

Todos los ecologistas aplaudirían eso. Pero conseguirlo, dice Blomqvist, requiere muchas otras cosas por las cuales estos están tradicionalmente menos interesados, como el aumento de la agricultura industrial a gran escala, la urbanización acelerada y un cambio en el uso de recursos biológicos “renovables”. Shellenberger afirma que la naturaleza de las cosechas “no es rentable ni sostenible” –no puede paliar la pobreza y conduce a la degradación ambiental–.

El enfoque modernista sobre la conservación busca localizar sustitutos tecnológicos para los cultivos. Debemos desistir del algodón a favor del poliéster o de cualquier otro tipo de material que los químicos puedan descubrir para vestirnos. Debemos rechazar los peces salvajes y aceptar la acuicultura. Los agricultores deben descartar el fertilizante orgánico a favor del químico.

Martin Lewis, de la Universidad de Stanford (Stanford University), importante modernista ambiental, exige la “desecologización de nuestro bienestar material”, y afirma que la ecología ha sido dominada por un “sentimiento arcádico” y “se ha convertido en su propia antítesis”, y añade, “Solo la tecnología puede salvar a la naturaleza”.

Los modernistas afirman que los agroecologistas que compartirían sus tierras con la naturaleza en nombre del “desarrollo sostenible” están equivocados. En vez de “compartir” la tierra, deberíamos “ahorrarla” y maximizar el rendimiento de los pedazos de tierra que escojamos utilizar.

El premio de todo esto es la “gran restauración” de Ausubel. La reintroducción de la naturaleza verá al bisonte americano caminando por nuevos “prados para búfalos” en las Grandes Llanuras, así como a los lobos reconquistando Europa y –si los deseos de Brand en el uso de la tecnología genética para recrear a los animales que llevamos a la extinción se convierten en realidad–, también, una desextinción. Imagine a las palomas del pasajero llenando de nuevo los cielos de América del Norte y a los mamuts lanudos deambulando por el gran parque pleistocénico en Siberia.

¿Es una utopía ecológica o una pesadilla?

En verdad, algún aspecto del modernismo ecologista también forma parte de la visión del mundo de todos los ecologistas, excepto de los más fundamentalistas. Ya sea conduciendo un Prius, colocando paneles solares en el tejado o instalando inodoros de descarga económica, estamos colaborando con la llamada de los ecomodernistas para que la eficiencia ambiental sea el lema de la conservación. Del mismo modo, la idea de “separar” el crecimiento económico del uso de los recursos y de la polución es una aspiración común que solo la tecnología puede alcanzar.

Los críticos sostienen que la agenda modernista carece de un compás social y político.

En el pasado ya argumenté que muchos ecologistas se han quedado tan estancados en una confortable panacea que son reacios a echarle una buena ojeada. Muchos, por pura repugnancia, dan la espalda a las tecnologías como la agricultura modificada genéticamente y la energía nuclear, en vez de analizar de manera formal lo que podrían aportar en cuanto a proteger la tierra o atenuar el Cambio Climático.

Los modernistas tienen mucho que decir sobre este asunto. Por ejemplo, opinan que solo el pensamiento ávido lleva a los ecologistas a argumentar que los ecosistemas con una biodiversidad máxima suministran más “servicios de ecosistema”, como la protección contra inundaciones, la conservación del suelo, la captura de carbono y los ciclos de nutrientes. Actualmente, la biodiversidad tiene muy poco que ver con eso, afirma Blomqvist. “El funcionamiento básico de la biosfera depende en gran medida de la fotosíntesis”.

Muchos ecologistas cuestionarían eso. Y hay mucho más que puede ser criticado en el compendio de los modernistas.

Muchas veces la tecnología no suministra ni siquiera su propia propuesta. Algunos dicen que la Revolución Verde, que duplicó la producción alimentaria global a finales del siglo xx, ahora se ha estancado; y puede que no solo haya sido la Revolución Verde. El futurólogo canadiense Vaclav Smil, en el discurso del evento que tuvo lugar en Sausalito, declaró que “todas las tecnologías esenciales” de la vida moderna tienen, por lo menos, cien años. Destacó que, por ejemplo, el proceso básico de fabricación del fertilizante de nitrógeno a partir del aire “no ha cambiado desde 1894”.

Y si los ecologistas convencionales tienen una debilidad por los mitos arcádicos, la agenda modernista también tiene sus propios puntos débiles y contradicciones. Un esfuerzo riguroso por conservar la naturaleza y reducir el uso que hacemos de esta a favor de los servicios ecosistémicos, ciertamente excluiría el uso de las selvas como fuentes de carbono. ¿Realmente los modernistas se oponen a esto? Y si hacen una excepción en cuanto a esto, entonces, ¿cuál será el límite? ¿Y cómo responderán al problema de que, sean cuales sean las reclamaciones sobre la reintroducción, un resultado en su proyecto probablemente implique la comercialización de la naturaleza?

MÁS SOBRE YALE e360

Stewart Brand’s Strange Trip: Whole Earth to Nuclear Power (Artículo en inglés)

Cuando el fundador de Whole Earth Catalog acepta la energía nuclear, la agricultura modificada genéticamente y la geoingeniería, sabes que las cosas han cambiado en el movimiento ecologista. En una entrevista con Yale e360, Stewart Brand explica cómo ha cambiado su idea sobre lo que significa ser ecologista.
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Esta cuestión fue planteada en Sausalito por Emma Marris, autora de Rambunctious Garden, un manifiesto por la revaloración de las especies exóticas. “Quizá no sean tan malas,” declaró. Recibió el premio Paradigm del Breakthrough Institute y no hay duda de que los ecologistas modernos la consideran una de ellos. ¿Pero por qué? Los defensores de las especies exóticas –y el valor de las nuevas mezclas de nativos y no nativos que dominan muchos ecosistemas modernos– ven los límites entre la vida salvaje y el resto, principalmente, en nuestra imaginación. Y en un mundo de cambios climáticos, consideran que volver atrás es una imposibilidad física.

Si nosotros no podemos liberar la naturaleza del impacto de los humanos, entonces el intento modernista por hacerlo empieza a tener sentido. Por ejemplo, seremos capaces de recrear a los mamuts lanudos, pero rehacer su hábitat estará más allá de nuestras posibilidades.

Otros argumentan que un uso más intensivo de la tierra no solo no salvará lo que queda de ella, sino que también la envenenará, con lo que la agenda modernista carece de un compás social y político. Las críticas afirman que no consigue realizar el pensamiento de los agricultores existentes y del resto de ocupantes del mundo rural. No todos irán a vivir a las ciudades. En vez de eso, probablemente se convertirán en víctimas de la madre de todos los expropiadores de tierras, ya sea para la agricultura industrial o para la reintroducción.

Sin embargo, esto no sirve para condenar el proyecto modernista. Generando preguntas sobre el motivo por el cual los ecologistas convencionales creen en algunos aspectos del modernismo y en algunas tecnologías mientras se resisten a otras, los modernistas nos obligan a preguntarnos exactamente qué queremos y cómo pensamos que podemos conseguirlo. Incluso pueden iluminarnos el camino de salida del catálogo constante de errores de los ecologistas ante el avance implacable de lo que sus enemigos llaman “progreso”. No podemos ni debemos esquivar esta polémica.

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Fred Pearce
ACERCA DEL AUTOR Fred Pearce es un periodista y escritor autónomo asentado en Reino Unido. Colabora como consultor medioambiental para la revista New Scientist y es el autor de numerosos libros, como When The Rivers Run Dry y With Speed and Violence. En sus artículos anteriores para Yale Environment 360, Pearce abordó la cuestión de cómo los pueblos indígenas están usando la tecnología GPS para proteger sus tierras y sobre la promesa de una agricultura climáticamente inteligente".