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14-04-2015 : Informe

Nada en exceso es bueno: Europa aborda el abuso de nitrógeno

En Alemania, los Países Bajos, Dinamarca y otros países, los gobiernos europeos están empezando a presionar a los agricultores, la industria y los municipios para que disminuyan los fertilizantes y otras fuentes de nitrógeno que están causando graves daños al medio ambiente.

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Pocos segundos después de que Claudia Wiedner deje caer la vara metálica en las aguas grises del lago Scharmützel, a unos 48 quilómetros al sureste de Berlín, la sonda empieza a enviar señales a su ordenador. Es un día frío y neblinoso de marzo, y Wiedner, limnóloga de la Universidad de Brandenburgo en Cottbus-Senftenburg (Brandenburgische Technische Universität Cottbus-Senftenberg), y un técnico investigador se encuentran en medio del agua en su pequeño barco para investigar la contaminación por nitrógeno.

Las muestras de agua que recogen cuentan una historia alentadora, al menos en este lago. “Hemos estado midiendo el nitrógeno reactivo y el fósforo en este lago desde 1993 y lo que observamos es un cambio a mejor, los niveles han bajado considerablemente”, cuenta Wiedner. Su colega, Ingo Henschke, un ávido buzo y antiguo pescador, puede dar testimonio de ello, afirmando que un mejor tratamiento de las aguas residuales y una disminución de la agricultura de los alrededores han mejorado la calidad del agua.

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Claudia Wiedner

Los científicos utilizan una red para recoger el plancton de las aguas del lago Scharmützel en Alemania.

“Fui capaz de documentar el retorno de grandes franjas de algas carofíceas y de la rica vida acuática que aporta”, afirma Henschke.

Pero el lago Scharmützel es una excepción en Alemania, que sirve de patrón de oro para los cambios positivos. Al igual que en el resto de Europa y gran parte del mundo, los canales alemanes sufren de un exceso de nitrógeno que se difunde por los campos como fertilizante, se drena en las granjas en las que se crían ganado y pollos, o sale de las aguas residuales de las fábricas, los sistemas de alcantarillado y de las plantas de tratamiento de agua. El resultado son las floraciones de algas nocivas en los lagos, zonas muertas en los océanos y un empobrecimiento de la biodiversidad terrestre y acuática, problemas que la Unión Europea está tratando de resolver.

“Estamos observando una amplia gama de graves cambios negativos en el medio ambiente, provocados por el exceso de nitrógeno reactivo”, constata Wiedner, coordinadora del proyecto insignia de investigación llamado NITROLIMIT. Nos explica que existe una creciente preocupación entre los científicos medioambientales europeos y las organizaciones ecologistas de que la contaminación por nitrógeno se haya estado ignorando desde hace demasiado tiempo. NITROLIMIT, financiado por el gobierno federal alemán, está formado por 30 investigadores de seis institutos. El equipo ha estudiado 370 lagos en el noreste de Alemania, pero solo una cuarta parte fueron clasificados como ecológicamente sanos.

El lobby agrícola está trabajando mucho para que la legislación levante las restricciones respecto a la liberación de nitrógeno.

En Alemania, hasta 600.000 toneladas métricas de amoníaco —una molécula de nitrógeno concentrada en estiércol líquido procedente de las explotaciones ganaderas— se vierten a los ríos y lagos cada año, según explica Ulrich Irmer, jefe de política de aguas de la Agencia de Protección del Medio Ambiente (Environmental Protection Agency). A principios de año, la organización advirtió en un informe que hay que llevar a cabo cambios urgentes para reducir la contaminación por nitrógeno, lo que requiere que los agricultores gestionen los fertilizantes de forma mucho más eficiente y los consumidores consuman menos carne.

En la cuenca del Bajo Havel, un río que atraviesa el oeste de Berlín, los investigadores del proyecto NITROLIMIT determinaron que la contaminación por nitrógeno debería reducirse de las 6.500 toneladas anuales actuales a las 3.500 toneladas con el objetivo de restaurar un sólido ecosistema de agua dulce. Implementar los cambios necesarios, como impulsar la agricultura ecológica a lo largo del río y construir estanques de retención de aguas pluviales urbanas, costaría más de 60 millones de euros.

Pero en toda Alemania, desde la cuenca oriental del Bajo Havel hasta la producción de carne de Renania del Norte-Westfalia, en el oeste, el lobby ganadero está trabajando mucho para que la legislación levante las restricciones a la liberación de nitrógeno en el medio ambiente. Ser capaz de verter el estiércol en el paisaje es un factor clave en la producción barata de cerdo y otras carnes para el mercado interno y asiático.

En Europa, los políticos sensibilizados en temas medioambientales suelen estar preocupados por las emisiones de carbono y el cambio climático. Pero las consecuencias para el medio ambiente que puede tener el nitrógeno se hacen cada vez más patentes. El Consejo Consultivo Alemán sobre el Medio Ambiente, equipo de expertos de la canciller Angela Merkel, hizo sonar la alarma en enero con un mordaz informe. El informe advertía que si bien Alemania se enorgullece de sus altos índices de reciclaje y su Energiewende —su enérgica transición hacia un suministro energético de fuentes renovables no nucleares—, la contaminación por nitrógeno permanece en gran medida descontrolada.

Alemania “no puede seguir diciendo que es un líder en políticas verdes si no aborda el problema con el nitrógeno”.

“El país no puede seguir diciendo que es líder mundial en políticas verdes si no aborda el problema con el nitrógeno”, afirma Heidi Foth, miembro del consejo y toxicóloga de la Universidad de Halle (Universität von Halle). Según el informe del consejo, una cuarta parte de las aguas freáticas de Alemania están contaminadas con exceso de nitrógeno y la mitad de los hábitats terrestres se han visto afectados negativamente. En Europa, el problema de la contaminación por nitrógeno es especialmente grave en zonas con una industria pecuaria industrial intensiva, en particular el llamado pig belt (cinturón de cerdo), que se extiende desde Dinamarca hasta los Países Bajos, atravesando el noroeste de Alemania.

El nitrógeno es un elemento químico que todos los seres vivos necesitan para crecer y mantener sus cuerpos en una forma que los químicos llaman reactiva. Hasta principios del siglo XX, se limitó el suministro de nitrógeno reactivo por naturaleza. Los agricultores solo podían fertilizar sus campos con el nitrógeno que se encontraba en la tierra, el aire, las plantas y los animales, o añadir un poco de estiércol guano importado a altos precios de las remotas islas del Pacífico.

Esta situación cambió radicalmente cuando, alrededor de 1910, los químicos alemanes Fritz Haber y Carl Bosch encontraron una forma de extraer el gas más abundante en la atmósfera —el nitrógeno en su forma “no reactiva” — y convertirlo en fertilizante y otros productos químicos útiles a escala industrial. Ese fue el momento en el que apareció la agricultura moderna. Actualmente, entre un tercio y la mitad de los seres humanos se alimentan gracias a este “proceso Haber-Bosch”.

Pero el fertilizante se aplica en tan grandes cantidades a los campos que se filtra hacia ríos, lagos y mares, donde impacta gravemente en los ecosistemas. Los coches y las fábricas que queman combustibles fósiles añaden más nitrógeno, que hasta ahora se había almacenado bajo tierra durante millones de años, a la atmósfera. Hoy en día se estima que entre 150 y 200 millones de toneladas de nitrógeno se añaden a la biosfera cada año a causa de las actividades humanas. La cantidad total de nitrógeno que circula por los ecosistemas terrestres y oceánicos se ha duplicado desde los tiempos preindustriales.

Las actividades humanas desprenden más de 150 millones de toneladas de nitrógeno a la biosfera cada año.

Según un estudio de referencia realizado en 2011 por el británico Natural Environment Research Council, los daños ocasionados por el exceso de nitrógeno reactivo en el medio ambiente han costado a los países de la Unión Europea entre 70 mil millones y 320 mil millones de euros anuales, debido a la contaminación del aire y del agua, cifra que supera a los beneficios económicos directos de la agricultura.

Contrariamente a la intuición, los hábitats con una escasez de nutrientes, como nitrógeno y fósforo, son más ricos en especies. La escasez impide que una especie predomine y facilita una competencia sana entre muchas especies. El nitrógeno añadido solo ayuda a un pequeño número de especies que pueden metabolizarlo mejor.

“Si se añade nitrógeno a un ecosistema abundante en diferentes especies, algunas especies de plantas prosperarán a expensas de la mayoría”, dice Peter Munters, quien, desde su base en el Ministerio neerlandés de Asuntos Económicos, está a cargo de una iniciativa para frenar la contaminación por nitrógeno. Munters dice que los brezales con biodiversidad se vuelven monótonas praderas, mientras pantanos y dunas son invadidos por una tupida vegetación. Las especies raras desaparecen. “El nitrógeno está haciendo nuestros paisajes homogéneos”, advierte Munters.

Los Países Bajos es uno de los lugares más contaminados por nitrógeno del mundo. La agricultura es muy intensiva, con verduras, flores y carnes producidas a escala industrial. Como resultado de ello, cada hectárea de terreno agrícola recibe más de 200 kg de nitrógeno adicional al año. Los efectos de la ganadería intensiva, el uso de fertilizantes en el sector agrícola e industrial y las emisiones industriales de nitrógeno han sido tan perjudiciales que el Gobierno neerlandés se ha decidido a actuar.

Obligado a proteger la diversidad de la fauna y flora por legislación nacional y europea, este año el gobierno neerlandés puso en marcha un plan estratégico diseñado para disminuir la cantidad total de deposición de nitrógeno en las 160 reservas naturales del país protegidas por la red “Natura 2000”. Munters informa que el Gobierno invertirá entre 60 y 80 millones de euros al año para reducir la deposición de nitrógeno en las reservas y restaurar los lugares.

El plan holandés incluye algunas medidas radicales. Desde el 2016, obreros con excavadoras entrarán en algunas de las reservas naturales para remover la capa superior de la tierra que contiene un exceso de nitrógeno, señala Imke Boerma de Staatsbosbeheer, el organismo holandés a cargo de las reservas naturales. Afirma que la extracción de nitrógeno de reservas naturales solamente será efectiva si hay un esfuerzo sostenido a largo plazo.

Por cada uno de los cinco millones de habitantes de Dinamarca, hay cuatro cerdos en granjas danesas.

Dinamarca es otro país con un enorme problema de nitrógeno. Por cada uno de los cinco millones de habitantes de Dinamarca, hay cuatro cerdos en granjas danesas. Al igual que Alemania y los Países Bajos, el país escandinavo importa enormes cantidades de soja de América del Sur para producir inmensas cantidades de carne destinada a la exportación, sobre todo a China. La carne sale del país, pero lo que permanece en Dinamarca es el nitrógeno del estiércol que se dispersa en los campos.

Pero Dinamarca ha allanado el camino para afrontar el problema. En un decreto se ha obligado a los agricultores a guardar una distancia mínima de nueve metros de ríos y lagos cuando aplican el fertilizante. Además, en colaboración con organizaciones de protección medioambiental, los agricultores deben establecer estrictos presupuestos de nitrógeno, con multas por uso excesivo de fertilizantes. El exceso de nitrógeno por hectárea disminuyó de 170 kg en 1992 a 100 kg en 2010, según datos de la Universidad de Aarhus (Aarhus Universitet).

“Nuestros vertidos al mar Báltico y al mar del Norte han disminuido en aproximadamente un 50% en las últimas tres décadas como resultado de los numerosos planes de acción daneses en las zonas agrícolas y de las reducidas emisiones de nitrógeno y fósforo procedentes de hogares y de la industria”, concluye Stig Pedersen, asesor jefe de la Agencia danesa de Naturaleza.

Pero incluso a ese nivel inferior, los efectos ecológicos siguen siendo graves. En su oficina en el centro de Copenhague, Pedersen muestra un mapa de Dinamarca que indica donde el país aún no ha alcanzado el “buen estado ecológico” exigido por la Directiva Marco del Agua de la UE. Pederson admite que la mayoría de las aguas costeras de Dinamarca siguen estando contaminadas por exceso de nitrógeno.

En algunas cuencas fluviales, se están construyendo nuevas zonas húmedas para purificar el agua. Pedersen dice que solo las 1.000 hectáreas de nuevos humedales que se han sido creado en la cuenca del río Odense ya actúan como un “hígado ecológico” que elimina nutrientes no deseados.

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“Se necesita tiempo para ver los resultados del dinero invertido”, dice Pedersen y añade: “Pero cuando desaparece el exceso de nitrógeno, vuelve la vida.”

En Alemania, el país más poblado y económicamente más importante de la Unión Europea, la cuestión de cómo se pueden conseguir las reducciones a gran escala es tema de acalorados debates. La Comisión de la UE ya ha amenazado con demandar a Alemania por la falta de acción contra la contaminación por nitrógeno. Irmer, de la Agencia alemana de Protección del Medio Ambiente, apunta a la nueva legislación que exigirá que cada una de las 285.000 granjas en Alemania presente un estricto plan para reducir las emisiones de nitrógeno a partir de 2018. La agencia prevé establecer límites de nitrógeno para organismos de agua, basándose en criterios ecológicos.

El Consejo Asesor en materia de Medio Ambiente del Gobierno alemán quiere ir un paso más allá y reducir el consumo masivo de carne, que en la actualidad es de 60 kg por habitante y año. Los que apoyan la causa están intentando eliminar las ventajas fiscales para los productos de origen animal e introducir elevadas multas por la contaminación con nitrógeno. Incluso quieren cambiar la práctica de los miles de comedores en los ministerios y otras instituciones estatales, requiriéndoles que sirvan principalmente platos vegetarianos o medias raciones de carne.

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Christian Schwägerl

ACERCA DEL AUTOR
Christian Schwägerl es un periodista autónomo que escribe para la revista GEO y para el periódico Frankfurter Allgemeine. Hasta el año pasado trabajó como corresponsal de medio ambiente para Der Spiegel. También es el autor, junto con Andreas Rinke, del libro recientemente publicado 11 Looming Wars, en el que se tratan posibles conflictos futuros por la tecnología, la comida, el territorio y los recursos. En artículos anteriores para Yale Environment 360, Schwägerl escribió sobre una reserva natural única creada a lo largo del antiguo Telón de Acero de Alemania y sobre el aumento de la apicultura en Berlín.