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27-10-2015 : Reportaje Especial de E360

Luces de África: las microrredes suministran electricidad a las zonas rurales de Kenia

Las microrredes a pequeña escala se consideran cada vez el camino más prometedor para hacer llegar electricidad a los 1.300 millones de personas de todo el mundo que todavía carecen de ella. En Kenia, una innovadora compañía solar está utilizando microrredes eléctricas y contadores inteligentes para hacer llegar energía a las aldeas remotas de la sabana africana.

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Conectarse a la electricidad por primera vez es una gran hazaña. Y si no, que se lo pregunten a Peter Okoth. Hasta finales del año pasado luchaba por sacar adelante su bar en la calle principal de Entasopia, una pequeña y polvorienta localidad en el Valle del Rift, en Kenia, a cinco horas de la capital, Nairobi, y a unos 48 quilómetros de la red eléctrica más cercana. Entonces, se conectó a una nueva microred de energía solar que proporciona energía a los hogares y negocios locales.

Ahora Okoth tiene 11 bombillas, de lo que está orgulloso, y suficiente potencia para hacer funcionar un televisor y un equipo de sonido para sus clientes. Algunas noches tiene hasta setenta personas que se reúnen en su bar para ver la televisión, escuchar música y consumir su comida y bebida. Sus beneficios pronto le permitirán comprar un frigorífico para mantener la cerveza fría en el abrasador calor del desierto y una pantalla grande para poder ver los canales de deportes vía satélite. “Tendremos abierto hasta medianoche”, informa. También acaba de comprar materiales para construir diez habitaciones para huéspedes. “La próxima vez que vengáis, debéis quedaros aquí.”

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Fred Pearce

John Pambio, agente de SteamaCo, supervisa los controles del concentrador de paneles solares, en Entasopia.

La mayoría de asentamientos en la zona rural de Kenia quedan a oscuras por la noche. Solo un tercio de los residentes del país de África Oriental tienen acceso a la red eléctrica nacional. Recoger la energía solar tiene mucho sentido en lugares como Entasopia. Paneles fotovoltaicos (FV) de centenares de dólares para instalar en los tejados de las casas están en venta desde hace años. Pero los escasos cinco vatios que la mayoría de estos sistemas proporcionan solo son suficientes para alimentar a un par de luces LED cada noche y un punto de carga de teléfono móvil, y además hay que sustituir las baterías continuamente. El país está lleno de células FV descartadas, baterías agotadas y clientes decepcionados.

Pero ahora, unidades FV más potentes instaladas en el poblado central y conectadas por cable subterráneo a decenas de casas y negocios están empezando a cambiar vidas. Por una cuota de diez dólares la instalación, el pueblo de Entasopia puede conectarse a una microred eléctrica y comprar una cuota de mil veces la energía actual. Las casas se están llenando de electrodomésticos como frigoríficos y lavadoras, y los negocios de la calle principal ofrecen de todo, desde equipos de soldadura y bombas de combustible hasta secadores de pelo.

Las microredes son pequeños sistemas de generación y distribución de electricidad que operan independientemente de las grandes redes eléctricas. Normalmente dependen de fuentes locales de energía renovable, como las corrientes fluviales, el viento, la biomasa o, en gran medida, la energía solar. No existen estadísticas oficiales sobre cuántas hay, o cuál es su potencia de salida total, pero un estudio reciente llevado a cabo por Navigant Research, empresa ubicada en los Estados Unidos que estudia nuevas tecnologías energéticas, sugirió que su capacidad combinada para generar energía ahora podría exceder los 750 megavatios en todo el mundo. Según Daniel Kammen, de la Universidad de California (University of California), en Berkeley, “son un verdadero hervidero de innovación en proceso de aparición por todo el mundo”.

Las microredes son la respuesta a las críticas contra la energía solar en los tejados, que algunos afirman que puede llegar a sumir a las comunidades en la pobreza energética.

En países como Kenia, cuyas economías crecen más rápido que la generación de electricidad centralizada convencional o las redes eléctricas, el potencial de las microrredes para proporcionar electricidad a las comunidades que no tienen es enorme. Muchos creen que es la única vía posible para conseguir el objetivo del secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, de hacer llegar la electricidad a los 1.300 millones de personas de todo el mundo, mayoritariamente de las zonas rurales, que actualmente carecen de ella. Y son una respuesta al escepticismo formulado a menudo contra los sistemas de energía solar de los tejados, que según los críticos pueden condenar a las comunidades a una pobreza energética, ya que proporcionan solo ínfimas cantidades de energía a cada hogar.

Entasopia se encuentra en el lugar más remoto posible. Está cerca de la frontera con Tanzania, al final de un accidentado camino de laterita que serpentea desde Magadi, ciudad situada a unos 50 kilómetros al este. Su única calle la forman casas flanqueadas por edificios con techos de estaño que albergan negocios que van desde carnicerías y tiendas hasta bares y tiendas de telefonía móvil. Es donde acuden las comunidades ganaderas masái con sus flamantes vestidos tradicionales a comprar y vender y a recargar sus teléfonos móviles antes de volver a desaparecer en el monte. Y también es donde se ha congregado la gente de otras tribus de Kenia, como los Luo, los Kamba y los Kikuyu, desde que un proyecto de riego, alimentado por los ríos de las colinas cercanas, empezó a regar los campos de frutas y hortalizas para vender a las ciudades de Kenia.

En el 2014, Joseph Nyagilo, gerente de campo para la pionera en microredes, SteamaCo, eligió Entasopia para ubicar una microred debido a la gran actividad comercial del pueblo, que según él podía beneficiarse de la potencia adicional que dicho sistema puede proporcionar. Y está orgulloso de la transformación.

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Fred Pearce

Nancy Kasia ahora utiliza la energía solar para bombear combustible a la gasolinera que posee en Entasopia.

En la gasolinera de la aldea, Nancy Kaisa utiliza la energía solar para bombear el combustible. “Antes tenía un generador diésel, pero esto es mucho más barato y sencillo de utilizar”, explica. John Owino, un mecánico que trabaja arrodillado bajo el sol en el exterior de su taller, afirma que ahora puede realizar personalmente las reparaciones de soldadura que antes tenía que enviar a ciudades lejanas. Y Okoth, el propietario emprendedor del bar, explicó que con las luces ahora puede levantarse y empezar a trabajar a las 4 de la mañana. Solo el propietario del quiosco que vende paneles fotovoltaicos para tejados se mostraba pesimista. Montado en su moto iba a buscar ventas en una aldea vecina sin microrredes.

“La luz suministrada por los sistemas instalados en los tejados puede mejorar la calidad de vida, pero solo las microredes pueden sacar a las personas de la pobreza”, comenta Emily Moder, gerente de software en SteamaCo. Y añade: “Son el siguiente paso. Al permitir a la gente construir negocios y otras fuentes de ingresos, mejoramos la resiliencia de las comunidades rurales frente a la sequía o el cambio climático”.

Pero SteamaCo va más allá. En los últimos tres años ha sido pionera en el uso de contadores inteligentes en las microredes, y ahora tiene 25 redes eléctricas en aldeas de Kenia, que abastecen hasta 10.000 personas y empresas. La idea es vincular el hardware de suministro a los servicios de pre-pago que utilizan el M-Pesa, el popular sistema bancario por móvil del país. El programa basado en la nube realiza el seguimiento de los suministros y los pagos, y alerta a los clientes con mensajes de texto cuando se están quedando sin crédito. No hay problemas con los contratos, ni las facturas ni la recaudación de ingresos. Los clientes pueden ampliar su crédito, en cantidades tan pequeñas como unos pocos centavos. Pero una vez se acaba el crédito, se apagan las luces.

Los paneles solares de SteamaCo se instalaron en el jardín del jefe de aldea por 75.000 dólares.

La instalación del concentrador de FV de Entasopia en un espacio alquilado en el jardín del jefe de la aldea, cuesta 75.000 dólares. Consta de 24 paneles con una capacidad de generación máxima de 5,6 kilovatios. Un cuadro de control en la parte inferior alberga el contador inteligente que mide y controla el suministro de energía eléctrica a cada uno de los 64 clientes de la ciudad, y también se comunica por control remoto con el programa de pagos, cortando el suministro de energía eléctrica cuando se acaba el crédito. En áreas remotas como Entasopia, donde el wifi es el gran ausente, todos los datos se envían por SMS. “Una única barra de señal móvil es todo lo que necesitamos”, dice Moder. Y añade: “Podemos estar en todas partes”.

El agente que supervisa diariamente cómo van las cosas en Entasopia es John Pambio, un joven ingeniero eléctrico que vive al final de la misma calle que el jefe de la aldea, que también dirige una tienda de reparación de teléfonos móviles y televisores. Pambio limpia las células fotovoltaicas una vez a la semana y resuelve los problemas de los clientes que sufren cortes, desconexiones o daños en los cables. La mayor demanda de energía, explica, se produce por la noche, cuando se encienden las luces, los televisores y los equipos de sonido. No coincide demasiado con la producción de energía solar, que por supuesto tiene lugar en horario diurno. Pero, como la mayoría de concentradores rurales, Entasopia tiene suficiente energía acumulada en la batería para durar al menos 24 horas.

Los sistemas FP de microredes comerciales todavía cobran precios demasiado altos por la energía. SteamaCo —y sus socios de microredes a los que otorga cada vez más licencias— cobra entre dos y cuatro dólares el kilovatio por hora. Eso proporciona una iluminación más barata que con queroseno y una energía más económica que un generador diésel. Pero cuesta el doble de precio que la red eléctrica subvencionada por el estado en una ciudad como Nairobi.

El cofundador de SteamaCo y director técnico Sam Duby cree que, como que las microredes están cambiando la vida en aldeas como Entasopia, también tienen el potencial para hacer realidad las perspectivas de aumento de la energía solar en otros lugares de África y en países en vías de desarrollo.

En primer lugar, sustituir los sistemas de los tejados por microredes rurales ofrece por primera vez la cantidad y fiabilidad de energía que quieren los habitantes de las zonas rurales, lo cual es suficiente para cambiar sus vidas y sus medios de subsistencia. En segundo lugar, la medición inteligente que conecta los sistemas de abastecimiento de la aldea con las redes de carga en las que pagas solo el tiempo que consumes, resuelve la constante pesadilla de los sistemas de energía rurales (cómo recaudar los impuestos de los clientes de las zonas pobres y remotas). Y, en tercer lugar, los datos suministrados por la medición inteligente tienen el potencial de desbloquear la financiación principal que hasta ahora había eludido comprometerse con la energía solar en los países en desarrollo como Kenia.

Las microrredes proporcionan la cantidad y fiabilidad de energía que quieren los habitantes de las zonas rurales, lo cual es suficiente para cambiar sus vidas

“Steama” en swahili significa poder. Pero para Duby, el poder tiene tanta relación con los datos como la electricidad. Ahora, cuando él y sus posibles inversores encienden los ordenadores portátiles en Nairobi y acceden al panel de control donde se almacenan y analizan los datos procedentes de las aldeas y los sistemas de pagos, pueden averiguar cómo miles de las personas más pobres del mundo consumen electricidad y qué es lo que las impulsa a aumentar su consumo.

“Hasta ahora nadie había accedido a este tipo de datos”, dice Moder. Y añade: “Se reducen las barreras para las inversiones, ya que los datos aportan mayor seguridad con respecto a su rentabilidad. Se puede ofrecer a los inversores proyecciones reales que no responden a simples suposiciones”. Duby explica que los datos también ofrecen a los gobiernos o a los contribuyentes la posibilidad de subvencionar directamente la energía solar a medida que se adquiere —una versión de microred de las tarifas de alimentación que han ayudado a poner en marcha la energía solar y eólica en Europa.

Las historias que nos cuentan los datos de lugares como Entasopia no son todas buenas. Por ejemplo, tenemos la experiencia de Margaret Mwangi, que puso una peluquería en la habitación trasera de su pequeño almacén, justo en frente del bar de Okoth. Cuando Mwangi consiguió la energía solar, compró un frigorífico para vender bebidas frías y un secador para su salón. Pero el pelo africano tarda 30 minutos en secarse, y la energía que necesita resulta demasiado cara. “El mes pasado pagué 14.000 chelines [unos 140 dólares] de electricidad”, se queja Mwangi. Y añade: “No puedo afrontar este gasto”. Ha dejado de pagar y su tienda ahora está a oscuras.

La razón de su problema es clara, afirma Nyagilo, gerente de campo de SteamCo. El secador de pelo de Mwangi se encuentra entre los mayores consumidores de energía del municipio. Desde Nairobi pueden observar la sobretensión que se produce cuando lo pone en funcionamiento. Treinta minutos en marcha le cuesta el doble de los 50 centavos de más de lo que Mwangi carga a sus clientes por el secado de pelo, pero ella dice que no se atreve a cobrarles más. “Margaret solía ser nuestra principal cliente. Queremos que se quede”, explica Nyagilo. Está pensando en ofrecerle una oferta especial para que vuelva a estar activa —quizás una tarifa plana de 50 dólares al mes.

De vuelta a la sede de SteamaCo, en una pequeña zona industrial a las afueras de Nairobi, Moder abre la base de datos en su portátil. Centrándose en los números de Entasopia, rastrea los datos para ver cuánta energía Mwangi, Okoth y sus otros clientes solicitan a la microred, cuánto pagan y cuándo. La mayoría de los clientes llegan a los 50 centavos cada noche para ver la televisión y mantener las luces encendidas. Algunos pierden la cuenta de lo que están pagando y necesitan ayuda. “Necesitamos tarifas diferentes para diferentes personas”, nos explica. Y añade: “Con los contadores inteligentes es fácil de hacer”.

Aunque nuestros clientes sean pobres, tienen poder adquisitivo y saben cómo usarlo

SteamaCo tiene su origen en una ONG llamada Access:Energy fundada a orillas del Lago Victoria, en el 2009, por Duby y su actual director ejecutivo Harrison Leaf. Empezaron formando a los artesanos locales en la fabricación de aerogeneradores a partir de chatarra, pero su tecnología ha recorrido un largo camino. Rebautizada como SteamaCo, en el 2013 instaló su primer sistema de microrredes con contadores inteligentes en Remba, una remota isla pesquera en el Lago Victoria. Desde entonces su expansión ha sido rápida. A mediados de octubre la empresa tenía 25 redes eléctricas rurales en Kenia; otras cinco en Tanzania, Benín, Ruanda y Nepal, y cinco más a punto de terminar en Kenia a finales de año. “En el 2016 queremos tener cientos de redes eléctricas repartidas por docenas de países”, declara Moder.

En sus primeros años, la compañía financió su actividad con el dinero de subvenciones y becas para la investigación. Pero los primeros inversores también incluían Vulcan Capital, sección creada por el filántropo y fundador de Microsoft Paul Allen. Y ahora Duby y Leaf están recaudando dinero de fondos de inversión que quieren obtener una rentabilidad comercial a partir de los ingresos de la venta de electricidad. “Queremos demostrar que este negocio puede ser rentable”, comenta Moder. Y añade: “Aunque nuestros clientes son pobres, tienen poder adquisitivo y saben cómo usarlo. No quieren caridad, y los tratamos como consumidores responsables”. Por ejemplo, con ingresos superiores a los 10.000 dólares en su primer año, la microred de SteamaCo en Entasopia es probable que en diez años esté amortizada.

SteamaCo ofrece un servicio muy personal. Nyagilo ha recorrido cientos de remotas aldeas en los últimos tres años, de puerta en puerta, y ha rastreado las cuentas empresariales para evaluar de forma inmediata su idoneidad para un microred. Y sigue comprobando cómo les va a sus clientes. Estos días, cuando visita Entasopia, es asediado por la gente que rechazó su oferta en su primera visita, y que ahora ha cambiado de opinión.

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Pronto este servicio tan personal de uno de los principales directivos de la compañía probablemente será reemplazado por acciones más anónimas, ya que algunas empresas están adquiriendo el hardware y el software de SteamaCo. Lo más probable es que se acaben comunicando con los clientes a través de centros de llamadas. Pero, si las microredes inteligentes siguen el ritmo que sus defensores esperan, el cambio para las economías rurales y los estilos de vida en Kenia y otros lugares de los países en vías de desarrollo podría ser masivo y permanente.

Ahora, cuando el sol se pone en el Valle del Rift, las luces se encienden en Entasopia. En lugar de retirarse a sus hogares, los aldeanos salen a las calles, compran en las casetas y van a los bares, donde beber cerveza fría y mirar las noticias de la noche en la televisión todavía es una novedad. Pronto Peter Okoth y los propietarios de los bares de la competencia encenderán sus equipos de música. La noche es joven.

En la carretera, Nyagilo pasa por la vecina aldea de Ngurumani, sumida en la oscuridad. “Esta aldea”, dice, “es nuestro próximo objetivo donde instalar una microrred”.

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Fred Pearce
SOBRE O AUTOR Fred Pearce é escritor e jornalista freelancer do Reino Unido. Exerce funções como consultor ambiental para a revista New Scientist e é autor de vários livros sobre o tema, incluindo “When The Rivers Run Dry e With Speed and Violence”. Em artigos anteriores para a Yale Environment 360, Pearce escreveu sobre a forma como a população indígena utiliza a tecnologia GPS para proteger as suas terras e sobre a promessa de uma agricultura “amiga do ambiente”.