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23-09-2014 : Análisis

Las compañías petroleras se preparan para una futura tarificación del carbono

Las compañías petroleras más importantes de EE. UU. no han tenido que pagar por la contribución de sus productos al cambio climático. Pero las cuentas internas de las empresas, junto con otros indicadores, sugieren que esto pronto cambiará, aunque las implicaciones que tiene el precio del carbono no se ven muy claras.

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En invierno de 2013, después del aumento de la presión ejercida por grupos de accionistas que querían conocer los impactos de una posible futura normativa en materia climática, las principales compañías petroleras con sede en Estados Unidos se encontraron con una sorprendente revelación: ‘Al carbono, consistente en dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero, se le había asignado un precio en las cuentas internas de las compañías. Ahora se ponía una cifra a los costes ocultados durante mucho tiempo y externalizados que se habían relacionado siempre con los combustibles fósiles —aproximadamente 9 kg de CO2 emitidos con cada galón de gasolina, de acuerdo con la EPA (Agencia de Protección Medioambiental).

Los nuevos cálculos sobre el carbono dirigen la atención sobre la industria petrolífera.

Al mismo tiempo, ExxonMobil, la mayor de las petroleras, informaba del precio del carbono de 60 dólares por tonelada métrica al Proyecto de Revelación sobre el Carbono (Carbon Disclosure Project), que publicaba las cifras. Chevron, BP y Royal Dutch Shell revelaban un precio de hasta 46 dólares por tonelada y, por primera vez, las grandes petroleras destapaban las artimañas contables que habían mantenido el coste total del petróleo oculto al público en general.

La cantidad de emisiones de combustible fósil —desde los costes cada vez mayores de los seguros de las cosechas vinculados a las condiciones meteorológicas extremas hasta las disminuciones del aumento del nivel del mar en las zonas costeras, incluyendo las crecientes exigencias a los servicios de asistencia médica a medida que las enfermedades tropicales avanzan hacia las zonas del norte— forma parte de los debates que se celebran esta semana en Nueva York en la Cumbre sobre el Clima de las Naciones Unidas. Y los nuevos cálculos sobre el carbono dirigen la atención sobre la industria petrolífera: a principios de este año, las cuatro mayores compañías petrolíferas aparecían en la revista Climatic Change, que las situaba entre las 90 empresas globales responsables de dos terceras partes de las emisiones de gas de efecto invernadero en todo el mundo.

Gasolinera

Universia

Un precio de 4 dólares por galón en las gasolineras de EE. UU. sería como unos 8 dólares en gran parte de Europa, debido mayoritariamente a los impuestos medioambientales que se aplican.

Nada de todo esto sugiere que los gigantes mundiales del petróleo estén pensando en abandonar el petróleo. A pesar de ello, sí que aparecen síntomas de una nueva era en la que la responsabilidad financiera de las compañías petrolíferas en cuanto a cambio climático se refiere, se llegará a entender mucho mejor.

Ingenieros de la Universidad Carnegie Mellon (Carnegie Mellon University) y de la Universidad Estatal de Arizona (Arizona State University) concluyeron, en un estudio de 2011 publicado en los Proceedings of the National Academy of Sciences, que los coches convencionales, a lo largo de su vida útil, originan costes en torno a los 2.000 dólares por las emisiones de gases de efecto invernadero. Estos costes, según los investigadores, no se atribuyen a las perforadoras, refinadores, distribuidores o consumidores de petróleo, sino a los contribuyentes en general, que son los que sufren más las consecuencias económicas que se manifiestan meses, años e incluso décadas más tarde. Pero todavía no hay ningún mecanismo para responder a esta enorme responsabilidad económica sobre el cambio climático.

De todos los países desarrollados, los americanos son los que pagan menos, acerca de la mitad, por su gasolina; 4 dólares por galón en una gasolinera americana serían unos 8 dólares en Alemania y la mayor parte de Europa. Esta diferencia se debe en parte a los impuestos medioambientales, que se utilizan para mitigar los impactos del petróleo sobre la salud pública y la contaminación, para ayudar a cubrir la investigación subvencionada por el gobierno en tecnologías para reducir la huella ambiental de los combustibles fósiles y también para garantizar mejores servicios sociales.

En los EE. UU., los impuestos sobre la gasolina se han reducido fundamentalmente desde 1993, cuando el presidente Clinton, motivado por el vicepresidente Al Gore, presionó al Congreso para que aumentara el impuesto sobre el combustible hasta los 18,4 céntimos por galón. Pero los impuestos medioambientales en general suponen solo el 0,8% del PIB de los Estados Unidos, comparado con el 2,4% en Europa, de acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (Organization for Economic Cooperation and Development). Algunos economistas señalan que esta diferencia del 1,6% aportaría al Gobierno de los EE. UU. aproximadamente 240 mil millones de dólares anuales como ingreso adicional —una parte de estos se podría destinar a adaptar y mitigar los enormes costes del cambio climático.

Sin duda alguna, esto exigiría establecer un precio sobre el carbono. Pero con la excepción de los esfuerzos localizados para fijar una tarifa sobre el carbono en California y, en menor medida, de un grupo reducido de estados del nordeste, los Estados Unidos ha demostrado su falta de voluntad o incapacidad de hacerlo.

Así, para las compañías petrolíferas, hacer un recuento de los costes que supone el cambio climático equivale a un registro de riesgos —y los costes que reconoce ExxonMobil y otras compañías petrolíferas son, en palabras de un analista de energía, “un argumento a favor de cambiar la política climática en el futuro”. Mientras que los políticos se han quedado estancados en Washington, ExxonMobil, por ejemplo, no asume que siempre será así. El precio del carbono de Exxon se puede ver como un seguro contra el reconocimiento que, en algún momento, las grandes compañías petrolíferas empezarán a pagar todos los costes asociados con su producto.

No prestar atención a estos riesgos nos podría llevar a una negligencia en el cumplimiento del deber fiscal, comenta un analista.

“¿Qué pasa con las compañías de combustible fósil cuando después de dos Katrinas y 23 tornados el mundo se despierta e impone un precio significativo sobre el carbono?”, se pregunta Mark Trexler, consejero delegado de Climatographers, una empresa consultora que trabaja con compañías para identificar los riesgos medioambientales, y añade: “Si no se está atento a estos riesgos es posible que se incumplan obligaciones fiscales.”

Según Mikhail Chester, investigador de la Universidad Estatal de Arizona (Arizona State University) y uno de los autores del informe que calcula los costes de los gases de efecto invernadero a lo largo de la vida útil de los automóviles, “Si no piensan en un futuro modelo de negocio en el que se vean forzados a internalizar los costes del cambio climático, entonces se pondrá en entredicho su capacidad de ofrecer servicios energéticos en el futuro”.

Estos costes y riesgos se reflejan actualmente en datos recopilados por Bloomberg, el mayor proveedor mundial de información financiera. Una de las últimas incorporaciones de la compañía es una herramienta de evaluación del riesgo del carbono, un juego computarizado de amenazas medioambientales asociadas al sector de combustible fósil y otras industrias extractivas. Por primera vez, los inversores pueden alternar entre los dos lados de la apuesta por los combustibles fósiles: elige una pestaña y conseguirás rendimiento financiero de la empresa; elige otra y obtendrás las emisiones de sus gases de efecto invernadero y los riesgos de que en Estados Unidos y otros países nuevos reglamentos podrían dejar los activos subterráneos de la compañía sin explotar.

“Creemos que llegará el día en el que tendrán una contabilidad de costes completos,” sentencia Curtis Ravenel, que ayudó a conceptualizar y diseñar el sistema como director de Sostenibilidad en Bloomberg, y añade: “Estamos integrando estas externalidades en los [tradicionales] flujos de caja y ratios de precios y beneficios.”

La herramienta se ha configurado con una serie de valores por defecto que pueden ajustarse en función de la naturaleza del riesgo: ¿qué pasaría si el carbono tuviera un precio de 50 dólares por tonelada en 2020, por ejemplo? ¿O de 20 dólares por tonelada en 2030? ¿Qué pasaría si el precio del carbono garantizara que el 80% de activos deben permanecer bajo tierra hasta 2030? Esta es la primera vez que dichas métricas se integran de un modo que los profesionales financieros pueden entender, lo que les permite compartir información sobre los riesgos que las empresas petrolíferas están integrando en el precio interno del carbono.

Alan Jeffers, portavoz de ExxonMobil, explica que el precio del carbono de la compañía es “un precio representativo que refleja todas las acciones que el gobierno podría llevar a cabo para regular la exploración, el transporte y el procesamiento de combustibles de carbono.” En otras palabras, que sube y baja según la percepción de presiones políticas y públicas por restringir las emisiones de carbono.

Jeffers afirma que ExxonMobil ha estado calculando el precio interno del carbono desde 2007, cuando era bastante inferior al actual. Según Jeffers, el precio aumentó en 2009 cuando el Congreso parecía que iba a imponer un precio por el carbono mediante el cap and trade, pero más tarde disminuyó. “Ahora ha vuelto a subir”, nos explica, “lo que refleja la combinación de fuerzas que impactan en los riesgos y los costes a los que se enfrenta el petróleo en el mercado: normas estrictas para el ahorro de combustible de la EPA, normativa para combustibles renovables en California y otros estados, el discurso del presidente Obama, del Banco Mundial y otros sobre el futuro precio del carbono, y el incremento de la presión pública para actuar contra el cambio climático.

El precio interno del carbono de Exxon varía bastante alrededor del mundo, un testimonio claro de las divisiones que existen sobre cómo los distintos países deben afrontar el cambio climático y que los negociadores esperan resolver en las cumbres climáticas de París en 2015. Jeffers afirmó que el precio del carbono de la compañía es más alto en la Unión Europea, donde se ha estado aplicando el esquema cap and trade durante casi una década y en el que algunos países han sido más estrictos al establecer límites en las emisiones de gases de efecto invernadero. Como contrapunto, el precio es básicamente cero en muchas partes del mundo desarrollado, donde se considera prioritario mantener las actividades económicas en marcha como prioridad y se mantienen en silencio las reivindicaciones de acción política contra el cambio climático

Las empresas petrolíferas creen que ni siquiera un precio relativamente alto del carbono amenazaría sus beneficios en el futuro.

El precio por tonelada de 60 dólares de Exxon —que Jeffers indica que recientemente ha subido a 80 dólares— está bastante lejos de cualquier precio real actual del mercado de los Estados Unidos o de cualquier otro. En los tres principales mercados de carbono donde dichos costes pueden expresarse claramente —Europa, California y, recientemente, en siete de las provincias de China más industrializadas— el precio del carbono ronda los 10 dólares por tonelada. Jeffers nos explica una de las razones de esta gran diferencia: “Es como comprar una casa. Debes tener en cuenta las domiciliaciones de recibos, los pagos de la hipoteca y todo el resto de costes. Nosotros debemos tener en cuenta cuál sería el resultado de las políticas del gobierno”.

En este caso, claro, la “casa” es la infraestructura del petróleo. Y uno de los aspectos más reveladores acerca de los cálculos del precio del carbono realizados por Exxon y otras empresas petrolíferas es su firme creencia de que los precios relativamente altos del carbono no amenazaran sus resultados finales.

Incluso a 80 dólares por tonelada, Jeffers afirma que ningún activo de Exxon se perdería. En marzo, un informe realizado por la compañía para un grupo de accionistas activistas afirmó que estaba previsto que el precio aumentara entre 150 y 200 dólares por tonelada —más de diez veces su valor actual— con el objetivo de cambiar las decisiones básicas relacionadas con la inversión en petróleo.
Independientemente de si son 10 dólares o 200 dólares por tonelada, en todo debate sobre el precio del carbono surge la pregunta: ¿Quién paga? Tal como apunta Severin Borenstein, economista en el Energy Institute de la Universidad de California (University of California), Berkeley’s Haas School of Business, “Si el precio del carbono y el precio [del petróleo] suben a la misma velocidad, entonces el margen de beneficio [de las compañía petrolíferas] no cambia.”

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En cualquier caso, el consumidor acabará pagando el precio del carbono porque los altos costes se acabarán asumiendo al pagar en la gasolinera. Por eso es tan importante el uso que haga el gobierno de los ingresos generados por el precio del carbono. Si se devuelve a los consumidores en forma de reembolso o bien se utiliza para construir un mejor transporte público y financiar la investigación de fuentes de energía limpia, dichos ingresos podrían ofrecer beneficios públicos importantes. Además, un precio tan bajo como 60 u 80 dólares por tonelada podría ahuyentar a la gente en busca de otras formas de energía. Si los conductores empiezan a utilizar vehículos eléctricos, por ejemplo, sería muy significativo para el balance de Exxon que dichos electrones procedieran del gas natural, donde Exxon también ha invertido fuertemente, o bien de la energía eólica y de la solar, un sector en el que Exxon y otras principales empresas petrolíferas no dominan tanto.

No obstante, por ahora, Exxon no considera que esto sea un resultado realista. En su opinión, la cuota de mercado de la empresa se mantiene estable con el precio del carbono en 60 u 80 dólares por tonelada porque, tal y como apunta Jeffers, “nuestras previsiones sugieren que no hay ninguna alternativa viable al petróleo.”

El reto desde una perspectiva climática, por supuesto, es demostrar que se equivoca.

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Mark Schapiro

SOBRE LOS AUTORES
Mark Schapiro (izquierda) es antiguo corresponsal del Center for Investigative Reporting y autor del libro recientemente publicado Carbon Shock: A Tale of Risk and Calculus on the Front Lines of the Disrupted Global Economy. También es profesor adjunto del Monterey Institute of International Studies. Jason Scorse es profesor asociado en política medioambiental internacional del Monterey Institute of International Studies y director del Center for a Blue Economy del instituto.