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15-03-2016 : Artículo

La tierra en llamas: el coste humano del plan de la India de producir más carbón

Dentro del programa de modernización de la India, el primer ministro Narenda Modi ha pedido que se duplique la producción de carbón del país antes de 2020. Para los pueblos del yacimiento de carbón de Jharia, que se ven con frecuencia envueltos por el humo de los fuegos subterráneos, los planes del gobierno han supuesto un aumento de la presión y de los peligros de vivir junto a enormes minas a cielo abierto en llamas

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Ven”, dice Raju. “Voy a enseñarte mi casa”. Su impoluta camisa blanca, su pelo bien peinado y su aspecto tranquilo no dejan traslucir el paisaje casi apocalíptico en el que viven él y su familia.

Estamos al borde de una mina de carbón a cielo abierto con una caída de cerca de 200 m que está envuelta en polvo. Mientras recorremos con cautela el camino hacia su casa, una cabaña de ladrillo de dos habitaciones situada a tan solo 9 metros del precipicio, tenemos que trepar por los escombros de las casas derruidas y esquivar las grietas profundas y las zonas de tierra caliente que escupen humo. Lo que queda de Lantenganj, que fue en tiempos una aldea rural, en el corazón del mayor yacimiento de carbón de la India en el Estado minero de Jharkhand, está siendo consumido por los fuegos subterráneos que queman el carbón que hay bajo el suelo. La compañía Bharat Coking Coal, de propiedad estatal, cuyas minas son responsables de los incendios, quiere que los habitantes del pueblo se marchen. Por su propia seguridad, dice la empresa, pero también para que pueda ampliarse la mina.

Pero la familia de Raju y las otras 50 que se aferran a este lugar afirman que no se irán sin una compensación justa y sin nuevos hogares cercanos a sus empleos en estas minas. “No hemos recibido nada del gobierno”, me explica Raju mientras inspeccionamos una grieta que se ha abierto en el suelo de su sala de estar. “Si no nos ofrecen un trato mejor, no nos moveremos”. Hasta, es de suponer, que sus casas se precipiten al abismo vecino.

La India está viviendo un boom económico. El gobierno del primer ministro Narendra Modi ha alcanzado un crecimiento anual del 7 % impulsado por el carbón, que genera la mayor parte de la electricidad del país y abastece a industrias pesadas como las plantas de acero y de automoción que dominan Jharkhand, uno de los núcleos industriales de la India. Para mantener el crecimiento, Modi pidió el año pasado a la compañía estatal Coal India, entre cuyas filiales se encuentra Bharat Coking Coal, que duplicara su producción de aquí a 2020.

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Fred Pearce

En las estaciones de intercambio de baterías de Better Place, las baterías agotadas se sustituyen por otras completamente cargadas en unos cinco minutos.

Muchos temen las consecuencias climáticas de este impulso al crecimiento basado en el carbón que pretende la India. Otras grandes naciones mineras, como Estados Unidos y China, están recortando la combustión del más sucio de los combustibles fósiles. Pero la India, el tercer productor mundial de carbón y el cuarto emisor de gases con efecto invernadero, fue señalada como el malo del clima en la cumbre de Naciones Unidas sobre el clima celebrada en diciembre en París. Se ha adentrado en una senda de crecimiento energético que aumentará las emisiones en alrededor del 60 % antes de 2030.

Esto es ya de por sí bastante malo. Pero no podemos olvidarnos del precio local: aire contaminado y daños pulmonares, así como las condiciones de vida de personas como Raju, cuyos hogares están en regiones mineras como el yacimiento de Jharia, de 280 kilómetros cuadrados, que incluye Lantenganj. Según Gurdeep Singh, de la Escuela de Minas India de la Universidad en Dhanbad, la mayor ciudad cercana, Jharia es probablemente el área de extracción de carbón más densamente poblada del mundo, con cerca de medio millón de habitantes.

El yacimiento de Jharia es gigantesco. Sus nueve minas a cielo abierto y sus decenas de minas profundas y pozos más pequeños son responsables de aproximadamente un cuarto de la producción de carbón de la India, lo que incluye casi todo su valioso carbón bituminoso, que se quema en los altos hornos de las principales corporaciones de hierro y acero del país, como Mittal y Tata.

Como pude experimentar durante mi viaje al yacimiento de Jharia a principios de este mes, las comunidades cercanas se ven envueltas a menudo en una niebla tóxica de humo y polvo que se agarra a la garganta y reduce considerablemente la visibilidad. Un estudio realizado el año pasado por el Instituto Central de Investigación Minera y de Combustibles de Dhanbad encontró numerosos casos de enfermedades pulmonares y otros problemas de salud.

El problema empeora a causa de los incendios que se desplazan bajo el suelo en aproximadamente una décima parte del yacimiento de carbón. Además de ennegrecer el aire, causan hundimientos generalizados a medida que consumen el carbón, lo que hace que el suelo se agriete y se derrumbe. A lo largo de los años, han consumido alrededor de 37 millones de toneladas de carbón , según Glenn Stracher, de la Universidad Estatal del Este de Georgia en Swainsboro, un experto en incendios de carbón subterráneos que sitúa las conflagraciones de Jharia entre las peores del mundo.

La compañía que extrae el carbón ve los incendios como una forma de expulsar a los lugareños y facilitar la expansión de la mina, afirma un activista.

Los incendios suelen iniciarse espontáneamente cuando los minerales del carbón expuesto se oxidan y se calientan. Algunos llevan ardiendo desde que los británicos iniciaron la extracción a gran profundidad hace más de un siglo. Pero las conflagraciones subterráneas han empeorado drásticamente desde que la India independiente inició la explotación a cielo abierto en la década de 1970.

Los informes oficiales mencionan 70 grandes fuegos en curso desde hace tiempo. Pero en las lujosas oficinas con aire acondicionado de la Estación de Rescate Minero, gestionada por el gobierno, las personas cuyo principal trabajo consiste en contener y extinguir los incendios en las minas productivas mediante su sellado me dicen que el recuento actual asciende a 84. Están perdiendo la batalla.

Uno pensaría que esto es malo para el negocio. De hecho, los incendios han hurtado cerca de 1500 millones de toneladas de carbón a la explotación futura. Pero el empresario de Jharia Ashok Agarwal, que lucha por los derechos de aquellos que están perdiendo sus hogares en los incendios, me dice que cree que la compañía minera tiene una visión más positiva de los fuegos, que considera un medio para echar a los lugareños que impiden la ampliación de las minas para aumentar la producción. “Los incendios se están usando para conseguir una extensión cada vez mayor de tierra”, afirma. “A medida que se propagan, la gente se ve obligada a evacuar”.

La compañía, que no respondió cuando Yale Environment 360 contactó con ella, niega, por lo que sabemos, esta motivación. Pero el yacimiento de Jharia tiene una tradición de brutalidad. Este campo y la ciudad acerera vecina de Dhanbad son conocidas en la India por ser el hogar de las mafias del carbón. Son bandas criminales que supuestamente controlan los sindicatos, los préstamos de dinero, un enorme comercio clandestino de carbón y la política. En 2012, Bollywood realizó una película basada en los mafiosos locales con el título Gangs of Wasseypur .

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Fred Pearce

Los depósitos subterráneos de carbón de Jharia llevan ardiendo casi un siglo.

A una hora de distancia de Jharia en rickshaw, una serie de apretadas filas de apartamentos de cuatro plantas compone Belgaria, un municipio que está construyendo desde 2006 la Autoridad de Rehabilitación y Urbanismo de Jharia, controlada por el gobierno, para realojar a los evacuados a causa de la expansión de la mina y la propagación de los incendios. Actualmente cuenta con 2300 familias y cada una de ellas ha recibido un apartamento de una o dos habitaciones gratuito de por vida. Pero podría llegar a crecer mucho más si la pretensión del gobierno de desplazar a 100 000 personas del yacimiento llega a hacerse realidad.

El municipio cuenta con un banco y con un colegio, además de un aire mucho más limpio que el de la mina, pero no hay empleo. Los evacuados tienen que desplazarse a los campos de carbón para trabajar, aunque sea como mano de obra temporal. Y muchos, como Pandey, que llegó del pueblo minero de Bokapahari hace cinco años, casi ha dejado de intentar encontrar un empleo. “Ahora no hay trabajo”, nos dice.

La vida en el municipio sigue siendo sorprendentemente rural, con las gallinas y el ganado deambulando por las calles. En su diminuto apartamento, la hija de Pandey estaba cocinando un plato de verduras de hoja con arroz y noté que su hornilla funcionaba con estiércol seco y no con carbón.

Una hora más tarde, llegué al antiguo pueblo de Pandey, Bokapahari, en el que las pocas casas restantes han quedado encajonadas entre una mina abandonada y otra que sigue creciendo. Mientras observaba las columnas de humo originadas por un incendio subterráneo a pocos metros de la casa de Pandey, Mohammed Ansari me contó que su familia estaría encantada de mudarse. “Pero las personas que se encargan de los realojos quieren sobornos y no vamos a pagar”, afirmó con un gruñido de desprecio.

Los lentos avances en el traslado de las personas desde el peligroso e insalubre yacimiento sugieren que el gobierno de Jharkhand se caracteriza menos por la crueldad que por la falta de eficiencia y la corrupción. El gobierno ha sido declarado por Human Rights Watch como uno de los más corruptos de la India.

Los “ciclo-wallahs” transportan sacos de carbón a largas distancias sobre bicicletas especialmente reforzadas.

Fuera de Jharia, el Estado está salpicado de minas de carbón: enormes minas a cielo abierto que se adentran cientos de metros, unos cuantos viejos pozos subterráneos y muchas galerías a las que se llega bajando desde la superficie por pendientes empinadas. Cerca de la localidad de Kujju, al norte de Ranchi, la capital del Estado, me encontré con Bhodo, miembro del grupo tribal Oraon, cuyos integrantes se trasladaron originalmente aquí para trabajar en las fincas dedicadas al cultivo del té, pero ahora trabajan en las minas.

Después de lavarse en un río cercano para eliminar la suciedad acumulada durante su turno en la mina de Kujju, Bhodo estaba caminando de vuelta a casa por una carretera que nuestro coche no pudo atravesar a causa del hundimiento provocado por un fuego subterráneo en la mina. Aunque tiene más de 50 años, nos contó que seguía trabajando bajo tierra como operario de maquinaria, un trabajo que heredó de su padre.

Se fue a casa, se puso una camisa limpia, se metió en el coche y nos dirigimos a la entrada empinada de la galería. “La mina no es un lugar seguro a causa de los fuegos”, nos explicó mientras avanzábamos. “Hay 10 kilómetros de túneles ahí dentro y es muy fácil perderse en ellos”.

El capataz de la mina, protegido con un casco, no nos dio su nombre, pero nos explicó que los 150 mineros que trabajan en tres turnos extraen unas siete toneladas de carbón a la superficie cada hora. Se trata de una explotación relativamente pequeña de Central Coalfields, otra filial de Coal India. Y aún así, me sorprendió ver a dos niños jugando sin supervisión en medio de la maquinaria pesada. A nadie parecía preocuparle.

La India puede verse a sí misma como la nueva China, avanzando para convertirse en una nación del siglo XXI. Pero en un viaje de varios días por los yacimientos de carbón de Jharkhand, me recordó más a una caricatura industrializada de la antigua India.

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Fred Pearce

La compañía estatal que extrae el carbón en la India está aumentando la producción en las minas de carbón de todo el país, como esta explotación a cielo abierto de Jharia.

Aún más anacrónicos con la nueva imagen del país resultaban los ciclo-wallahs que transportaban el carbón. Me encontré por primera vez con ellos en la carretera situada al norte de Ranchi, donde empujaban sus bicicletas especialmente reforzadas cargadas con sacos de carbón. Había decenas de ellos, algunos solos y otros en grupo. Cada bicicleta transportaba alrededor de un cuarto de tonelada de carbón. Subir cuesta arriba era durísimo, pero rodar cuesta abajo sin pedalear parecía divertido si uno conseguía controlar la carga.

Un grupo de ciclo-wallahs que descansaba a medio camino de una cuesta empinada me contó que transportaban el carbón unos 65 km, desde las minas de Urimari a Ranchi, un viaje de dos días. Cada carga les costaba unas 600 rupias (9 dólares) en la mina y se vendería a la llegada a los intermediarios por 1500 rupias, lo que dejaba un beneficio por viaje de unos míseros 13 dólares.

Kuntala Lahiri-Dutt, de la Universidad Nacional Australiana de Canberra, que ha analizado los ciclo-wallahs de Jharkhand, cree que la mayoría de ellos son miembros de minorías tribales y que transportan más de 3 millones de toneladas de carbón cada año. Lejos de disminuir, los volúmenes que cargan pueden haberse duplicado desde que Lahiri-Dutt empezó a investigar hace una década y afirma que ahora hay más niños implicados en lo que a menudo son negocios familiares.

Se estima que los ciclo-wallahs se encargan solo de un 1 o un 2 % de todo el carbón con el que se comercia. Pero su supervivencia en una industria que se considera central para el progreso económico de la India parece simbolizar tanto el esfuerzo humano puro y los recursos de quienes ocupan los puestos más bajos de la escala social india como la naturaleza disfuncional de una economía que les da ese papel.

En la actualidad, Jharkhand ilustra gráficamente la enorme disparidad entre el plan de crecimiento de Modi para la India y la cruda realidad de las condiciones sociales y medioambientales existentes en un país con más de mil millones de habitantes. Si el proyecto de modernización del primer ministro —y el papel que el carbón tiene asignado en él— avanzan, la India podría estar condenada a dejar una montaña de víctimas, desde los ciclo-wallahs y los refugiados de los incendios del carbón de Jharia a la calidad del aire del país y el clima del planeta.

Fred Pearce

ACERCA DEL AUTOR
Fred Pearce es un periodista y escritor autónomo asentado en Reino Unido. Colabora como consultor medioambiental para la revista New Scientist y es el autor de numerosos libros, como When The Rivers Run Dry y With Speed and Violence. En sus artículos anteriores para Yale Environment 360, Pearce abordó la cuestión de cómo los pueblos indígenas están usando la tecnología GPS para proteger sus tierras y sobre la promesa de una agricultura climáticamente inteligente“.