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24-06-2013 : Opinión

La superpoblación del planeta: un error de planificación familiar

Según las nuevas previsiones de la ONU, la población mundial alcanzará los 11.000 millones en 2100, una perspectiva desconcertante que refleja nuestro fracaso colectivo a la hora de ofrecer a las mujeres del mundo métodos eficaces y seguros para evitar embarazos no deseados.

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Hasta hace tan sólo dos semanas, el gran desafío alimentario mundial consistía en cómo dar de comer a 9.000 millones de personas en el año 2050, pero las cosas han cambiado: el número de bocas de mediados de siglo acaba de multiplicarse. Ahora se calcula que seremos 9.600 millones de personas, lo que nos acerca a la decena de miles de millones. Además, debemos olvidarnos de las expectativas de que la población mundial se estabilizará este siglo: en 2100, de acuerdo con las últimas previsiones, la población mundial llegará a los 10.900 millones (y seguirá creciendo a un ritmo de 10 millones al año).

Estos cientos de millones de personas que llegarán de forma inesperada proceden de los cálculos de “fertilidad media”, o estimaciones más aproximadas, de los demógrafos de las Naciones Unidas, quienes este mes han publicado sus previsiones semestrales de la futura población mundial. Y sus cálculos son una gran sorpresa que aleja las esperanzas de aquellos optimistas que pensaban que la fertilidad humana estaba disminuyendo a nivel mundial y que el crecimiento de la población se detendría “por sí solo” en pocas décadas.

No obstante, lo interesante de las nuevas previsiones no son las afirmaciones sobre las futuras poblaciones —después de todo, ni siquiera los demógrafos saben cuánta gente vivirá dentro de 50 años— sino lo que los números dicen de los 7.200 millones de habitantes de hoy en día. Las nuevas previsiones, basadas en su mayoría en la ronda de censos de 2010, ponen claramente de manifiesto que las mujeres en muchos de los países más pobres y más susceptibles a conflictos del mundo están teniendo bastantes más hijos de los que se pensaba anteriormente, en gran medida debido a que numerosos gobiernos han dejando de contar con la planificación familiar entre sus prioridades de primer orden.

Las estimaciones revisadas muestran familias de mayor tamaño en países de rápido crecimiento y bajos ingresos, lo que difícilmente resulta una noticia alentadora

Hace tan sólo 10 años, según las tendencias de natalidad de entonces, la División de Población de la ONU preveía que no habría más de 8.900 millones de personas en 2050. Esa cifra acaba de aumentar 700 millones, un incremento casi del tamaño de la población europea.

En Afganistán, la actual tasa de fecundidad —el número medio de hijos que tiene una mujer a lo largo de su vida— se calcula ya en 6,3, en comparación con los 5,1 anteriores. En Sudán del Sur, se ha pasado de 3,8 a una media de 5,4 hijos; en Timor-Leste (Timor Oriental), 6,5 frente a 5,7; en Somalia, 7,1 frente a 6,7; en Etiopía, 5,3 frente a 4,8. Y la lista de aumentos en los cálculos de fecundidad —algunos reflejo de los aumentos reales de fecundidad, otros sólo mejoras sobre cálculos anteriores— continúa. La División de Población de la ONU subió un 5% sus evaluaciones de fertilidad en 15 países subsaharianos en los que la mayoría de las mujeres tienen numerosos hijos.

En un mundo de cambio climático, con cada vez menos parcelas agrícolas y suministros de agua dulce y más estrés social, estas estimaciones de familias de mayor tamaño en países de rápido crecimiento y bajos ingresos difícilmente resultan una noticia alentadora. Las nuevas valoraciones sobre la fecundidad no sólo reflejan errores de cálculo sino un fracaso colectivo a la hora de ofrecer a las mujeres del mundo algo que necesitan y que a los hombres no les hace falta pedir: métodos seguros y eficaces para evitar embarazos no deseados, además de la educación y la autonomía necesarias para llevar a la práctica sus decisiones en materia de maternidad.

Según el Instituto Guttmacher, un prestigioso grupo de estudio de la salud reproductiva, aproximadamente dos de cada cinco embarazos del mundo son no deseados. Curiosamente, el porcentaje de media es tan alto en el mundo desarrollado y del gran consumo, a pesar de nuestros sofisticados sistemas sanitarios, como en los países en vías de desarrollo. Las encuestas de salud indican que unos 222 millones de mujeres en los países en vías de desarrollo mantienen relaciones sexuales y no desean quedarse embarazas y, aún así, no utilizan ningún método anticonceptivo eficaz. Se necesitarían tan sólo 8.100 millones de dólares —un error de redondeo en la economía global actual de 80 billones de dólares— para suministrar servicios de protección familiar que pudieran reducir este número casi a cero, de acuerdo con los cálculos del Instituto Guttmacher. No obstante, el gasto que se dedica a esta labor no llega ni a la mitad de ese importe.

La escasa financiación destinada a la planificación familiar y la salud reproductiva refleja mayores obstáculos para conseguir una población mundial sostenible. Las mujeres no han conseguido en ningún país una igualdad real con los hombres y, en algunos estados, se siguen considerando prácticamente una propiedad del sexo masculino. Por otro lado, en pocas sociedades está totalmente aceptado que la sexualidad no tiene como único fin la reproducción sino que puede ser significativa y valiosa incluso cuando no se pretende tener hijos. La educación sexual ni siquiera existe en muchos países y en raras ocasiones es adecuada en otros. La anticoncepción se confunde con el aborto e, incluso en Estados Unidos, se asocia a la promiscuidad —no hay más que ver las polémicas generadas en torno al mandato de seguro de anticonceptivos en la política de salud del presidente Obama y la disponibilidad de anticonceptivos de emergencia para las niñas sexualmente activas.

Para los líderes mundiales, la planificación familiar se ha convertido en un tema demasiado delicado que evitan tratar.

Al otro lado del planeta, la Iglesia Católica lleva años impidiendo al gobierno de Filipinas (país con una tasa de natalidad de 3,3 hijos por mujer, la segunda más alta de Asia oriental) que ofrezca servicios gratuitos de planificación familiar a quienes los soliciten. Aunque el Presidente Benigno Aquino ha firmado recientemente una ley a este respecto, la Iglesia ha llevado el asunto al Tribunal Supremo del país. El Tribunal ha paralizado la implementación de la ley antes de su revisión y hay noticias de que la mayoría de los jueces comparten la oposición de los obispos a la anticoncepción moderna.

Otros subgrupos más laicos y acomodados de la población mundial apenas se sienten complacientes ante estas cuestiones. La verdad es que pocos de nosotros nos sentimos cómodos a la hora de abordar la necesidad de mejorar los servicios de planificación familiar y educación sexual o el propio crecimiento de la población mundial. En concreto, el tema de la población lleva dos décadas al margen del discurso público y político. Mediante un acuerdo tácito, los líderes mundiales consideran este asunto un tema demasiado delicado y evitan tratarlo. Parece ser que la mayor preocupación estriba en que ofende a una Iglesia Católica en contra de la anticoncepción, al igual que a algunos defensores de los derechos de la mujer y dirigentes de países con alta fecundidad, quienes arguyen que el consumo de la riqueza es una amenaza mucho más grave para la humanidad que el crecimiento continuo de la población.

Estas nuevas proyecciones demográficas de la ONU son un tajante recordatorio de las consecuencias de nuestro silencio. El final del crecimiento de la población mundial no está cerca ni llegará hasta que no nos decidamos a intervenir en la autonomía de las mujeres, la dignidad del sexo sin fines reproductivos y la importancia de detener el crecimiento de la población para la sostenibilidad medioambiental.

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División de Población de las Naciones Unidas

Se prevé que la población de Nigeria se quintuplique y pase de los 184 millones actuales a 914 millones en 2100.

Los defensores de las políticas demográficas proactivas —basadas en los derechos humanos y en la voluntad individual más que en un control coactivo de la población— llevan décadas señalando una cuestión clave: si no se detiene el crecimiento de la población, nuestro planeta con recursos naturales limitados se convertirá inevitablemente en testigo de unas mayores tasas de mortalidad por enfermedad, hambre o conflictos violentos. Los demógrafos de las Naciones Unidas no parecen mantener una buena comunicación con sus compañeros científicos que estudian el cambio climático y los ecosistemas y recursos naturales del planeta. Al menos, los primeros no acaban de entender las previsiones de los segundos sobre la humanidad basadas en sus propios conocimientos.

Para ser justos, los propios demógrafos reconocen que las proyecciones son en el mejor caso conjeturas fundamentadas en datos humanos anteriores y actuales. John Wilmoth, Director de la División de Población de la ONU, declaró a Associated Press que “existe una gran incertidumbre con respecto a la evolución de la población”. Las consecuencias de epidemias potencialmente devastadoras —ya se registran actualmente más de cinco nuevas enfermedades contagiosas al año, según un estudio realizado por el parasitólogo Peter Daszak y sus colegas— es sólo una de las incógnitas. Sin embargo, los entendidos, la prensa y el público asumen que los expertos en demografía predicen el futuro de la población mundial con seguridad y de manera competente. Y este futuro presupone que ningún nivel de población en el planeta podría socavar su capacidad para sustentar la vida humana.

Así que los pronósticos nos presentan la optimista presunción de que en 2100 la esperanza de vida media a nivel mundial será de 82 años, frente a los 70 años actuales, a pesar de la creciente escasez de recursos y los aumentos en la temperatura que probablemente superen el límite de 2º C considerado peligroso por científicos del clima y gobiernos. Se prevé que la población de Nigeria se quintuplique y pase de los 184 millones actuales a 914 millones en 2100. El desarrollo del país ya se ve lastrado por conflictos violentos, la corrupción del Gobierno, los residuos no tratados y los desenfrenados vertidos de petróleo (por no hablar de una dependencia económica injusta del petróleo que difícilmente va a mantener el ritmo actual durante otros 87 años). Es difícil imaginar que Nigeria se dirija hacia una población de 1.000 millones de personas teniendo en cuenta que los escasos activos naturales de agua dulce renovable y tierras cultivables se reducen aproximadamente un 80% per cápita.

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¿Y si los expertos se equivocan en sus previsiones sobre el crecimiento demográfico mundial? (Artículo en inglés)

Un principio fundamental de la demografía arguye que la población mundial alcanzará entre 9.000 y 10.000 millones este siglo y posteriormente irá reduciéndose según se desarrollen los países más pobres. No obstante, tal y como escribió Carl Haub en 2011, dicha asunción puede ser demasiado optimista y, si es el caso, la población seguirá creciendo y ejerciendo enormes presiones sobre el medio ambiente.
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Egipto y Etiopía luchan aún hoy en día por su dependencia común de las aguas del Nilo ya que Etiopía aprovecha su caudal para generar energía hidroeléctrica. La población de ambos países crecerá más del doble: pasará de 176 a 379 millones. Jordania ya se ve obligada a compartir su escaso suministro hídrico ante la afluencia de refugiados sirios, cuya población de 7,3 millones ha aumentado en 500.000. Se espera que la población originaria de Jordania únicamente crezca esa misma cantidad en sólo tres años (y un 78 % hasta 2100).

Los ciudadanos de estos países son innovadores e ingeniosos. No cabe duda de que ciertos avances tecnológicos que hoy ni siquiera podemos imaginar contribuirán a mejorar la salud y la esperanza de vida. Puede que pronto logremos progresos reales que nos permitan abordar el cambio climático y la escasez de agua, pero todos aquéllos que piensen que poblaciones de tales dimensiones podrán vivir en estos países —con esperanzas de vida de 82 años nada menos— a finales de este siglo con tantos problemas medioambientales, por favor, que levanten la mano. Los demás tenemos que empezar a tomarnos mucho más en serio los derechos y el potencial de las mujeres, la importancia del sexo por el sexo y las consecuencias medioambientales de las cifras de población.

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Robert Engelman

ACERCA DEL AUTOR
Robert Engelman es el presidente del Instituto Worldwath (Worldwatch Institute), una organización de estudio del medio ambiente con sede en Washington, D.C. El Instituto de Población (Population Institute) le concedió a su libro, More: Population, Nature, and What Women Want, el Premio al mejor informe periodístico internacional (Global Media Award for Individual Reporting) en 2008. Engelman, antiguo reportero de ciencia y política en un periódico, escribió anteriormente para Yale e360 sobre el impacto medioambiental del aumento de la población y del crecimiento del consumo.