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20-06-2013 : Análisis

La gran sequía en el Suroeste de Estados Unidos: un mal augurio para los bosques del planeta

Los científicos que estudian una sequía prolongada y grave en el Suroeste de EE.UU. afirman que los grandes daños que han sufrido los árboles en esa región presagian lo que nos espera, con bosques a nivel mundial que se enfrentan al aumento de temperaturas, la disminución de precipitaciones e incendios devastadores.

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Mientras los brutales incendios arrasan los bosques densos y secos, y las casas cercanas en el oeste de Estados Unidos, los investigadores estudian las relaciones entre sequía, incendios forestales y calentamiento del clima, y prevén la pérdida masiva de bosques y una gran sequía prolongada en el Suroeste estadounidense. Afirman que estas fuerzas se están acelerando y ya están transformando el paisaje. Si no se controlan, pueden destruir de manera permanente los bosques de esta zona y de otras regiones del mundo.

A lo largo del oeste, los incendios de grandes dimensiones se han convertido en la norma. Ante el aumento de las temperaturas, tras un siglo de extinción de incendios, la superficie total quemada se ha triplicado desde la década de 1970 y el número medio anual de incendios de más de 4.000 hectáreas es siete veces mayor. La lucha contra los incendios y su extinción cuesta más de 3.000 millones de dólares al año, sin mencionar las víctimas humanas. Por lo tanto, encontrar una forma, si es que existe, de reducir los incendios forestales intensos ha pasado a ser una prioridad urgente.

Nuevo México, el estado que está sufriendo actualmente la peor sequía del país, se ha convertido en un “experimento natural” en grandes sequías, un laboratorio para entender la profunda historia de la sequía en la región y lo que nos puede esperar a la vuelta de la esquina en esta era de rápido calentamiento causado por el hombre.

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Incendio de 2011 en Las Conchas

USGS

Cumbres cubiertas de árboles calcinados tras el incendio de 2011 de Las Conchas en Nuevo México, el segundo mayor incendio de la historia del estado.

USGS
Cumbres cubiertas de árboles calcinados tras el incendio de 2011 de Las Conchas en Nuevo México, el segundo mayor incendio de la historia del estado.

Con un clima muy variable, el Suroeste cuenta, tal vez, con la historia de grandes sequías más estudiada del mundo. Es el hogar de la dendrología, la ciencia que estudia los anillos de los árboles y que se desarrolló por primera vez en la Universidad de Arizona (University of Arizona). La marcada estacionalidad de calurosos veranos seguidos de inviernos fríos produce anillos bien definidos y la fascinación arqueológica por las culturas del sudoeste —Cañón del Chaco, Mesa Verde y otros lugares donde prosperaron y desaparecieron los pueblos antiguos— han permitido la recolección y el estudio de siglos de información presente en los anillos de los árboles. Los árboles de zonas de clima moderado forman anillos más anchos en los años húmedos que se estrechan o desaparecen durante las sequías. Es más, los anillos se pueden fechar con precisión comparando unos conjuntos con otros y desvelan las cicatrices de quemaduras y patrones del clima, las precipitaciones, el estrés hídrico y la mortalidad del árbol.

Park Williams, un joven bioclimatólogo y becario de postdoctorado en el Laboratorio Nacional Los Álamos , se ha unido a otros especialistas del Servicio Geológico de EE.UU. (U.S. Geological Survey, USGS) y la Universidad de Arizona (University of Arizona) para extraer una nueva visión del conjunto de datos correspondientes a los años 1000 a 2007. En un viaje por la Sierra de Jémez cerca de su oficina, vemos por el camino pinos de color rojo óxido, muertos o a punto de morir por la sequía. Más adelante se arrodilla junto a un tronco recién cortado y señala un anillo cerca de la corteza. “Ese anillo grueso de ahí es probablemente de 1998” explica, un año más lluvioso, el de El Niño.

Armados con 13.147 ejemplares locales cortados transversalmente y recogidos en más de 300 emplazamientos, Williams y su equipo idearon un nuevo “índice del estrés hídrico de los bosques”, que integra las mediciones de los anillos de los árboles con los registros climatológicos e históricos para un artículo publicado a principios de este año en Nature Climate Change. Las precipitaciones del invierno se consideran desde hace tiempo importantes para el crecimiento de los árboles pero, a raíz de este nuevo estudio de los datos, se ha detectado otra variable clave relacionada con un clima más seco y cálido: el déficit medio de presión de vapor durante el verano y el otoño, que viene determinado por la temperatura. Según se calienta el aire, su capacidad para retener vapor de agua aumenta de forma exponencial, lo que acelera la evaporación y absorbe más humedad de las hojas o agujas de los árboles así como del propio suelo.

Si el déficit de presión de vapor consigue absorber la humedad suficiente, acaba con la vida de los árboles, y esta situación se está produciendo a menudo últimamente. Echando la vista atrás a través de los anillos de los árboles, Williams constató que la actual sequía del Suroeste, que empezó en el año 2000, es la quinta más grave desde el año 1000 d.C. en comparación con grandes sequías de efectos igualmente devastadores que se han producido periódicamente en la región. Una de ellas ocurrió a finales de la década de 1200 y probablemente obligó a la población a abandonar la región; otra tuvo lugar entre 1572 y 1587 y se extendió por todo el continente hasta llegar a Virginia y a Carolina del Norte y del Sur. Algunas coníferas muy habituales en el Suroeste (como el pino piñonero, el pino ponderosa y el abeto de Douglas) sobrevivieron a esta última sequía, a pesar de un ciclo de vida cercano a los 800 años; desde entonces, esas especies han vuelto a crecer.

“Es probable que la mayoría de los bosques del Suroeste no pueda sobrevivir a las temperaturas que se prevén”.

El índice de estrés hídrico de los bosques está estrechamente relacionado con estos periodos, mientras que los registros de las temperaturas del siglo XX muestran una conexión entre la sequía y la mortalidad de los árboles asociada a grandes incendios forestales y a brotes de escarabajos de la corteza, como los de las últimas dos décadas. Los datos vía satélite sobre los incendios de las últimas décadas también respaldan el estudio de Williams y revelan una relación exponencial entre el estrés hídrico y las zonas asoladas por los incendios.

Los pronósticos de Williams, basados en las predicciones sobre el clima, arrojaron titulares desalentadores en toda la región: si el clima se vuelve más cálido tal y como se espera, en 2050, los bosques del Suroeste sufrirán con regularidad sequías, que superarán los niveles de las grandes sequías anteriores. Después de 2050, calcula que se superarán dichos niveles el 80% de los años. “Es probable que la mayoría de los bosques del Suroeste no puedan sobrevivir a las temperaturas que se proyectan”, señala.


Los bosques afectados por los denominados “incendios seguidos de regeneración” puede que no se recuperen, lo que empeora aún más la situación a corto plazo. Durante una reciente entrevista telefónica, Craig Allen, coautor del artículo de Nature y ecólogo investigador del USGS en la Estación de Campo de la Sierra de Jémez, cerca de Los Álamos, explica que los catastróficos incendios registrados recientemente en Nuevo México, además de ser el resultado natural de un siglo de extinción de incendios y del denso crecimiento durante los períodos húmedos, crean las condiciones propicias para la pérdida permanente de bosques por la “conversión de tipos”. Básicamente, los incendios de alta gravedad que queman una zona extensa socavan la capacidad de las coníferas de reproducirse, un proceso para el que es necesario que los árboles madre cercanos dejen caer las semillas. Los pinos ponderosa, por ejemplo, no pueden arrojar las semillas a más de 9 metros, lo que prácticamente garantiza que los grandes descampados de los bosques acabarán reemplazados por arbustos y praderas, con consecuencias nefastas para diversas funciones forestales, en especial las que ofrecen las delicadas cuencas hidrográficas. “Estos terrenos de dimensiones anómalas en los que han muerto todos los árboles presentan un alto riesgo de no volver a convertirse en bosques”, afirma Allen.

Los graves incendios relacionados con las sequías que se han producido en el Oeste son un anticipo de lo que podría suceder en los bosques a nivel mundial con el incremento de las temperaturas. La mortalidad de los árboles ha ido en aumento en todo el oeste de Estados Unidos, según un estudio de Science de 2009, y recientes análisis del Centro Estadounidense de Investigación Atmosférica (National Center for Atmospheric Research) prevén “sequías graves y generalizadas” en la década de 2060 en gran parte del continente americano, así como en Europa, el sur de África, el sudeste de Asia, partes de Oriente Medio y Australia.

Según un estudio, se prevén “sequías graves y generalizadas” en la década de 2060 desde el continente americano hasta Australia.

Estas condiciones ya empiezan a dejar huella: a principios de año, la NASA publicó un estudio sobre una gran sequía en el Amazonas, región en la que en 2005 varias sequías graves ocasionaron la muerte de cubierta forestal centenaria en una extensión equivalente al tamaño de California y que ocupa el 30% de esta región. Las precipitaciones se recuperaron gradualmente pero, para sorpresa de los investigadores, las imágenes de los satélites han revelado que los daños han persistido. Causada por el mismo calentamiento de las temperaturas de la superficie del Atlántico que fortalecieron los huracanes Katrina y Rita, a esta sequía del siglo enseguida le siguió otra en 2010 que afectó a casi la mitad de la selva amazónica. La pérdida de cubierta forestal parece estar relacionada con el estrés hídrico prolongado.

Allen y varios coautores realizaron un estudio global en 2010 sobre la sequía y la mortalidad de los árboles, una lista aleccionadora sobre las sequías estacionales y de varios años ocurridas en todos los continentes con bosques desde 1970, incluidas algunas que duraron más de una década. Aun reconociendo las incertidumbres científicas, el estudio reitera las inquietudes que nos transmiten cada vez con más frecuencia los investigadores: el planeta podría perder los bosques de forma generalizada y repentina como consecuencia de las sequías, las selvas tropicales podrían empezar a producir más carbono del que absorben (hecho que ya se produjo en el Amazonas en 2005 y 2010) y la sequía podría impulsar la expansión del subtrópico árido hasta zonas agrícolas de vital importancia, lo que tendría consecuencias devastadoras para la producción mundial de alimentos. Este estudio de 2010, que excluye la mortalidad reciente ocasionada por incendios, cita de forma bien documentada las pérdidas de bosques en España, Grecia, Rusia, Australia y, por supuesto, América del Norte, todos ellos lugares que han sufrido recientemente graves incendios forestales.


“No quiero ser agorero”, comenta Allen, tras una semana haciendo malabares entre las noticias sobre incendios y las consultas de los periodistas. Afirma que incluso los incendios extremos tienen el efecto positivo de corregir el crecimiento insostenible después de décadas húmedas que permitieron el “ensanchamiento” de los bosques. La sequía reciente está “exprimiendo ese exceso de biomasa arbórea del paisaje”, explica.

Hace hincapié en que los gestores forestales saben cómo “tratar” esos excesos en los bosques y lo hacen a través de pequeñas quemas controladas de aclareo, un método no bien recibido por todos. Los investigadores de la Universidad de Wyoming (University of Wyoming), por ejemplo, han criticado los planes de aclareo del Servicio Forestal, como la Four Forest Restoration Initiative, iniciativa de reforestación de cuatros parques forestales en Arizona, al sugerir que los incendios de alta gravedad eran habituales en el pasado y siguen actuando como parte natural del ecosistema occidental.

Un experto señala que incluso los incendios extremos son relativamente buenos ya que corrigen el crecimiento insostenible tras décadas húmedas.

Sin embargo, esta opinión es minoritaria ya que los silvicultores de todo el mundo experimentan con nuevos métodos para mantener o restaurar los bosques en busca de especies y genotipos adaptados a las sequías y formas para controlar la evaporación. Los plantones sembrados en la ladera de una montaña mediterránea dañada por un incendio, cerca de la costa española, se mantuvieron con vida gracias al agua drenada por los colectores de niebla, formados con paneles de malla plana colocados sobre la zona de restauración. “No tenemos que tratar cada acre”, señala Allen.

Él y otros silvicultores han pedido un “replanteamiento” radical de la gestión forestal durante las sequías, lo que sugiere que tal vez tengamos que reconsiderar la priorización de árboles: identificar las zonas de bosque con más probabilidades de sobrevivir o incluso regar paisajes con cierto valor, como las antiguas secuoyas de California, para salvarlos.

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Brote asoma bajo un árbol quemado en el incendio de 2011 en Las Conchas

Sally King/NPS

Un brote retoña junto a un árbol carbonizado por el incendio de Las Conchas de 2011 en Nuevo México.

La devastación provocada por los incendios forestales es más que aparente estos días en Nuevo México. Durante mi viaje en coche por la Sierra de Jémez con Park Williams, con temperaturas casi récord de treinta y pico grados, me dirige por un camino forestal que atraviesa Cochiti Mesa, un terreno situado en el corazón del incendio de Las Conchas de 2011, hecho ya legendario entre estudiantes y bomberos.

El 26 de junio de 2011, un álamo arrastrado por el viento sobre una línea eléctrica prendió fuego con tal fuerza y rapidez que el incendio que se produjo arrasó casi 18.000 hectáreas en las primeras 13 horas, prácticamente 24 hectáreas por minuto. En agosto, cuando se terminó de controlar, se habían quemado más de 63.000 hectáreas. Las Conchas fue el mayor incendio en la historia de Nuevo México, un récord que se mantuvo sólo unos años, cuando un incendio mayor, si bien menos destructivo, se propagó por el sur.

Incluso dos años después, las vistas desde Cochiti Mesa son sobrecogedoras, un bosque en el Calvario. En una extensión de 16.000 hectáreas, durante kilómetros a la redonda, no queda ni un solo árbol con vida. El viento hace que se nos meta arenilla en los ojos mientras Williams me cuenta que los árboles de algunas zonas se quemaron a una temperatura tan alta que los troncos desaparecieron, dejando agujeros fantasmagóricos. Otros se quemaron de inmediato solo por el calor y sus hojas secas permanecen intactas. Las fotografías del después muestran un paisaje lunar asolado por la ceniza. La vida apenas ha regresado; tan sólo hay arbustos, matojos de hierba y algún brote de Castilleja.

Árboles, ninguno. El pino Ponderosa puede que no vuelva a aparecer si no se interviene. El intenso calor esterilizó el suelo y destruyó prácticamente toda la biomasa en zonas de gran extensión, lo que ha creado enormes vacíos que los árboles no van a poder sembrar de nuevo. Colorado ya pasó por esta situación cuando, en 2002, el incendio Hayman dejó un enorme agujero de más de 20.000 hectáreas. Salvo en una parte que ha resembrado el Servicio Forestal de EE.UU., los árboles no han vuelto a crecer y no se espera que lo hagan en los próximos siglos.

Si recorremos con la mirada el valle del Río Grande, podemos ver otra manifestación de una gran sequía: una nube pirocumulonimbus con forma de globos procedente de otro incendio originado en el desierto de Pecos la noche anterior. Unas  horas más tarde, la columna de humo alcanza los 6.100 metros y se cierne sobre Santa Fe, cuya cuenca del río lleva cerrada al público desde 1932 ante la amenaza de que el fuego contamine dos embalses que abastecen el 40% del agua. La cuenca ha menguado pero Park Williams, con la información que le ofrecen los datos milenarios de los anillos de los árboles, puede predecir su futuro.

“La cuestión no es si se va a quemar o no”, señala. “La cuestión es cuándo”.

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Caroline Fraser

ACERCA DE LA AUTORA
Caroline Fraser ha escrito principalmente sobre los derechos de los animales, la historia natural y el medio ambiente, y su trabajo ha aparecido en The New Yorker y Outside entre otras publicaciones. En artículos anteriores para Yale Environment 360, escribió acerca de nuevas investigaciones sobre el papel fundamental que desempeñan los principales depredadores en los ecosistemas y sobre el esfuerzo insuficiente para salvar a los lobos mexicanos en EE.UU..