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23-02-2016 : Análisis

La deforestación provoca un aumento de las enfermedades humanas

Cada vez se recopila más evidencia que demuestra que la tala de bosques tropicales genera las condiciones óptimas para la difusión de las plagas transmitidas por mosquitos, como la malaria y el dengue. Además, los primates y otros animales transmiten enfermedades a las personas desde los bosques diezmados

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En Borneo, una isla compartida entre Indonesia y Malasia, se están talando algunos de los bosques tropicales más antiguos para sustituirlos por plantaciones de palma aceitera a un ritmo vertiginoso. Arrasar las masas forestales ricas en biodiversidad en favor de monocultivos provoca numerosos problemas medioambientales, desde la destrucción del hábitat de la fauna hasta la rápida liberación del carbono fijado que contribuye al calentamiento global.

Pero la deforestación está produciendo otro efecto preocupante: el aumento de la difusión de enfermedades potencialmente mortales como la malaria o el dengue. Debido a un sinnúmero de motivos ecológicos, la pérdida de la selva puede actuar como incubadora para las enfermedades transmitidas por mosquitos y otras patologías infecciosas que aquejan a los seres humanos. El ejemplo más reciente de ello se ha publicado este mes en la revista Journal of Emerging Infectious Diseases, donde los investigadores han documentado un marcado aumento de los casos de malaria en humanos en una región malaya de la isla de Borneo que está sufriendo un veloz proceso de deforestación.

Esta forma de la enfermedad se diagnosticaba principalmente en una especie de primates denominados macacos y los científicos de la London School of Tropical Medicine and Hygiene se extrañaron ante el repentino ascenso de casos en humanos. Mediante el estudio de los mapas de satélite de áreas forestales taladas y zonas de selva que todavía se mantienen en pie, los investigadores han podido comparar el panorama con las ubicaciones de los brotes de malaria recientes. Han observado que los primates se concentran en los fragmentos de hábitat selvático que quedan, lo que posiblemente aumenta el índice de transmisión de la enfermedad entre sus propias poblaciones. Así, cuando los seres humanos trabajan en las nuevas plantaciones de palma cerca de los límites forestales recién creados, los mosquitos que han prosperado en el nuevo hábitat transmiten la enfermedad de los macacos a las personas.

No se trata de un fenómeno aislado. “En los años en que se talan extensiones masivas, se producen picos de casos de leptospirosis [una enfermedad bacteriana potencialmente mortal], malaria y dengue”, advierte Peter Daszak, presidente de Ecohealth Alliance, que forma parte de un esfuerzo mundial para comprender y mejorar este tipo de dinámicas. “La deforestación crea el hábitat ideal para algunas enfermedades”.

El estudio sobre la malaria en Borneo es la última pieza de un creciente corpus de pruebas científicas que demuestran que la tala de grandes franjas de bosque es uno de los factores primordiales de un serio problema de salud humana: la aparición de epidemias de algunas de las enfermedades infecciosas más graves del mundo que surgen de la fauna y los insectos presentes en las selvas. En aproximadamente el 60 % de las enfermedades que afectan a las personas, parte del ciclo de vida está vinculado a animales domésticos y salvajes.

Es urgente trabajar en la investigación, pues se está produciendo un desarrollo de los terrenos cultivables en las regiones con una biodiversidad elevada y, según los científicos, cuanto mayor es el número de especies, mayor es la cantidad de enfermedades. Les preocupa profundamente que la próxima pandemia mundial tenga su origen de la selva y se propague a gran velocidad por todo el mundo, como ocurrió con el SARS o el virus del Ébola, ambos procedentes de animales salvajes.

Los mosquitos no son los únicos portadores de patógenos entre el entorno silvestre y los humanos. Los murciélagos, los primates e incluso los caracoles pueden actuar también como vectores. Además, la dinámica de transmisión cambia en todas estas especies tras la tala de un bosque y, con frecuencia, genera una amenaza mucho mayor para las personas.

A lo largo de la historia humana existen numerosos ejemplos de patógenos surgidos de los bosques. El virus del Zika, sin ir más lejos, parece ser el causante de casos de microencefalia (cabezas más pequeñas de lo normal) en recién nacidos de Latinoamérica, emergió del bosque Zika en Uganda en la década de 1940.

El riesgo de epidemias se puede incrementar de forma drástica con la desaparición de bosques con fines agrícolas o de construcción de carreteras.

El dengue, el Chikunguña, la fiebre amarilla y otros patógenos transmitidos por mosquitos han salido de las selvas africanas.

Los bosques contienen numerosos patógenos que llevan transmitiéndose en ambos sentidos entre los mosquitos y los mamíferos desde tiempo inmemorial. Al evolucionar juntos, estos virus suelen causar síntomas muy leves o incluso cursar asintomáticamente en sus huéspedes, lo que proporciona un “efecto protector contra las infecciones endémicas”, explica Richard Pollack de la T.H. Chan School Public Health de Harvard. Pero los humanos no suelen contar con esa protección.

Lo que demuestra la investigación es que, a causa de la compleja cadena de cambios ecológicos, el riesgo de epidemias, en especial de aquellas transmitidas por determinados mosquitos, se puede incrementar de forma drástica con la desaparición de bosques con fines agrícolas o de construcción de carreteras.

Al iluminar intensamente el suelo que antes estaba en penumbra bajo el bosque, la luz solar aumenta las temperaturas del agua. Como explica Amy Vittor, catedrática adjunta de Medicina de la University of Florida, esto puede facilitar la proliferación de mosquitos. Es experta en ecología de la deforestación y en malaria, disciplina que permite comprender mejor esta dinámica.

La deforestación crea otras condiciones que impulsan la reproducción de los mosquitos. Las hojas que antes elevaban el contenido de taninos en los arroyos y estanques desaparecen. Con ello, se reduce la acidez y el agua se vuelve más turbia. Ambos factores favorecen la multiplicación de determinados mosquitos en detrimento de otros. El agua corriente se represa, tanto de forma deliberada como involuntaria, y se almacena. Como los árboles ya no la absorben ni la transpiran, el nivel freático asciende a cotas más cercanas al suelo del bosque y esto puede dar lugar a más zonas pantanosas.

Cuando la agricultura sustituye al bosque, “la regeneración de la vegetación subarbustiva proporciona un entorno mucho más apropiado” para los mosquitos portadores del parásito de la malaria, añade Vittor.

Aunque el vínculo entre la deforestación y el aumento de la incidencia de malaria se conoce desde hace tiempo, la investigación en las últimas dos décadas ha permitido determinar muchos más detalles. Gran parte del trabajo se ha llevado a cabo en Perú. En la década de 1990, en una región de este país los casos de malaria pasaron de 600 al año a nada menos que 120.000 justo después de que se construyese una carretera que atravesaba la selva virgen y se comenzaran a abrir claros para cultivar.

La cascada de los cambios ecológicos inducidos por el hombre modifica de manera drástica la diversidad de los mosquitos. “Las especies que sobreviven y se vuelven dominantes, por motivos que no comprendemos del todo bien, casi siempre transmiten la malaria mejor que las especies que abundaban más en las selvas intactas”, escriben Eric Chivian y Aaron Bernstein, expertos en salud pública de Harvard Medical School, en su libro Sustaining life: how human health depends on biodiversity (Protección de la vida: ¿En qué grado la salud humana depende de la diversidad biológica?). “Este fenómeno se observa prácticamente en todos los lugares donde hay malaria”.

Los mosquitos se adaptan con relativa rapidez a los cambios medioambientales. En respuesta a la campaña de protección de las camas mediante mosquiteras para evitar las picaduras nocturnas en las regiones del mundo propensas a los brotes de malaria, por ejemplo, los investigadores están observando un cambio en las franjas del día durante las que los mosquitos buscan a sus presas humanas, que se han trasladado a las horas anteriores al momento de irse a dormir.

En un estudio elaborado por Vittor y otros investigadores, se observa que una especie de mosquito portador de malaria, el Anopheles darlingi, de una zona deforestada de Perú era radicalmente diferente a sus primos de los bosques intactos; así, el Anopheles darlingi de las zonas deforestadas pica 278 veces más a menudo que en un bosque intacto, según el estudio publicado en el American Journal of Tropical Medicine and Hygiene en 2006.

“En la selva, no observamos prácticamente ninguna proliferación y los mosquitos adultos no pican”, señala Vittor. Probablemente se deba a que las características ecológicas del paisaje deforestado (vegetación baja y aguas profundas) favorecen su reproducción y a que necesitan sangre humana para que se desarrollen los huevos.

Los tipos de mosquitos que prosperan en este ecosistema tan alterado son más “competentes como vectores”, lo que significa que sus sistemas son especialmente eficaces en la fabricación de gran cantidad del patógeno que provoca la malaria. En un estudio realizado en Brasil, publicado en el Journal of Emerging Infectious Diseases en 2010, se observó que la tala de un 4 % de selva daba lugar a casi un 50 % de aumento de los casos de malaria en humanos.

La ecología de los virus en zonas deforestadas es diferente. Cuando se tala la selva, se crean numerosas nuevas fronteras, o bordes, entre las zonas deforestadas y la jungla. Un mosquito denominado Aedes africanus, huésped de los virus de la fiebre amarilla y el Chikunguña, a menudo vive en este hábitat fronterizo y pica a las personas que trabajan o residen en las proximidades. Otros primates, que también son reservorios de los patógenos, se congregan en los límites de estos ecosistemas modificados y proporcionan una fuente continua de virus para los insectos.

Los insectos no son la única manera en que la deforestación puede exacerbar las enfermedades infecciosas. Por algún motivo que desconocemos, las especies de caracoles que mejor se adaptan a las cálidas áreas abiertas que surgen tras talar un bosque constituyen huéspedes más adecuados para los parásitos denominados platelmintos, algunos de los cuales causan esquistosomiasis, una enfermedad que deteriora los órganos humanos.

A los científicos les preocupa que estos brotes, agravados por las alteraciones del paisaje inducidas por el hombre, provoquen la próxima pandemia. El Imperio Romano llegó a extenderse desde Escocia hasta África y duró más de 400 años. Nadie sabe exactamente cuáles fueron los motivos de su colapso, pero uno de los factores que contribuyeron a ello pudo ser la malaria. En la década de 1990 se excavó una fosa común de bebés de aquella época. Según un estudio publicado en 2001 en la revista Ancient Biomolecules, el análisis del ADN permitió demostrar que muchos de ellos habían muerto de malaria. Algunos investigadores especulan con la posibilidad de que la epidemia de malaria se viese potenciada por la deforestación del valle del Tíber cercano a Roma, para satisfacer las necesidades de madera de la ciudad en desarrollo.

Una vez que una enfermedad ha salido de una región forestal, puede viajar en los seres humanos y cruzar el mundo en cuestión de horas en un avión, antes siquiera de que se presenten los primeros síntomas. Lo bien que se establezca en su nuevo hogar dependerá de varios factores.

Una de las piezas del rompecabezas se refiere a saber qué patógenos pueden salir de la selva en el futuro.

Por ejemplo, cuando el Zika viajó desde África hasta Brasil, prosperó porque los mosquitos Aedes aegypti viven cerca de la gente y les encanta poner los huevos en pequeños recipientes de agua. Muchas personas de las grandes favelas de Brasil almacenan agua en cubos. Además, se acumula agua estancada en lonas, neumáticos viejos o basuras.

Una cuestión esencial en relación con el virus del Zika reside en saber si penetrará en las poblaciones de primates de Sudamérica, lo que lo convertiría en residente permanente y fuente continua de infección. “¿Se establecerá definitivamente?”, se pregunta Vittor. “No lo sabemos”.

Los mosquitos no son las únicas criaturas que nos traen las fiebres de los bosques. Se cree que los murciélagos del tipo Mops condylurus de Angola fueron los portadores del virus del Ébola causante de la epidemia que mató a más de 11.000 personas el año pasado. Por su parte, el SIDA, que ha matado a más de 25 millones de personas en todo el mundo, tiene su origen en el consumo humano de carne de animales salvajes, probablemente chimpancés.

El factor común en todos estos casos es la rápida evolución del clima. Si la primavera se adelanta, los huevos de mosquitos eclosionan antes y las poblaciones estivales son más numerosas. Según un estudio publicado el año pasado en Proceedings of the National Academy of Sciences, los aumentos de temperatura en el sudeste asiático durante los ciclos meteorológicos asociados con El Niño van de la mano de los brotes de dengue porque las temperaturas más cálidas permiten a los mosquitos reproducirse a mayor velocidad y expandir su población. Lo que, a su vez, incrementa la propagación del virus.

Parte de la solución pasa por reconocer y comprender estas interrelaciones y en enseñar a las personas el efecto protector de mantener intacta la naturaleza. En aquellos lugares donde sea preciso talar bosques o construir carreteras, se pueden adoptar numerosas medidas para mitigar la probabilidad de brotes de enfermedades propagadas por mosquitos, tales como campañas educativas, incremento de la cantidad de clínicas, formación en salud o supervisión médica.

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Otra de las piezas del rompecabezas consiste en saber de qué patógenos podríamos tener que defendernos en el futuro a medida que estos salgan de la selva. Ecohealth Alliance está catalogando los virus transmitidos por animales salvajes en entornos silvestres donde se producen nuevas invasiones de la naturaleza virgen y los servicios de atención sanitaria son insuficientes o inexistentes. El objetivo es entender mejor cómo podrían propagarse estos virus y, si es posible, desarrollar vacunas.

“Si fuésemos capaces de gestionar el comercio de animales salvajes y la deforestación, no tendríamos que detener epidemias” como el Zika o el Ébola, afirma Daszak, presidente de la organización. “Ya las habríamos impedido”.

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Jim Robbins
Jim Robbins é um jornalista veterano que vive em Helena, em Montana. Ele escreveu para o New York Times, Conde Nast Traveler, e muitas outras publicações. Seu último livro é The Man Who Planted Trees: Lost Groves, Champion Trees, and an Urgent Plan to Save the Planet.MAIS DESTE AUTOR