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17-03-2016 : Artículo

Inseguridad alimentaria: el calentamiento del Ártico amenaza la vida indígena

Desde hace largo tiempo, los cazadores de subsistencia recorren los hielos marinos para cazar focas, ballenas y osos polares. Pero ahora, con la desaparición progresiva del hielo y las altas temperaturas que alteran los ciclos de vida y la abundancia de sus presas, un número creciente de comunidades indígenas se están enfrentando a la escasez de alimentos

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Foto: Ed Struzik

Un cazador inuit tira de uno de sus perros para sacarlo de una grieta en el hielo.

El calentamiento extremo del Ártico, que lleva décadas afectando a la región, llegó a un nuevo récord este invierno cuando una masa de aire excepcionalmente caliente invadió la zona, elevando las temperaturas en casi 10 grados Celsius sobre la media en algunas áreas y situando las temperaturas por encima del punto de congelación en el Polo Norte a finales de diciembre. La capa de hielo que recubre el océano Ártico alcanzó un nuevo mínimo invernal el mes pasado, con el consiguiente empeoramiento de la situación para las focas y los osos polares, que dependen del hielo marino. Otras poblaciones animales, como los caribúes y algunas aves marinas, se están reduciendo mientras las especies luchan por adaptarse a los rápidos cambios del ecosistema polar.

Además, todos estos cambios están haciendo más difícil para los habitantes del Ártico poner comida en la mesa. El gran deshielo del Ártico está teniendo terribles consecuencias para muchos cazadores indígenas, que durante milenios han confiado en la caza y la pesca de ballenas, focas, pescado y mamíferos terrestres como el caribú para alimentar a sus familias. Incluso hoy en día, en una época en que las comunidades nativas de la región polar cuentan con un mayor apoyo gubernamental, los pueblos indígenas del Ártico, desde los inuit de Canadá y Groenlandia a los yupik y los dene de Alaska, siguen dependiendo en gran medida de la caza de subsistencia.

Ahora, dado que el hielo marino se ha convertido en una superficie cada vez menos fiable para la caza y que las altas temperaturas alteran los ciclos de vida y la abundancia de las especies cazadas, algunas comunidades indígenas se están enfrentando a una creciente escasez de alimentos y a la falta de una nutrición adecuada. El año pasado, el gobierno de Estados Unidos tuvo que enviar pescado congelado a las comunidades de Alaska que habían tenido que suspender la caza de morsas.

Más de un tercio de las familias del extenso territorio ártico de Nunavut carecen de acceso a alimentos seguros y saludables.

En el norte de Groenlandia, donde los cazadores usan con frecuencia trineos tirados por perros, algunos de los propietarios han tenido que sacrificar a sus animales porque resultaba demasiado caro seguir alimentándolos dada la escasez de las presas obtenidas en las cacerías.

Según varios estudios canadienses recientes, entre uno y dos tercios de las familias del extenso territorio ártico de Nunavut carecen de acceso a alimentos seguros y saludables. En algunos lugares del norte de Quebec, los comedores públicos están teniendo problemas para responder a la demanda, y la escasez de alimentos se ha relacionado con el lento crecimiento de muchos niños inuit.

La carestía de alimentos siempre ha sido un reto para los inuit y para otros pueblos aborígenes del Ártico, ya que la dependencia de la caza y la pesca de subsistencia ha significado, en muchos momentos, vivir al límite. La dureza de la vida en tierra y en el mar también ha sido problemática para una nueva generación de inuits que empiezan a identificarse más con los valores culturales meridionales que con los que guiaron a sus padres y sus abuelos.

Sin embargo, la escasez de alimentos actual es muy diferente, porque además de disparar los precios de los alimentos —5 litros de leche pueden llegar a costar 15 dólares y la carne más de 25 dólares el kilo—, el cambio climático ha hecho la caza de subsistencia menos fiable y más peligrosa. El hielo marino, antes estable, se resquebraja ahora bajo los pies de los cazadores indígenas y sus reatas de perros.

“En la década de 1980, podíamos esperar que hubiera entre 90 y 150 cm de hielo a principios de marzo”, explica el anciano inupiaq Austin Swan, de 68 años, que vive en la pequeña comunidad de Kivalina en la pendiente septentrional de Alaska. “Hoy [a mediados de marzo], tenemos agua a la vista en algunos lugares y una capa muy fina de hielo en el resto. Ya no parece haber nunca semanas con temperaturas por debajo de 40 grados bajo cero, como en los ochenta”. Añade que la reducción del hielo marino dificulta la caza de las focas barbudas y hace prácticamente imposible cazar beluga y ballenas de Groenlandia.

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Ed Struzik

Los cazadores inuit se ven obligados a recorrer distancias más largas para evitar las zonas sin hielo.

“Es demasiado peligroso”, afirma Swan. “Y pasa lo mismo con los caribúes en tierra firme. Hay muchos menos”.

Swan es uno de los 146 habitantes de Alaska que representan a 81 pueblos que participaron en un informe sobre seguridad alimentaria publicado por la sección de Alaska del Consejo Circumpolar Inuit (ICC) en diciembre. Además de citar el cambio climático, los precios crecientes del combustible y los alimentos y la explotación de recursos como causas del problema, el informe propone una reevaluación completa de la gestión de la fauna y los recursos en el Ártico durante este tiempo de rápidos cambios. Esta nueva valoración tendría que incluir un examen, por ejemplo, de cómo la extracción de petróleo, gas y minerales podría afectar negativamente a los rebaños de caribúes.

La seguridad alimentaria en el Ártico, o “inseguridad”, como algunos la llaman, se convirtió en una cuestión conflictiva en 2012 cuando el enviado del equipo de Derecho a la Alimentación de Naciones Unidas, Olivier De Schutter, criticó públicamente al gobierno canadiense por no abordar el problema creciente del hambre entre los pueblos inuit e indígenas de Canadá. En aquel momento, Leona Aglukkaq, la ministra inuit responsable del Departamento de Medio Ambiente de Canadá y miembro del partido conservador en el gobierno, rechazó la crítica de De Schutter e insistió en que los inuit se las arreglaban bien alimentándose con lo que obtenían de la tierra y del mar.

Esta controversia animó al Consejo Canadiense de Academias, un grupo independiente que promueve la investigación científica, a estudiar la cuestión. En 2014, los 15 expertos que participaron en el informe ratificaron la opinión del enviado de la ONU.

“Un volumen de investigación importante ha confirmado que el acceso a alimentos naturales puede contribuir en gran medida a mitigar las condiciones de inseguridad alimentaria de la población indígena”, afirmó David Natcher, presidente del departamento de investigación del Instituto Global de Seguridad Alimentaria de la Universidad de Saskatchewan y participante en el informe, en una entrevista realizada por correo electrónico. “El cambio climático es tan solo uno de los muchos factores que hacen difícil para los inuit y otros pueblos indígenas del norte llevar comida a la mesa. Pero es un factor de peso y va a empeorar mucho”.

“Las condiciones cambiantes del hielo han aumentado el coste y el tiempo de la recolección. Los cambios de las condiciones medioambientales también hacen más difícil para los ancianos inuit compartir sus conocimientos predictivos sobre el tiempo atmosférico. Esto ha contribuido a una incertidumbre creciente entre los recolectores más jóvenes a la hora de aventurarse en la tierra, el mar y el hielo. No tenemos la menor duda de que esto está teniendo un impacto directo en la seguridad alimentaria de los pueblos indígenas del norte de Canadá”.

Las implicaciones de todo esto quedaron patentes en 2013 cuando el entonces gobernador de Alaska Sean Parnell declaró dos comunidades inuit, Gambell y Savoonga, zonas catastróficas económicas después de que los cambios de los patrones meteorológicos en el mar de Bering obligaran a los cazadores a suspender sus batidas anuales para cazar ballenas de Groenlandia y morsas. La declaración como zona catastrófica dio acceso a la región a algunos fondos de ayuda estatales.

El Estado no envió alimentos, pero al año siguiente las comunidades necesitaron ayuda alimentaria de emergencia. Cuando un segundo año con un bajo nivel de hielo marino provocó una nueva cancelación de la caza de morsas, Vera Metcalf, directora de la Comisión Esquimal de Morsas, pidió ayuda. La Guardia Costera de EE. UU. envió más de 4500 kg de halibut a las comunidades de Gambell, Savoonga, Diomede y Wales. El halibut fue suministrado por SeaShare, un banco de alimentos estatal con sede en Washington que se especializa en la provisión de pescado a las comunidades necesitadas.

En cuanto a su propia comunidad, Kivalina, en Alaska, Swan afirmó: “Aquí casi todos tenemos lazos familiares, así que compartimos tanto como podemos, como en los viejos tiempos. Pero tarde o temprano, si esto sigue así, dejará de ser suficiente. Los subsidios ayudan, pero no son la respuesta”.

Carolina Behe, asesora de ciencia y conocimientos indígenas de ICC-Alaska, señala que el cambio climático y la seguridad alimentaria son más que una cuestión de calorías y nutrición; son también una cuestión de cultura. “Aquí la gente basa su identidad en su capacidad de cazar y proporcionar alimento a aquellos que lo necesitan”, explica. “Esa identidad se ve amenazada cuando salir al hielo a cazar se convierte en algo peligroso o cuando resulta demasiado caro recorrer las grandes distancias que ahora son necesarias para encontrar a los animales en tierra firme”.

Muchos líderes inuit vieron una puerta abierta a la esperanza en el compromiso conjunto que este mes han suscrito el presidente de Estados Unidos Barack Obama y el primer ministro canadiense Justin Trudeau para proteger el Ártico frente al exceso de pesca, las grandes flotas de embarcaciones, la explotación de recursos y los efectos del cambio climático.

Aquí la gente basa su identidad en su capacidad de cazar y proporcionar alimento a aquellos que lo necesitan”, explica una de las líderes indígenas.

Pero Jim Stotts, presidente de ICC se muestra consternado por el hecho de que no se consultara a los inuit antes de cerrar el acuerdo entre los dos líderes.

“Valoramos la atención a los problemas del Ártico y las cuestiones que importan a los inuit”, señala. “Pero la política de Estados Unidos para el Ártico requiere consultar a los inuit. En el futuro, debemos participar activamente en las decisiones que nos afectan”.

Hace poco, los líderes indígenas de Nunavut se indignaron cuando un consejo canadiense de revisión de las regulaciones dio luz verde a dos compañías mineras que quieren perforar para extraer minerales en los territorios que el rebaño de caribúes de Bathurst usa para parir, una zona que se extiende a lo largo de la frontera entre Nunavut y los Territorios del Noroeste.

Como a muchas de las 24 grandes manadas de caribúes con hábitos migratorios, al rebaño de Bathurst no le está yendo bien. En 1986, los científicos estimaron que había unos 450 000 ejemplares en el rebaño. Hoy hay aproximadamente 20 000.

El número creciente de carreteras, conductos y minas amenaza con destruir el hábitat de los caribúes e interfiere con su migración. Pero el calentamiento global también está pasando factura a los animales. Ha aumentado el número de picaduras de moscas y de parásitos que merman las reservas de energía de los caribúes.

Las ahora frecuentes lluvias invernales y el aguanieve congelan la cubierta de nieve y hacen más difícil para los caribúes escarbar para extraer los líquenes nutritivos que hay debajo. La floración primaveral se produce antes y ya no coincide con el nacimiento de los animales en la costa del Ártico.

Loa cazadores aborígenes de Nunavut y los Territorios del Noroeste no ocultan su enfado contra la prohibición de cazar caribúes Bathurst mientras que a la vez se están aprobando actividades mineras potencialmente peligrosas en el territorio del rebaño. Los cazadores inuit y dene están luchando contra las prohibiciones de caza en sus territorios y, en algunos casos, se muestran dispuestos a desafiarlas.

“En el gobierno y en algunos círculos, existe la creencia de que los empleos y solo los empleos impulsarán la economía”, señala Ross Thompson, director ejecutivo del Consejo de Gestión de Caribúes Beverly Qamanirjuaq, que ayuda a controlar dos rebaños de caribúes que migran a través de Manitoba, Saskatchewan, los Territorios del Noroeste y Nunavut. “Pero no se dan cuenta de que en muchas comunidades los caribúes son la economía”.

Algunos economistas coinciden con esta opinión. Un estudio de 2008, que se actualizó en 2013, estimó el valor económico de los rebaños de caribúes Beverly Qamanirjuaq en 20 millones de dólares anuales. Para cada cazador de Nunavut, un caribú representa 1720 dólares de ingresos, según el estudio. Reemplazar ese caribú con ternera de alta calidad, concluía el estudio, costaría a los cazadores entre tres y cinco veces más.

Swan tiene la esperanza de que los gobiernos entiendan por fin lo que el cambio climático y la explotación de recursos están haciendo con el pescado y la fauna del Ártico y su impacto en pueblos como el suyo, que se están deslizando hacia el mar a causa del deshielo, el aumento del nivel del mar y la fusión del permahielo.

“Siempre hemos sido capaces de adaptarnos a los cambios naturales del entorno”, señala. “Pero lo que está ocurriendo aquí no es natural. Está haciendo muy difícil poner comida en la mesa”.

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Ed Struzik

SOBRE O AUTOR
Autor e fotógrafo canadense, Ed Struzik escreve sobre o Ártico há três décadas. Em artigos anteriores para a Yale Environment 360, escreveu sobre como o derretimento do gelo marinho pode exercer novas pressões na pesca no Ártico e como o derretimento do Ártico está alterando a forma de vida dos nativos canadenses Inuit.