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17-12-2013 : Informe

Gente o parques: el factor humano en la protección de la vida salvaje

Estudios recientes en Asia y Australia han detectado que las áreas gestionadas de forma comunitaria ofrecen mejor resultado en la preservación del hábitat y la biodiversidad que los parques tradicionales. En lo que se refiere a conservación, quizá la gente no es el problema, sino la solución.

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Cuando las Naciones Unidas publicó el informe Planeta Protegido 2012, se descubrió que los gobiernos estatales habían destinado más de 177.000 áreas protegidas de todo el mundo a conservar la naturaleza a largo plazo, lo que cubre un sorprendente 12,7% de la superficie terrestre. Desde 1990, la superficie protegida ha aumentado un 48%.

Pero estas noticias tan esperanzadoras también esconden un importante defecto. Dejando de lado la cuestión de hasta qué punto las áreas protegidas oficiales realmente protegen, una planificación pobre implica que estas áreas a menudo olvidan completamente los hábitats y las especies más importantes. Cuando un estudio de 2004 publicado en BioSciences analizó una muestra representativa de la vida salvaje mundial, descubrió que en las áreas protegidas había muy poco hábitat, si es que había, para el casi 90% de especies amenazadas o en peligro de la muestra. La lista de dichos animales incluía a 276 mamíferos, 940 anfibios, 23 tortugas y 244 aves. Además, incluso en los parques destinados específicamente a cobijar ciertas especies, las condiciones para acomodar dichas especies podrían empeorar a causa del cambio climático en 50 o 100 años.

El estudio del Nepal reveló que el hábitat del tigre había mejorado en las áreas cuya gestión era controlada por las comunidades locales.

De aquí el creciente reconocimiento de que lo que ocurre fuera de las áreas protegidas es igual de importante que lo que ocurre dentro de ellas. Todo ello ha llevado a incrementar, a nivel mundial, el número de hábitats críticos gestionados por la gente local, aunque este movimiento no complace a ninguna de las partes. Los gestores de los parques normalmente han considerado a las comunidades locales como una fuente ilegal de explotación forestal y caza furtiva, además de otros problemas, no como una parte de la solución. Por su parte, la gente local a menudo ven a los parques como una amenaza para sus cultivos y ganado, además de considerarlos una usurpación de sus derechos tradicionales sobre el terreno.

No obstante, dos estudios publicados hace unas semanas han sugerido que las áreas gestionadas por la comunidad, o bien por la comunidad en colaboración con los parques, a veces obtienen mejores resultados en la protección de los hábitats y las especies que los parques tradicionales por si solos.

El primer estudio, en la revista Ecosphere, analizó el estado de los tigres del Parque Nacional de Chitwan, en Nepal, y de sus alrededores, a los pies del Himalaya. Este país ha llevado a cabo uno de los pocos casos de éxito en tigres, cuya población se ha incrementado significativamente, incluso a pesar de la caza furtiva de tigres que se produce en los hábitats tradicionales próximos a la India. Concretamente, el distrito nepalés de Chitwan ha incrementado la población de tigres adultos de 91, hace solo cuatro años, hasta los 125 que hay hoy en día, según el autor principal del estudio Neil H. Carter, un biólogo ambiental del National Socio-Environmental Synthesis Center.

No obstante, la población humana de la zona neutral alrededor del parque se ha triplicado en los últimos 40 años, y los tigres en esa zona matan entre siete y ocho personas al año, lo que supone un caso seguro de conflicto.

En el plan de gestión de 1996 desarrollado por la comunidad y aprobado por el parque, afirma Carter, el ganado que pasturaba en la zona neutral desapareció. Pero ahora la comunidad debe decidir cómo distribuir otros recursos forestales en esa zona, como el pienso y la leña. Para entender los efectos de ese cambio, tanto él como sus coautores distribuyeron cámaras trampa en 76 ubicaciones entre el interior del parque y un bosque de 25 millas cuadradas (unas 6.475 hectáreas) en la zona neutral gestionado por la comunidad. También utilizaron imágenes por satélite para medir los cambios en los distintos tipos de hábitat.

Para su sorpresa, descubrieron muy pocos tigres y un descenso en la calidad del hábitat dentro del parque, a diferencia de las tierras gestionadas por las comunidades locales, en las que el hábitat había mejorado, sobre todo después de 1999. Además, las cámaras trampa revelaron también muchos más tigres en dicha zona. Las políticas verticales y elitistas han fracasado en su intento de disuadir a los habitantes locales de almacenar la leña y el pienso en el parque, concluyeron los coautores. Pero la implicación de la gente del lugar les ha otorgado un sentimiento de propiedad sobre la tierra comunitaria. Según Carter, la gente era “sorprendentemente tolerante” con los tigres de la zona, aunque el continuo incremento de la población de estos animales podría hacer cambiar eso. La esperanza, afirma, es que un corredor de tierras gestionadas comunitariamente permita, finalmente, reconectar la población de tigres con la población de otros parques.

En Australia, los investigadores han descubierto que la causa de la extinción de los pequeños mamíferos no era la caza, sino la pérdida de esta.

El segundo estudio, publicado en la revista Proceedings of the Royal Society B, analizaba las prácticas de caza de los aborígenes en el Desierto del Oeste de Australia. Después de que los últimos cazadores nómadas dejaran la zona a medianos del siglo XX, se extinguieron entre 10 y 20 especies y muchas más experimentaron un fuerte descenso, explican Rebecca Bird, antropóloga de la Universidad de Stanford (Stanford University), y sus colaboradores. Uno de los posibles factores se debe al hecho de que con la presencia de los cazadores aborígenes se quemaba una media de 64 hectáreas, lo que originaba un mosaico de hábitats; pero con la desaparición de los cazadores, en 1984 la media de terreno quemado por los fuegos causados por relámpagos se incrementó hasta las 52.000 hectáreas.

Ese año, un grupo de habitantes del desierto de Martu volvieron a sus tierras originarias y reanudaron la caza. Bird y los coautores del estudio colaboraron con ellos para analizar la hipótesis de que las prácticas de caza tradicional promueven la diversidad. Se centraron en el varano de Gould (Varanus gouldii), que es el principal animal que cazan los Martu. Según explican, los cazadores Martu normalmente queman una pequeña área de pradera de spinifex seco y luego peinan el área en busca de madrigueras de lagartos frescos. La quema incrementa radicalmente sus capturas, además de dejar un terreno discontinuo ideal que mejora el hábitat tanto para lagartos como para otras especies.

“Paradójicamente, la población de V. gouldii aumenta en las zonas en las que los aborígenes intensifican la caza”, nos explican los coautores, y concluyen: “Los pequeños mamíferos no se extinguieron por culpa de la caza de los humanos, sino por la pérdida de esta”.

Los Martu ahora tienen un sistema de guardabosques vigilando el Parque Nacional de Karlamilyi, en colaboración con el Departamento de Medio Ambiente y Conservación australiano. Al preguntar si ese proceso lo supervisan expertos científicos, Douglas W. Bird, coautor y marido de Rebecca, sonrió. Los coautores nos cuentan que el sistema know-how aborigen, que recibe el nombre de Jukurr, está tan ecológicamente detallado que los Martu saben perfectamente “qué especies de escincos vuelven al mismo lugar para defecar y qué ratones prefieren el spinifex quemado.” El gobierno, que no tiene ningún control sobre esa zona, ha pedido a los Martu colaborar en la gestión del parque, pero los Martu han insistido en mantener el control total y todos los derechos sobre este. En otras partes del mundo, las comunidades indígenas y la conservación comunitaria ya controlan un 40% de tierra en Namibia, un 50% en México y un 90% en Papúa Nueva Guinea. Y las pruebas demuestran, cada vez más, que son capaces de conseguir con éxito los objetivos de la conservación. Un análisis reciente publicado en la revista Forest Ecology and Management observó que los bosques gestionados comunitariamente en 15 países tropicales eran realmente más eficaces a la hora de reducir la deforestación que las áreas protegidas tradicionales.

Los bosques gestionados comunitariamente en 15 países tropicales eran más eficaces que las áreas protegidas tradicionales.

Sin embargo, las conservaciones comunitarias no son fáciles de establecer, afirma Philip Muruthi, científico jefe de la African Wildlife Foundation (AWF). El hábitat, las idiosincrasias de la gente y la fauna del lugar, y el contexto político y económico en el que viven influyen a la hora de determinar el buen o mal funcionamiento de las estructuras gestionadas por comunidades.

“Nuestros proyectos están supervisados científicamente”, cuenta Muruthi. “Antes de empezar un proyecto, lo planeamos y analizamos cuáles son las zonas claves que hay que conectar.” Por ejemplo, el Parque Nacional de Amboseli, al sur de Kenia, es demasiado pequeño para su población de elefantes. Pero los elefantes no tienen dónde ir a causa del incremento de población humana fuera del parque. La AWF considera que las conservaciones comunitarias del lugar tienen potencial para abrir un corredor migratorio en el sur del Monte Kilimanjaro y los parques nacionales de Arusha, en Tanzania, en los que el turismo ofrece tanto beneficios económicos a la población del lugar como el dinero suficiente para aumentar los controles contra la caza furtiva.

También hay que tener en cuenta los aspectos comerciales, dice Muruthi. Una organización dedicada a la conservación puede ser lo suficientemente grande como para poder firmar su propio contrato con un operador de turismo, mientras que a otra le basta con aliarse con otras organizaciones para prosperar. Otro aspecto esencial son las auditorías de compra, de modo que si se hace un trato con un operador, no surjan problemas si resulta que la organización no es la propietaria de las tierras afectadas por dicho trato (“Ha ocurrido”, comenta).

“No podemos preservar todo lo que hay en los límites del parque. Así que, ¿cómo podemos trabajar con la gente del lugar?”

Toda gestión comunitaria o plan de cogestión requiere un ordenamiento territorial con prescripciones detalladas sobre el hábitat y sus especies. También es importante establecer un sistema de gobierno claro, tanto para ejecutar las normas como para compartir los beneficios económicos entre la comunidad de forma equitativa. “Si no fuera así, la gente perdería su derecho a opinar y empezaría a desobedecer las normas”, explica Muruthi. Para asegurar el éxito, la AWF normalmente se establece en la junta de una organización local durante los primeros 10 o 15 años, “ya que los beneficios ecológicos pueden tardar dicho período en aparecer.”

Parece que este proceso tan delicado se está extendiendo por todo el mundo, ya que el personal de los parques y sus vecinos han aprendido a hablar como colaboradores en vez de hacerlo como enemigos. Creado en 2008, el Indigenous Community Conservation Area Consortium aporta su grano de arena ayudando a fomentar dichas conversaciones; al igual que lo han hecho el Banco Mundial con el establecimiento del sistema de pago por servicios del ecosistema, y las Naciones Unidas con su sistema de pagos para evitar la deforestación, el REDD, dedicado a reducir las emisiones por deforestación y degradación de bosques. (Otro estudio publicado el mes pasado demostró que personas de comunidades locales adecuadamente formadas pueden llegar a ser tan buenas como los guardabosques profesionales a la hora de hacer cumplir el REDD, y a la larga serán menos caras.)

MÁS DE YALE e360

Un éxito africano: en Namibia conviven personas y fauna

Poco después de conseguir la independencia en 1990, Namibia devolvió la propiedad de su fauna al pueblo. Richard Conniff escribe que “mediante el sistema de gestión comunitaria, esta nación ha evitado el destino de muchas otras naciones del continente y ha registrado un fuerte aumento en la población de la fauna principal del lugar”
LEER MÁS (en inglés).

Jen Shaffer, una antropóloga de la Universidad de Maryland (University of Maryland) que trabaja en Mozambique, constata: “La realidad es que no podemos preservar todo lo que hay dentro de los límites del parque. Así que, ¿cómo podemos trabajar con la gente del lugar? ¿Qué saben ellos que nosotros no sepamos? ¿Cómo pueden los hábitats beneficiarse del fomento de estas prácticas? ¿Qué es lo que están haciendo que está dañando el entorno? ¿Cómo podemos trabajar con la comunidad para mejorar o modificar dichas prácticas de modo que tanto la comunidad como la biodiversidad se beneficien de ello?”

“Eso puede suponer la reducción de los límites, en algunos casos, o su ampliación, en otros”, afirma, “Pero implica comprender que los paisajes evolucionan con la gente, y que lo que la gente hace es importante.”

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Richard Conniff
ACERCA DEL AUTOR Richard Coniff es un escritor ganador del premio National Magazine Award, cuyos artículos han aparecido en las revistas científicas Time, Smithsonian, The Atlantic, National Geographic, así como en otras publicaciones. Ha escrito varios libros, entre ellos The Species Seekers: Heroes, Fools, and the Mad Pursuit of Life on Earth. En artículos anteriores para Yale Environment 360, ha escrito sobre el precio de los servicios del ecosistema y sobre los nuevos avances que podrían ayudar a producir cultivos de alimentos que pudieran prosperar pese a los cambios climáticos.