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29-06-2015 : Artículo

En una isla virgen del Caribe, imponentes planes para un inmenso puerto turístico

Caicos del Este es una joya tropical: la isla deshabitada más grande del Caribe y hogar de aves exóticas y playas cristalinas donde anidan las tortugas. Pero los planes para construir un gigantesco puerto para cruceros y buques de carga podría cambiar este paisaje para siempre

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La isla deshabitada más grande del Caribe está sufriendo un asedio. Durante gran parte del siglo pasado, tortugas de mar, aves y otra fauna salvaje fueron los únicos ocupantes de la isla Caicos del Este, parte de un pequeño paraíso fiscal territorio británico llamado Islas Turcas y Caicos (ITC). Pero, si los políticos de las Turcas y Caicos se salen con la suya, pronto se pondrá en marcha un boom urbanístico inspirado en los Estados Unidos cuyos críticos afirman que invadirá la isla y diezmará su patrimonio natural.

El primer ministro de las ITC, Rufus Ewing, busca en empresas de cruceros estadounidenses y firmas de transporte de mercancías chinas el apoyo para construir un complejo portuario gigante en medio de los humedales y los arrecifes de coral de la parte oriental de la isla. Mientras tanto, una empresa inmobiliaria radicada en Filadelfia ha puesto a la venta un amplio solar que incluye más de tres kilómetros de una de las playas de tortugas más grandes del Caribe y de las menos perturbadas.

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La isla virgen Caicos del Este se extiende por 56 kilómetros si la marea es alta.

Los ecologistas afirman que el proyecto del puerto propuesto podría desencadenar una avalancha de urbanización turística especulativa y un flujo de personas en busca de empleo. El resultado, sostienen, sería devastador para los ecosistemas de la isla.

“Caicos del Este es una joya”, afirma Kathleen Wood, exdirectora del Ministerio de Medio Ambiente para ese territorio. “Se ha protegido hasta ahora dado su aislamiento. Pero una vez se construya el puerto, habrá una avalancha de especuladores por toda la isla así como urbanismo ilegal. Todo el mundo querrá su trozo del pastel. Todo quedará aniquilado”.

“Caicos del Este es el humedal más virgen de la zona, pero parece estar infravalorado por completo”, afirma Mike Pienkowski, director de la ONG UK Overseas Territories Conservation Forum, que hace campaña en favor de la protección medioambiental en este y otros puntos que aún sobreviven del Imperio británico en todo el mundo.

Los humedales, bosques y sabanas de la isla son el hogar de varias aves exóticas.

El Gobierno británico, que tendría la última palabra en el proyecto portuario, rechaza implicarse. Fue responsable de que las ITC firmaran numerosos tratados de conservación relevantes para Caicos del Este, como la Convención de Ramsar, un acuerdo internacional que protege los humedales. Y los científicos del Gobierno británico han recomendado que el área Ramsar existente que cubre partes de las islas Caicos se amplíe para dar protección a la totalidad de Caicos del Este, incluido el emplazamiento propuesto para el puerto. Pero los funcionarios de Londres afirman que la conservación y la planificación son asuntos del Gobierno local electo.

Las Islas Turcos y Caicos se extienden al sudeste de las Bahamas y al norte de Haití. Están formadas por partes de dos bancos de arena gigantes que irrumpen en la superficie del océano. Tan solo el banco de Caicos cubre más de 3.000 kilómetros cuadrados. Caicos del Este, a una hora en barco de Caicos Central a través de canales traicioneros rodeados de arrecifes de coral, se extiende por 56 kilómetros cuadrados si la marea es alta, pero ocupa el doble si la marea es baja.

La isla no es tierra salvaje virgen. Con toda probabilidad fue ocupada permanentemente por los lucayán, una rama de los pueblos tainos del Caribe, antes de que, con la llegada de los europeos, las poblaciones locales quedaran diezmadas. Pero, en consecuencia, se vació en gran medida de personas hasta finales del siglo xix, cuando un emprendedor irlandés, John Ney Reynolds, llegó a la isla y estableció una plantación de sisal para abastecer de cuerdas y cordeles a Nueva York, excavó en busca del guano de murciélago tan rico en fosfatos en cuevas de caliza para vender a las plantaciones de azúcar en Jamaica, a la vez que dirigía una granja de reses.

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Wikimedia Commons/Yale e360

Las Islas Turcos y Caicos se ubican en el mar Caribe, al sudeste de las Bahamas.

Los esfuerzos de Reynolds finalizaron con su muerte en el cambio de siglo. Pero su legado permanece. Aunque el ganado abandonado acabó exterminado a manos de grupos de cazadores estadounidenses en la década de 1940, los descendientes de los asnos que una vez arrastraron el guano por una vía férrea hasta la costa siguen pastando en la sabana salada y salpicada de estanques del interior de la isla. Y quedan algunos restos de un antiguo asentamiento, Jacksonville, en la costa noroeste.

La isla se ha convertido en un refugio valioso para la fauna salvaje del Caribe. Sus manglares, humedales, bosques y sabanas acogen varias aves nativas exóticas, como las subespecies endémicas del gallito prieto macho, el vulnerable suirirí yaguaza y poblaciones importantes del sinsonte carbonero y del vireo de las Bahamas, así como gran cantidad de flamencos y pelícanos marrones. La isla también es el hogar de la boa constrictora enana, una serpiente que solo se encuentra en Caicos del Este y en las islas Caicos vecinas.

Hasta ahora, la urbanización turística no ha llegado a Caicos del Este, pero el primer ministro Ewing pretende que esto cambie.

La costa norte —donde a muchos les gustaría ver brotar resorts— está salpicada por más de 24 kilómetros de playas de arena blanca, donde anidan tortugas verdes y carey. Y las cuevas que en su día estaban saturadas de guano siguen sin explorarse en su mayoría. Esconden maravillas naturales propias, como crustáceos exóticos que son probablemente endémicos, pero que todavía no se han identificado o no se les ha puesto nombre, según Wood. También esconden esculturas y pinturas hechas hace más de 1.400 años por los lucayán y documentadas hace un siglo por el antropólogo estadounidense Theodoor de Booy.

Gran parte de la isla sigue sin que los investigadores la documenten, afirma Wood, una estadounidense que reside desde hace mucho en las ITC. El año pasado renunció a su puesto como directora medioambiental tras unos sonoros ataques verbales y críticas de quienes apoyan el proyecto portuario. En la actualidad, Wood intenta actualizar la antigua investigación ecológica dirigiendo estudios de la isla para la Royal Society for the Protection of Birds, otra ONG británica. Pero le asusta enfrentarse a una carrera contrarreloj antes de que los colonialistas la releven.

Todos los esfuerzos periódicos durante el siglo xx por volver a colonizar la isla fracasaron. Un grupo de estadounidenses, contratados por un ejecutivo de Standard Oil, se establecieron en la isla en 1940, pero tras comerse todo el ganado salvaje, tuvieron que alimentarse de carne de asno antes de rendirse. El aventurero periodista inglés John Houseman y su mujer permanecieron durante unos meses en 1968. Dos años más tarde, un grupo de las Bermudas adquirió 1.300 acres en Breezy Point, a lo largo de la playa norte, de la antigua base de Reynolds. Pero nunca se trasladaron ahí.

Ministerio de Asuntos Exteriores y de la Commonwealth

El primer ministro de las Turcos y Caicos, Rufus Ewing, apoya el proyecto portuario propuesto.

Las urbanizaciones turísticas se extendieron por otras islas de las ITC en el siglo xx, pero hasta ahora todavía no han llegado a Caicos del Este. El primer ministro Ewing y su Gobierno pretenden que esto cambie.

Hace dos años, lanzó la idea de un gran puerto al este de la isla. En una conferencia en Miami, afirmó que las líneas de cruceros estadounidenses, entre ellas Carnival —que cuenta con un puerto en la vecina isla Gran Turca— se habían mostrado interesadas en el proyecto. Carnival explicó a Yale Environment 360 que no tenía planes inmediatos para añadir a su puerto existente en Gran Turca.

El otoño pasado, los ministros de las ITC reiteraron su entusiasmo y declararon que una partida de 19 millones de euros para infraestructuras de transporte procedente del Fondo de Desarrollo Europeo se iba a destinar a arrancar el proyecto. El ministro de Finanzas, Washington Misick, afirmó que el Gobierno iba a usarla “en concreto, para el desarrollo de un puerto en aguas profundas”.

“Urbanizar un puerto cuando hay cuestiones medioambientales en juego es prácticamente imposible en esta ubicación”, afirma uno de los críticos.

Pero hasta ahora el Gobierno de Ewing no ha querido debatir cómo afectaría el diseño del proyecto a los principales problemas medioambientales, como los que ha sacado a la luz Wood. “El conjunto de las ITC se encuentra en tierras bajas en aguas poco profundas, con bancos y arrecifes de coral”, afirma. “La construcción del puerto necesitaría arar acres de arrecifes de coral vitales, desenterrar humedales y crear una dársena que destruiría un acuífero al que acuden las aves. Urbanizar un puerto cuando hay cuestiones medioambientales en juego es prácticamente imposible en esta ubicación.”

Yale Environment 360 ha tratado de ponerse en contacto con el secretario permanente del Gobierno de las ITC, Wesley Clerveaux, y con su exdirectora de Inversiones, Rebecca Astwood, quien todavía trabaja para el primer ministro. Astwood trasladó nuestras preguntas a la oficina de prensa del Gobierno, que no ha respondido. Clerveaux no ha respondido ni a nuestros correos electrónicos ni ha devuelto las llamadas.

Wood cree que todo tipo de gran urbanización con un amplio apoyo del Gobierno transformaría la isla en un panal de rica miel que atraería a los inversores. Incluso antes de cerrar un acuerdo sobre el puerto, se están poniendo en marcha esfuerzos para convertir el plan en ventas inmobiliarias rentables.

Sotheby’s ha puesto a la venta hace poco un solar de 1.407 acres en la costa norte de las Caicos del Este, con más de tres kilómetros de “playas cristalinas” adyacentes a la urbanización del puerto. El precio de salida es de 42 millones de dólares. Describe el terreno como “la única parcela en primera línea de mar completamente privada en una magnífica isla deshabitada” y “quizás la mejor oportunidad para hacerse con una propiedad vitalicia en el Caribe”. Afirma que el plan portuario, que incluiría una marina de yates en aguas profundas, ya atrae a inversores de China y Rusia.

El vendedor del terreno es el Grupo Arden, una inmobiliaria de Filadelfia que describe su estrategia de inversión como “identificar y adquirir propiedades de prestigio en los principales mercados y destinos de vacaciones que han demostrado demanda, pero que están infravalorados”. Sotheby’s ha confirmado que el terreno es la antigua hacienda de Reynolds cerca de Breezy Point, adquirida por unos desconocidos de las Bermudas para urbanizar en 1970, con un poco más de orilla del mar.

Incluso sin inversores inmobiliarios de primer orden, el señuelo de los empleos y el desarrollo de infraestructuras para el puerto implicaría con toda probabilidad infestar la isla de especuladores de suelo y campesinos sin tierra de las ITC, entre ellos algunos miles de inmigrantes ilegales de Haití que se han establecido en otras islas de las ITC.

Gran parte de Caicos del Este ha formado parte del Crown Estate (dominio real) del Gobierno del Reino Unido, pero eso no supondría una barrera para un urbanismo descontrolado. La tierra y las urbanizaciones turísticas son un tema de disputa en esta isla paraíso fiscal. El Gobierno británico tomó directamente el control del asunto en las ITC entre los años 2009 y 2012, después de que una comisión de investigación encontrara una amplia corrupción en la pequeña élite gobernante que giraba en torno al primer ministro Michael Misick, en particular a través de la venta de terreno real para beneficio privado.

El 90% de la biodiversidad bajo el control del Gobierno británico reside en sus territorios dependientes.

El Ministerio de Asuntos Exteriores y de la Commonwealth del Gobierno británico ha remitido todas las dudas sobre el plan portuario al Gobierno de Ewing, que fue elegido tras la recuperación de la autonomía en 2012. Esta perspectiva discreta, que suele adoptar en cuanto a sus territorios dependientes, frustra a los ecologistas. La Royal Society for the Protection of Birds estima que el 90% de la biodiversidad bajo el control del Gobierno británico reside ahora en sus territorios dependientes, antiguos fragmentos de un Imperio esparcidos por el océano Pacífico, el sur del Atlántico y el Caribe.

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El primer ministro británico, David Cameron, explicó a los dirigentes de los territorios, en una reunión en Londres a finales de 2012, que su biodiversidad representaba “una oportunidad importante para inculcar estándares mundiales en la administración de los extraordinarios entornos naturales que hemos heredado”. Pero hay una brecha inmensa entre la retórica y la realidad. En muchos de estos territorios, como las ITC, hay muy poca protección legal de la fauna salvaje o es incluso nula, en parte porque el Gobierno británico no quiere interferir en los asuntos locales, pero también porque no está dispuesto a gastarse el dinero en la conservación.

Los representantes del Gobierno británico en las antiguas colonias a menudo reconocen el legado natural único del que son soberanos. A principios de este mes, Wood llevó al gobernador británico de las ITC, Peter Beckingham, de visita a Caicos del Este. Quedó impresionado de forma patente. Después, declaró en un blog: “Sospecho que muy pocos visitantes de las ITC, y posiblemente algunos de nuestros locales residentes, tienen la más remota idea de la joya que se asienta en el borde de las islas.”

“Deberíamos agradecer”, proseguía Beckingham, “[a todos aquellos que se encargan de] el mantenimiento y la conservación de Caicos del Este como el último paraíso deshabitado más grande que queda en la región”. Por desgracia, su propio Gobierno ya no forma parte de este grupo.

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Fred Pearce

ACERCA DEL AUTOR
Fred Pearce es un periodista y escritor autónomo asentado en Reino Unido. Colabora como consultor medioambiental para la revista New Scientist y es el autor de numerosos libros, como When The Rivers Run Dry y With Speed and Violence. En sus artículos anteriores para Yale Environment 360, Pearce abordó la cuestión de cómo los pueblos indígenas están usando la tecnología GPS para proteger sus tierras y sobre la promesa de una agricultura climáticamente inteligente“.