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03-11-2016 : Informe

El proyecto de los humedales africanos: ¿una victoria para el clima y las personas?

En el Senegal y otros países en desarrollo, las empresas multinacionales invierten en programas para restaurar manglares y otros humedales que absorben carbono. Pero las críticas afirman que esas iniciativas no deberían centrarse en los objetivos climáticos globales en detrimento del sustento de los habitantes de la zona.

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De pie y con las pantorrillas hundidas en la salobre agua cálida del delta senegalés del Salum, Saly Sarr señala a una masa llena de pequeñas ondas que el sol poniente baña de plata.

“¿Ves ese movimiento?”, dice. “Los peces salen ahora.”

A su alrededor, los troncos larguiruchos de jóvenes mangles asoman la cabeza por encima del agua.

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Winifred Bird/Yale e360

Saly Sarr anda por el agua entre los mangles acabados de plantar buscando peces.

Hace siete años, esta zona al extremo de la isla de Niodior era un páramo arenoso asolado por la sequía. Hoy, gracias al trabajo de reforestación llevado a cabo por Sarr y otras mujeres, está cubierto de mangles que ofrecen a los pececillos un refugio ante el sol de mediodía y sujetan el suelo en su sitio mientras la marea va y viene.

La noche anterior, Sarr y su vecina, Binta Bakhoum, sentadas en sendos taburetes en un patio iluminado por la luna y pavimentado con caracolas, contaban por qué su pequeña comunidad, sobre todo autosuficiente, de pescadores, granjeros y recolectores de moluscos plantó los árboles. “Lo hicimos para ayudarnos a nosotros mismos y ayudar al medio ambiente”, decía Bakhoum, de 66 años, que presidió el trabajo. “El pescado escaseaba y nosotros dependemos del pescado, así que la cosa estaba difícil. Desde entonces ha mejorado mucho.”

Sin embargo, las preocupaciones de los habitantes no son la única razón por la que se lanzó este proyecto. También se hizo por la urgente necesidad global de eliminar el dióxido de carbono de la atmósfera. Los manglares, las praderas marinas y marismas salinas lo hacen mejor que cualquier otra cosa y, como resultado, los proyectos para restaurarlos empiezan a atraer la atención de los grupos interesados en mitigar el cambio climático.

Esto es lo que sucedió en Niodior. Desde 2008 hasta 2012, un grupo de diez empresas europeas inyectaron millones de dólares en los trabajos de reforestación de los manglares en varias zonas del Senegal. A cambio, las empresas reciben créditos de carbono que pueden utilizar para compensar sus propias emisiones o venderlos a otros que buscan hacer lo mismo. Es un nuevo enfoque de la conservación costera, que se expande rápidamente, y sus defensores afirman que aporta triples beneficios: reduce el calentamiento global, propicia un entorno costero más saludable y supone una mayor prosperidad para las personas que habitan en él.

Pero el modelo también ha sido blanco de críticas. A grupos como el Foro Mundial de Pueblos Pescadores, que cuenta con el apoyo de 10 millones de personas, les preocupa que si los países ricos empiezan a centrarse en el “carbono azul” de los ecosistemas costeros del mundo en desarrollo, las personas que viven en esos ecosistemas podrían acabar perdiendo el acceso a recursos fundamentales. Esa preocupación es muy real en Niodior, donde habitantes como Sarr y Bakhoum se oponen a las restricciones de cortar la madera de las nuevas plantaciones de mangles y afirman que les pagaron muy poco por trabajar en el proyecto.

Los manglares absorben unas diez veces más dióxido de carbono por acre al año que los bosques tropicales.

Los problemas son un reflejo de lo que ha ocurrido en muchos proyectos de silvicultura de carbono mal gestionados sobre el terreno, que arroja dudas a la sensatez de extender el modelo al mar.

El impulso internacional para proteger el carbono azul empezó hacia 2009, cuando las Naciones Unidas publicaron un informe que destacaba que los ecosistemas costeros capturan y almacenan el carbono de un modo mucho más eficiente que sus homólogos más secos. Los manglares y los humedales costeros, por ejemplo, absorben unas diez veces más dióxido de carbono por acre al año que los bosques tropicales y lo almacenan entre tres y cinco veces más a largo plazo, sobre todo en el suelo que se extiende muy por debajo de sus raíces. También están desapareciendo mucho más rápido que los bosques tropicales debido al desarrollo costero, la contaminación, la acuicultura y la sobreexplotación. Globalmente, los científicos calculan que hasta la mitad de todos los manglares se han perdido en los últimos 50 años. Cuando los manglares se van, devuelven siglos o incluso milenios de carbono almacenado a la atmósfera.

“Son áreas pequeñas, pero intensamente importantes para las emisiones de carbono”, afirmaba Emily Pidgeon, directora general del programa del clima y océanos de Conservation International. Hace cinco años ayudó a lanzar una iniciativa conjunta con la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y la UNESCO a fin de desarrollar la ciencia y las políticas relativas al carbono azul. Desde entonces, los científicos han investigado exactamente cómo funcionan los ciclos de carbono costero de modo que puedan incorporarlos a esquemas de conservación como REDD+, el marco de las Naciones Unidas para mitigar el cambio climático mediante la prevención de la desforestación. Se ha puesto en marcha un puñado de proyectos piloto de carbono azul en todo el mundo.

El proyecto del Senegal se encuentra entre los primeros y los más grandes. Empezó en 2006 cuando una ONG senegalesa llamada Oceanium empezó a movilizar a los aldeanos para plantar mangles junto a los sinuosos canales del delta del Casamance, al sur del país. El trabajo era muy necesario. Por toda la costa del Senegal, densos matorrales de mangles habían separado antaño la tierra del mar de modo que protegían a los pueblos de las olas, el viento y la sal y ofrecían refugio a montones de pájaros, peces, monos, mangostas acuáticas y otros animales. Cuando la sequía golpeó África occidental en las décadas de 1970 y 1980, sin embargo, la cantidad de agua dulce que bajaba por el delta disminuyó y el suelo se volvió demasiado salino incluso para que crecieran los mangles. La construcción de carreteras y la tala de árboles agudizaron el problema y un cuarto de los manglares del Senegal cedieron su sitio a las salinas.

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Filas de pimpollos de mangles en la isla de Niodior. Ver la galería.

Foto: Winifred Bird/Yale e360

Oceanium se decantó por un enfoque más sistemático a gran escala que los previos esfuerzos de base popular a fin de resucitar los manglares. Liderado por el carismático ecologista Haidar El Ali, su trabajo no tardó en llamar la atención de Danone, una empresa multinacional francesa que quería contrarrestar sus emisiones de gases de efecto invernadero. La compañía empezó a invertir en 2008 y siguió hasta 2012, lapso en el que abrió su fondo de inversión en carbono a otras empresas y le cambió el nombre por Livelihoods. (Livelihoods no respondió a la petición de entrevista, pero según unos cálculos la inversión total por parte de Danone y otras empresas fue de unos 4,5 millones de dólares.)

La nueva oleada de fondos permitió la restauración costera a una escala que el Senegal jamás había visto: casi 300.000 participantes locales (principalmente mujeres) plantaron 150 millones de mangles en 12.000 hectáreas, según Oceanium. Gracias a la oleada de éxito y reconocimiento, Haidar fue nombrado ministro de Ecología del Senegal en 2012.

Todavía no se ha estudiado el impacto de estas nuevas plantaciones sobre la biodiversidad y la calidad del suelo. Mientras que los manglares naturales suelen estar constituidos por varias especies diferentes adaptadas a los diversos niveles de salinidad, lluvia y movimiento de la marea, los bosques hechos por el hombre solo incluyen una especie, elegida por su facilidad de plantación. Según Bienvenue Sambou, que dirige el Instituto de Ciencias Ambientales de la Universidad de Cheikh Anta Diop de Dakar, eso implica un mayor riesgo de morir por enfermedad o por un cambio medioambiental a largo plazo. Octavio Fleury, que supervisa el programa de reforestación de manglares de Oceanium, afirmaba que alrededor de un 20% de los árboles ya ha muerto.

El proyecto en el Senegal ha generado casi 142.000 créditos independientemente verificados para Livelihoods hasta la fecha (un crédito representa una tonelada de reducción de dióxido de carbono). A medida que los árboles maduren y absorban más dióxido de carbono, Livelihoods irá ganando más créditos (se proyecta que serán 1,5 millones durante tres décadas, lo equivalente a retirar unos 300.000 coches de las carreteras estadounidenses durante un año).

Las mujeres afirman que han recibido un pago exiguo por su labor y que no se las informó sobre el acuerdo del crédito de carbono.

Las empresas del fondo (que incluyen Hermès, Michelin y Schneider Electric, además de Danone) pueden utilizar créditos para compensar sus propias emisiones o bien comerciar con ellos en mercados voluntarios de carbono, donde los precios varían enormemente. Según Oceanium, las comunidades locales se beneficiarán mediante una mayor cantidad de pescado y ostras, que se pegan a las raíces de los mangles, y mediante más protección para sus campos de arroz, muchos de los cuales se habían perdido cuando la sequía eliminó los árboles que servían de protección contra la sal y la arena. Oceanium también afirma que el pago directo por el trabajo de plantación “da la posibilidad a las mujeres de generar unos ingresos y satisfacer las necesidades de sus familias”.

En las remotas islas del delta del Salum, sin embargo, donde las barcas de pescadores pintadas de alegres colores se balancean en el mar y solo las carretas tiradas por caballos cruzan las carreteras de arena, la equidad de este intercambio está menos clara. Las mujeres de allí afirman que han recibido un pago exiguo por su labor y que no se las informó sobre el acuerdo del crédito de carbono. Del mismo modo, un estudio académico reciente de 60 participantes en otro distrito descubrió que nadie era consciente de que las empresas internacionales se beneficiarían de su trabajo.

“Comparado con lo que tenemos, tienen mucho”, afirmaba Sarr, que recibió entre uno y dos dólares al día por replantar (aproximadamente una tercera parte de lo que puede ganar recogiendo moluscos).

Fleury calcula que cerca de un 10% de los fondos del proyecto fue directamente a las comunidades locales para los suministros y para plantar los mangles; el resto se destinó a la logística y a los salarios implicados en la supervisión y el control. “Teniendo en cuenta la enorme implicación de las poblaciones y los millares de hectáreas de mangles que cubren la zona, estamos orgullosos del trabajo realizado”, decía en un comentario que envió por correo electrónico.

En las áreas del proyecto, los mangles se priorizan a otro tipo de uso del suelo por la duración del periodo del crédito de carbono, que es de 30 años. Una vez plantados los árboles, no se pueden extraer moluscos del suelo fangoso ni pescado de las aguas poco profundas, puesto que esas actividades molestarían a los árboles jóvenes. Eso ha provocado las protestas de algunos habitantes de la zona, según Marie-Christine Cormier-Salem, científica social del Instituto Francés para la Investigación y el Desarrollo que ha estudiado los manglares del Senegal durante tres décadas.

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Saly Sarr recogiendo propágulos de mangles más añejos. Ver la galería.

Foto: Winifred Bird/Yale e360

“Las mujeres ya no tienen acceso a estos lugares estratégicos en términos de pesca, cultivo del arroz o recolección de berberechos”, decía Cormier-Salem, que entrevistó a participantes en el proyecto para un estudio reciente. “No han hablado con ellas ni se las ha informado de nada. No obtendrán dinero de este mecanismo, y ellas son quienes saldrán perdiendo.”

En Niodior, el pescador Boubacar Faye decía que él y otro pescador inicialmente se opusieron al proyecto porque eso significaba que perderían el acceso a una área en la que a menudo pescaban tilapias en las redes; al final, mudaron sus actividades pesqueras a un lugar más lejano. Pero Sarr y Bakhoum confían en que los nuevos manglares actúen como un vivero importante para que luego se pueda pescar en todas las partes de la isla.

Una mayor preocupación para los aldeanos es la prohibición de extraer madera de los árboles plantados en el futuro (una restricción impuesta por los participantes del fondo para garantizar que el carbono capturado no vuelva a liberarse en la atmósfera mediante la quema o la descomposición). Fatou Sarr, una anciana líder de la comunidad que supervisó los esfuerzos de replantación en Dionewar, una isla vecina a Niodior, fue una de las sorprendidas y disgustadas al conocer las normas. (Sarr es un apellido muy normal en las islas, donde muchos habitantes tienen parentescos lejanos.)

“No sé de qué va todo esto del carbono, pero es nuestro entorno y esos son nuestros árboles”, decía. “Nosotros los hemos plantado y nosotros los utilizaremos, cueste lo que cueste. El único modo de impedir que los usemos es que nos den una alternativa.”

De hecho, tomar cualquier cosa que no sea madera muerta del manglar ya está prohibido por la ley senegalesa.

“Queremos ser los dueños de nuestra propia tierra; por desgracia, necesitamos fondos del exterior para hacer este trabajo”, decía un habitante.

Pero los matorrales de los manglares tradicionalmente eran tierra común y muchas personas siguen yendo allí para cortar leña. Fatou Sarr, presidenta de la asociación de mujeres de la zona para el procesamiento del marisco afirmaba que ella y otros isleños dependen de la leña del manglar para hacer fuego a fin de procesar los moluscos para su venta, así como para cocinar, vallar sus jardines y construir rediles para animales. (Según Fleury, Oceanium busca ofrecer alternativas como secadores solares para moluscos y hornos que ahorren leña.)

Una cuestión que está resultando ser clave es si los conflictos en el Senegal reflejan fallos en el propio modelo del carbono azul o si simplemente es un giro en un intento temprano de implementación. Pidgeon, de Conservation International, sospecha que es esto último. Declaró que en tierra firme los proyectos de silvicultura financiados con créditos de carbono en estos últimos años han sido mucho más equitativos.

“Esas lecciones podemos verlas ya en la comunidad de carbono, y nosotros, en la comunidad marina, necesitamos solucionar cómo aplicarlas cuando son húmedas”, decía.

Ariana Sutton-Grier, una ecologista que lidera el equipo de Coastal Blue Carbon de National Oceanic and Atmospheric Administration estaba de acuerdo con eso. En el último año examinó cuatro proyectos de conservación de carbono azul en países en desarrollo y descubrió que mayoritariamente tenían éxito tanto en términos medioambientales como sociales. Un proyecto en Kenia logró cubrir especialmente bien las necesidades de la comunidad: se plantaron árboles en granjas cercanas para compensar la pérdida al acceso a la madera del manglar y el dinero se destinó a libros de texto, mejoras en la escuela y la canalización del agua.

La capacidad de reproducir estas prácticas depende en parte del precio del carbono. No existe actualmente ningún mercado del carbono y el precio del carbono en las poco más de cuarenta naciones que le han puesto valor varía enormemente, de menos de un dólar por tonelada en México hasta los 137 dólares en Suecia. Unos precios más elevados (y una contabilidad más rigurosa para el carbono de los ecosistemas costeros) significaría más dinero para las comunidades locales.

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Sutton-Grier afirmaba que unos precios más altos del carbono y un mayor mercado también podrían suponer una gran diferencia en los EE. UU., donde la restauración costera es mucho más necesaria, pero extremadamente costosa.

“Creo que veríamos cómo esto cambia las reglas del juego en términos de cantidad de restauración costera”, decía.

Sin embargo, Alimatou Sarr, una organizadora de la comunidad de Niodior pidió precaución contra cualquier mecanismo que quite el poder de las personas cuyas vidas están más estrechamente relacionadas con los manglares.

“Queremos ser los dueños de nuestra propia tierra”, afirmaba. “Por desgracia, necesitamos fondos del exterior para hacer este trabajo.”

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Winifred Bird

ACERCA DE LA AUTORA
Winifred Bird es un periodista autónomo que reside en Japón. Escribe sobre el medio ambiente para el Japan Times, Environmental Health Perspectives, Christian Science Monitor y otras publicaciones. En artículos anteriores para Yale Environment 360, denunció los posibles efectos a largo plazo de la limpieza de Fukushima tras el tsunami y el reto de fomentar la industria sostenible de los mariscos en Japón.