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28-03-2017 : Opinión

El oscuro legado de la lucha de China por obtener recursos globales

A medida que China emprende un asombroso despliegue de proyectos de energía, minería, explotación forestal, agrícolas y de infraestructuras en prácticamente todos los continentes, el planeta está experimentando un impacto medioambiental sin precedentes.

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Madera transportada a través de la provincia de Louang Namtha, en el norte de Laos, en su camino hacia la frontera con China.

Durante los últimos 35 años he trabajado como ecologista en el Amazonas, África y la región de Asia-Pacífico en una serie de temas ambientales, principalmente en torno a los bosques tropicales, la biodiversidad y los factores que impulsan la explotación depredadora de la tierra y el cambio climático. He visto muchas cosas, algunas buenas, otras sorprendentes y otras desgarradoras. Pero nunca he visto ninguna nación que tuviera un efecto tan abrumador sobre la Tierra como el que tiene ahora China.

En todo el mundo, en casi todos los continentes, China está involucrada en una amplia variedad de proyectos de extracción de recursos naturales, de energía, agrícolas y de infraestructuras (carreteras, ferrocarriles, presas hidroeléctricas y minas, que están causando daños sin precedentes para los ecosistemas y la biodiversidad). Este violento ataque probablemente será más fácil gracias al rumbo antiambiental de la Administración de Trump y el creciente distanciamiento internacional.

Para ser justos, China también está participando en actividades ecológicas como, por ejemplo, la fuerte inversión en energía solar y eólica, para terminar con su notoria contaminación atmosférica, y la replantación de millones de hectáreas de tierras denudadas. Y está en el proceso de prohibir la comercialización de marfil en el mercado interior, lo que debería reducir la matanza épica de elefantes en África y Asia. Pero la mejora de las credenciales verdes de China queda en muchas ocasiones anulada por la magnitud de la degradación ambiental que sus políticas y empresas están causando en todo el mundo.

China inició su carrera por los recursos internacionales en 1999, cuando a consecuencia de su estrategia de internacionalización (Going Global Strategy) liberalizó las políticas de inversiones y ofreció incentivos financieros para alentar las inversiones en el extranjero y los contratos internacionales. Con el aumento de las reservas de divisas y la bendición oficial del presidente Deng Xiaoping, quien constató que “enriquecerse es glorioso”, las inversiones internacionales de China —y su impacto en la naturaleza— estallaron.

Los impactos ambientales más importantes de China son consecuencia de su afán por adquirir minerales, combustibles fósiles, productos agrícolas y madera de otros países. Esto a menudo implica acuerdos para construir grandes carreteras, ferrocarriles y otras infraestructuras para transportar los recursos naturales de las zonas interiores hasta los puertos costeros para exportarlos. El rápido ritmo de estas actividades continúa a pesar de la reciente desaceleración de la economía china, con la actual planificación de grandes proyectos en los países en vías de desarrollo.

Desde el 2004 hasta el 2014, el Banco de Exportaciones e Importaciones de China ha desempeñado una importante función al financiar con 10 mil millones de dólares proyectos de ferrocarril en África oriental, muchos de los cuales fueron construidos por empresas chinas. Los chinos ahora están ayudando a financiar y construir grandes redes ferroviarias en Kenia y Uganda, un tramo de las cuales está previsto que pase a través del Parque Nacional de Nairobi.

Incluso en el remoto interior de la cuenca del Congo, las empresas chinas están realmente muy implicadas en proyectos de construcción de carreteras, minería y explotación forestal, como recientemente he observado en el Camerún y la República del Congo. China también propone construir un ferrocarril de casi 5.000 km que discurriría por toda América del Sur, atravesando bosques remotos y sabanas para transportar soja, madera y otros productos a la costa del Pacífico, desde donde pueden enviarse a China. El coste de 60 mil millones de dólares ha provocado una interrupción en Perú, pero el proyecto aún se está discutiendo.

Es difícil encontrar un rincón en los países en desarrollo en el que China no esté teniendo ningún impacto significativo en el medio ambiente.

China es el mayor financiador y constructor de presas hidroeléctricas del mundo, muchas de las cuales están siendo construidas en regiones de gran diversidad biológica en las que las presas y sus respectivas carreteras y líneas eléctricas abrirán nuevas tierras a la explotación. China participa en la planificación, la financiación o la construcción de grandes presas en África, incluida la enorme presa de Etiopía, la Grand Ethiopian Renaissance Dam, actualmente a punto de finalizarse. Un consorcio de empresas chinas ofrece su ayuda para llevar a cabo el proyecto de construcción de la presa Grand Inga, en el río Congo, una serie de presas que podría convertirse en el mayor proyecto hidroeléctrico del mundo. A pesar de que la construcción podría comenzar a finales de este año, la República Democrática del Congo no ha realizado hasta la fecha ningún estudio de impacto ambiental.

La escala de ambiciones internacionales de China es impresionante, como evidencian sus iniciativas de la Nueva Ruta de la Seda (Belt and Road) y la Ruta de la Seda Marítima del Siglo XXI. Estas dos iniciativas supondrían la creación de una gran red de transporte y otros proyectos de infraestructuras destinados para acelerar el desarrollo y el avance de los intereses económicos y políticos de China. Cruzarían Asia en dirección a Europa y África, posibilitando el acceso a un 64% de la población mundial y al 30% de su producto interior bruto.

Está claro que las naciones en desarrollo necesitan mejorar sus infraestructuras, y las inversiones chinas están ofreciendo ventajas considerables en algunos países, como en la recién inaugurada línea de pasajeros entre la capital etíope, Addis Abeba, y el puerto de Djibouti, en el golfo de Adén. Lamentablemente, las empresas y los inversores de China rara vez fomentan un tipo de desarrollo económico y social equitativo o una mejora en el gobierno y la sostenibilidad medioambiental que promuevan un crecimiento estable a largo plazo en las economías en desarrollo. Un informe detallado del grupo de científicos británicos Global Canopy Program concluyó que las empresas y las organizaciones financieras chinas figuran entre las peores empresas del mundo por su contribución a la deforestación de los bosques tropicales.

China ha sido durante mucho tiempo un agujero negro para el comercio ilegal de fauna salvaje, el mayor consumidor mundial de todo tipo de animales, desde pangolines hasta partes de tigre, aletas de tiburón y cuernos de rinoceronte. La prometida prohibición del comercio público de marfil en China es una buena señal, pero solo es un aspecto del próspero comercio ilegal de animales salvajes responsable de la práctica generalizada de caza furtiva a escala internacional. Y China es un importante consumidor de madera ilegal, a pesar de las medidas tomadas con retraso para contrarrestar su comercialización. En el oeste de África, los bosques de palisandro están siendo despojados de forma ilegal, casi exclusivamente para satisfacer la alta demanda en China. Los impactos son incluso mayores en toda la región de Asia-Pacífico, donde los bosques nativos de la Siberia hasta las Islas Salomón están siendo sobreexplotados para alimentar el mercado maderero de China.

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Generalmente, en China hay muy poca demanda de aceite de palma, madera, carne de vacuno, marisco y productos agrícolas con certificación ecológica, lo que debilita los esfuerzos para administrar estos recursos de forma más sostenible a escala mundial. Y a pesar de que China es uno de los mayores importadores de aceite de palma —uno de los principales impulsores de la deforestación tropical—, el gobierno chino cobra aranceles a las importaciones de aceite de palma ecológicamente certificado, con lo cual se debilita más la demanda interna de su uso.

Pero China no es la única en promover sus propios intereses económicos por encima de los de otros países y su salud ambiental. Esta es una historia que se remonta a la época colonial e incluso a tiempos anteriores a esta, cuando las naciones europeas explotaban despiadadamente los recursos y las poblaciones locales de África, América del Sur y la India. Más recientemente, las corporaciones occidentales —como la petrolera Shell en Nigeria, Union Carbide en la India y Texaco en Ecuador— han causado numerosas crisis medioambientales.

Pero China se diferencia por las dimensiones. Con casi una quinta parte de la población mundial (1.350 millones de habitantes), una cultura empresarial altamente competitiva, poca tolerancia a las críticas y una impresionante capacidad para hacer cambios decisivos en la dirección, China es inigualable como fuerza global. Hasta ahora ninguna nación había cambiado el planeta tan rápidamente, en una escala tan grande y con tanta determinación. Es difícil encontrar un rincón en los países en desarrollo en el que China no esté teniendo ningún impacto significativo en el medio ambiente.

Los factores que podrían impedir que Estados Unidos o un país europeo formara parte de proyectos de aprovechamiento de recursos extranjeros —una intensa crítica de la prensa o las leyes que regulan las prácticas comerciales internacionales— están en gran medida ausentes en la China de hoy en día. Por ejemplo, mientras que las compañías norteamericanas están limitadas por la prohibición de sobornos establecida en la Ley estadounidense sobre Prácticas Corruptas en el Extranjero (Foreign Corrupt Practices Act, en inglés), no hay ninguna legislación comparable que regule la conducta de las empresas y los empresarios chinos. Los europeos en África a menudo se quejan de la gran corrupción que hay en China. “Ellos van directamente a los altos funcionarios y los sobornan generosamente, y entonces nadie puede detenerlos”, se queja un silvicultor holandés en la República del Congo. Y añade: “Solíamos ofrecer pequeños ‘regalos’ a mucha gente, pero ahora el dinero se concentra todo en las altas esferas y la corrupción está fuera de control.”

La presa de Tekeze, en el norte de Etiopía, en proceso de construcción. El proyecto, financiado y construido en gran parte por empresas chinas, empezó a funcionar en el 2009. INTERNATIONAL RIVERS

Según un importante análisis del Banco Mundial, de casi 3.000 proyectos, las empresas y los inversores chinos en el extranjero suelen predominar en las naciones más pobres con reglamento y control ambiental escasos, lo que causa que esas naciones se conviertan en “refugios de la contaminación” para las empresas chinas.

La magnitud de la explotación de recursos internacionales de China con toda probabilidad aumentará. El Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras (AIIB), con sede en Pekín, está muy capitalizado y se mueve rápidamente para financiar proyectos en el extranjero sin requisitos exigentes de seguridad medioambiental y social. De forma inquietante, el año pasado el Banco Mundial anunció que estaba suavizando sus propias garantías ambientales y sociales, una medida que en general fue vista como un esfuerzo para seguir siendo competitivo con el AIIB. Como he argumentado recientemente, el AIIB y otros bancos de desarrollo de China podrían forzar una “carrera a la baja” entre las entidades de crédito multilaterales —con consecuencias potencialmente graves para el medio ambiente a nivel global.

Durante la última década, los ministerios del Gobierno chino han lanzado una serie de “libros verdes” con unas guías ambientales y sociales ideales para las empresas y las corporaciones chinas en ultramar. El Gobierno chino admite sin tapujos que el cumplimiento de sus directrices es bajo, pero no acepta ninguna responsabilidad por eso. Por el contrario, insiste en que tiene poco control sobre sus empresas y culpa a los países anfitriones por no controlar más de cerca a las empresas chinas.

La verdad es que mientras las empresas privadas chinas gozan de una considerable autonomía por parte del Partido Comunista, la sociedad china es una de las más controladas centralmente en el mundo. Si China realmente quería ejercer un control sobre sus irresponsables empresas, podría hacerlo fácilmente dictando algunas fuertes sentencias oficiales y castigando visiblemente a unos pocos pecadores extravagantes. Y no lo ha hecho por una sencilla razón: a pesar de sus a menudo atroces actividades ambientales, las empresas chinas que operan en el extranjero son enormemente rentables.

Internamente, el impacto medioambiental de China también es profundo. En términos de cambio climático, por ejemplo, en los últimos años China ha superado a los Estados Unidos como el mayor contaminador por carbón del mundo —y ahora genera el doble de emisiones de gases de efecto invernadero que los Estados Unidos, así como grandes cantidades de peligrosos contaminantes atmosféricos como el dióxido de azufre y el óxido de nitrógeno. Es cierto que China está invirtiendo en nuevas tecnologías solares y eólicas, pero invierte mucho más en proyectos de energía hidroeléctrica, carbón y energía nuclear.

Además de su monolítica presa de las Tres Gargantas, el mayor proyecto de energía hidroeléctrica del mundo, China está construyendo o tiene planeado construir 20 megapresas a lo largo de su tramo del río Mekong, lo que podría tener graves impactos en la biodiversidad, la pesca y los países usuarios del agua río abajo, como Laos, Camboya y Vietnam.

Si China realmente quería ejercer un control sobre sus irresponsables empresas, podría hacerlo fácilmente.

Muchos han alabado la increíble plantación de árboles de China, que empezó en 1978 y hasta ahora ha reforestado una superficie de aproximadamente 260.000 kilómetros cuadrados, principalmente en el oeste de China. Sí, esos árboles absorben el carbono, contribuyen a estabilizar la tierra y reducir el escurrimiento de sedimentos hacia los arroyos y proporcionan madera para los aserraderos de China. Pero casi todos los árboles plantados son monocultivos de especies exóticas como el eucalipto y el álamo, que tienen poco valor como hábitat para la fauna nativa. Además, en el sur de China, grandes extensiones de bosques tropicales biológicamente ricos han sido talados para albergar plantaciones de caucho exótico.

China está prestando cada vez más atención a la contaminación de su aire, agua y tierra, que está entre las peores del mundo, especialmente en muchas ciudades como Pekín, Shanghái y Xingtai. Pero el progreso ha sido limitado y las grandes extensiones de la China oriental y central se han convertido en lugares insalubres, tanto para las personas como para la biodiversidad. Los líderes y los científicos chinos reconocen que su impresionante biodiversidad ha sufrido mucho.

Mientras que el impacto ambiental de China continúa creciendo a nivel nacional e internacional, la Administración de Trump —con su agenda antiambiental y su carácter introspectivo y nacionalista— ya se ha retirado del Acuerdo Transpacífico. China y sus bancos de inversión en el extranjero están saltando al vacío del Pacífico.

La Administración de Trump apenas parece ser consciente de estas acuciantes realidades, lo que deja a los ecologistas en una situación muy difícil. Nunca hubiéramos pensado que Trump podría ser elegido, pero mucho menos que apoyara nuestros ideales. Sin embargo, las debilidades de la Administración de Trump podrían suponer un mayor declive de los Estados Unidos, lo que aceleraría la degradación ambiental en todo el mundo.

Para mí, el peor escenario sería el del siguiente caso: hace dos años estaba hablando con un investigador de la Wildlife Conservation Society en Camboya sobre si la sociedad debería asesorar a un banco de desarrollo alemán sobre cómo construir una carretera pavimentada a través del corazón del bosque de Seima, un refugio para la excepcional fauna. Odiaba tener que hacerlo, pero no veía ninguna alternativa. El científico me dijo: “Si no ayudamos a los alemanes, una empresa china vendrá y construirá la carretera de todos modos —y eso sería un desastre ecológico”.

 

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William Laurance

ACERCA DEL AUTOR
William Laurance es un distinguido catedrático de investigación y ha sido distinguido con el Australian Laureate de la Universidad James Cook (James Cook University ) de Queensland (Australia). También es titular de la Cátedra Prince Bernhard en Conservación Internacional de la Naturaleza en la Universidad de Utrecht (Utrecht University) de los Países Bajos. En anteriores artículos para Yale Environment 360, escribió que el aumento de las temperaturas ya ha afectado a especies tropicales y exploró el voraz apetito de China con la madera.