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02-02-2017 : Artículo

El deterioro de los espacios Patrimonio Natural de la Humanidad

Cuando un espacio es designado Patrimonio Natural de la Humanidad significa que está reconocido con un “valor universal excepcional” y que debe ser protegido. Sin embargo, un reciente estudio demuestra que muchos de estos lugares están siendo gravemente dañados por la actividad humana y se están deteriorando rápidamente.

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Desde todos los puntos de vista, la Gran Barrera de Australia es una de las maravillas del planeta azul, tiene el tamaño de la mitad del tamaño de Texas y es el hogar de 400 especies de coral, 1.500 peces y 4.000 moluscos distintos. Cuando la UNESCO la nombró Patrimonio Natural de la Humanidad, en 1981, elogió el arrecife no solo por “su desbordante belleza natural, por encima y debajo del agua”, sino también porque se trataba de “una de las pocas estructuras vivas visibles desde el espacio”.

Desde entonces, la mitad de la cubierta coralina del arrecife ha muerto, víctima de la decoloración, de la depredadora estrella de mar, de los ciclones y de la actividad humana. Cabría esperar que por su condición de Patrimonio Mundial, que convierte la Gran Barrera en una de las joyas de la corona de la Tierra, se daría una campaña mundial con el objetivo de protegerla y conservarla. En cambio, ante la intensa presión del Gobierno australiano en un intento de evitar quedar en evidencia, el Comité del Patrimonio Mundial de la UNESCO renunció en 2015 a añadir el arrecife a su lista de espacios “en peligro”.

El hecho de no hacer mucho por la conservación del Patrimonio Natural de la Humanidad es más la regla que la excepción, según refiere un reciente estudio publicado en la revista Biological Conservation. Un equipo de seis investigadores ha analizado unos 150 espacios Patrimonio Natural de la Humanidad del total de 238 que existen actualmente en todo el mundo, desde el Parque Nacional de Yellowstone, en los Estados Unidos, uno de los primeros espacios declarados Patrimonio Mundial, clasificado en 1978, hasta el Parque Nacional de Manas, en India, declarado en 1985.

Para no comparar peras con manzanas —dejando de lado el carácter político y la fotografía protocolaria de tales clasificaciones—, el equipo de investigación ha analizado los espacios a través de la óptica de dos nuevos conjuntos de datos disponibles y “homogéneos a nivel mundial”. El primer conjunto, utilizando los datos de alta resolución del Landsat, ha identificado una importante pérdida forestal en el 91% de los bosques del Patrimonio Natural (junto con un entorno de 10 kilómetros correspondientes a la zona de amortiguación). El segundo conjunto de datos indicaba que los espacios Patrimonio Natural se acercan más a explotaciones agrícolas creadas por el hombre que a zonas vírgenes, debido a la acumulación de población, carreteras, construcción, agricultura y otras formas de desarrollo.

“Hemos observado que de promedio la presión humana ha aumentado más rápido y se ha perdido más zona forestal alrededor de los espacios Patrimonio Natural, lo que nos hace pensar que están cada vez más aislados y se encuentran bajo la amenaza de las actividades que tienen lugar fuera de sus límites”, concluye el estudio. A pesar de que existen algunas excepciones sorprendentemente estables, como la Reserva Forestal de Sinharaja, en Sri Lanka, y el Parque Nacional Mana Pools, en Zimbabwe, los resultados sugieren que “muchos espacios Patrimonio Natural de la Humanidad se están deteriorando rápidamente y están más amenazados de lo que se creía”.

Para sorpresa de los investigadores, el estudio ha revelado que los espacios Patrimonio Natural de la Humanidad en América del Norte representan el 57% del total de pérdida forestal en todo el mundo, “a pesar de que su protección y su gestión se consideran muy eficaces”. Por ejemplo, el Parque Nacional Wood Buffalo, en Canadá, ha perdido el 12% de su masa forestal durante aproximadamente la primera década de este siglo, y el Parque Nacional de Yellowstone ha perdido el 6% —en ambos casos “casi con total seguridad”, a causa de las plagas de escarabajo del pino, que han aumentado debido a que los inviernos ya no son lo suficientemente fríos como para diezmar las poblaciones de estos insectos que dañan los árboles hasta producir su muerte. En una línea más certera, la práctica de tala insostenible se lleva un 5% de la masa forestal alrededor del lago Baikal, en Rusia, y el 8% de la Reserva de la Biosfera del Río Plátano, en Honduras.

Porcentaje de pérdida de masa forestal entre el año 2000 y el 2012 en los espacios Patrimonio Natural de la Humanidad. Se muestran en rojo los espacios que han experimentado una pérdida sustancial de masa forestal (más del 5%). ALLAN et al. 2017.

“Creo que es fantástico que los países identifiquen estos lugares”, ha afirmado a Yale Environment 360 James E. M. Watson, autor principal del estudio y director científico en la Wildlife Conservation Society. “Sin embargo, como no destinan recursos a protegerlos se puede decir que lo que hacen es aparentar. Este estudio lo revela, porque incluye imágenes de satélite y datos independientes sobre el impacto humano [que dicen]: ‘Esto es lo que le están haciendo a su patrimonio’”. La intención, añade, es que “la información útil independiente de la política contribuya a este proceso y a que los países sientan vergüenza, o no, pero que al menos puedan contemplar lo que están haciendo a estos espacios”.

Watson ha contrastado la indiferencia general que existe ante la destrucción del patrimonio natural con la indignación que tuvo lugar en todo el mundo, en marzo de 2001, “cuando los talibanes dinamitaron esos impresionantes templos en Afganistán”, el monumental Buda de Bamiyan, con 1.700 años de historia, Patrimonio Cultural de la Humanidad. “El patrimonio cultural es muy venerado. No se puede tocar”, añade. “En cambio, se puede construir una mina de uranio, un puerto de carbón o carreteras en medio de un espacio patrimonio natural. Esto es lo que estamos haciendo a nuestro patrimonio natural, y nadie ni siquiera dice una palabra sobre ello, nadie ni siquiera levanta un poco de polvo para denunciar que existe este problema”.

Un caso tristemente célebre, por ejemplo, es lo que sucedió con el Santuario del Oryx árabe, en Omán, clasificado como Patrimonio Mundial en 1996. Posteriormente el país entregó el 90% de la superficie del Santuario a la industria del petróleo y el gas (con la consiguiente reducción de la población de oryx, de 450 ejemplares a 65). Once años después, en 2007, la UNESCO excluyó el santuario de la lista de Patrimonios Naturales de la Humanidad, la primera vez que se suprimía un espacio de este tipo de la lista.

El objetivo de este nuevo estudio, según afirma otro de sus autores principales, James R. Allan, estudiante de doctorado en la Universidad de Queensland (University of Queensland), no es restar valor a la clasificación del patrimonio mundial, que “tiene mucha importancia” como símbolo de estatus nacional y como “distinción internacional en materia de medio ambiente”, sino “dificultar que los gobiernos interesados en proyectos a corto plazo dañen estos espacios”.

El estudio tampoco “trata de culpar a la UNESCO” o a su Centro del Patrimonio de la Humanidad, que solo ha contado con 6 millones de dólares durante el año fiscal actual para destinar a la supervisión y los trabajos de restauración del patrimonio natural de un planeta entero, incluyendo los nuevos espacios candidatos a entrar en la lista. La UNESCO también está atada de pies y manos, ya que sus recomendaciones necesitan el voto positivo o negativo del Comité del Patrimonio Mundial, formado por representantes de las 21 naciones elegidas en una rotación cada dos años.

“Lamentablemente, todo esto se está politizando mucho”, ha afirmado Elena Osipova, que asesora al Centro del Patrimonio de la Humanidad como ecologista de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, “y las decisiones no se están tomando en base a criterios técnicos, sino que son objeto de negociación. Esto se ve principalmente en las propuestas de nuevos espacios y en las expectativas de todo un país”, por el prestigio que tiene la etiqueta de Patrimonio de la Humanidad y los ingresos potenciales derivados del turismo.

En 2016, por ejemplo, los científicos recomendaron aplazar la clasificación de Tien-Shan occidental, en Asia Central, una región montañosa transfronteriza que destaca por su fauna espectacularmente diversa. “Estábamos preocupados por la poca colaboración que había” por parte de los países involucrados, Kazajstán, Kirguistán y Uzbekistán, afirma Osipova. Sin embargo, este espacio todavía está en lista de Patrimonios Naturales de la Humanidad “y de momento no sabemos si estos países han realizado algún avance en el acuerdo vinculante de gestión conjunta del espacio”.

En 2015 se hicieron públicas las acusaciones de que existía una excesiva influencia política sobre el Comité del Patrimonio Mundial, después de que el Gobierno federal de Australia declarara que destinó 300.000 dólares con el interés de bloquear la propuesta de la UNESCO de incluir la Gran Barrera de Coral en la lista de Patrimonios de la Humanidad en Peligro, y otros 550.000 dólares para “gestionar la relación” con el Comité del Patrimonio Mundial. Otros países han utilizado la lista de espacios “en peligro” como herramienta para conseguir recursos públicos con el objetivo de llevar a cabo las mejoras necesarias; por ejemplo, cuando Estados Unidos solicitó este estatus para el Parque Nacional Everglades. No obstante, algunos países consideran la lista un instrumento para poner a los gobiernos en la picota. Australia, por ejemplo, impidió anteriormente que se incluyera otro lugar en la lista de espacios Patrimonio Natural de la Humanidad “en peligro”, el Parque Nacional Kakadu, a pesar de la mina de uranio que estaba en funcionamiento en el lugar.

Larissa Waters, senadora del Partido de los Verdes de Queensland, acusó al Gobierno de “gastar dinero para sobornar al resto del mundo en vez de resolver el problema”, en referencia a la Gran Barrera. Las amenazas al arrecife incluyen la construcción de dos instalaciones de gas natural licuado en el lugar mismo del patrimonio natural, y el consiguiente dragado de canales de transporte. Para este año también está previsto que se construya la mayor mina de carbón de Australia, que agravará los impactos del transporte y el cambio climático, de los que ya se pensaba que estaban destruyendo el arrecife. Aun así, el Comité del Patrimonio Mundial finalmente decidió no añadir la Gran Barrera a su lista de espacios “en peligro”, después de que Australia se comprometiera a gastar una cantidad adicional de 6,1 millones de dólares “para mejorar el control del arrecife”.

El lago Baikal, Patrimonio Natural de la Humanidad, en Rusia, ha perdido un 5% de su masa forestal debido a la actividad de tala insostenible. SHUTTERSTOCK

 

En un mensaje electrónico, Mechtild Rössler, directora del Centro del Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, contestó que el Comité no tenía ninguna base para tal clasificación en 2015 porque Australia había hecho los cambios solicitados anteriormente. “Los puertos se han limitado a cuatro importantes”, dijo, y el Gobierno ha impuesto una prohibición de verter residuos de dragado a lo largo del arrecife. Justo antes de la reunión del Comité del Patrimonio Mundial, Australia también dio a conocer su proyecto Arrecife 2050, que Rössler describió como “uno de los proyectos más ambiciosos jamás realizados en cualquier zona marina protegida en la Tierra”.

En el mismo mensaje electrónico, sin embargo, Rössler se mostró totalmente de acuerdo, e incluso lo detalló, con la evaluación de las amenazas a los espacios patrimonio natural que se realizaba en el reciente estudio Biological Conservation. Una forma de empezar a solventar estos problemas, dijo, sería dedicar más personal: el Centro del Patrimonio de la Humanidad actualmente cuenta solo con una persona fija, ella misma, y cuatro colaboradores con contrato temporal con estudios avanzados en ciencias naturales. Los científicos también deberían desempeñar un papel más importante en las delegaciones del Comité del Patrimonio Mundial, sugirió. Y los grandes bancos y otras organizaciones financieras deben “estar más sensibilizados” con los daños que las presas, carreteras, minas y otras formas de desarrollo que ellos financian pueden ocasionar a los espacios que son parte del patrimonio natural, no solo del mundo, sino de los habitantes del planeta, los países y sus economías. También afirmó que “la correcta aplicación de los objetivos del Acuerdo de París” sobre el cambio climático, que ya ha descartado la Administración Trump, es “indispensable” para la supervivencia de muchos de estos lugares.

Rössler se explayó en una ironía final. El programa del Patrimonio de la Humanidad fue originalmente una idea visionaria americana, propuesta al presidente Lyndon B. Johnson por Russell E. Train, uno de los primeros conservacionistas y posteriormente jefe de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos. En una conferencia celebrada en la Casa Blanca, en 1965, se reivindicó una “Fundación del Patrimonio de la Humanidad” para proteger “las magníficas zonas naturales del mundo y lugares históricos para el presente y el futuro de toda la población mundial”. Y así ha ocurrido. Lamentablemente, hubo una serie de iniciativas irregulares del Congreso, que empezaron bajo la Administración Reagan, para suspender el pago de cuotas a las Naciones Unidas, incluida la UNESCO.

Melinda Kimble, miembro de la Fundación de las Naciones Unidas, dijo que ahora mismo este país acumula un atraso en el pago a la UNESCO que se acerca a los 360 millones de dólares. Solo con el pago de esa deuda se podría recorrer un largo camino en la protección del Patrimonio Natural de la Humanidad para el futuro. Por desgracia, parece que las noticias que llegan desde Washington D. C. apuntan a que es mucho más probable que Estados Unidos dé la espalda no solo a estas joyas de la corona del planeta, sino al planeta en sí.

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Richard Conniff
ACERCA DEL AUTOR Richard Coniff es un escritor ganador del premio National Magazine Award, cuyos artículos han aparecido en las revistas científicas Time, Smithsonian, The Atlantic, National Geographic, así como en otras publicaciones. Ha escrito varios libros, entre ellos The Species Seekers: Heroes, Fools, and the Mad Pursuit of Life on Earth. En artículos anteriores para Yale Environment 360, ha escrito sobre el precio de los servicios del ecosistema y sobre los nuevos avances que podrían ayudar a producir cultivos de alimentos que pudieran prosperar pese a los cambios climáticos.