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16-06-2016 : Análisis

¿Cómo sería un aumento del calentamiento global de 1,5 grados?

La cumbre sobre el clima de París fijó la ambiciosa meta de encontrar formas de limitar el calentamiento global a 1,5 grados centígrados, superando el anterior umbral de 2 grados. Pero ¿cuál sería la diferencia entre 1,5 y 2 grados para el mundo? ¿Y cuán realista es un objetivo como este?

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¿Cuán ambicioso es el mundo? La conferencia sobre el clima de París el pasado mes de diciembre dejó asombrados a muchos cuando prometió no solo mantener el calentamiento “muy por debajo de los 2 grados centígrados”, sino también “continuar los esfuerzos” para limitar el calentamiento a 1,5 grados. Esto plantea una cuestión de enorme importancia: ¿en qué se diferencia el mundo si el calentamiento global incrementa 2 grados o solo 1,5 grados?

Dado que estamos ya 1 grado por encima de los niveles preindustriales, frenar a 1,5 grados debe de requerir como mínimo el doble de esfuerzo que frenar a 2 grados. Así que, ¿vale la pena? ¿Y es siquiera remotamente viable?

En París, los delegados encargaron al Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU elaborar un informe sobre las implicaciones de un objetivo de 1,5 grados. Quieren que lo haga para el 2018, para que esté disponible a tiempo cuando se reanuden las conversaciones a fin de establecer objetivos más exigentes que los acordados en París en cuanto a las emisiones.

Pero la verdad es que hasta ahora los científicos no han salido de sus escondrijos para abordar cómo sería el mundo con un calentamiento máximo de 1,5 grados, porque hasta hace poco parecía algo imposible política y tecnológicamente. Tal como advirtió la semana pasada un comentario en la versión en línea de Nature Climate Change, “apenas hay análisis científico” acerca de las consecuencias de perseguir un objetivo de 1,5 grados.

Para ponerle remedio, los investigadores de esta publicación, dirigida por Daniel Mitchell, y otros de la Universidad de Oxford (Oxford University) exigieron un programa de investigación dedicado a ayudar a informar sobre lo que describieron como “posiblemente una de las decisiones más trascendentales a tomar en la próxima década”. Y están en ello, con su propio sitio web temático y una importante conferencia prevista para el otoño en Oxford.

Entonces, ¿qué está en juego? Hay dos cuestiones que se deben abordar. En primer lugar, ¿qué se ganaría haciendo el esfuerzo adicional de cumplir con el objetivo de 1,5 grados? Y, en segundo lugar, ¿qué haría falta para conseguirlo?

En primer lugar, los beneficios. Según los estudios disponibles, tal como asegura el grupo de Oxford, el principal incentivo no se valorará por la media de temperaturas. Considerada individualmente, la diferencia entre 1,5 grados y 2 grados es mínima. Sin embargo, tendrá un efecto mucho mayor sobre la probabilidad de fenómenos meteorológicos extremos y destructivos, como inundaciones, sequías, tormentas y olas de calor.

Sabemos que los fenómenos meteorológicas extremos se están produciendo con más frecuencia. Un estudio realizado el año pasado por Erich Fischer, del Instituto de Ciencias Atmosféricas y Climáticas (Institut für Atmosphäre und Klima) de Zúrich descubrió que el riesgo de lo que antes era un tiempo caluroso como ocurre “una vez cada mil días” ya se ha quintuplicado. Su modelización apunta a que se duplicará de nuevo a 1,5 grados y volverá a duplicarse una vez más, a medida que vayamos de 1,5 a 2 grados. La probabilidad de que se produzcan fenómenos aún más extremos aumenta incluso con más rapidez.

Lo mismo puede decirse de las sequías, dice Carl-Friedrich Schleussner del Instituto para la Investigación del Impacto Climático (Institut für Klimafolgenforschung) de Potsdam en Alemania. El año pasado, advirtió que el medio grado extra previsiblemente produciría aumentos drásticos en la duración de los períodos secos en grandes zonas del mundo, incluyendo el Mediterráneo, América Central, la cuenca del Amazonas y el sur de África, con la consiguiente disminución de los caudales de los ríos de un tercio a la mitad. Schleussner concluyó que pasar de 1,5 a 2 grados “marca la diferencia entre fenómenos al límite máximo de la actual variabilidad natural y un nuevo régimen climático, especialmente en las regiones tropicales”.

“Dos grados supone riesgos significativos para las sociedades de todo el mundo; 1,5 se ve mucho más justificable científicamente”.

Algunos estudios han intentado profundizar en qué significa esta diferencia para la vida cotidiana. Y las consecuencias para muchos serán terribles. A 2 grados, partes del sudoeste de Asia, incluyendo las populosas regiones del Golfo Pérsico y el Yemen, pueden volverse literalmente inhabitables sin aire acondicionado permanente.

Algunos investigadores predicen una enorme caída en la viabilidad de los cultivos de alimentos fundamentales para la supervivencia humana. El medio grado extra podría reducir a la mitad las cosechas de maíz en partes de África, afirma Bruce Campbell del International Center for Tropical Agriculture. Schleussner descubrió que incluso en las praderas de los EE. UU., el riesgo de malas cosechas de maíz se duplicaría.

Según Johan Rockström, director del Centro de Resiliencia de Estocolmo (Stockholm Resilience Center), “2 grados supone riesgos significativos para las sociedades de todo el mundo; 1,5 se ve mucho más justificable científicamente”.

Los ecosistemas también notarían la diferencia. Por ejemplo, los arrecifes tropicales de coral, que normalmente ya viven bajo estrés debido a las altas temperaturas del mar, están sufriendo “blanqueo”, especialmente durante el fenómeno de El Niño —como ocurrió en la Gran Barrera de Coral en Australia este año—. La mayoría puede recuperarse cuando las aguas se enfrían de nuevo, pero lo que hoy representa una temperatura excepcional dentro de poco podría convertirse en normal. “Se pronostica que casi todos los arrecifes tropicales de coral estarán en riesgo de grave degradación debido al blanqueo inducido por la temperatura a partir del 2050 en adelante”, si el calentamiento sobrepasa 1,5 grados, informa Schleussner.

Según algunas estimaciones, contener el calentamiento en 1,5 grados podría ser suficiente para evitar la formación de un Ártico sin hielo en verano, salvar la selva amazónica e impedir el derretimiento de la tundra siberiana y la liberación de metano desde sus profundidades congeladas con el consiguiente calentamiento del planeta. También podría preservar muchas regiones costeras e islas de la inundación permanente por el aumento del nivel del mar, especialmente a largo plazo.

En el 2100, la diferencia en la subida del nivel del mar con 1,5 o 2 grados sería relativamente pequeña: 40 centímetros frente a 50 centímetros. Pero siglos más tarde, si persevera el impacto de las temperaturas más cálidas del aire en la estabilidad a largo plazo de las grandes capas de hielo de Groenlandia y de la Antártida, sería mucho mayor. Michiel Schaeffer de Clima Analytics, un think tank con sede en Berlín, calcula que en el 2300, el incremento de 2 grados podría provocar que el nivel del mar subiera 2,7 metros, mientras que con 1,5 grados la subida se limitaría a 1,5 metros.

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Jay Alder/USGS

Cambios históricos y previstos de las temperaturas mundiales desde 1850 hasta el 2100, si los gases de efecto invernadero continúan aumentando sin control hasta finales de siglo.

Parece que 1,5 grados importan mucho. Así que, ¿cuán difícil sería mantener el calentamiento a ese nivel? Después de todo, el año pasado estuvo a un grado por encima de los niveles preindustriales. Y en varias ocasiones en los últimos seis meses, las temperaturas medias globales han sobrepasado a veces los 1,5 grados.

La mayoría de los investigadores coinciden en que, a menos que haya una recesión económica mundial, incluso las temperaturas medias en el plazo de una década están predeterminadas a sobrepasar la barrera de 1,5 grados de calentamiento a mediados de siglo. Para llegar al objetivo a finales de siglo, es necesario bajar las temperaturas usando sistemas tecnológicos y energéticos que puedan extraer el dióxido de carbono de la atmósfera a gran escala.

Para algunos, esto supondría una geoingeniería absurda. Kevin Anderson, científico experto en el clima de la Universidad de Manchester (University of Manchester) en el Reino Unido, escribió un artículo en Nature después de la cumbre de París, en el que afirmaba que “el mundo ha apostado su futuro en la aparición, en una nube de humo, de un hada madrina que absorbe carbono”.

Pero se podría hacer. Los cálculos son inexactos. Nadie, ni siquiera ahora, sabe exactamente cuán sensible son las temperaturas globales a las crecientes concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera. Pero aquí está el trabajo, como describe Joeri Rogelj, del International Institute for Applied Systems Analysis (IIASA), con sede en Austria, en un artículo en Nature Climate Change, publicado en marzo.

“El IPCC ha estimado que parar a 1,5 grados supondrá estabilizar las concentraciones de CO2 atmosférico en niveles de aproximadamente 430 ppm”.

El principal termostato del planeta es la concentración de CO2 en la atmósfera. Los niveles preindustriales eran de 280 partes por millón (ppm). Acabamos de llegar a 400 ppm con un calentamiento de 1 grado, continuando la tendencia al alza debido a los desfases. El IPCC, en su informe más reciente, estima que parar a 1,5 grados supondrá estabilizar las concentraciones en niveles de aproximadamente 430 ppm.

Dado que gran parte de nuestras emisiones de CO2 permanecen en la atmósfera durante siglos, se debería bajar las emisiones anuales a cero. ¿Imposible? Tal vez, pero hay una buena noticia: la emisión de gases de efecto invernadero disminuyó en 2015 a pesar del aumento de la actividad económica mundial, gracias a la creciente utilización de energías renovables. Si pudiéramos partir desde este punto y poner a cero las emisiones en el 2050, entonces podríamos limitar las emisiones hasta 800 mil millones de toneladas.

Si pudiéramos encontrar de alguna manera formas de extraer 500 mil millones de toneladas de la atmósfera, concluyó Rogelj, probablemente se podría cumplir nuestro objetivo de tener concentraciones de CO2 de 430 ppm y un calentamiento frenado en 1,5 grados. El hada madrina habría hecho realidad nuestros deseos.

Pero ¿cómo? Si bien hay procesos químicos para extraer el CO2 del aire, siguen siendo muy costosos. Son más viables los métodos biológicos: se puede usar plantas para absorber el CO2 y, a continuación, evitar que el CO2 regrese a la atmósfera cuando las plantas mueren o son quemadas.

La estrategia que hace chispear los ojos de algunos técnicos y científicos que estudian el clima es conocida con el acrónimo BECCS, por biomass energy, carbon capture, and storage (energía de biomasa con captura y almacenamiento de carbono). La idea es convertir, a escala mundial, las centrales eléctricas en centrales de combustión de biomasa, como árboles o algas marinas. La producción industrializada de biomasa a esta escala aceleraría el natural descenso de CO2 durante la fotosíntesis. Si el CO2 generado por la quema de la biomasa pudiera entonces capturarse de las chimeneas y enterrarse en estratos geológicos —la tecnología prototipo conocida como captura y almacenamiento de carbono— el efecto neto sería una extracción permanente de CO2 de la atmósfera.

Sería lo contrario del sistema de energía actual, basado en combustibles fósiles. Y cuanta más energía generada, más CO2 se extraería del aire.

“Algunos analistas sostienen que hay pocas probabilidades incluso de llegar a los 2 grados, ya no digamos algo más ambicioso”.

Hay muchas dudas acerca de esa estrategia. ¿Una nueva industria de esta magnitud no tendría absurdamente sus propias necesidades de alta energía, lo que nos situaría de nuevo en el punto de salida? ¿Hay suficiente tierra disponible para cultivar todo esta biomasa? ¿Acabaríamos talando bosques para hacer sitio para que creciera la biomasa, creando una nueva y enorme fuente de emisiones? Es cierto que hay algunos cálculos a modo de “cuenta de la lechera”, pero hasta ahora nadie ha dado una respuesta satisfactoria a estas preguntas.

Otras opciones de geoingeniería que se han propuesto incluyen la fertilización del mar, de forma que crecieran más algas, absorbiendo el CO2 como lo hacen, o un equivalente terrestre —enterrar biomasa carbonizada, conocida como “biocarbono”, en la tierra, donde podría actuar como una especie de fertilizante profundo, lo que convertiría dicha tierra en absorbedora de carbono a lo largo de muchos siglos. Pero tal como dice Florian Kraxner, del IIASA, “de todas las formas de lograr emisiones negativas, BECCS parece ser la más prometedora”.

¿Es todo eso solo una quimera científica? Algunos analistas sostienen que, a pesar de lo que se dijo en París, hay pocas probabilidades incluso de llegar a los 2 grados, ya no digamos algo más ambicioso. David Victor, de la Universidad de California (University of California) en San Diego, por ejemplo, escribió en Yale Environment 360 a la conclusión del acuerdo de París que “el mundo ha titubeado demasiado tiempo y ahora debe prepararse para las consecuencias. Incluso con un programa de choque realista para reducir las emisiones se alcanzarán los 2 grados; 1,5 grados es imposible.”.

Otros dicen que hasta tratar de describir un panorama de cómo sería un mundo con un calentamiento incrementado en 1,5 grados es un ejercicio inútil. Mike Hulme del King’s College de Londres, en Inglaterra, escribió recientemente que esto podría acabar produciendo mala ciencia, porque las predicciones sobre el clima local en el futuro suelen tener unas amplias barras de error. Cabe preguntarse si, incluso a petición de la cumbre de París, la ciencia tiene que estar “acorralada para servir a un programa político rigurosamente decidido”.

Pero el equipo de Oxford no es tan derrotista. “Es nuestro trabajo como científicos, primero y ante todo, informar. Que la información que proporcionamos marque una diferencia o no en última instancia depende de los demás”, sostienen en su último trabajo. Además, señalan, “si no se realizan investigaciones adicionales con carácter de urgencia, existe un peligro de… que el informe especial del 2018 presente todas las limitaciones económicas negativas de alcanzar 1,5 grados centígrados” sin informar sobre los posibles efectos positivos de la reducción de la actividad de los fenómenos meteorológicos extremos que dicho escenario podría traer.

En definitiva, se trata de una cuestión eminentemente política sobre quién debe ser el responsable de fijar los objetivos: ¿las naciones más vulnerables, que encabezaron en París la reivindicación de un objetivo de 1,5 grados, o las naciones menos vulnerables del primer mundo, que estaban dispuestas a quedarse con los dos grados? ¿Ellos o nosotros?

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Tal como Petra Tschakert de la Universidad Estatal de Pensilvania (Penn State University) lo describe en un trabajo del año pasado, “un mundo 2 grados centígrados más cálido conllevaría peligros, riesgos y daños absolutamente inaceptables, principalmente para ‘ellos’—los moluscos y arrecifes de coral, y las poblaciones pobres y marginadas, no solo en los países pobres—, pero también para ‘nosotros’, aunque todavía no nos afectaran directamente”.

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Fred Pearce
ACERCA DEL AUTOR Fred Pearce es un periodista y escritor autónomo asentado en Reino Unido. Colabora como consultor medioambiental para la revista New Scientist y es el autor de numerosos libros, como When The Rivers Run Dry y With Speed and Violence. En sus artículos anteriores para Yale Environment 360, Pearce abordó la cuestión de cómo los pueblos indígenas están usando la tecnología GPS para proteger sus tierras y sobre la promesa de una agricultura climáticamente inteligente".