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07-03-2017 : Reportaje Especial de E360

Cómo proteger los bosques nativos cuesta la vida a un activista del sudeste asiático

El activista malasio Bill Kayong luchó para salvar las tierras de bosque nativo de la explotación forestal y los cultivos de aceite de palma. Al igual que muchos otros activistas ambientales en todo el mundo, pagó con su vida, aumentando la preocupante cifra de víctimas. Segundo de una serie.

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Los defensores de Bill Kayong al exterior del tribunal en el juicio de los tres hombres acusados de su asesinato. BINSAR BAKKARA PARA YALE E360

Eran las 8:20 de la mañana del 21 de junio del 2016. Bill Kayong, destacado activista político de Miri, una ciudad petrolera en la costa del Estado malasio de Sarawak, estaba realizando su viaje matutino de 15 minutos al trabajo cuando tuvo que parar su camioneta en un semáforo, enfrente de un centro comercial. De repente, dos balas hicieron añicos el cristal lateral y se estrellaron contra su cabeza, por lo que murió al instante.

Kayong es una de las decenas de personas que perdieron su vida defendiendo causas ambientales y de derechos humanos en el 2016. Lo mataron justo un día después de que un informe del grupo a favor de los derechos humanos Global Witness revelara que el año anterior había sido “el peor jamás registrado en cuanto a asesinatos de defensores de la tierra y el medio ambiente”, con 185 personas de todo el mundo asesinadas por oponerse a proyectos de desarrollo, desde la construcción de presas hasta la instalación de minas, la explotación forestal y las plantaciones agrícolas.

Cinco meses después, en noviembre del 2016, tres hombres de Miri comparecían ante la corte de magistrados de la ciudad acusados de asesinar a Kayong: un portero de discoteca, el dueño de un bar karaoke y un hombre calificado como el asistente personal de Stephen Lee, el jefe de una compañía de aceite de palma de Malasia llamada Tung Huat.

Una fotografía en memoria de Bill Kayong, en la carretera donde fue asesinado. BINSAR BAKKARA PARA YALE E360

Kayong había entrado en creciente conflicto con la empresa, propiedad de Lee y su padre, que también son miembros de la gran comunidad de negocios de etnia china de la ciudad. Antes de que tuviera lugar la audiencia en la corte, Lee estaba en busca y captura por el asesinato de Kayong, por lo que era el objetivo de una cacería humana a nivel mundial que había empezado en Singapur, se había trasladado a Melbourne y, finalmente, en enero, lo localizaron en la provincia china de Fujian.

Lee y los otros tres hombres se declararon no culpables. Estaba programado que su juicio empezara a finales de este mes. La policía cree que Lee y su ayudante contrataron a los otros dos hombres para llevar a cabo el asesinato, y las autoridades se han jactado orgullosas de que, con Lee detrás de las rejas, han capturado al “cerebro” de la operación. Los representantes de la empresa de Tung Huat se han abstenido de cualquier comentario.

Kayong, de 43 años, había dejado a su familia esa mañana de calor tropical para ir a trabajar para su jefe, el médico y enérgico parlamentario local Michael Teo, líder del principal partido de la oposición de Sarawak, el Partido de la Justicia del Pueblo (PKR por sus siglas en malayo, Parti Keadilan Rakyat).

Bill Kayong no tenía ninguna visión política basada en un manifiesto radical, sino que era un activista político dedicado a proteger a las comunidades nativas de Sarawak, conocidas como dayak, de las crecientes incursiones en sus tierras tradicionales por parte de empresas madereras y de aceite de palma.

Cada vez más, la labor de Kayong se había centrado en ayudar a una comunidad que vivía a unos 60 kilómetros al sur de Miri, en Sungai Bekelit, en longhouses, nombre con el que se conocen las tradicionales casas comunales, grandes construcciones hechas de madera sobre pilotes y, a menudo, de hasta 100 metros de longitud, que cuentan con varios apartamentos contiguos, aparte de una amplia zona comunitaria cubierta. También son unidades sociales con un jefe y tierras comunales administradas de acuerdo con un derecho consuetudinario que data de muchos siglos atrás. El pueblo de Sungai Bekelit ha estado luchando durante ocho años contra Lee, quien ocupó sus tierras con la ayuda del Estado, para cultivar palmas aceiteras.

La disputa se volvió cada vez más conflictiva y, por parte de la empresa, violenta. Lee y su padre afirman que contaban con licencias debidamente expedidas para cultivar la tierra, y la comunidad replica que prevalecen sus derechos consuetudinarios.

Los ecologistas ven a las comunidades de las longhouses de Sarawak y sus defensores como la última esperanza para frenar la destrucción de los bosques por parte del Estado.

Tras la muerte de Kayong, algunos medios de comunicación lo describieron como un “ecologista comprometido”. Eso no es del todo cierto. Por encima de todo, defendía los derechos de Sungai Bekelit en lugar de la naturaleza. Pero después de su muerte, los ecologistas de Sarawak se sumaron a los activistas a favor de los derechos de la tierra para expresar su indignación. Los ecologistas ven a las comunidades de las longhouses y a sus defensores como la última esperanza para frenar la destrucción de los bosques por parte del Estado, ya que los madereros los eliminan por completo y sustituyen los árboles por palmas aceiteras, una de las plantaciones de cultivo más extendida y rentable del mundo.

“En los últimos años, hemos visto una ola de asesinatos [de activistas] por todo Sarawak, con el mismo modus operandi: disparos desde vehículos en marcha perpetrados por criminales”, como se indicó en un comunicado conjunto publicado por un grupo de activistas ambientales locales dirigido por Peter Kallang de la organización Save Sarawak Rivers Network. El grupo atribuyó las muertes a las “empresas que emplean matones como personal de seguridad para proteger las plantaciones”.

No hubo titulares internacionales cuando mataron a Kayong. Fue enterrado en un modesto cementerio musulmán a las afueras de Miri. No hay santuarios públicos a su vida, y la pequeña fotografía conmemorativa de él, envuelta en plástico y anclada a un poste en la carretera en la que murió, ya está desgastada, cubierta de hierba y olvidada por la mayoría.

Pero en las comparecencias preliminares de noviembre —en el inicio de un proceso que podría acabar con una pena de muerte obligatoria para el presunto tirador, el portero de discoteca Mohamed Fitri Pauzi, de 29 años—, hizo acto de presencia la nueva organización comunitaria formada por los dayak que Kayong ayudó a crear. PEDAS, la asociación de dayak de Sarawak, alerta a la policía de ataques contra sus miembros, paga las facturas de hospital de los que son agredidos y ofrece a la gente de las longhouses rurales una presencia política que hasta el momento no habían tenido.

Una docena o más de sus jóvenes miembros asistieron al proceso vistiendo camisetas negras en memoria de Kayong. Entre ellos había sus tres hermanos. Y en el pasillo, su esposa era consolada por sus dos hijos adolescentes. “Desconocía que hubiera amenazas contra él”, me explicó, y añadió: “Se lo guardó para sí mismo. No quería que nos preocupáramos”.

Al jefe de las longhouses, Jambai Anak Jali, intentaron acuchillarle con una espada samurái, le prendieron fuego a su casa con un cóctel Molotov y su coche fue incendiado a causa de su oposición al desarrollo de una plantación de aceite de palma. BINSAR BAKKARA PARA YALE E360

Esa tarde, por casualidad, en la corte se puso en marcha otro caso parecido. El portero de discoteca Fitri estaba de vuelta al banquillo de los acusados, esta vez acusado junto a otros dos hombres de un ataque varios meses antes a Jambai Anak Jali, el jefe de las longhouses de Sungai Bekelit, que había trabajado con Kayong.

Jambai, un afable hombre de mediana edad tardía pulcramente vestido, describió con todo detalle a la silenciada corte cómo, en noviembre del 2015, su coche fue seguido y embestido por dos agresores, que lo empujaron fuera de la carretera donde volcó. Mientras que él, su esposa y su sobrina quedaron atrapados dentro del coche, los hombres golpearon el parabrisas con bates de béisbol y a él le cortaron en el brazo con una espada samurái.

Fue el último de una serie de asaltos desde el 2008, cuando Jambai acudió a los tribunales para impugnar una licencia provisional concedida a Tung Huat por el Gobierno estatal para cultivar 3.361 hectáreas de bosques alrededor de cinco longhouses. A Jambai también le incendiaron la casa con un cóctel Molotov y le prendieron fuego a su coche. En la audiencia de la mañana, el cabeza rapada Fitri y sus cómplices se mostraban impasibles en el banquillo de los acusados y se declararon no culpables. “Podemos demostrar que la tierra es nuestra. Hemos estado allí desde 1934”, me dijo Jambai fuera de la sala. Y añadió: “Pero la empresa contrató guardias de seguridad para impedir que accediéramos a nuestras tierras”. Tung Huat incluso se encargó de los campos de aceite de palma propios de la comunidad. “Ellos simplemente cosecharon nuestros frutos maduros”, afirmó. Y concluyó: “Ahora todo lo que nos queda son 380 hectáreas. Bill vino a ayudarnos en el 2014.”

Sarawak tiene una peculiar historia. Separado del resto de Malasia por el mar de la China Meridional, históricamente estuvo dominada por el sultán del Estado vecino de Brunei. Durante décadas estuvo liderado por los Brookes, una familia de aventureros británicos también conocidos como los rajás blancos. Después de la Segunda Guerra Mundial, se incorporó, por poco tiempo, al Imperio británico antes de ser acogido por una Malasia independiente tras la marcha definitiva de los británicos en 1957.

En los últimos tiempos, Malasia ha sido una de las florecientes “economías tigre” del sudeste de Asia. Pero la provincia de Sarawak ha sido durante décadas un símbolo para el espolio corrupto de sus ricos bosques tropicales —primero por su madera y ahora por la transformación al aceite de palma.

Algunas personas se han enriquecido mucho en este proceso. “Y los políticos del Gobierno han hecho muchos millones vendiendo la tierra”, me cuenta Teo, el líder del PKR. Algunos de los que han intentado proteger los bosques han sido asesinados —el caso más famoso es el del ecologista suizo Bruno Manser, que desapareció en la selva en el 2000 y nunca más se lo ha vuelto a ver. Pero ahora, con la mayoría de tierras con ricas cosechas en manos de las grandes empresas, los pequeños mafiosos, con más armas que sentido común, pelean por las sobras.

El título de médico de Teo y sus contactos empresariales y políticos no lo han protegido de dicha violencia. A mediados del 2015, a unos metros de donde estamos tomando un café, en la cafetería que está fuera de su clínica, en noviembre alguien le agredió por detrás con un bate de béisbol y le fracturó la clavícula en tres puntos, antes de huir a toda velocidad en un vehículo sin matrícula. “Me dijeron que me matarían porque trataba con Bill. Y, entonces, una mañana alguien me llamó por teléfono y me dijo Bill había sido asesinado”.

Dos mujeres en la zona comuna de la longhouse de Sungai Buri. BINSAR BAKKARI PARA YALE E360

Mucha gente de Sarawak siempre ha querido un Estado independiente, y algunos todavía lo quieren. Muchas personas de las longhouses confiesan que añoran los tiempos de los rajás blancos, ya que establecieron unos términos municipales que incluían la mayoría de las áreas que a día de hoy las comunidades reclaman como sus tierras tradicionales. Muchos de ellos tienen las paredes llenas de viejas fotografías de los Brookes.

“Las autoridades coloniales británicas reconocieron los derechos de los dayak a su tierra”, explicó Nicholas Mujah, un ex alto funcionario que ahora declara ante el tribunal a favor de las comunidades que reivindican sus tierras, enfatizando la larga tradición de sus derechos consuetudinarios sobre la tierra. Pero después de la independencia, el nuevo Gobierno empezó a afirmar que todos los bosques pertenecían al Estado. Los nativos se quedaron solo con las tierras cultivadas más cercanas a sus longhouses.

El resultado fue una desenfrenada apropiación corporativa de los bosques del país e interminables disputas con las comunidades nativas. Las normas internacionales que otorgan a las comunidades indígenas el derecho a dar o denegar su “consentimiento libre, previo e informado” a la realización de actividades económicas en sus tierras tradicionales caen en oídos sordos en Sarawak. “Cuando planteé este derecho de dar el consentimiento al conversar con el jefe local del bosque, me respondió que nunca había oído hablar de él”, cuenta Kallang, del grupo Save Sarawak Rivers Network.

El Gobierno de Sarawak se preocupa muy poco por los derechos sobre la tierra de sus ciudadanos, indica el abogado y parlamentario Baru Bian, y no asume su responsabilidad por generar conflictos por la tierra, en lugar de resolverlos. Según el Gobierno, los conflictos entre las licencias “provisionales” que concede a las empresas y los derechos tradicionales sobre la tierra de las comunidades deben ser resueltos por las propias empresas. Eso es un incumplimiento de sus obligaciones, opina Baru, quien sostiene que el Gobierno “debe establecer los derechos consuetudinarios antes de expedir licencias a las empresas”.

Cuando las comunidades nativas se niegan a ceder a los deseos de las empresas que llegan a sus tierras, se crean conflictos.

En teoría, hay tribunales establecidos para litigios sobre tierras nativas para resolver estas cuestiones. Pero, según Teo, en la práctica, estos tribunales raramente se reúnen. “Los casos duran hasta 20 años o más”, afirma. Y añade: “Así que, aunque devuelvan las tierras a las comunidades, estas ya estarán destruidas.”

En cambio, cuando las comunidades se niegan a ceder a los deseos de las empresas que llegan a sus tierras, estalla un conflicto. En Sungai Bekelit, las tres longhouses que se opusieron a Tung Huat bloquearon los accesos a sus tierras. La policía se movilizó para romper los bloqueos, explica Teo, “y cuando Bill se quejó ante el Departamento de Policía, la compañía empezó a volverse violenta”.

La vida en las longhouses es ni mucho menos idílica. En las remotas regiones del interior del país a las que solo se puede acceder por barco, la vida sigue siendo primitiva. Pero cerca de las carreteras, los residentes pueden tener camionetas estacionadas en el exterior, antenas de televisión por satélite en los techos y teléfonos móviles en la mano. Quienes trabajan en la ciudad, solo vuelven a casa los fines de semana.

Bill Kayong

Pero en las longhouses se siguen llevando una vida en comunidad y se conserva una feroz lealtad entre quienes viven o crecieron allí, especialmente cuando el Gobierno intenta vender sus tierras tradicionales.

En Sungai Bekelit, la piedra de toque del asesinato de Kayong, la longhouse acoge a 300 personas en 63 familias. Cuando la visité, Jambai todavía estaba en el tribunal en Miri, pero su suegra nos recibió. Al final de una pista de tierra, visitamos la barricada que los residentes de la longhouse vigilan las 24 horas del día para evitar que la empresa se apodere de más partes de sus tierras.

“Bill les daba mucho miedo. Todo el mundo lo conocía. Se estaba volviendo poderoso y querían silenciarlo”, explica una de las mujeres a cargo de la plataforma de madera, al lado de la barricada, mientras repartía té y galletas. “Le ofrecieron pagarle para que nos controlase”, cuenta un hombre de una longhouse vecina. Y sigue: “Y cuando grabó la conversación y nos la dejó oír a nosotros, le acusaron de traición y las cosas se pusieron feas”.

Pregunte acerca del funcionamiento de la empresa. “Nunca los vemos”, afirma la mujer. “Pensamos que tienen unos diez trabajadores indonesios para recoger las frutas”.

La mujer, Kudut Anak Tunku, también era una empresaria de aceite de palma que vendía unas 40 toneladas de fruta al mes por valor de 5.000 dólares, de los cuales la mitad es beneficio neto, me dijo— y decidió defender su terreno de la apropiación. Ella también tenía a trabajadores indonesios para recoger la cosecha. Con los beneficios se estaba construyendo su propia casa de hormigón al lado de la longhouse.

Una plantación de palmas aceiteras que reemplazó a un bosque en el Estado de Sarawak, en Malasia. BINSAR BAKKARA PARA YALE E360

 

Veinticinco años antes, en una visita anterior a Sarawak, volé de Miri a Marudi, un pequeño pueblo de interior a 20 minutos en un avión de 20 plazas, que había sido la primera línea de la deforestación.

Volví a hacer el mismo trayecto en avión. Allí conocí a Jok Jau Evong, jefe con dilatada experiencia de la ONG medioambiental local Sahabat Alam Malasia (SAM). La sucursal local de Friends of the Earth ha ayudado a las comunidades a luchar contra la deforestación del lugar durante décadas creando mapas y documentando las tierras y así poder acudir a los tribunales para proteger sus derechos. Jok me explica que “para ganar, deben demostrar que han estado allí durante muchas generaciones, que sus derechos sobre la tierra se extienden mucho más allá de las áreas que cultivan directamente”.

Condujimos por los caminos alrededor de Marudi, a través de un paisaje de plantaciones y de fragmentos de bosques hechos pedazos.

Ha sido un larga batalla perdida. En la primera visita, el vuelo todavía sobrevoló, sobre todo, bosques. Ahora, los bosques han desaparecido. Las deforestadas colinas están cubiertas de plantaciones de palmas aceiteras. Condujimos por los caminos en los alrededores de Marudi, a través de un paisaje de plantaciones y de fragmentos de bosques hechos pedazos y explotaciones forestales abandonadas.

Durante la mayor parte del tiempo, Sarawak funcionaba como un feudo gobernado por un hombre, el ministro principal Abdul Taib Mahmud. Bajo su mandato, la mayoría de selvas tropicales fueron taladas por un puñado de gigantescas empresas madereras, gran parte de las tierras despejadas se convirtieron en plantaciones de palmas aceiteras y se construyeron presas en varios ríos en un fallido intento de impulsar la industrialización con hidroelectricidad barata.

Las comunidades permanecen instaladas en medio de los restos aplanados de sus antiguos bosques. Pero el torbellino económico que arrasó sus bosques no parece haberles dejado ninguna riqueza. Los empleos son escasos y han desaparecido todos los beneficios.

El ecologista Jok Jau Evong (más a la derecha) y el jefe Gasah Anak Tadong (a la derecha, en un silla) reunidos con los miembros de la comunidad de la longhouse de Sungai Buri. BINSAR BAKKARA PARA YALE E360

Jok me llevó a ver la longhouse de Sungai Buri, una aldea de 200 años que recientemente ha reforestado parte de sus tierras con árboles proporcionados por SAM. En un corto paseo por el nuevo bosque, observé unos 500 árboles diferentes. Es un pequeño gesto de desafío de una comunidad que ha perdido la mayoría de sus bosques y la mayor parte de su fuente de subsistencia.

“Antes de que la empresa maderera llegara, la vida era fácil porque teníamos el bosque”, me dice con orgullo Gasah Anak Tadong, el jefe de la longhouse. Y continúa explicando: “Solíamos cazar animales salvajes; el agua estaba completamente limpia. Pero ahora es más difícil alimentar a nuestras familias.”

Volver al pasado de los recuerdos es prácticamente imposible, pero hay un creciente movimiento por la independencia en Sarawak, agitado por otros movimientos independentistas en la región, como el de Timor Oriental, pero también por la creencia de que el Estado nunca se ha sentido realmente parte de Malasia, y por ello nunca ha consentido a una verdadera unión con ella.

Cada vez más políticos de la oposición, que explotan el descontento por los derechos sobre la tierra y la destrucción del medio ambiente, debaten sobre la independencia. “Decimos que somos una nación, pero no nos permiten un debate sobre ello”, expresa Mujah. Y concluye: “Necesitamos un referéndum para irnos. Como Escocia o Timor Oriental.”

Una mañana, en Miri, me encontré acompañando a Teo y otros compatriotas en un paseo por el centro mientras repartían folletos informando de una reunión sobre la democracia que tendría lugar en la capital del estado, Kuching, ese fin de semana.

Mientras andamos, Dennis Along, secretario del PKR, proclama: “Somos como extranjeros en nuestra propia tierra. El gobierno no reconoce nuestros derechos. Nos tratan como perros en nuestra propia tierra. Queremos devolver la autonomía a las comunidades rurales tradicionales.”

En este claustrofóbico clima político, las disputas por la tierra tienen una larga historia, envenenan la convivencia y no se resuelven, y la devastación del medio ambiente continúa. Puede que Bill Kayong no sea el último activista malasio que lo pague con su vida.

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Fred Pearce

ACERCA DEL AUTOR
Fred Pearce es un periodista y escritor autónomo asentado en Reino Unido. Colabora como consultor medioambiental para la revista New Scientist y es el autor de numerosos libros, como When The Rivers Run Dry y With Speed and Violence. En sus artículos anteriores para Yale Environment 360, Pearce abordó la cuestión de cómo los pueblos indígenas están usando la tecnología GPS para proteger sus tierras y sobre la promesa de una agricultura climáticamente inteligente“.