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13-03-2017 : Reportaje Especial de E360

Cómo el proyecto de explotación minera ha provocado un conflicto en la costa salvaje de Sudáfrica

El asesinato del activista Sikhosiphi Rhadebe no ha detenido a las comunidades de la región surafricana de Pondolandia de oponerse al proyecto de una gran mina de titanio. Lo que está en juego son unas tierras ecológicamente importantes —y, para los aldeanos, una forma de vida. Tercero de una serie.

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Nonhle Mbuthuma, dirigente del Amadiba Crisis Committee, comité que se opone al proyecto de explotación de una mina de titanio en Cabo Oriental, en Sudáfrica. KRISANNE JOHNSON PARA YALE E360

Lo llamaban “Bazooka”, por el apodo de su estrella de fútbol favorita, aunque el verdadero amor de Sikhosiphi Rhadebe son las magníficas tierras costeras del Cabo Oriental de Sudáfrica, donde presidía una organización comunitaria que luchaba para evitar que una compañía minera australiana excavara sus dunas de arena en busca de titanio, uno de los metales comercialmente más valiosos del mundo.

Una noche del pasado mes de marzo, un Volkswagen Polo se detuvo delante de su casa y dos hombres que se hicieron pasar por policías arrastraron a Bazooka al exterior de la casa. Ante su resistencia, le dispararon ocho veces delante de su hijo de 17 años y salieron huyendo a gran velocidad. “Bazooka” estaba muerto. Hace ya casi un año y no ha habido ninguna detención ni ningún progreso aparente en la investigación de su asesinato. He venido a averiguar por qué.

A veces, las fronteras entre los distintos mundos son increíblemente drásticas. Al salir del aeropuerto de Durban, en la costa oriental de Sudáfrica, conduje hacia el sur durante tres horas por la autopista costera, pasando por resorts de surf y playa, apartamentos y urbanizaciones para jubilados hasta un gigantesco complejo de casinos en las afueras de Port Edward, la última ciudad turística.

Ahí, la autopista costera termina abruptamente. Una estrecha pasarela cruza el río Mzamba hasta un paisaje muy diferente, donde el cuidado césped es reemplazado por pastos escalonados, las autopistas de cuatro carriles se convierten en vías intransitables cuando llueve, los coches dan paso al ganado y los pulcros apartamentos son sustituidos por destartaladas aldeas con chozas cubiertas de chapa metálica.

Una pasarela sobre el río Mzamba une Pondolandia con la ciudad de Port Edward. KRISANNE JOHNSON PARA YALE E360

La pasarela —financiada por un grupo austriaco sin ánimo de lucro indignado por las noticias de niños que se ahogaban al intentar cruzar a nado el río— te lleva de la Sudáfrica moderna a Pondolandia, la región menos desarrollada económicamente de Sudáfrica, que bajo el dominio blanco del apartheid fue la patria tribal nominalmente independiente de Transkei. Los sistemas estatales de suministro de electricidad y agua todavía no llegan a estas aldeas. En lugar de ello hay pozos, canales de drenaje y los ocasionales paneles solares en los techos.

La región es también una zona importante desde el punto de vista medioambiental, una zona de transición entre los climas subtropicales y templados. Sus extendidas colinas, dunas, humedales estacionales, bosques, estuarios y arrecifes costeros forman una un verdadero paraíso para la biodiversidad. Los ecologistas han identificado la región de Pondolandia como un centro de plantas endémicas, con una gran cantidad de especies que no se encuentran en ninguna otra parte del mundo.

Al cruzar la pasarela me encontré con un flujo constante de aldeanos. Algunos lo utilizaron para ir a trabajar al casino, otros para ir a la escuela. Conocí a una anciana, Alice Mbuthuma, que llevaba un enorme paquete de leña sobre la cabeza. Tenía una gran sonrisa y parecía no tener prisa.

El asesinato de Rhadebe es una de las muchas muertes resultado, según los aldeanos, de la controversia por la mina y perpetrado por asesinos de entre sus propias filas.

Alice resultó ser la madre de la muchacha que había ido a ver al otro lado, Nonhle Mbuthuma, una colega de Rhadebe en la feroz campaña por los derechos de propiedad de la tierra de los habitantes de Pondolandia. Un par de horas antes de ser asesinado, Rhadebe, de 50 años, que dirigía una compañía local de taxis, había llamado a Mbuthuma para advertirle de que se rumoreaba que ambos estaban en una lista negra por su oposición a la mina.

Mbuthuma ya me estaba esperando en Xolobeni, una aldea en Pondolandia con amplias vistas sobre los terrenos y las dunas hacia el océano Índico. Xolobeni se ha convertido en el corazón de la revuelta contra el plan minero que afectaría a la mayor parte de esta tierra. “¿Ha conocido a mi madre? ¿Transportaba leña?”, pregunta sorprendida. Mbuthuma justo había vuelto de un encuentro solidario con activistas de base en Kenia. Desde el asesinato de Rhadebe, siempre va acompañada de un guardaespaldas.

Mbuthuma todavía tiene la sonrisa de su madre. Su vida y la de su madre han sido muy diferentes —una ha sido una aldeana que recoge leña y la otra una activista cuyo trabajo ha atraído la atención internacional. Pero siguen cerca la una de la otra. Y ese elemento de continuidad en el corazón de esta comunidad no augura nada bueno para Mark Caruso, presidente de una compañía australiana llamada Mineral Resource Commodities (MRC).

Hace casi dos décadas, identificó las dunas de arena que se extienden a lo largo de la costa oriental de Pondolandia y hasta dos kilómetros tierra adentro como una de las 10 reservas de ilmenita más ricas del mundo, el mineral que contiene el titanio metálico. Transworld Energy and Minerals (TEM), filial sudafricana de MRC, junto con un socio local, Xolobeni Empowerment Company (Xolco), ha solicitado los derechos para explotar las minas.

Pero lejos de recibir este proyecto como potencial beneficio económico, muchos de los habitantes de las cinco aldeas adyacentes a las dunas lo rechazan. Afirman que su mundo quedará destruido por la minería. Coordinados por el Amadiba Crisis Committee creado por Rhadebe, Mbuthuma y los ancianos de la comunidad hace una década, y respaldados por los abogados en pro de los derechos humanos de Sudáfrica, estos aldeanos se han enfrentado a Caruso y han hecho valer sus derechos en virtud del derecho consuetudinario de vetar cualquier plan minero.

Las dunas de arena de Pondolandia se extienden a lo largo de la costa del océano Índico y hasta dos kilómetros tierra adentro. KRISANNE JOHNSON PARA YALE E360

El caso ha dividido profundamente las comunidades de Pondolandia, ya que algunos líderes tribales están a favor de las minas. El jefe Lunga Baleni se ha convertido en el director de TEM y Xolco. Los opositores no dicen que las empresas mineras hayan matado directamente a Rhadebe. Pero sí que dicen que el plan minero, y la creación de empresas como Xolco, han creado una atmósfera en la que algunos miembros de su propia comunidad, deseosos de beneficiarse de la minería en el futuro, se han vuelto violentos.

De lo que no me había dado cuenta antes de mi visita es que el asesinato de Rhadebe es uno de las muchas muertes resultado, según los aldeanos, de la controversia por la minería y perpetrado por asesinos de entre sus propias filas, con armas que van desde los tradicionales venenos hasta machetes y fusiles.

Hay campos de matanza en Pondolandia, y son parte de un patrón global. La ONG Global Witness ha registrado unos 200 asesinatos de este tipo cada uno de los últimos dos años, en lo que considera una epidemia de violencia contra activistas de los derechos medioambientales y territoriales que intentan bloquear los proyectos de desarrollo tanto de minas como de presas, talas de bosques y plantaciones agrícolas. Según Global Witness, las comunidades que se oponen de dichos proyectos “se encuentran en la línea de fuego”.

Xolobeni es el pueblo más cercano a las dunas y al bloque Kwanyana que, con las reservas de titanio más ricas, es la zona de las dunas destinada en primer lugar a la minería. Ahí es donde he venido a escuchar a Mbuthuma. Con su guardaespaldas cubriendo el exterior, ella presidía una abarrotada reunión en la rudimentaria sala comunitaria cubierta de chapas metálicas de la aldea.

Desde la sala, podíamos ver cómo las dunas se extendían unos 10 kilómetros en ambas direcciones: todo el camino, de una distancia de un kilómetro y medio, que lleva desde la pasarela casi hasta la puerta de la sala de la comunidad.

‘Si nos mantenemos unidos, podemos cambiar la minería no solo aquí en Xolobeni, sino en todo el sur de África.’

Unas 300 personas habían caminado muchos kilómetros hasta la sala para escuchar el informe de los abogados que impugnaban la solicitud de licencia minera de las empresas. Y en el transcurso de la reunión pusieron en marcha otra acción que inició formalmente el proceso. Duduzile Baleni, la jefe local, firmó una declaración jurada dirigida al Tribunal Supremo de Pretoria en nombre de su pueblo, solicitando que dictara un auto que declarara que el ministro competente en materia de recursos minerales no tiene autoridad para conceder derechos de explotación minera sobre ninguna tierra sujeta a un tradicional derecho tribal.

Ese es el tema jurídico que ha originado la disputa, según Henk Smith del Legal Resources Center con sede en Johannesburgo, que respalda las acciones legales: dónde termina la ley del Estado y dónde empieza el derecho consuetudinario, esa es la cuestión.

Este no es un tema abstracto para el pueblo de Xolobeni. “Habéis luchado para proteger vuestra tierra bajo el apartheid”, dijo en la reunión el abogado Johan Lorenzen. Estaba recordando la revuelta de Pondolandia que tuvo lugar en 1960-1962, el primer levantamiento importante contra el apartheid. “Hasta que toméis una decisión según el derecho consuetudinario, no puede haber minería”, dijo el abogado, haciendo una pausa para que se tradujera al dialecto local de Pondo. Y continuó: “La lucha va a ser larga. Pero vuestra voz se escuchará. Si nos mantenemos unidos, podemos cambiar la minería no solo aquí en Xolobeni, sino en todo el sur de África”. Con este grito de guerra logró ovaciones de pie por parte de la asamblea.

Habitantes en una reunión de la comunidad en Xolobeni celebrada para debatir la oposición al proyecto de la mina. KRISANNE JOHNSON PARA YALE E360

Pero las cosas no son tan simples. Bajo la presión de las empresas mineras, el derecho consuetudinario —las leyes tradicionales establecidas por los jefes locales y los caciques— lo está teniendo muy difícil para hacerse valer. ¿Quién está a cargo del proceso consuetudinario? ¿Se trata de una democracia construida de abajo hacia arriba o de una dictadura en la que mandan caciques? En un esfuerzo aparente para apaciguar a los que se oponen a la explotación minera, Lunga Baleni, un jefe a favor de la mina, recientemente hizo fuera a la jefe local de los aldeanos, Duduzile Baleni. Pero sus aldeanos afirman que el jefe no tiene derecho a hacer eso.

“Los jefes de Pondolandia no son más importantes que la gente”, constata Mbuthuma.

Ese conflicto interno fue una de las razones por las que la reunión en la sala comunitaria fue tan importante. La gran asistencia de gente entusiasta demostraba que la jefe local tenía el apoyo de su comunidad en la oposición a la mina. Ellos fueron testigos de la firma de la declaración jurada, junto con el fedatario público Piet Beukes, de la fundación sin ánimo de lucro Bench Marks Foundation, a quien se había llamado para la ocasión. Tras la firma de los documentos, la multitud de más de 300 personas se levantó de los bancos de madera y empezó a entonar desafiantes cánticos en contra de los mineros y condenando el asesinato de Rhadebe.

Aquí la gente está enfadada, pero también se siente acosada. Creen que el Gobierno les ha privado deliberadamente de las inversiones en servicios básicos como el agua corriente y la electricidad porque se niegan a aceptar las prioridades del Gobierno para el desarrollo económico.

Mathentombi Dimane hace una pregunta en la reunión de la comunidad en Xolobeni KRISANNE JOHNSON PARA YALE E360

Estos aldeanos dicen que quieren el desarrollo, pero no quieren que se destruyan sus tierras. Mientras que una parte de la zona designada para la explotación minera contiene solo dunas yermas, la mayor parte son pastizales que los campesinos destinan al ganado y los huertos, además de albergar cementerios ancestrales. Todo ello podría perderse. Y los aldeanos no quieren el único proyecto de infraestructura que se les ofrece, un plan paralelo —considerado esencial para la explotación minera— que consiste en ampliar la carretera costera de Port Edward justo hasta sus tierras.

Mucha gente en Pondolandia ve el turismo como una alternativa mucho más atractiva para el desarrollo que la explotación minera. “Estaríamos a favor del turismo, siempre que se nos tuviera en cuenta”, dijo Mbuthuma. El potencial aquí es enorme. La costa es espectacular. Antes de que apareciera el proyecto de la minería, toda la franja costera de Pondolandia oriental, sin carretera alguna, fue dividida en zonas para la conservación y el turismo.

Hay muchas zonas de valor que hay que conservar. Es la última zona “salvaje” que queda de lo que durante mucho tiempo se ha conocido como Costa Salvaje de Sudáfrica. La recién creada zona minera destrozará el corazón de la zona ecológica conocida como el centro de endemismo de Pondolandia. Con casi 200 especies endémicas conocidas, es la segunda reserva botánica más rica de Sudáfrica —después de la región de fynbos más famosa del Cabo Occidental—, con especies desconocidas en otras partes, como la palmera de Pondo (Brunia trigyna), el arbusto fantasma de Pondo y el guisante venenoso de Pondo (Tephrosia pondoensis).

Según un plan de gestión medioambiental puesto en marcha por TEM, el bloque Kwanyana consta de humedales estacionales, bosques de dunas y “praderas costeras con una amplia variedad de especies de pastos”. Aguas adentro existe el Área Marina Protegida de Pondolandia, que alberga “algunos de los estuarios más prístinos de Sudáfrica”. Establecida en el 2004, la zona protegida se extiende desde el río Mzamba hasta la zona propuesta para la explotación minera y contiene arrecifes subtropicales y varias especies endémicas de peces espáridos.

Los proyectos mineros publicados insisten en que solo se explotará una pequeña zona de las dunas, que la primera línea de dunas quedará intacta y que después el paisaje se rehabilitará para albergar cultivos herbáceos. Pero los aldeanos están seguros de que la mina contaminará las aguas costeras en las que pescan langostinos, vaciará los acuíferos locales y secará los ríos y los pantanos.

La reunión estaba llegando a su fin. Mbuthuma era agotadora. Dura e imponente mientras hablaba y presidía la reunión, al bajar de la plataforma tambaleó durante unos segundos y, acto seguido, miró a su alrededor en busca de su guardaespaldas. Fuera, su marido —Dick Forslund, activista social y economista del Alternative Information and Development Center con sede en Ciudad del Cabo— confesó que estaba preocupado por su seguridad. Recordó la lista de muertos de los compañeros activistas en la larga lucha de Mbuthuma. No fue solo Bazooka.

El activista Sikhosiphi Rhadebe, asesinado el pasado mes de marzo. CORTESÍA DEL CENTRO DE RECURSOS LEGALES

Se creé que el activista Scorpion Dimane fue envenenado durante la fuerte tensión generada con motivo de una solicitud anterior para realizar la explotación minera en el 2008. Murió en circunstancias misteriosas después de expresarse en contra de la gente que aceptaba regalos de la empresa minera. Ese mismo año, es probable que dos mujeres sufrieran la misma suerte tras abuchear a un ministro en una reunión convocada en apoyo a la explotación minera. Según Forslund, tradicionalmente los asesinatos en Pondolandia son por envenenamiento, mediante una de las plantas medicinales de sus bosques sagrados.

En el 2015, hubo una oleada de disparos tras reñidos encuentros en Xolobeni a causa del proyecto minero. Una mujer de 61 años fue apuñalada. Poco después, cuatro hombres fueron acusados de numerosos delitos, incluido el intento de asesinato, y otras seis personas, entre ellas los directores de Xolco, recibieron órdenes de la corte por las que se les prohibía llevar armas de fuego en la comunidad.

Después del funeral de Rhadebe, hubo ataques contra dos periodistas. Lungani Mkhize, el recién asignado guardaespaldas de Mbuthuma, fue a rescatarlos. “Terminaron en el hospital, pero habrían muerto si no hubiéramos intervenido”, me contó. En una serie de declaraciones juradas, los aldeanos nombraron a dos personas presuntamente responsables de los ataques. Pero nadie ha sido arrestado.

Tras la publicidad que rodeó el asesinato de Rhadebe, el ministro responsable de recursos minerales de Sudáfrica, Mosebenzi Zwane, anunció una moratoria de 18 meses para solicitudes de explotación minera, para que los ánimos se calmaran. Y el magnate minero detrás del plan, Mark Caruso, aparentemente se retiró del proyecto, entregando el control de TEM a otro socio local, Keysha Investments 178, de modo que la mina pudiera ser “administrada exclusivamente por gente de Sudáfrica”.

‘El Gobierno y la empresa minera están trabajando mano a mano para asegurarse de que la explotación minera se lleva a cabo’, constata Mbuthuma.

Estos acontecimientos llevaron a que algunos observadores ajenos creyeran que la comunidad había ganado una gran victoria, que los titulares creados a raíz del asesinato de su líder habían tenido un efecto que una década de campañas pacíficas no había conseguido. Pero la comunidad y sus asesores jurídicos dudan de que realmente algo haya cambiado. “El Gobierno y la empresa minera están trabajando mano a mano para asegurarse de que la explotación minera se lleva a cabo”, constata Mbuthuma.

La evidencia sugiere que podría tener razón. El nuevo socio local de TEM, Keysha, es una empresa que difícilmente pueda liderar un proyecto minero de mil millones de dólares. Los registros de la empresa, revisados a finales del 2016, demuestran que sus únicos directores activos son una empresa de servicios legales y un jefe pondo que también forma parte de la dirección de TEM y Xolco. No tiene activos en explotación ni experiencia minera. Y cinco meses después de la “desinversión”, Caruso y otro australiano, Peter Torre, quedaron como directores de TEM. MRC aún parece estar al cargo.

Cuando Yale Environment 360 insinuó esta interpretación a la empresa, su consultora de relaciones públicas en Sudáfrica, Anne Dunn, dijo que “MRC no haría comentarios”. Ella también se negó a pedir una respuesta al director de minería Lunga Baleni a la pregunta acerca de un potencial conflicto de intereses entre su posición en la empresa y su papel como jefe pondo.

Un gran grupo de residentes esperan fuera de la sala comunitaria para escuchar las novedades que traen los líderes de la oposición a la mina. KRISANNE JOHNSON PARA YALE E360

Al terminar la reunión en Xolobeni, un hombre desató orgulloso su caballo, otro cogió su bicicleta de los arbustos, pero la mayoría se fue andando hacia casa, con los pasos largos de los que están acostumbrados a ir andando a todas partes. Yo me bajé por las dunas junto con los abogados de la comunidad junto al océano, donde puede que dentro de dos años se encuentre la explotación minera.

Son impresionantes. Hace 140 años los administradores coloniales británicos escribieron su admiración por este “desierto rojo”, desmintiendo que las dunas son el resultado de un pastoreo excesivo por parte del ganado de los aldeanos.

Refugiándose del sol bajo un arbusto, encontramos a tres niños de ocho años de Xolobeni, descansando en su camino a casa después de un partido de fútbol en una aldea vecina. No sabían nada sobre la disputa por la explotación minera. Pero uno terminó nuestra conversación preguntando, “¿Puede darme trabajo?”.

Volviendo a Xolobeni, pasamos junto a pequeños jardines en los que los aldeanos cultivan maíz, batatas, guayabas, cañas de azúcar, y lo que parecían plantas de cannabis. Junto a la sala comunitaria, detrás de las letrinas, había un pequeño bosque de árboles sagrados, donde crecen las plantas medicinales – y probable los venenos.

La sala estaba desierta. Pero en una colina cercana, Mbuthuma observaba el horizonte en busca de los forasteros que quedaban. Al llevarnos hasta sus tierras tradicionales, tenía también la responsabilidad de asegurarse de que partíamos sin peligro antes del anochecer. En un lugar donde los asesinatos son tan frecuentes, podría ser peligroso quedarse.

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Fred Pearce

ACERCA DEL AUTOR
Fred Pearce es un periodista y escritor autónomo asentado en Reino Unido. Colabora como consultor medioambiental para la revista New Scientist y es el autor de numerosos libros, como When The Rivers Run Dry y With Speed and Violence. En sus artículos anteriores para Yale Environment 360, Pearce abordó la cuestión de cómo los pueblos indígenas están usando la tecnología GPS para proteger sus tierras y sobre la promesa de una agricultura climáticamente inteligente“.