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03-10-2016 : Opinión

Cómo el ataque a la ciencia se convierte en una plaga mundial

Los ataques a la ciencia que apoya la investigación sobre el cambio climático y las políticas de protección medioambiental se están propagando desde los EE. UU. a Europa y más allá. Si esta oleada de ideas “posfactuales” triunfa, el mundo se enfrentará a un futuro dominado por pura ideología.

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Los últimos tuits que la diputada laborista británica Jo Cox envió al mundo tenían como tema los océanos, la pesca y las flotas de arrastreros. El día antes de que fuera asesinada por un nacionalista de derecha el pasado mes de junio, compartió en Twitter un artículo en el que se analizaba por qué el asesoramiento científico es tan importante para la política de pesca y cómo contribuye a la recuperación de poblaciones mermadas de peces. Otro tuit mostraba a su marido y sus hijos en una lancha neumática sobre el Támesis participando en una extraña “batalla” simbólica sobre la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea.

El tuit de Cox iba dirigido al Consejo Internacional para la Exploración del Mar (CIEM), una de las instituciones científicas internacionales más antiguas del mundo. Fue fundada en Dinamarca en 1902 con el objetivo de establecer bases científicas sólidas para las actividades oceánicas. Desde entonces, la red ha crecido y forman parte de ella unos 4.000 científicos de 350 centros oceanográficos en 20 Estados miembros.

Aquí la ciencia internacional y el asesoramiento científico y político se practican por excelencia. Los políticos no pueden saber cuántos peces viven en el océano; por eso los investigadores del CIEM miden las reservas de cientos de especies y dan recomendaciones sobre el grado de su explotación o si necesitan protección. Antes de fijar las cuotas de pesca, la Unión Europea consulta al CIEM.

La familia Cox fue fotografiada en su lancha, desde la que ondeaba una bandera “In” en favor de permanecer en la UE, empapada por el agua recibida de defensores del Brexit. La familia se opone a una flota de pescadores que Nigel Farage, enemigo de la UE, había organizado. Farage criticó las cuotas pesqueras de la UE como un ataque a la soberanía nacional del Reino Unido y, según él, estas —y no la desenfrenada sobrepesca— son las causantes del declive de las ciudades costeras británicas.

El día en que Cox fue asesinada, el ex alcalde de Londres, Boris Johnson (que ostenta desde entonces el cargo de secretario de Relaciones Exteriores), visitó una piscifactoría en el norte del país, también con el objetivo de conseguir votos para el Brexit. Como Farage, argumentó en contra de la política de la UE, basada en la ciencia. Sus ataques verbales fueron dirigidos no solo a personas como Cox, sino que cuestionaron, de una manera más fundamental, el proceso científico subyacente a lo que se denomina política “basada en hechos”.

Otro organismo científico ya está acostumbrado a ser un objetivo de las fuerzas anticientíficas. En 1988, se creó el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) con el objetivo explícito de mantener a los gobiernos de todo el mundo al corriente de los resultados de la investigación del clima. Cientos de científicos de todo el mundo colaboran en el IPCC, entre ellos algunos de los mejores cerebros en la materia. El IPCC advierte de las graves consecuencias que producirán las emisiones incontroladas de CO2. Por ahora, unos 190 países han aceptado las conclusiones del IPCC, como lo demuestra la firma del acuerdo sobre el cambio climático alcanzado en París en diciembre del año pasado.

Más recientemente, sin embargo, nuevos enemigos han aunado fuerzas con los que siempre se oponían al IPCC, como por ejemplo la industria de los combustibles fósiles.

El continuo escepticismo respecto al cambio climático es un repudio del pensamiento mundial y empírico.

Igual que los oponentes británicos a la UE rechazan los descubrimientos de la ciencia en materia de pesca, muchos otros políticos con ideas similares —entre los que figuran, sin duda, Donald Trump, la neonacionalista Alternativa para Alemania (AfD) y otros seguidores de la nueva derecha europea, como el ex presidente checo Václav Klaus— rechazan rotundamente las conclusiones de la investigación sobre el clima.

Supuestamente, lo hacen basándose en dudas metodológicas o por interés económico. En el fondo, sin embargo, el continuo escepticismo sobre el cambio climático es un repudio del pensamiento mundial y empírico. La hostilidad hacia la ciencia está en auge. La canciller alemana, Angela Merkel, que se doctoró en química cuántica, advirtió recientemente que las sociedades occidentales se enfrentan a un “mundo posfactual”, en el que las emociones y la ideología amenazan con suprimir las pruebas y conocimientos científicos.

El experto en política exterior Ulrich Speck de la Transatlantic Academy, con sede en Washington, D.C., ha apodado a este nuevo sector “territorialista”, en contraposición a “globalista”. A los territorialistas el cambio climático les parece sospechoso, en parte porque podría significar que los europeos o norteamericanos tienen que renunciar a bienestar material, para ayudar a otros pueblos que viven en tierras lejanas, como los habitantes de islas del Pacífico. El clima no tiene paredes, y la ciencia que lo estudia es globalista por naturaleza. La red mundial de estaciones que miden y monitorizan la temperatura, la salinidad del agua y las corrientes de aire es una obra maestra de la cooperación internacional, igual que las bases Vostok y Domo C, donde científicos europeos, chinos, japoneses y rusos, entre otros, extraen núcleos de hielo de enorme importancia, con información valiosa sobre el clima de la Antártida.

Es precisamente este espíritu global de la ciencia el que incita a los territorialistas a entrar en juego. Preguntado recientemente por qué le disgustaba el pensamiento ecológico, Alexander Gauland, uno de los altos cargos de la AfD en Alemania, respondió: “Disculpe, pero la ‘ecología’ no tiene nada que ver con la identidad nacional”. Este tipo de pensamiento está en auge, y podría tener consecuencias que podrían cambiar el planeta. Si Donald Trump es elegido presidente, quiere rescindir el acuerdo de París sobre el clima, lo que supone un duro revés a los esfuerzos por mitigar el calentamiento global.

La posición de Trump es compartida por los nuevos movimientos populistas de Europa. El ministro de Asuntos Exteriores polaco Witold Waszczykowski, del partido derechista Ley y Justicia, anunció en enero que su gobierno “quiere curar a nuestro país de algunas enfermedades” como “un mundo dominado por ciclistas y vegetarianos, que solamente usan energía renovable”. Polonia intenta bloquear agresivamente la legislación comunitaria sobre el cambio climático. En Francia, el derechista Frente Nacional ha lanzado su propio grupo “Nueva Ecología”. En una entrevista con The Guardian, Mireille d’Ornano, militante del Frente Nacional, describió las conferencias internacionales sobre el clima como un “proyecto comunista” y añadió: “No queremos un acuerdo global o norma mundial para el medio ambiente”.

Hay otros ejemplos en Europa y los Estados Unidos de cómo una oleada de políticas “posfactuales” pone en peligro el progreso impulsado por la ciencia.

La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) fue fundada en 1948 con el objetivo de proteger el medio ambiente y la biodiversidad. Una de las actividades más importantes de la UICN consiste en elaborar listas rojas de especies amenazadas. Los estudios científicos realizados para este fin incluyen plantas, insectos, mamíferos, peces y muchas otras formas de vida. De nuevo, cientos de científicos de todo el mundo están tratando de descubrir, a través de trabajos de campo, observación a largo plazo y análisis de datos, qué especies están disminuyendo o están en peligro de desaparecer de la faz de la tierra.

Una de estas especies amenazadas es el eperlano del delta (Hypomesus transpacificus), con una longitud de entre 5 y 7,5 cm, un pez de apariencia sencilla que solamente vive en la confluencia de los ríos Sacramento y San Joaquín en California. Este pez antes abundaba, pero ahora la UICN lo ha clasificado como “en peligro crítico” a causa de la sequía y el sobrebombeo de agua para la agricultura. El eperlano del delta es uno de los objetivos más indefensos de Donald Trump. En su visita a California a principios de este año, Trump refutó los descubrimientos de varias instituciones científicas, entre ellas la NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration) de EE. UU., afirmando que no había sequía en la costa oeste estadounidense. Según él, los agricultores no tenían agua suficiente a causa de un bombeo excesivo hacia el delta – en beneficio de un “pez determinado de tres pulgadas”, es decir, el eperlano del delta.

¿El futuro lo configurarán el empirismo y la empatía o prevalecerán las ideologías modernas de egoísmo y odio?

A Trump no le importan demasiado las conclusiones de la NOAA y la UICN y, si fuera necesario, aniquilaría al eperlano del delta. Su agresión no solamente va en contra de una criatura de fauna silvestre, sino también contra la ciencia, que describe este ser viviente, mide sus posibilidades globales de supervivencia y desarrolla categorías de urgencia para adoptar medidas de protección.

Todo ello demuestra que la nueva casta de ideólogos no solo tiene el potencial de pisotear los derechos humanos universales, sino también las ciencias empíricas, las cuales, a diferencia de cualquier otro sistema de pensamiento, se apoyan en una base global. El primer globo que representa América, construido por Martin Waldseemüller a comienzos del siglo XVI, reveló a todo el mundo la interconexión de la Tierra. Tres siglos después, Alexander von Humboldt, con su idea de un “organismo mundial”, hizo la transición del empirismo científico a la empatía global. A comienzos del siglo XX, en pleno auge de nacionalismos totalitarios, fueron sobre todo los científicos los que desarrollaron una vanguardista ciudadanía cosmopolita. Durante la Guerra Fría, fueron las academias las que cultivaron el diálogo entre Occidente y la Unión Soviética.

Más recientemente, la ciencia ha contribuido al desarrollo de Internet, una estructura que conecta todo y todos. La ciencia también ha concebido la idea del Antropoceno, que sostiene que el impacto colectivo de la humanidad en la tierra ha creado una nueva era geológica y una nueva responsabilidad compartida.

Este pensamiento considera importante renunciar a centrales eléctricas de carbón en Europa, por ejemplo, para evitar que los isleños del Pacífico queden inundados por el aumento del nivel del mar. Sin embargo, si la actual oleada de ideología “posverdad” y “postfactual” crece, no solo la ciencia del clima, sino toda la ciencia, podría ser la siguiente en el punto de mira de las campañas sistemáticamente mentirosas de la extrema derecha. Es posible que la negación del cambio climático sea solo el principio de un desarrollo mucho más ambicioso hacia un mundo posempírico dominado por pura ideología.

En Gran Bretaña, el asesinato de Jo Cox por un seguidor del Brexit no impidió que una mayoría del electorado apoyara el Brexit.

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El país debe afrontar ahora el reto de diseñar sus propias normas en materia de pesca, protección medioambiental y emisiones de carbono, y queda por ver si el nuevo gobierno conservador de Gran Bretaña adoptará normas ambientales menos estrictas que las de la UE.

El desenlace del actual conflicto entre territorialistas y la comunidad ecológica global respaldada por la ciencia indicará qué rumbo se va a tomar en el siglo XXI. La cuestión de cómo nos planteamos el trato a los peces en el océano, los animales que hemos llevado al borde de la extinción y el clima que sustenta la vida es un reflejo de si queremos ser sensibles y empíricos en nuestras vidas modernas, o no.

En estos temas, todos los grandes retos de nuestro tiempo están mezclados de forma inquietante: la crisis del método científico, la crisis de la naturaleza y la crisis del humanismo se convierten en una sola crisis. La cuestión es si el futuro lo configurarán el empirismo y la empatía en concordancia con el humanismo ecológico de Alexander von Humboldt, o si prevalecerán las ideologías modernas del egoísmo y del odio.

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Christian Schwägerl

ACERCA DEL AUTOR
Christian Schwägerl es un periodista autónomo que escribe para la revista GEO y para el periódico Frankfurter Allgemeine. Hasta el año pasado trabajó como corresponsal de medio ambiente para Der Spiegel. También es el autor, junto con Andreas Rinke, del libro recientemente publicado 11 Looming Wars, en el que se tratan posibles conflictos futuros por la tecnología, la comida, el territorio y los recursos. En artículos anteriores para Yale Environment 360, Schwägerl escribió sobre una reserva natural única creada a lo largo del antiguo Telón de Acero de Alemania y sobre el aumento de la apicultura en Berlín.