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19-04-2016 : Informe

Ante el calentamiento mundial, ¿cómo se decide si una planta es nativa?

El destino de un árbol plantado en la casa de la poetisa Emily Dickinson suscita algunas preguntas sobre si los horticultores pueden, o deben, contribuir a la migración de las especies de plantas ante las temperaturas crecientes y el rápido cambio de las zonas botánicas.

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En raras ocasiones, los habitantes de Amherst, Massachusetts, atisbaban una figura fantasmal vestida de blanco inclinada para cuidar sus flores a la luz vacilante de un farol. La misteriosa ermitaña, más conocida entre sus vecinos por su exquisito jardín que por sus poemas líricos, que revelaban un amor apasionado por la naturaleza, era distinta de otros escritores americanos del siglo XIX cuyo pensamiento se convirtió en la base del ecologismo moderno. Mientras Thoreau declaraba ante todos que “en la naturaleza salvaje se halla la preservación del mundo”, Emily Dickinson encontraba la verdad y el poder de la naturaleza en un simple diente de león.

Entre las plantas que han sobrevivido en la propiedad familiar en la que Dickinson se recluyó durante la mayor parte de su vida adulta, existen unos pintorescos árboles centenarios conocidos como magnolias umbeladas o árboles paraguas (Magnolia tripetala), así llamados porque sus hojas, que pueden llegar a medir 60 cm, crecen radialmente desde el extremo de las ramas como las varillas de un paraguas.

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Jesse Bellemare

Árboles paraguas en Concord, Massachusetts

Los árboles, plantados, según se cree, por Austin, el hermano de Emily, han saltado fuera de la cancela del jardín en las últimas décadas y han establecido poblaciones silvestres no muy lejos de la casa de la escritora. Esta nueva ubicación está unos 300 kilómetros al norte de la zona de distribución nativa del árbol, centrada en los protegidos bosques y las quebradas de los Apalaches, y es la primera prueba de que la horticultura de plantas nativas en Estados Unidos “está dando a algunas especies cierta ventaja ante el cambio climático”, en opinión Jesse Bellemare, biólogo del Smith College.

Irónicamente, el morador de la casa de los Dickinson también está desafiando algunos preceptos básicos de la práctica de la conservación, como la definición de lo “nativo”. ¿Son los refugiados climáticos que se han trasladado hacia el norte por medio de la horticultura menos merecedores de protección que las plantas que llegan por su cuenta? ¿Son una amenaza para las especies nativas ya existentes? ¿Debería usarse la horticultura de plantas nativas, la forma doméstica de la migración asistida, para ayudar a las plantas atrapadas en un hábitat hostil?

La definición estándar del término “nativo”, afirma Bellemare, se basaba en una visión de la naturaleza como algo estático y de lo “nativo” como algo absoluto y perdurable. Pero “esta definición tan local está dejando de servir”, explica, a medida que el cambio climático hace que muchas plantas dejen de ser adecuadas para los hábitats que ocupaban históricamente. La definición de “nativo” debe cambiar, añade, ya que los límites de regiones biogeográficas completas, como el bosque caducifolio del este, se están alterando a causa de las condiciones cambiantes.

Hace unos años, Bellemare empezó a ver árboles paraguas “asomando entre la vegetación en los márgenes de la carretera” en el oeste de Massachusetts.

Necesitamos un nuevo conjunto de términos con más matices que “nativo” o “no nativo”, afirma un biólogo.

La mayoría de las plantas naturalizadas, observa, estaban “cerca o a corta distancia de los especímenes hortícolas”. Intrigado, se propuso determinar la edad de los fugitivos del jardín. Aunque algunos de los árboles cultivados, como los de la propiedad de Dickinson, se plantaron hace más de un siglo y medio, las muestras principales de varios de los especímenes naturalizados más grandes revelaron que las especies solo habían empezado a escapar profusamente en los últimos veinte o treinta años.

Como Bellemare y la coautora Claudia Deeg señalaron en un artículo publicado el pasado julio en Rhodora, ese es también el momento en el que el clima empezó a calentarse rápidamente en la región. En una presentación realizada en la conferencia de la Ecological Society of America el año pasado, Bellemare y un grupo de colaboradores concluyeron: “Es poco probable que la dispersión natural desde el sur hubiera permitido a la Magnolia tripetala llegar en un futuro próximo a esta región”.

Durante años, los científicos han predicho que las especies nativas plantadas muy al norte de sus límites geográficos históricos no solo sobrevivirían, sino que prosperarían y se naturalizarían fuera de la horticultura en hábitats cada vez más adecuados a causa del calentamiento global. En un artículo publicado en 2008 en Frontiers in Ecology and the Environment, los biólogos demostraron que el 73 % de las 357 especies europeas nativas que investigaron se estaban vendiendo a cientos de kilómetros al norte de las zonas de distribución geográfica naturales de las plantas.

“Aunque aún no ha terminado el debate sobre si los humanos deben contribuir activamente a la migración de las especies ante el cambio climático, está claro que el sector de la horticultura ya lo ha hecho con cientos de especies”, escribieron.

En la década pasada, se documentaron cambios de las zonas de distribución naturales de las aves y de otras especies móviles, pero los nuevos estudios sugieren que muchas plantas nativas luchan también por adaptarse al cambio climático migrando a altitudes mayores o en dirección a los polos. En un análisis de la flora del condado de Worcester, en el centro de Massachusetts, realizado en 2013, el biólogo Robert Bertin descubrió que las zonas de distribución de las plantas nativas parecían estar contrayéndose.

Arbor Day Foundation

Mapa de las distintas zonas térmicas de Estados Unidos, creado por el Departamento de Agricultura estadounidense y utilizado por los granjeros y los horticultores para determinar las plantas que pueden prosperar en cada región. Entre 1990 y 2006, varias de las zonas —basadas en la media de temperatura mínima extrema, que va de -34 ºC (morado oscuro) a 4 ºC (rosa claro)— se desplazaron hacia el norte en respuesta al cambio climático.

Las especies “septentrionales” más comunes al norte de Nueva Inglaterra, escribió, están desapareciendo más deprisa que las plantas “meridionales” de la región, principalmente de los territorios del sur de Nueva Inglaterra, que están ampliando sus zonas de distribución hacia el norte. En un artículo publicado este mismo año, los biólogos detectaron bastantes menos cambios de altitud en las plantas de California que en otros organismos como los pájaros y los mamíferos. También descubrieron que la migración hacia altitudes mayores de las especies de plantas invasivas no nativas era casi cinco veces mayor que la del conjunto de la flora e incluso superior a la de las plantas endémicas localizadas.

En opinión de los científicos, las plantas endémicas con zonas de distribución pequeñas están entre las especies con mayor riesgo, ya que su clima preferido se está desplazando a distancias mucho mayores que su capacidad para dispersarse. Bellemare y el biólogo de la Universidad de Minnesota David Moeller han analizado el impacto probable del cambio climático en uno de los macizos de plantas endémicas más famosos, las flores silvestres herbáceas del sureste, desde flores del corazón hasta trilliums, que producen una espectacular explosión floral que cubre el suelo del bosque en primavera.

Estas flores silvestres endémicas no han podido dispersarse hacia el norte en los 15 000 años transcurridos desde que la última capa de hielo empezó a retirarse. Aunque probablemente estarían bien posicionadas para sobrevivir al enfriamiento climático de otra glaciación, la vertiginosa velocidad del calentamiento actual parece situar a muchas de estas plantas “en el lado equivocado de la historia climática”, ha escrito Bellemare.

La horticultura ha ayudado al árbol paraguas a dispersarse fuera de los límites de su antigua zona de distribución al sur de la frontera glacial. Se han encontrado poblaciones naturalizadas en el noreste, incluida Long Island, donde los árboles se plantaron extensamente en la década de 1920 y tal vez antes.

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MikeTN/Flickr

Un árbol paraguas florece en Tennessee.

Se cree que la población que se encuentra a un tiro de piedra de la casa de Dickinson, integrada por varios cientos de árboles repartidos por seis o siete acres, es uno de los grupos más grandes del noreste.

Sin embargo, no todos los biólogos están celebrando la llegada de la planta al noreste de Estados Unidos. Como el árbol paraguas llegó a través de la horticultura, Bill Brumback, director de conservación de la New England Wild Flower Society, afirma que no lo consideraría nativo, el requisito básico para que se entienda que hay que proteger una planta.

“La verdad es que no sé” si las especies del sureste que han escapado al cultivo se deben considerar nativas en Nueva Inglaterra, señala el biólogo de la Universidad de Brown Dov Sax, que está colaborando con Bellemare y con otros científicos en un estudio nacional de lo que los cambios en las zonas de distribución presagian para la supervivencia de las plantas nativas a la vista del rápido calentamiento. “Necesitamos un nuevo conjunto de términos con más matices que ‘nativo’ o ‘no nativo'”, afirma Sax.

El debate sobre la clasificación de las plantas que colonizan nuevas áreas a causa de los cambios del clima se centra en gran medida en las dudas sobre su potencial para “secuestrar” el hábitat de las especies nativas. Esta misma preocupación es la que ha convertido la migración asistida de las especies amenazadas por el cambio climático en uno de los temas más controvertidos

La horticultura de plantas nativas nos está proporcionando algunos datos fascinantes sobre lo que puede ocurrir con el cambio climático”.

en la ciencia de la protección medioambiental contemporánea y ha creado inquietud entre algunos científicos con respecto a los horticultores que trasladan las plantas nativas mucho más allá de sus límites actuales.

“La horticultura de plantas nativas nos está proporcionando algunos datos fascinantes sobre lo que puede ocurrir con el cambio climático”, señala Bellemare. “Pero no hemos llegado al punto en el que la mayoría de los botánicos y los ecologistas se sientan cómodos defendiendo” que los horticultores pueden ayudar a proteger a las plantas trasladándolas a climas más fríos, añade. De hecho, dada su descontrolada propagación, a Brumback le preocupa que las magnolias naturalizadas puedan estar en las primeras fases de la invasión biológica. “Si viera que ocupan un bosque, recomendaría su eliminación”, explica.

Sax, de la Universidad de Brown, sospecha que esto es poco probable y argumenta que los estudios indican que el riesgo de que una especie se vuelva invasiva aumenta con la distancia de su zona de distribución nativa histórica a la región que está colonizando. Aunque le preocupa que un pequeño porcentaje de plantas introducidas desde otros continentes “llegarán probablemente a ser problemáticas”, cree que una especie nativa cercana como el árbol paraguas, que tiene poblaciones dispersas en el sur de Pensilvania, “representa poco riesgo” en Nueva Inglaterra.

Tanto Sax como Bellemare han señalado que la amenaza de consecuencias ecológicas negativas podría verse atenuada por el hecho de que el árbol paraguas y otras plantas forestales del sureste y de la zona central del Atlántico comparten una historia biogeográfica con las de Nueva Inglaterra.

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Cuando se ve en el contexto de una escala temporal mayor, sugieren los expertos, muchos refugiados climáticos no son más que viejos nativos que regresan a casa.

Según los paleoecologistas, cuando el clima se enfrió y los glaciares se expandieron en el Pleistoceno, las plantas forestales del noreste sobrevivieron migrando a los denominados refugios del sur. Cuando el clima se calentó y la capa de hielo más reciente retrocedió, algunas especies lograron colonizar de nuevo el hábitat que habían perdido. Pero otras, sospecha Sax, se vieron obstaculizadas por la extinción causada por el hombre, hace unos 12 000 años, de los mastodontes, los perezosos gigantes y otras megafaunas que habían dispersado sus semillas durante milenios.

“Si aún existiesen esos grandes mamíferos”, afirma Sax, es probable que “muchas especies que están ahora confinadas en el sureste o en la región central del Atlántico hubieran llegado a Nueva Inglaterra”. Una de esas especies es el árbol paraguas, que no cuenta por lo que sabemos con un agente moderno que disperse sus semillas, dicen los biólogos y los horticultores, con la notable excepción de los humanos.

Mientras que los científicos lidian con las implicaciones de las magnolias fugadas, no podemos evitar encontrar cierta justicia poética en el hecho de que sea una planta de la propiedad de Dickinson la que ha suscitado el debate. Aunque la visión de la naturaleza perdurable defendida por Thoreau y John Muir terminó dominando la filosofía de la protección medioambiental, Emily Dickinson, que percibía la belleza y la capacidad destructora de la naturaleza que la rodeaba, podría ser el icono literario más adecuado para una era de alteraciones climáticas.

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Janet Marinelli

ACERCA DE LA AUTORA
Janet Marinelli es una galardonada periodista independiente que fue directora de publicaciones científicas y de divulgación en el Jardín Botánico de Brooklyn durante 16 años. Ha escrito y editado varios libros sobre especies en peligro de extinción y los esfuerzos realizados para salvarlos. También aborda las estrategias ecológicas para crear paisajes y comunidades resistentes. Sus artículos han aparecido en diversas publicaciones, desde The New York Times y Audubon hasta Landscape Architecture y la revista Kew.