English

06-10-2016 : Informe

Acuicultura natural: ¿Podemos salvar los océanos cultivándolos?

Un pequeño pero creciente número de emprendedores están llevando a cabo una serie de operaciones en maricultura para cultivar marisco junto con quelpo y algas, una combinación que, según ellos, puede restaurar los ecosistemas y mitigar los efectos de la acidificación de los océanos.

por

Peter Morenus/UConn

El maricultor Bren Smith (derecha) y el biólogo Carlos Yarish examinan las algas cosechadas.

Bren Smith, un expescador de bacalao de 44 años, nacido en Terranova, cultiva marisco y alga marina, de moda últimamente, en lo que él denomina “el primer cultivo marino en 3D del mundo” en la costa de Connecticut, en Long Island Sound. Su jardín colgante multiespecie ya se ha convertido en todo un modelo para un nuevo tipo de acuicultura de bajo impacto que, como afirma, puede producir los alimentos más baratos y ecológicamente sostenibles del planeta.

“Yo no lo llamo acuicultura”, me corrige Smith, mientras su barco de pesca de langostino de 7 metros, el Mookie III, pasa a través de un laberinto de boyas en las islas Thimble, un archipiélago de pequeños y boscosos islotes, justo en frente de la costa. Él no quiere tener nada que ver con la industria de la acuicultura convencional, que en su opinión es la responsable de haber exportado los malos hábitos de la agricultura en tierra a la agricultura en mar —de crear monocultivos estériles; ensuciar las aguas costeras con pesticidas, antibióticos y contaminantes orgánicos, y poner en peligro a las poblaciones de peces silvestres propagando las enfermedades de sus “primos” domesticados menos saludables.

A diferencia de la mayoría de granjas terrestres o acuiculturas convencionales, el método de Smith, que emplea poca tecnología, no necesita utilizar agroquímicos, fertilizantes ni antibióticos. Cuando es temporada, crecen las algas pardas laminarias azucaradas de 6 metros en tensas líneas horizontales conectadas a las boyas de la granja marina. Se pueden ver jaulas de acero y mangas de nailon llenas de marisco debajo de la superficie del agua.

Smith asegura que su marca de “maricultura” integrada realmente revitaliza los ecosistemas degradados o moribundos creando bosquecillos de macroalgas que se convierten en viveros y santuarios para muchas especies marinas. Se trata de un enfoque proactivo para la conservación, afirma, que va más allá del creciente movimiento de crear reservas de pesca prohibida. “En una época de cambio climático, se podrían proteger todos los océanos del mundo y aun así morirían”, asegura. “Lo que realmente necesitamos son motores de restauración en nuestras zonas de conservación”.

La maricultura restaurativa gana adeptos en otras partes de América del Norte. En Maine, Paul Dobbins, fundador de Ocean Approved, inició en 2009 lo que él denomina la primera granja que integra macroalgas y ostras, que produce cubitos de algas para su uso en batidos, así como una línea de algas “coles de mar”, “rondas de mar” y “burritos”. En Alaska,31 granjas marinas están en funcionamiento; cinco cultivan algas junto con ostras y otros mariscos. La empresa canadiense Cooke Aquaculture acaba de añadir la producción de algas y mejillones a una salmonera que posee en Nuevo Brunswick. Las algas capturan parte del nitrógeno y fósforo que liberan los desechos que se filtran de las jaulas de la acuicultura para que la salmonicultura —cuya alta concentración de peces produce grandes cantidades de materia fecal— sea mucho más limpia.

Smith cultiva hasta 30 toneladas de algas por acre, así como 250.000 ostras, mejillones y vieiras.

Y en Tamil Nadu, en la India meridional, pequeñas granjas de macroalgas han incrementado su producción añadiendo jaulas donde se crían cobias de rápido crecimiento. En el mismo lugar se planea criar mejillones, ostras y langostas junto con el cultivo de macroalgas.

Estas iniciativas están pagando dividendos tanto económicos como ecológicos al pequeño pero creciente grupo de maricultores. En cada una de las 20 acres de la granja marítima de las islas Thimble, Smith cosecha hasta 30 toneladas de algas al año —un rendimiento que sobrepasa lo que se cultiva en la mayoría de granjas terrestres— y unas 250.000 ostras, mejillones y vieiras. A este ritmo de producción, el conjunto de granjas marítimas del tamaño del estado de Washington podría alimentar a todo el planeta, afirma.

Producir montones de algas, una parte fundamental de su proceso, es la parte fácil. El verdadero reto consiste en convencer, en particular, a los estadounidenses para que las coman.

Durante siglos, las algas se han añadido a los guisos y caldos y se han utilizado como envoltorios de sushi en Asia oriental. Sin embargo, aquí aún sigue siendo algo muy nuevo. Smith ha reclutado a chefs como Brooks Headley, del vegetariano Superiority Burger de Nueva York, para que elabore platos con ellas que la gente quiera comer. Mientras tanto, en el restaurante Del Posto de Nueva York, Headley sirve fideos de algas asados sin gluten con chirivías y picatostes.

En los últimos años el mercado de las algas ha crecido a medida que los consumidores han ido descubriendo sus beneficios nutricionales. Smith se jacta de que las algas proporcionan más proteínas que la soja, más vitamina C que el zumo de naranja, tanto ácido graso Omega 3 saludable para el corazón como muchos peces y minerales como el yodo, el zinc y el magnesio, por lo que se han convertido en uno de los ingredientes favoritos de la industria de suplementos.

“Debemos dejar de lado a los peces silvestres y centrarnos en los bivalvos y vegetales marinos producidos de forma sostenible.”

Smith dice que ya no puede cumplir con la demanda de los restaurantes gourmet y los productores de alimentos especiales. Su esperanza es que la modesta popularidad de las algas sea un augurio de su futuro éxito. “Estamos intentando reimaginar los platos de marisco”, me explicó. Y añadió: “Debemos dejar de lado a los peces silvestres —convertirlos en una opción excepcional para ocasiones especiales— y centrarnos en los bivalvos y vegetales marinos producidos de forma sostenible.”

Smith ha creado la organización sin ánimo de lucro GreenWave para ofrecer formación práctica a los futuros maricultores. Hasta la fecha, 10 aprendices han creado sus propias granjas, principalmente en Nueva Inglaterra, y pronto lo harán 10 más, asegura Smith. GreenWave garantiza la compra del 80% de los cultivos de los maricultores al triple del precio de mercado durante los primeros cinco años. La organización también ha establecido el mayor criadero de algas del mundo en un barrio económicamente desfavorecido de New Haven, Connecticut, así como una cooperativa para procesar, almacenar y enviar la producción de sus miembros.

“No franquiciamos como McDonalds,” afirma Smith. “Este es el viejo modelo económico. Ofrecemos nuestros programas de granjas marinas de forma gratuita a quien los quiera, para que la gente pueda establecer sus propios negocios. Pero les ayudamos con la cadena de suministro.”

GreenWave también está en negociaciones con el Departamento de Energía de Estados Unidos para desarrollar biocombustibles a partir de algas, explica Smith. Los estudios de viabilidad iniciales sugieren que un acre de algas puede producir unos 8.000 litros de etanol, cinco veces la cantidad que se obtiene del maíz. GreenWave ha colaborado con el programa de alimentos sostenibles de Yale, el Yale Sustainable Food Program, para crear fertilizantes orgánicos a partir de las algas.

Se necesitarán años de investigación antes de que estas aplicaciones sean comercialmente viables. Pero el cultivo de las algas ya está experimentando un pequeño auge en Maine y el sur de Nueva Inglaterra, en parte debido a los temores de que los productos de Asia puedan estar contaminados por la radioactividad de la central eléctrica de Fukushima Daichi.

Smith cree que existen evidencias concretas del valor reparador que tiene la combinación de los cultivos de algas y bivalvos en su propia granja. Con la ayuda de su gerente, Asa Dickerson, Smith sube a bordo la red con crías de mejillones con dos cangrejos de caparazón blando como polizones.

“Estos cangrejos son una señal de que estamos reconstruyendo el ecosistema”, afirma efusivamente. El andamiaje submarino de la granja ofrece un hogar a los cangrejos y a otros invertebrados y plantas marinas. “La mejor pesca comercial y recreativa está justo aquí”, explica Smith con los brazos abiertos. Y explica: “Esto es porque estamos creando un arrecife que está trayendo de vuelta la vida”. Cualquiera puede pescar, nadar o navegar aquí. “No somos dueños de la propiedad, solo la alquilamos”, explica Smith, que paga una tasa local de 50 $ por acre por el derecho a tener la granja en la bahía.

Charles Yarish, professor of ecology and evolutionary biology at the University of Connecticut looks over a line of kelp as it is being harvested by the Thimble Islands Oyster Company from Long Island Sound near Branford on May 22, 2013. (Peter Morenus/UConn Photo)

Peter Morenus/UConn

El biólogo marino Charles Yarish sube las algas a bordo del barco en Long Island Sound.

Las comunidades costeras están ofreciendo condiciones muy favorables a los maricultores en parte porque reconocen sus beneficios ambientales. Son beneficios que Charles Yarish, biólogo marino de la Universidad de Connecticut (University of Connecticut), ha estado documentando científicamente.

Smith acudió a Yarish, un experto en algas, después de que los huracanes Irene y Sandy asfixiaran a los bancos marisqueros de Smith bajo capas de barro. Yarish comentó a Smith su idea de la granja oceánica, cuya principal característica es la suspensión del cultivo en la superficie del mar, por lo que sería menos vulnerable a las tormentas.

Yarish es optimista sobre las algas, ya que afirma que ayudan a luchar contra dos de las mayores amenazas para la vida marina. La primera, la acidificación de los océanos, ha repercutido negativamente en la capacidad de los bivalvos para generar conchas. Yarish informa de que miles de millones de semillas de ostras comerciales perecen cada año a causa de los ácidos que se generan cuando el exceso de dióxido de carbono pasa del aire al agua. Las algas absorben los gases de efecto invernadero cinco veces más que las plantas terrestres, lo que ayuda a mitigar localmente la acidificación.

Las algas también se alimentan de nitrógeno, que es un contaminante. “El problema número uno de las zonas costeras de los Estados Unidos es que tenemos demasiados nutrientes [ricos en nitrógeno] en el agua procedentes de los vertidos agrícolas y la contaminación de fuentes puntuales de instalaciones como las plantas de tratamiento de aguas residuales”, explica Yarish.

“Smith insta al Gobierno a patrocinar proyectos que ayudan a impulsar ‘la economía azul-verde’.”

Estos nutrientes hacen florecer grandes cantidades de fitoplancton que se descomponen en el fondo del océano, lo que elimina el oxígeno de las aguas costeras tan necesario para sustentar la vida. Es un proceso que puede dar lugar a enormes zonas muertas, como la ubicada a la salida del río Misisipi en el Golfo de México, que actualmente es más grande que los estados de Connecticut y Rhode Island juntos.

Long Island Sound también está bajo amenaza, especialmente durante los meses de agosto y septiembre, cuando las aguas más cálidas son más pobres en oxígeno. La buena noticia, cuenta Yarish, es que “los mariscos, al igual que las ostras y las algas de crecimiento rápido, pueden extraer grandes cantidades de nutrientes y nitrógeno del océano”.

Connecticut es el primer estado del continente americano en desarrollar un programa de comercio de nitrógeno (similar al sistema de comercio de carbono actualmente vigente en California) a través del cual se compensa a las plantas de tratamiento de aguas residuales por modernizar sus instalaciones para poder reducir el nitrógeno que vierten a los cursos fluviales del estado. Yarish espera que el programa se amplíe y compense a los maricultores por ayudar a disminuir los niveles de nitrógeno en Long Island Sound.

Bren Smith va aún más allá al instar al Gobierno a patrocinar un proyecto a gran escala para ayudar a impulsar la “economía azul-verde”. Solicita un apoyo a la investigación para la creación de nuevos productos rentables a partir de los 10.000 vegetales marinos comestibles.

Por su parte, Smith afirma que los ecologistas deberían abandonar su oposición habitual a la industria y convertirse en impulsores de empresas respetuosas con el clima como la maricultura. “El nuevo rostro del ecologismo está restaurando el planeta, creando una economía robusta y redirigiendo la injusticia económica, todo al mismo tiempo”, indica. Y continúa: “Mi trabajo es demostrar que el modelo es económicamente viable al mismo nivel que lo era la industria pesquera”.

El reto es reinventar la pesca de forma que ayude al medio ambiente en lugar de perjudicarlo, afirma Smith. “Los pescadores ya no podemos pescar más, no podemos ser cazadores”, me explicó. “Lo echamos de menos, lo echo de menos”. Pero Smith sostiene que como maricultores, “podemos mantener el núcleo de lo que hacemos como profesión: nuestros propios botes, prosperar o fracasar bajo nuestra propia responsabilidad, vivir del agua y tener el increíble orgullo de continuar alimentando al país”.

TAMBIÉN EN YALE e360

Cómo cultivar plantas marinas puede ayudar a retardar la acidificación de los océanos

Los investigadores han descubierto que las algas, la hierba marina y otra vegetación pueden absorber de forma efectiva CO2 y reducir la acidez del mar. Cultivar estas plantas en aguas locales, aseguran los científicos, podría ayudar a mitigar los impactos perjudiciales de la acidificación en la vida marina.
LEER MÁS

Es un mensaje que ha ido resonando en jóvenes como Nick Pastore. Pastore trabajó en una granja agrícola después de graduarse en la escuela pesquera de la Universidad de Connecticut (University of Connecticut). “Mi sueño siempre fue tener mi propia granja”, explica Pastore. Y añade: “Pero la tierra donde yo vivo se va a parcelar para construir viviendas; cada vez resulta más caro para la gente como yo que no hemos heredado nuestras propias granjas”.

Cuando leyó sobre los bajos costes iniciales para la maricultura, Pastore contactó con Smith, quien le formó y le ayudó a alquilar su propia parcela en la bahía en la que se encuentra la granja de Smith. “Puedo llegar a cultivar y crear un magnífico producto local”, dijo Pastore, que empezará su actividad el próximo año. “Pero también voy a restaurar el hábitat marino. Es emocionante pensar que puedo formar parte de este tipo de cambio”.

,

Richard Schiffman es un periodista medioambiental que reside en Nueva York, además de poeta y autor de dos biografías. Sus obras se han publicado en The Guardian, The Washington Post, The Christian Science Monitor, a la vez que se han difundido en la National Public Radio, entre otros foros. Acaba de volver de un viaje donde se ha documentado para elaborar un informe sobre el Amazonas en el Brasil.MÁS SOBRE ESTE AUTOR