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06-06-2016 : Informe

A unos 325 metros por encima de la selva tropical, los cambios en Amazonia a vista de pájaro

Una estructura de acero en la selva amazónica, más alta que la Torre Eiffel, pronto será el observatorio desde el que se vigilará la atmósfera de la selva tropical más grande del mundo, lo que proporcionará a un equipo internacional de científicos los conocimientos clave sobre cómo esta región vital puede verse afectada por el calentamiento global

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Max-Planck-Institut für Chemie

Vista del Observatorio de Torre Alta de Amazonia, la estructura más alta de América del Sur.

Partimos antes del amanecer, con mi guía, Elton Mendes, a bordo de una maltratada camioneta a jungla traviesa. Elton sacó una mano por la ventana e hizo funcionar los limpiaparabrisas tirando de un palo atado a los mismos.

Tras un corto trayecto, estacionó en un bloque de hormigón en un claro. Una estructura de acero de color naranja de acero se alzaba desde el bloque y desaparecía en la frondosidad por encima de mi cabeza. La llaman la Torre Alta, y por un buen motivo: a unos 325 metros —unos pocos metros más alta que la Torre Eiffel— es la estructura más alta de América del Sur. También es el centro de un complejo científico de tres torres —el Observatorio de Torre Alta de Amazonia o ATTO (por sus siglas en inglés, Amazon Tall Tower Observatory)—, situado a unos 150 km al noreste de la ciudad más grande del río Amazonas, Manaus.

Cuando esté completamente equipado, el trío de torres de ATTO estará repleto de detectores de gas, recolectores de partículas, sensores de luz y muchos instrumentos más que vigilarán desde arriba el bosque —y el aire por encima de este— por al menos durante las próximas dos o tres décadas. Los científicos brasileños y alemanes que supervisan la investigación en ATTO afirman que los datos recogidos por estos instrumentos proporcionarán un retrato sin precedentes de la función que la selva amazónica, la mayor selva tropical del mundo, juega en el ciclo global del carbono —un descubrimiento clave en una época de cambio climático. Y tomando estas medidas —que incluyen la temperatura, el viento, los gases de efecto invernadero, el ozono, la radiación, la visibilidad, los cambios en las copas de los árboles, las temperaturas del suelo y los flujos de gas del suelo— los científicos serán capaces de hacer un seguimiento de cómo el calentamiento global está afectando a la Amazonia, en particular su capacidad de absorber carbono.

Dos torres más pequeñas, de unos 80 metros de altura, situadas a varios cientos de metros de la Torre Alta, han estado midiendo gases y otros componentes de la atmósfera desde el 2010, así como estudiando cómo las gotas finas, los gases y las partículas diminutas liberadas por la vegetación forestal, los fuegos agrícolas y la contaminación de las ciudades lejanas contribuyen a la formación de nubes y a las precipitaciones en la Amazonia.

La propia Torre Alta aún no tiene instrumentos, ya que problemas con los ascensores y otras complicaciones han retrasado la instalación de los equipos. Pero pronto estará en funcionamiento, y he sido invitado a escalar la torre para contemplar la espectacular vista y experimentar las brisas que los investigadores estudiarán desde su cima. Mendes, un obrero de mantenimiento, me acompañará en los 1.500 escalones de la esbelta estructura naranja y blanca, que se alza sobre una inmensa extensión de selva prístina.

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La Amazonia, una región casi del tamaño de los Estados Unidos, es de lejos la mayor selva tropical de la tierra. Los biólogos han advertido durante décadas que su prodigiosa biodiversidad estaba amenazada por la tala masiva. Pero más recientemente, los científicos del clima se han preocupado de que el calentamiento global también puede suponer un peligro para el bosque, posiblemente por cambios en las corrientes oceánicas y atmosféricas que podrían provocar una importante sequía en la Amazonia. Un estudio del año pasado sugiere que la mortalidad de los árboles en la inmensa selva, posiblemente relacionada con los cambios en los patrones climáticos, ya está reduciendo su capacidad de absorber carbono.

“Es importante comprender cuánto CO2 está siendo absorbido por la Amazonia y otros bosques tropicales”.

Los científicos saben más o menos cuánto carbono fluye a través de la selva amazónica, ya que el proceso de fotosíntesis captura el CO2 de la atmósfera y lo transforma en vegetación. Hojas, madera y otros elementos vegetales son luego transferidos al suelo a través de la descomposición, y parte de ese carbono es liberado de nuevo a la atmósfera. Pero antes de que los científicos puedan prever el destino de la Amazonia, necesitan comprender con mayor detalle cómo interactúa el bosque con la atmósfera.

Un aspecto que observarán es el papel que desempeña la Amazonia en el misterio de a dónde va todo el dióxido de carbono producido por la humanidad con la quema de combustibles fósiles. Casi la mitad de ese CO2 es absorbido, en partes aproximadamente iguales, por el agua de los océanos y los árboles y las plantas terrestres. Pero Scott Denning, un científico atmosférico de la Universidad Estatal de Colorado (Colorado State University), afirma que es importante comprender cuánto CO2 está siendo absorbido por la Amazonia y otros bosques tropicales. Si la Amazonia hoy actúa como un sumidero neto, los científicos quieren saber si continuará haciéndolo y por cuánto tiempo.

A partir de finales de la década de 1990, investigadores de la Met Office del Reino Unido publicaron una serie de preocupantes informes sobre el futuro de la Amazonia en un mundo en fase de calentamiento. Usando modelos informáticos que relacionan el clima y la vegetación, descubrieron que, alterando la circulación atmosférica sobre el Océano Atlántico, el calentamiento global podría secar gran parte de la cuenca amazónica. Se dice que gran parte de los bosques podrían convertirse en sabana, poniendo en riesgo esa región rica en flora y fauna y liberando enormes cantidades de dióxido de carbono. Estudios más recientes han puesto en duda este escenario catastrófico, diciendo que, si bien la Amazonia no puede seguir soportando su exuberante vegetación, seguiría quedando alguna forma de bosque.

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Susanne Benner/Max-Planck-Institut für Chemie

La frondosidad de la selva amazónica, con la sombra del Observatorio de Torre Alta.

El ATTO desempeñará un papel importante en el estudio de dichas cuestiones. El complejo fue financiado conjuntamente por los gobiernos de Brasil y Alemania, cada uno de los cuales aportó la mitad de los 9,5 millones de dólares que costaba su construcción y funcionamiento para los próximos años. El Max-Planck-Institut für Chemie de Alemania y varias instituciones de investigación brasileñas, entre ellas el National Institute for Space Research y el National Institute of Amazonian Research, supervisarán el proyecto.

Antonio Ocimar Manzi, un climatólogo del instituto espacial, es el principal administrador brasileño del proyecto ATTO. La primera vez que pisó la plataforma superior de la Torre Alta el año pasado, confesó estar muy emocionado. “Vi el océano verde”, dijo en una reciente llamada por Skype. “Fue un sueño de dos décadas”. Estaba situado en lo alto del mástil meteorológico más alto del mundo. Debía medir unos 320 metros o 1.050 pies de altura. Pero el constructor observó que ni siquiera alcanzaba la altura de la Torre Eiffel. A sugerencia del constructor, Manzi aprobó un nuevo diseño —de 325 metros de altura— por lo que superó por un metro al icono de París.

“La altura importa”, constata Manzi. Los instrumentos más alejados del suelo toman muestras del aire que ha estado en contacto con la vegetación a distancias mayores, dándoles una instantánea más amplia de las condiciones forestales regionales y del complejo intercambio de CO2 y otros gases. Los instrumentos montados en la parte superior de la torre detectarán la actividad fotosintética de las hojas y abarcarán docenas de kilómetros cuadrados del follaje, una área mucho mayor que la superficie cubierta por equipos de otras torres de la Amazonia.

La cumbre de la Torre Alta está expuesta a los vientos del este de larga distancia que han cruzado cientos de quilómetros de selva desde la costa atlántica de Brasil. Estos vientos de gran altitud recogen indicios sobre la productividad de los bosques que atraviesan. Comparando la concentración de dióxido de carbono en el aire en la zona del ATTO con el aire de la costa, los investigadores podrán obtener información acerca de la salud de una gran parte de la Amazonia y de la cantidad de CO2 que absorbe.

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Andrew Crozier/Max-Planck-Institut für Chemie

Un científico bajando por uno de los cables de soporte de la Torre Alta.

La Torre Alta estará equipada con anemómetros y analizadores de gases que controlarán el movimiento del dióxido de carbono desde el suelo del bosque hasta la atmósfera, mediante un proceso llamado método de flujos turbulentos. Los investigadores llevan a cabo medidas de flujos turbulentos para identificar las fuentes y los sumideros de gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono, en torres distribuidas por todo el mundo. Un gran número de conductos de admisión se fijarán a la torre a distintas alturas. Los gases y aerosoles bombeados desde estas estaciones de muestreo pasarán hacia los dispositivos de medición controlados desde laboratorios climatizados con aspecto de contenedores de carga y agrupados en la base de la torre. Cerca de 50 investigadores brasileños y 50 de Alemania ya están trabajando en una docena de experimentos utilizando las torres más pequeñas, aguantando las condiciones constantes de calor y humedad y los peligros ocasionales de serpientes y jaguares.
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Aparte de Manzi y algunos científicos y trabajadores de la construcción, prácticamente nadie ha accedido a la cumbre de la Torre Alta. Me aseguré con un arnés de seguridad de nailon, ciñéndolo entre las piernas y por encima de los hombros. Enganché los mosquetones de bloqueo del tamaño de un gancho de carnicero, uno para cada mano. Clavé una barreta a un cable de acero conectado a la superestructura y subí a la escalera al aire libre. El cable recorría el largo de la escalera a la altura de la cintura, como un pasamano.

Cada diez metros, los constructores habían atornillado el cable al bastidor de la torre. En cada intersección, debía soltar una hebilla de debajo del cinturón y, con un ruido metálico, encajarlo por encima de él. En todo momento estaba sujeto a la superestructura, asegurándome de que, incluso si me resbalaba y quedaba colgado de la celosía de la torre, no me caería al suelo. A medida que iba subiendo más y más alto, el bosque retrocedía hasta que las coronas de los árboles parecían cabezas de brócoli. La temperatura bajó y el viento se levantó.

Mientras subía, Bruce Nelson, un investigador del Brazilian Amazon Research Institute arreglaba una cámara atornillada a la parte superior de una de las torres de 80 metros, a varios cientos de metros de distancia.

“Cuando vi por primera vez el bosque desde arriba” —me había comentado Nelson anteriormente—, “pensé que quizá podría identificar los árboles por su color”. Explicó que el bosque es un brillante mosaico de color verde amarillento, verde oliva y gran cantidad de otros tonos de verde. Los tonos representan las diferentes edades, no las especies, de las coronas —un aspecto que ha utilizado para investigar las influencias que controlan la productividad forestal.

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Los árboles tropicales suelen sustituir sus hojas anualmente, pero los árboles de la Amazonia no están deshojados por mucho tiempo y no renuevan sus coronas en sincronía. Nelson y sus colegas estudian los patrones del reemplazo de las coronas analizando fotos repetidamente desde las torres del ATTO y otros lugares, elaborando series en lapsos de tiempo. Ordenadas cronológicamente, las imágenes muestran cómo cada corona está experimentando una secuencia idéntica: hojas nuevas y brillantes se oscurecen con la edad y, a continuación, caen para dejar espacio para un nuevo follaje.

Estas imágenes muestran que un gran porcentaje de árboles renuevan sus coronas durante los meses más secos del bosque. Colegas de Nelson han demostrado que las hojas jóvenes de las nuevas coronas realizan la fotosíntesis más vigorosamente. Esto significa que un gran número de árboles capturan más carbono durante los períodos secos, un resultado contrario a la intuición. Esto confirma otras recientes investigaciones que sugieren que el bosque puede ser en cierta medida resistente a la desecación, al menos a corto plazo.
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Las pantorrillas empezaron a dolerme y a temblar a medida que subía el último tramo de escalera de la Torre Alta. Mendes tomó una serie de autofotos. Me tumbé en el suelo antideslizante de la plataforma de observación y contemplé el cielo del amanecer y la tierra iluminada. Ríos diáfanos de niebla formaban meandros sobre el bosque, la humedad nocturna flotaba sobre arroyos y valles.

Sensores electrónicos pronto transmitirán la misma vista.

Imagen de la página de inicio cortesía de Susanne Benner/Max-Planck-Institut für Chemie

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Daniel Grossman

ACERCA DEL AUTOR
Daniel Grossman, periodista de prensa escrita y productor de radio y web, ha informado desde los siete continentes. Es autor de Deep Water: As Polar Ice Melts, Scientists Debate How High Our Oceans Will Rise. Este artículo se ha escrito en colaboración con la Food & Environment Reporting Network, una organización sin ánimo de lucro de periodismo de investigación. Para este proyecto, Grossman ha recibido el apoyo de la Whole Earth Foundation, la Society of Environmental Journalists y el International Centre for Integrated Mountain Development.