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20-11-2017 : Artículo

A medida que los océanos se calientan, van desapareciendo los bosques de algas marinas a escala mundial

Los bosques de algas kelp, exuberantes ecosistemas costeros que albergan una rica biodiversidad marina, están desapareciendo desde Tasmania hasta California, sustituidos por blanquizales casi sin vida

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Bastaba un aumento constante de las temperaturas oceánicas —más de 1,5 °C en las últimas décadas— para condenar los exuberantes bosques de algas marinas gigantes del este de Australia y Tasmania: la espesa vegetación que antes cubría gran parte de la superficie marina frente a la costa se ha marchitado en aguas intolerablemente cálidas y pobres en nutrientes. Luego llegó una especie de erizo de mar de aguas templadas. Los invasores voraces han devorado gran parte de la vegetación restante, y en vastas áreas han formado lo que los científicos llaman blanquizales, entornos marinos desérticos casi sin vida.

Hoy en día, más del 95% de los bosques de algas marinas al este de Tasmania, exuberantes entornos marinos que proveen alimento y refugio a especies a todos los niveles de la cadena alimenticia, han desaparecido. Puesto que el agua sigue calentándose a un ritmo acelerado y el erizo de púas largas se extiende hacia el sur encontrando condiciones favorables, los investigadores consideran escasas las posibilidades de salvar el ecosistema en vías de extinción.

“Nuestros bosques de algas marinas gigantes son ahora una mínima fracción de su antigua gloria”, dice Craig Johnson, investigador del Instituto de Estudios Marinos y Antárticos (Institute for Marine and Antarctic Studies) de la Universidad de Tasmania (University of Tasmania), y añade: “Este ecosistema antes era uno de los principales iconos del este de Tasmania; ahora ya no lo es”.

La saga de Tasmania solamente es uno de los muchos ejemplos de cómo el cambio climático y otros cambios medioambientales llevan a pérdidas de kelp, una especie de algas gigantes de color marrón cuyos talos pueden crecer hasta 30 metros. En el oeste de Australia, el aumento de las temperaturas oceánicas, acentuado por un pico extremo en el 2011, ha eliminado extensos bosques de Ecklonia radiata, una importante especie nativa de kelp. Al sur de Noruega, las temperaturas oceánicas han superado el umbral para el kelp de azúcar —Saccharina latissima—, que ha muerto en masa desde finales de la década de los 90 y ha sido sustituido en gran medida por esteras gruesas de céspedes algales, que sofocan la recuperación del kelp. En Europa occidental, el calentamiento del océano Atlántico supone una grave amenaza para los bosques costeros de kelp de la especie Laminaria digitata, y algunos investigadores prevén su “extinción ya para la primera mitad del siglo XXI” en partes de Francia, Dinamarca y el sur de Inglaterra.

Los picos rutinarios de verano en la temperatura del océano al este de Tasmania han empujado los bosques de algas marinas al precipicio.

Y en el norte de California, una serie de fenómenos que comenzaron hace varios años han destruido los magníficos bosques de algas gigantes de la especie Nereocystis a lo largo de cientos de kilómetros de costa. Una breve interrupción de los ciclos de afloramiento hizo que los bosques de algas gigantes languidecieran en las aguas templadas de la superficie, causando una masiva mortandad. Mientras tanto, una enfermedad destruyó rápidamente las estrellas marinas autóctonas que depredan los erizos de mar, lo que desató una devastadora cascada de efectos: la superpoblación de erizos ha devorado gran parte de la vegetación restante, dejando atrás un terreno baldío subacuático cubierto de conchas de abulones que morían de hambre. Los científicos no ven posibilidades de recuperación.

Un estudio realizado en el 2016 observa un descenso medio global en la abundancia de algas marinas, relacionando las pérdidas directamente con el calentamiento de las aguas. No obstante, los investigadores constatan la extrema variabilidad regional como una característica del descenso de los bosques de algas. Algunas áreas incluso están experimentando un crecimiento de los bosques de kelp, entre ellas la costa oeste de la isla de Vancouver, donde una creciente población de nutrias marinas cazadoras de erizos de mar ha reducido el impacto de los herbívoros espinosos, lo que posibilita que florezca el kelp. Finalmente, los investigadores prevén que el calentamiento de las aguas oceánicas afecte a los bosques de algas marinas en todo el mundo. El informe del 2016, escrito por 37 autores científicos, concluye que “los bosques de algas marinas están cada vez más amenazados por una variedad de impactos humanos, incluyendo el cambio climático, la sobrepesca y la cosecha directa”.

Al este de Tasmania, la temperatura de la superficie del mar ha aumentado cuatro veces más que la media mundial, según Johnson, quien junto con su colega Scott Ling ha estudiado de cerca las pérdidas de bosques de kelp en la región. Este cambio dramático de las condiciones medioambientales comenzó a mediados del siglo XX y se aceleró a principios de la década de los 1990. El sargazo gigante —Macrocystis pyrifera— prospera de modo óptimo en un rango de temperatura anual del agua entre los 10 °C y 15 °C, aproximadamente, según Johnson. Dice que los picos rutinarios de verano a mediados de los 60 empujaron las algas marinas al precipicio. Primero en Australia, y después en Tasmania, los bosques de algas marinas desaparecieron. El Gobierno australiano ahora considera los bosques de algas marinas gigantes como un ecosistema en peligro de extinción.

La progresión de la destrucción de un bosque de kelp en Tasmania por los erizos de mar, de izquierda a derecha. El estado insular australiano ha perdido más del 95% de sus bosques de algas en las últimas décadas. CORTESÍA DE SCOTT LING.

Mientras las aguas se calentaban, algo más sucedió. El erizo de mar de púas largas, que generalmente no puede tolerar temperaturas inferiores a 12 °C, se trasladó hacia el sur como larva migratoria y conquistó nuevos territorios en las aguas de Tasmania. La población de langostas —que se alimentan de erizos— se vio fuertemente reducida por la pesca en este lugar durante décadas y, por consiguiente, existían pocos depredadores para controlar los erizos invasores, cuyo número crecía vertiginosamente.

Desde la década de 1980, los erizos de púas largas —Centrostephanus rodgersii— se han apoderado esencialmente del fondo marino en el sureste de Australia y el noreste de Tasmania, formando vastos blanquizales. Un blanquizal es un fenómeno notable de la ecología marina en el que la población de animales crece en una densidad extraordinaria, aniquilando la vegetación del fondo marino y formando un sistema prácticamente resistente a cambios ecológicos. Una vez establecidos, los blanquizales tienden a persistir casi indefinidamente.

“Sea cual fuere el esfuerzo, una vez alcanzado el estado de blanquizal, ya no es reversible”, afirma Johnson.

En algunos lugares, como la costa suroeste de Hokkaido, en Japón, y las Islas Aleutianas, los blanquizales han desbancado los bosques de algas marinas y han permanecido durante décadas.

Esto es un mal presagio para el este de Tasmania, donde extensas zonas del norte ya se han convertido en blanquizales. Los erizos de mar aún no han invadido el sureste de Tasmania. “Pero estamos viendo cómo el problema está avanzando hacia el sur, y están llegando cada vez más erizos”, advierte Johnson, quien pronostica que aproximadamente la mitad de la costa de Tasmania se convierta en blanquizales. “Eso es lo que hay en Nueva Gales del Sur”, concluye.

Las elevadas temperaturas oceánicas, un brote de enfermedad entre las estrellas marinas y un auge en las poblaciones de erizos de mar devastaron muchos lechos importantes de algas en el norte de California entre los años 2008 y 2014. DEPARTAMENTO DE PESCA Y VIDA SILVESTRE (DEPARTMENT OF FISH AND WILDLIFE) DE CALIFORNIA

Un escenario similar se puede ver en el norte de California, donde buceadores y pescadores locales han observado cómo los bosques de algas gigantes de la especie autóctona Nereocystis se están transformando en áreas ecológicamente destruidas. Al igual que en Tasmania, el cambio es el resultado de un efecto combinado entre condiciones oceánicas alteradas y el auge de la población de erizos de mar.

Los problemas comenzaron en 2013, cuando un misterioso síndrome aniquiló muchas de las especies de estrellas marinas en la costa oeste de América del Norte. Las estrellas marinas, especialmente las de la especie Pycnopodia helianthoides, también denominadas estrellas girasol, se alimentan de erizos de mar. Con la ausencia abrupta de sus depredadores en la región, la población de los erizos de mar púrpuras —Strongylocentrotus purpuratus— empezó a crecer rápidamente.

Por coincidencia, la aparición simultánea de patrones inusuales de viento y corrientes ralentizó el flujo de aguas de fondo frías y ricas en nutrientes, gracias al cual las aguas de la costa oeste de Norteamérica son tan productivas. Los bosques de algas, ya atacados por ejércitos de erizos de mar, desaparecieron.

Desde entonces se han reanudado los ciclos de afloramiento. “Pero el sistema no acaba de recuperarse, ni siquiera después de volver a la temperatura anterior del agua”, señala Kyle Cavanaugh, profesor asistente de geografía de la Universidad de California (University of California) en Los Ángeles, que ha estudiado ecosistemas globales de kelp, y agrega: “Los erizos de mar están en todas partes”.

Según los buceadores que examinan el fondo marino, el número de erizos de mar púrpuras se ha multiplicado por 100, cuenta Cynthia Catton, bióloga del Departamento de Pesca y Vida Silvestre de California que lleva investigando el medio ambiente desde el 2002. Los erizos —docenas por metro cuadrado en algunos lugares— continúan comiéndose los restos de los bosques de algas marinas en vías de extinción, de los cuales el 95% se ha transformado en desiertos subacuáticos, comenta Catton.

Los erizos —docenas por metro cuadrado en algunos lugares— continúan comiéndose los restos de los bosques de algas marinas en vías de extinción.

Otros animales también dependen de las algas marinas, y el abulón rojo de la región se está muriendo de hambre a manadas. La población se ha derrumbado y la cosecha recreativa podría ser prohibida en el próximo año, dice Catton. Los peces juveniles utilizan algas marinas como hábitat de vivero, y algunas especies de peces de roca se pueden ver disminuidas en ausencia de la vegetación protectora. Los peces depredadores, como el bacalao largo, pueden migrar a otro lugar para cazar. Las poblaciones del erizo rojo comercialmente valioso, Mesocentrotus franciscanus, también sufren un impacto, a medida que sus gónadas —rodajas doradas del tamaño de un dedo que se ofrecen en los menús de sushi como delicia— enflaquecen, por lo que ya no merece la pena recogerlo.

Un blanquizal se considera un “estado estable alternativo” al ecosistema del bosque de algas marinas y es casi invenciblemente resistente al cambio. Johnson explica que, aunque son necesarias densidades relativamente altas de erizos de mar para convertir un bosque de algas marinas en un blanquizal, los animales deben ser erradicados casi por completo para poder recuperar un bosque de algas marinas. En otras palabras, “el número de erizos necesarios para crear un blanquizal es muy superior al número de erizos necesarios para mantenerlo”.

Parte de la razón por la cual los blanquizales son difícilmente reversibles es la dureza de los propios erizos. En primer lugar, son casi inmunes a la inanición, y una vez que hayan agotado toda la vegetación sobrevivirán prácticamente a cualquier otro organismo competidor en el ecosistema. En los blanquizales de Hokkaido, que se formaron hace unos 80 años por razones que aún se desconocen, especímenes individuales de erizos de mar han vivido en el entorno devastado durante cinco décadas, según un análisis realizado en el 2014.

Y lo que es peor, cuanto más hambrientos son los erizos, más destructivos se vuelven. La investigación ha demostrado que los depósitos de calcita que forman las mandíbulas y los dientes de los erizos acrecientan cuando los animales están estresados por el hambre, una rápida adaptación que les permite comer material que, en otras circunstancias, sería incomestible para ellos.

Un bosque de algas gigantes de la especie Nereocystis visto desde la superficie de Ocean Cove en el norte de California en el 2012 y el 2016. KEVIN JOE Y CYNTHIA CATTON, DEPARTAMENTO DE PESCA Y VIDA SILVESTRE DE CALIFORNIA.

“Ahora están comiendo percebes, las algas coralinas calcificadas que cubren las rocas e incluso abulones, rompiendo su concha”, asegura Catton sobre los erizos de mar púrpuras en el norte de California. “La magnitud de su impacto aumenta a medida que disminuyen los alimentos disponibles.”

También se vuelven agresivos. Mientras que los erizos de los ecosistemas de kelp sanos normalmente se atrincheran en grietas durante gran parte de su vida esperando a que las algas kelp floten delante de ellos, en un blanquizal salen de sus escondites y cazan activamente sus alimentos. “Forman un frente y avanzan por el fondo comiendo todo lo que encuentren en su camino”, dice Mark Carr, biólogo marino de la Universidad de California (University of California) en Santa Cruz.

En los bosques de algas marinas del archipiélago de las Aleutianas de Alaska, en los años ochenta comenzaron a formarse blanquizales con el consiguiente descenso de peces, águilas calvas y focas en el lugar. La transición comenzó cuando la población de nutrias marinas empezó a disminuir, posiblemente debido a la creciente depredación por las orcas. La población de erizos verdes se disparó y estos equinoideos destruyeron los bosques de algas a lo largo de cientos de kilómetros del archipiélago. “Las densidades han adquirido dimensiones grotescas”, opina Matthew Edwards, biólogo de la Universidad Estatal de San Diego (San Diego State University) que ha estudiado la región. Y añade: “En algunos lugares tenemos cientos de erizos por metro cuadrado”.

En Tasmania, Johnson y Ling están liderando una iniciativa para proteger áreas que aún no han sido invadidas por los erizos de púas largas. La mejor oportunidad que ven consiste en aumentar las poblaciones localizadas de sus depredadores, las langostas de roca. Las autoridades de pesca apoyan este plan, confirma Johnson, y han restringido fuertemente la pesca de langostas para ayudar a aumentar sus poblaciones. Bajo la dirección de Johnson y Ling, se ha llevado a cabo una translocación de grandes langostas a blanquizales de prueba.

“Es como ver un antiguo bosque que conocías convertirse en un desierto”, lamenta un científico.

Pero las medidas solamente han tenido un éxito moderado. Ling está actualmente examinando docenas de zonas evaluadas por primera vez en el 2001, y dice que la densidad de erizos de mar se ha más que duplicado en algunos lugares. En los blanquizales relativamente pequeños rodeadas de ecosistemas de arrecifes sanos, los científicos han observado un progreso, a medida que las langostas translocadas reducen la cantidad de erizos de mar lo suficiente como para permitir que la vegetación se regenere.

“Pero en blanquizales extensos, se pueden introducir tantas langostas grandes como se quiera, y comerán cientos de miles de erizos de mar, pero no bastará para que reaparezca el kelp”, afirma. “Aunque mañana se declarara todos esos blanquizales áreas marinas protegidas, se podría esperar 200 años sin que se recuperara un bosque de algas.”

En el centro de California, los bosques de algas siguen prosperando, un hecho que Carr atribuye a un animal. “Tenemos nutrias marinas aquí abajo, y son depredadores voraces de erizos de mar”, arguye.

Carr, buceador investigador y al mismo tiempo aficionado a la pesca de abulones, dice que ha observado con gran pesar el declive de los bosques de algas marinas en el norte de California.

“Es como ver un antiguo bosque que conocías convirtiéndose en un desierto”, lamenta. “No solamente se pierden todos los árboles, sino que también mueren todas las plantas más pequeñas a su alrededor, hasta que ya no queda nada.”

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Alastair Bland

SOBRE EL AUTOR
Alastair Bland es un escritor independiente que informa sobre la vida silvestre, pesca, agricultura y alimentación. Colabora con NPR, Smithsonian y varias revistas y periódicos de California. Vive en San Francisco.